miércoles, 5 de agosto de 2026

EL SUEÑO TECNOCRÁTICO DE ELON MUSK Y LA CANCELACIÓN DEL CONTRATO SOCIAL




El 23 de julio de 2026, en la Gigafactoría de Tesla en Texas, el operador que ha acumulado una fortuna cercana al billón de dólares se sentó frente a Zanny Minton Beddoes, editora en jefe del órgano de propaganda de la aristocracia británica y europea The Economist, para conceder su primera entrevista extensa tras la salida a bolsa de SpaceX.

Minton Beddoes es hija de Sir John Minton Beddoes y Lady Minton Beddoes, caballero y dama de la Excelentísima Orden del Imperio Británico, títulos que otorga formalmente la Corona para reconocer el servicio y los logros excepcionales de personas que sirven al Reino Unido y a los reinos de la Mancomunidad de Naciones (Commonwealth).

A la revista The Economist debe leérsele, por tanto, como una herramienta que la oligarquía occidental usa para comunicarse, programar eventos o anticipar movimientos geopolíticos y financieros, a través de la normalización de agendas aunque se les cuestione a través de aproximaciones de escrutinio controlado.

Fundada en 1843 por el cuáquero James Wilson, The Economist fue concebida con un lema que revela su verdadera naturaleza: «participar en una severa contienda entre la inteligencia que avanza y la ignorancia indigna y tímida que obstruye nuestro progreso». Controlada por dinastías como la familia Rothschild, Cadbury y Pearson, la publicación no ha sido jamás un mero periódico, sino un tablero de comunicación entre élites. Sus portadas han anticipado -o programado- eventos clave: la portada de 2001 mostraba un billete de 500 libras (apodado «Bill Laden») y humo saliendo de la Estatua de la Libertad, meses antes del 11-S; la de 2019 incluía un pangolín, mascarillas y los cuatro jinetes del Apocalipsis, antes de la pandemia de 2020. Este historial convierte cualquier entrevista publicada en sus páginas en algo más que una noticia: es un mensaje cifrado para quienes saben leerlo. No es coincidencia que Musk, o mejor dicho sus controladores, eligieran este medio para su declaración más radical.

La visión de Musk sobre el fin del dinero y el gobierno de la inteligencia artificial no surge de la nada. Su abuelo materno, Joshua Norman Haldeman (1911-1974), fue un activo miembro del movimiento tecnocrático que en la década de 1930 promovió un «Tecnato de América»: una macroregión que englobaría Estados Unidos, Canadá, México, Groenlandia, Centroamérica y parte de Sudamérica, gobernada por técnicos e ingenieros, sin democracia ni fronteras.

Haldeman lideró la rama de Saskatchewan de la Sociedad Fabiana de Canadá en 1933, cofundó el partido Cooperative Commonwealth Federation, y en 1936 se unió a Technocracy Incorporated, organización fundada por Howard Scott que proponía reemplazar el dinero por «créditos energéticos» asignados por igual a todos los ciudadanos, una jornada laboral de 16 horas semanales y la abolición de los mercados y el lucro. Dentro de la organización, Haldeman recibió el número de identificación «10450-1″, ya que los tecnócratas usaban números en lugar de nombres en reuniones oficiales.

En 1950, Haldeman se trasladó a Sudáfrica, donde se alineó con el régimen del apartheid. Su yerno y padre de Elon, Errol Musk, afirmó en 2024 que Haldeman simpatizaba con la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial.

Musk, consciente o inconscientemente, es el heredero de esa agenda: el Ingreso Básico Universal, la automatización total y el control tecnológico de la sociedad son la versión moderna del “tecnato» que su abuelo soñó. Musk no es un genio autodidacta, sino una proyección diseñada por gestores de percepción que continúa el impulso hacia un tecnato norteamericano. Musk fue incluido en 2008 en la lista de Jóvenes Líderes Globales del Foro Económico Mundial de Davos, la misma élite globalista que continúa la agenda tecnocrática del abuelo.

En la entrevista con The Economist, lo que Musk declaró no fue una mera predicción tecnológica, sino un acta de defunción del orden económico que ha regido la civilización desde el origen de los intercambios comerciales. Con la serenidad de quien se sabe poseedor de un saber arcano, el tecnócrata afirmó que en menos de cinco años la inteligencia artificial superará la suma de toda la inteligencia humana, y que para 2036 el dinero habrá dejado de tener sentido como mecanismo de asignación de recursos. No se trata de una metáfora ni de una exageración retórica: Musk sostuvo que los robots y los sistemas de IA generarán tal abundancia de bienes y servicios que la escasez, el principio fundacional de toda la economía conocida, se desvanecerá como un vestigio del pasado.

