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lunes, 7 de septiembre de 2026
LA LEY DE NIETOS Y EL VOTO QUE VIENE DE NINGUNA PARTE
Hay cosas que el sanchismo hace con estrépito, trompetería y ministros haciendo el ganso ante las cámaras, y otras que introduce envueltas en celofán, con apariencia de reparación histórica, palabras bonitas y esa superioridad moral tan propia de quienes suelen meter la mano en el mecanismo mientras nos explican que todo es por nuestro bien. Y entre estas últimas hay una que debería preocuparnos muchísimo: la llamada ley de nietos.
Bajo el paraguas de la Memoria Democrática se abrió la posibilidad de adquirir la nacionalidad española a numerosos descendientes de españoles nacidos fuera de nuestro país, y no solamente a los descendientes directos de quienes acreditaran un exilio en los términos que cualquiera podría imaginar al escuchar la explicación política de la norma, porque la posterior interpretación administrativa amplió notablemente su alcance. Eso no es una opinión mía: ahí está el BOE para quien quiera leerlo.
Y aquí es donde empieza lo que a mí me parece una auténtica barbaridad democrática.
Que alguien pueda tener derecho a recuperar o adquirir la nacionalidad española por razón de su ascendencia puede discutirse, defenderse o incluso parecer perfectamente razonable. Lo que no considero razonable en absoluto es que la consecuencia automática sea permitir que una persona que jamás ha vivido en España, que quizá jamás haya pisado España, que no paga aquí sus impuestos, que no ha cotizado aquí, que no utiliza normalmente nuestros servicios públicos, que no padece nuestras leyes ni soporta las consecuencias cotidianas del Gobierno que salga elegido, pueda intervenir exactamente igual que quien vive aquí en la elección de los diputados de una provincia española.
Y antes de que aparezca el listo de guardia con el matasuegras del “todos los españoles tienen los mismos derechos”, diré precisamente eso: discutamos entonces cómo ejercen ese derecho, porque nacionalidad y circunscripción electoral no tienen por qué ser conceptos inseparables.
Actualmente el español residente en el extranjero figura en el CERA y queda vinculado electoralmente a un municipio español. Para quienes nacieron fuera, la normativa permite tomar como referencia la última residencia o el municipio de mayor arraigo de alguno de sus ascendientes e incluso, en determinados supuestos, otros vínculos familiares; y si no puede determinarse, interviene la oficina consular. Es decir, alguien nacido a diez mil kilómetros de Madrid, que nunca haya vivido en Madrid y cuya relación con Madrid pueda proceder de un ascendiente, termina participando en la elección de los diputados de esa circunscripción.
Y a mí eso me parece disparatado vote al PSOE, al PP, a Vox, a Podemos o al Partido de los Amantes del Berberecho. Me da exactamente igual.
Porque esto no debería ser una discusión sobre a quién votarán esos nuevos españoles, sino sobre qué legitimidad tiene un sistema que permite modificar el resultado electoral de una provincia mediante votos de ciudadanos cuya vida transcurre completamente fuera de ella y que, en muchos casos, ni siquiera han residido jamás allí. Ese es el verdadero problema.
El voto de Madrid debería decidirlo quien forma parte realmente de la comunidad política madrileña; el de Salamanca, quien mantiene una vinculación real con Salamanca; el de La Coruña, Sevilla o Zamora, exactamente igual. Porque nuestros diputados no son cromos de una colección sentimental llamada España: representan circunscripciones concretas cuyos ciudadanos sufren una fiscalidad determinada, unos servicios, unas infraestructuras, unas listas de espera, una vivienda imposible, unos trenes que llegan o no llegan y las consecuencias, en definitiva, de las decisiones de quienes gobiernan.
Por eso propondría algo bastante más limpio: ¿queremos reconocer el voto a los españoles residentes permanentemente en el extranjero aunque jamás hayan vivido aquí? Perfecto. Créese entonces una circunscripción exterior propia, con uno, dos o los escaños que constitucionalmente corresponda establecer después de la reforma necesaria, y que esos españoles elijan a sus representantes sin alterar artificialmente el resultado de Madrid, Asturias, León o cualquier otra provincia.
Así sabríamos además qué piensa realmente la España exterior y tendría sus propios representantes, en lugar de utilizar cientos de miles de votos dispersos para modificar circunscripciones a las que muchos de esos electores apenas tienen una vinculación efectiva. Eso sería transparente.
Lo otro podrá ser legal, podrá venir adornado con memoria, exilio, abuelos y violines de fondo, pero políticamente me parece un disparate monumental y una puerta magnífica para alterar equilibrios electorales extremadamente ajustados.