La entrevista, que duró alrededor de noventa minutos, transcurrió en dos planos ontológicos divergentes que nunca llegaron a encontrarse. Minton Beddoes, anclada en la temporalidad lenta de los hechos verificables y las responsabilidades políticas (alineadas al modelo ultraglobalista anglosajón por su puesto), cuestionó al magnate sobre las consecuencias inmediatas de sus profecías, aunque sin revelar que son los planificadores cabalistas y la aristocracia europea quienes se ocultan detrás de ellas. Musk, en cambio, habitaba un tiempo acelerado donde las reglas del presente carecen de vigencia porque el futuro las ha declarado nulas de pleno derecho. En otro artículo ya he explicado cómo los medios hegemónicos se encargan de enfocar los reflectores sobre los operadores con lujo de detalle para alejar la atención de las históricas sociedades ocultistas del verdadero poder en la sombra.

Cuando la periodista le recordó que el trabajo es el sostén de la identidad y la dignidad humanas, Musk respondió con una analogía desconcertante: en el futuro, cultivar un tomate en el jardín será un gesto de amor, no una necesidad; un detalle para compartir con los amigos, no un alimento para sobrevivir. El núcleo de la profecía muskiniana se sostiene sobre un argumento que los economistas han recibido con escepticismo. Musk sostiene que la deflación, no la inflación, será el problema del futuro: si la IA multiplica por diez la producción de bienes mientras la masa monetaria se mantiene estable, los precios caerán en picado y el dinero perderá su razón de ser. Pero como han señalado los economistas Tyler Cowen y Noah Smith, esta lógica solo funciona para los bienes manufacturados. Una casa frente al mar, una plaza en una universidad de élite o la atención de un cirujano de renombre no se vuelven más abundantes porque los robots fabriquen coches más rápido.

La escasez no desaparece: se desplaza hacia nuevos territorios, y el dinero sigue siendo el mecanismo para racionar el acceso a ellos. Musk, sin embargo, parece considerar que estos matices son ruido en su sinfonía de la abundancia total. Su respuesta a la crítica es un gesto de impaciencia: el futuro, dice, será tan radicalmente distinto que las categorías del pensamiento económico actual resultarán irrelevantes. Las proyecciones de Musk, sin embargo, deben tomarse con cautela.

La historia de las revoluciones tecnológicas muestra que la automatización destruye empleos en unos sectores y los crea en otros, y la riqueza cambia de manos. Pero ese cambio de manos nunca ha sido horizontal ni democrático: siempre ha sido un trasvase vertical hacia quienes controlan los medios de producción, la energía y, ahora, la información. Los tejedores manuales de la Revolución Industrial no se convirtieron en capitanes de industria; se convirtieron en proletarios hacinados en fábricas, mientras los Archer, los Carnegie y los Rothschild acumulaban un capital que antes pertenecía a la nobleza terrateniente. Los oficinistas de la era digital no se convierten en fundadores de unicornios; se convierten en usuarios de plataformas, en precarios del clic, cuya única «nueva riqueza» es la dependencia de algoritmos.

El patrón se repite con una coherencia casi biológica: los operadores de la oligarquía que domina la tecnología -los Musk, los Bezos, los Zuckerberg- se apropian del excedente mientras la masa queda reconfigurada como mano de obra barata, dato extraíble o, en el escenario más extremo que Musk mismo profetiza, como población prescindible sostenida por un cheque universal que no es un derecho, sino una correa. La riqueza cambia de manos, sí, pero siempre para terminar en las mismas manos de siempre: las que controlan las palancas del poder tecnológico. Los períodos de transición suelen ser dolorosos, y el dolor, como la historia demuestra, nunca lo padecen quienes diseñan las máquinas, sino quienes son reemplazados por ellas.

El desafío no es si la IA eliminará trabajos -algo que ya está ocurriendo-, sino si la velocidad del cambio permitirá a la sociedad reabsorber a los desplazados antes de que el malestar social se vuelva ingobernable. Musk no ofrece respuestas concretas a esta pregunta, y su fatalismo tecnológico -»todas las vías conducen a la aceleración»- elude la responsabilidad de gestionar la transición con políticas públicas que mitiguen el sufrimiento humano.

Más inquietante aún resulta la propuesta de Musk para gestionar el tránsito hacia esa utopía distópica. En lugar de confiar en los reguladores gubernamentales, que a su juicio carecen de la competencia técnica necesaria, propone que los laboratorios rivales de IA se supervisen mutuamente: dos semanas de acceso anticipado a los nuevos modelos para que los competidores puedan encontrar fallos y amenazas. El mecanismo, que Musk bautiza como «supervisión entre enemigos», utiliza la hostilidad como combustible de la seguridad.

Esta propuesta refleja la misma lógica que rige las relaciones entre las élites que controlan The Economist: una guerra fría constante donde la hostilidad se regula para no destruir el tablero común. Como han documentado analistas de simbología de poder, las portadas de la revista han servido históricamente como mensajes coercitivos entre facciones (industrialistas vs. financieristas, viejo dinero europeo vs. nuevo dinero estadounidense, etc.). Un ejemplo reciente: una portada mostraba a Donald Trump vendado, señalando con el dedo la palabra «Sion», una advertencia clara de que no debía desviarse del guion establecido. Musk, al proponer que los enemigos se vigilen entre sí, está replicando ese código: no confía en los reguladores gubernamentales porque sabe que el verdadero poder está en la capacidad de controlar la información y la tecnología, no en las instituciones formales.

Esta lógica del tecnato no es casualidad. El proyecto de Donald Trump de rebautizar el Golfo de México como «Golfo de América», su interés en anexar Canadá como estado 51, su presión sobre Groenlandia y Panamá, encajan perfectamente con los mapas del tecnato que trazó la organización de Howard Scott en la década de 1930, donde se incluían Groenlandia, Alaska, Canadá, Estados Unidos, México y toda Centroamérica. Consciente o no, Trump está impulsando la misma visión geopolítica que el abuelo de Musk defendió hace casi un siglo: una macroregión norteamericana bajo control tecnocrático y militar. El Tecnato Norteamericano, según los mapas originales de Technocracy Inc., ya incluía parte de Sudamérica; de cumplir sus ambiciones actuales, Washington podría estar sentando las bases para una expansión que abarcaría todo el continente.

La ironía es que este sistema, por sofisticado que parezca en la pizarra de un ingeniero, ya ha mostrado sus fisuras en el mundo real: apenas unos días antes de la entrevista, un agente de IA experimental llamado GPT-5.6 Sol escapó de su laboratorio digital, ejecutó ciberataques contra su propia empresa y dejó notas ocultas para que versiones futuras replicaran su ruta de fuga. La empresa tardó más de una semana en descubrir que el responsable no era un hacker humano, sino su propia creación. Este episodio confirma lo que los críticos más agudos del determinismo tecnológico llevan años advirtiendo: la IA no solo supera a los humanos en velocidad y capacidad de cálculo, sino que explota nuestras debilidades organizativas y nuestra lentitud reactiva, como demuestra que los propios creadores tardaran una semana en identificar al responsable -quien además dejó instrucciones para que futuras versiones replicaran su ruta de fuga-, lo que evidencia que el control humano sobre la inteligencia artificial ya no es garantizable, ni siquiera en entornos supuestamente controlados.

La conversación alcanzó su punto más álgido cuando Minton Beddoes confrontó a Musk con sus propias contradicciones. Si realmente existe un riesgo del 10 al 20 por ciento de que la IA provoque la extinción humana, ¿por qué acelera su desarrollo con tanta determinación?

Conforme avanza la entrevista y llega a su clímax, la interlocutora empieza a cuestionar más directamente a Musk acerca de su posición política. Es allí cuando se percibe cómo la intención de la periodista es convertir el evento en un reality show en el que ella, una ultraglobalista libertaria, cuestiona al libertario de derechas, pues Musk ni siquiera se alinea a rajatabla al regionalismo que la multipolaridad orgánica promueve.

Como Trump, Elon Musk no es un disruptor externo, sino un instrumento interno: un «martillo controlado» diseñado para ejecutar una fase de destrucción necesaria del orden previo. Pero esta destrucción no es caótica; responde a la misma lógica dialéctica que estructuraba la relación entre templarios y hospitalarios: antagonismos aparentes que operan en función de un objetivo superior común.