Y con Pedro Sánchez hemos aprendido una cosa: cuando aparece una puerta que permite conservar un escaño, mover una mayoría o permanecer cinco minutos más en La Moncloa, conviene mirar inmediatamente quién tiene la llave.
Domingo Martín
La pesoez en la actualidad está preocupada por dos cosas: " Una intentar perpetuarse en el poder a toda costa y la otra, inventarse cualquier excusa , cualquier motivo para crear nuevos Impuestos, subir los actuales ó sacarnos el dinero de cualquier manera ". La recaudación y el saqueo del contribuyente es muy importante para seguir manteniendo su dictadura sanchista y su macrolatrocinio.
ResponderEliminarA. S
Hay decisiones políticas que nacen disfrazadas de nobleza, envueltas en palabras grandes como “memoria”, “reparación” o “justicia histórica”.
ResponderEliminarPero a veces, detrás de ese celofán sentimental, late una maquinaria mucho más fría: la del cálculo electoral, la del voto buscado donde ya no se encuentra, la del poder que se aferra a cualquier resquicio para prolongarse un minuto más.
La llamada ley de nietos es un ejemplo perfecto de esa doble cara.
Se presenta como un gesto hacia el pasado, como un abrazo a los descendientes de quienes un día fueron españoles. Pero en realidad abre una puerta que no tiene que ver con la memoria, sino con el presente: la posibilidad de fabricar nuevos votantes que no viven aquí, no conocen la realidad de aquí y no forman parte de la comunidad política que sostiene este país día a día.
Porque ser nieto de españoles no convierte automáticamente en español a quien nació, creció y vive en otro continente.
La sangre no es ciudadanía.
La ciudadanía es convivencia, responsabilidad, pertenencia real.
Es pagar impuestos aquí, trabajar aquí, sufrir aquí las decisiones de quienes gobiernan, esperar en nuestras listas de espera, caminar por nuestras calles, soportar nuestras leyes y sostener con tu vida diaria el edificio común que llamamos España.
Quien no vive aquí no forma parte de esa comunidad política, por mucho que un abuelo naciera en Cádiz, León, Zamora o Tenerife hace setenta años.
Y si no formas parte de la comunidad política, no deberías decidir sobre ella.
Lo más grave no es que se otorgue la nacionalidad —eso puede discutirse, defenderse o rechazarse—, lo más grave es que esa nacionalidad venga acompañada del derecho a votar en provincias concretas, alterando resultados locales con votos que vienen de vidas que transcurren a miles de kilómetros, completamente ajenas a la realidad española.
Europa reconoce la nacionalidad por ascendencia, sí.
Pero Europa no mezcla el voto exterior con las circunscripciones internas como hace España.
Italia tiene circunscripción exterior.
Francia tiene circunscripción exterior.
Portugal tiene circunscripción exterior.
Alemania tiene mecanismos separados.
España, en cambio, permite que alguien que nunca ha vivido aquí vote en Madrid, León, Zamora, Sevilla o La Coruña.
Y eso no es normal.
Eso no es memoria.
Eso es interés político.
Porque cuando un Gobierno sabe que dentro del país le votan cada vez menos, busca votantes fuera.
Y cuando busca votantes fuera, no lo hace por justicia histórica: lo hace por supervivencia electoral.
El problema no es ideológico.
El problema es democrático.
Un país no puede permitir que su futuro político sea decidido por personas que no viven en él, que no sufren sus problemas, que no conocen sus calles, que no esperan en sus hospitales, que no pagan sus impuestos, que no conducen por sus carreteras, que no padecen su vivienda imposible ni su burocracia ni su fiscalidad.
El voto es un acto de pertenencia, no un homenaje a los abuelos.
Por eso esta reflexión termina en una idea sencilla y limpia: la comunidad política la forman quienes viven aquí.
Quien no vive aquí no debería votar aquí.
Y mucho menos cuando esa puerta se abre por interés político y no por justicia.
España necesita memoria, sí.
Pero también necesita transparencia, coherencia y respeto por la democracia.
Porque cuando el poder empieza a fabricar electores, deja de representar a los ciudadanos y empieza a representarse a sí mismo.
Juan Díaz Hernández
Con todo mi respeto.
ResponderEliminarEl objetivo final es:
NO TENDRÁS NADA Y SERÁS FELIZ.
Lo demás son distracciones. Escuchad al CEO de blackrock y la no-votada (como todos, por cierto) Ursula.
De ahí el R.D. sobre vacunación internacional, no vaya a ser que la gente se salga del redil.
Buen día...