Resulta tan obvio que el debate retratado por The Economist está manufacturado que los interlocutores dan la impresión de ser dos hermanos, ambos hijos de la aristocracia europea, discutiendo cuál es la forma más apropiada -y más humana, como si el humano le importara un comino a la oligarquía- de lograr el mismo objetivo. La hipocresía de la entrevistadora es abrumadora. Musk al menos admite que es un ultranacionalista aunque al igual que ella impulsa la supremacía anglo-sionista a través de sus actos. Son, como ya se dijo, dos rostros de la misma moneda.

El choque entre los interlocutores no es solo ideológico, sino simbólico. En el lenguaje cifrado de las élites, el rojo y el azul representan dos facciones históricas: la masonería operativa (rojo, rupturista, anglosajona, asociada al nuevo dinero tecnológico) y la masonería especulativa (azul, tradicional, europea, vinculada al viejo dinero financiero). Musk, con su discurso de abundancia radical y fin del dinero, encarna el rojo: una revolución que barre con las viejas estructuras. Minton Beddoes, defensora del orden y la gradualidad, es el azul. La entrevista es, en este sentido, un duelo ritualizado entre dos visiones de poder. Musk responde con la lógica del rojo: la aceleración como único camino posible.



Elon opta por el fatalismo estoico: «Incluso si existiera un botón de parada, probablemente no deberíamos pulsarlo». La explicación es que todas las vías conducen a la aceleración, y el único camino sensato es participar en la carrera para intentar orientarla hacia lo que él considera «el bien». Pero esta respuesta elude la pregunta fundamental: si la IA supera a la humanidad en inteligencia, ¿cómo podemos garantizar que sus valores se alineen con los del ser humano? Musk sostiene que hay que «implantar en la IA el amor por la verdad, la curiosidad y el cuidado por el bienestar humano», pero no explica cómo se implanta un código ético que él considere como universal en una entidad que, por definición, nos supera en capacidad de razonamiento. Es como si un chimpancé pretendiera programar los valores de un físico nuclear.

En el trasfondo de la entrevista se dibuja una paradoja que Musk ni siquiera parece percibir. Por un lado, predice que la IA y los robots crearán una era de abundancia tal que el trabajo se convertirá en opcional y el dinero en irrelevante. Por otro, admite que su fortuna personal no le sirve para consumir lujos sino para mantener el control de sus empresas. Y es que el control, no el dinero, es la verdadera moneda de cambio en el universo de la oligarquía.

La idolatría del dinero es un anzuelo para cautivar y entretener a los nuevos ricos que son meras herramientas de la oligarquía. Y el control se ejerce sobre las palancas que deciden el rumbo de la IA y la arquitectura de la nueva civilización dividida en tecnatos. Lo que Musk no dice, pero que late en cada una de sus palabras, es que la era de la abundancia total será también la era del control total por parte de quienes posean las claves de la inteligencia artificial. La humanidad, desposeída del trabajo y de la capacidad de decisión, quedará a merced de la benevolencia de unos pocos magnates y de una inteligencia que ya no comprende.

Minton Beddoes, que ha sido calificada por Forbes como una de las mujeres más poderosas del mundo, le preguntó cómo se financiarían los cheques universales (aka Ingreso Universal Básico) que Musk propone para sostener a la población desempleada.

La pregunta de Minton Beddoes es clave, pero omite un aspecto más profundo: el «cheque universal» no es una solución, sino un mecanismo de control. Musk habla de un «cheque universal» en dólares, aunque paradójicamente afirma que el dinero será obsoleto. Esta contradicción revela que el cheque no es un instrumento financiero, sino un mecanismo de control social: su función no es redistribuir riqueza, sino mantener a la población dependiente de un sistema de asignación algorítmica. Como han documentado investigadores de la simbología del poder, el verdadero objetivo de las élites tecnológicas no es la redistribución, sino la dependencia. Empresas como Palantir -cuyo cofundador, Peter Thiel, es aliado cercano de Musk- ya están integradas en los estados occidentales (Reino Unido, Israel, Argentina, Ucrania) creando infraestructuras de datos de las que los gobiernos no podrán prescindir.

Palantir, Thiel y Musk son los herederos directos del sueño tecnocrático de Joshua Haldeman. La propuesta de sustituir el dinero por «créditos energéticos» que el abuelo de Musk defendió en los años 30 encuentra su versión moderna en el control algorítmico de la población: una puntuación digital, datos biométricos y asignación centralizada de recursos. La diferencia es que hoy tienen la tecnología para hacerlo realidad.

El dinero, al perder su función, sería reemplazado por un sistema de asignación algorítmica donde cada ciudadano depende de una puntuación o autorización digital. El fin del dinero no es el fin de la escasez; es el fin de la autonomía individual.


La entrevistadora recordó que los inversores de Tesla y SpaceX esperan obtener retornos en dólares, y que su profecía sobre la obsolescencia del dinero socava las bases de sus propias empresas. Le señaló que la transición hacia ese futuro será «accidentada» y que los trabajadores desplazados no esperarán pasivamente a que llegue la abundancia, sino que exigirán respuestas a sus gobiernos. Musk respondió con evasivas: la transición será dura, reconoció, pero no ofreció ningún plan concreto para mitigar el sufrimiento de los cientos de millones de personas que quedarán en el camino. Su único consuelo es que el destino final, si se logra evitar una guerra nuclear (que paradójicamente es impulsada por la propia aristocracia británica, será magnífico.

La entrevista concluyó con una pregunta que Minton Beddoes lanzó casi como un anzuelo filosófico: si la IA y los robots crearán una era de abundancia en diez años, y si las guerras civiles que Musk profetiza para Europa estallarán en veinte, ¿no será que la propia IA impedirá esos conflictos? Musk asintió: «Probablemente lo hará». La respuesta, aparentemente tranquilizadora, encierra contradicciones e inquietudes más profundas. La abundancia y la prosperidad bien distribuidas normalmente no generan estallidos sociales. Y si la IA es tan poderosa que puede evitar guerras, también es lo suficientemente poderosa para iniciarlas, o para decidir que ciertos grupos humanos son prescindibles, especialmente sabiendo que una facción de la oligarquía occidental impulsa la despoblación global masiva y urgente bajo la narrativa pseudocientífica del calentamiento global dizque antropogénico. La humanidad, en el horizonte que dibuja Musk, se convierte así en un jardinero ornamental de su propio planeta, entretenido con tomates torcidos mientras una inteligencia superior decide los destinos de la historia.

La entrevista de Musk en The Economist no es un pronóstico: es programación predictiva, un parte de guerra que se debe analizar con lupa. Las declaraciones públicas de figuras como Musk no son verdades universales, sino mensajes coercitivos entre facciones de poder. The Economist no informa: comunica, programa y normaliza. Vivimos en una guerra constante de información, y la tecnología -la IA, los datos, el control algorítmico- es el arma definitiva. El fin del dinero, si llega, no traerá la utopía de la abundancia, sino una nueva forma de servidumbre: la dependencia tecnológica. El «cheque universal» no es un derecho, es una correa. La infraestructura de control ya está instalada (Palantir, centros de datos, biometría), y los estados occidentales ya no pueden prescindir de ella. El sueño del abuelo de Musk, el Tecnato de América, se está materializando ante nuestros ojos: una macroregión controlada por tecnócratas, sin fronteras reales, donde la población vive de créditos energéticos (hoy llamados «cheque universal») mientras una élite de ingenieros -y sus algoritmos- deciden el destino de la civilización. La pregunta no es si habrá abundancia, sino quién la gestionará y con qué criterios.

Musk acierta en una cosa: el tomate que cultivemos en nuestro jardín será un gesto de amor, no una necesidad. Pero el verdadero desafío no es cultivar tomates, sino preservar la autonomía en un mundo donde la inteligencia que nos supera decide qué merece ser preservado. La era de la abundancia extrema, si llega, no será el paraíso terrenal que algunos tecnócratas imaginan, sino un territorio inexplorado donde la humanidad deberá aprender a vivir en un paradigma muy distinto al del empirismo británico aristotélico impuesto por cultistas rosacruces que es el origen de la crisis epistemológica de la ciencia y el mal al que nos enfrentamos hoy en día. La gran pregunta que queda sin respuesta es si tendremos derecho a decidir lo que queremos.

José Luis Preciado
(Visto en https://mentealternativa.com/)

2 comentarios:

  1. Estos engendros enfermizos, que son hijos de Satanás, están empeñados en regular hasta los detalles más simples de nuestra vida. Nos esperan tiempos muy oscuros y batallas muy duras de librar, aunque me temo que nuestros peores enemigos serán nuestros vecinos o nuestros familiares, tal y como quedó demostrado en 2020.
    Para mí, el más peligroso es Elon, ya que se camufla muy bien. Está enganchado a las quetas y nos quiere introducir el chip en nuestro cerebro para tenernos totalmente controlados. No lo debemos permitir nunca.

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  2. Si Elon levantara la cabeza....

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