viernes, 3 de abril de 2026

JAQUE DE DAMA



Dorsa Derakhshani creció en Teherán a finales de los años noventa y principios de los dos mil, aprendiendo ajedrez cuando todavía era una niña. Ganó títulos nacionales antes de llegar a la adolescencia. Mediada ésta ya había sumado varios títulos del Campeonato Asiático Juvenil y había obtenido dos de las distinciones más prestigiosas del ajedrez: Gran Maestra Femenina y Maestro Internacional.

Estaba construyendo una de las carreras más destacadas del ajedrez iraní.

Y el régimen la observaba en cada movimiento. Lo que la hacía sospechosa era destacar en un juego que el mismo ayatollah Jomeini había prohibido desde su llegada al poder hasta 1988.

En 2017, Dorsa viajó a Gibraltar para competir en un torneo internacional de ajedrez. Tenía dieciocho años. Jugó sin llevar hiyab. Cuando terminó el torneo, la Federación Iraní de Ajedrez la apartó de la selección nacional.

Su falta, expresada de forma directa en las comunicaciones oficiales, fue competir con el cabello descubierto.

Y la federación no se detuvo ahí. Su hermano Borna, que había participado en el mismo torneo, también fue sancionado. Su “delito” fue haber disputado una partida contra un jugador israelí.

Dos jugadores. Una familia. Ambos castigados por el mismo torneo.

Dorsa había pasado años convirtiéndose en una de las mejores jugadoras que su país había producido. La respuesta de Irán fue borrarla de su lista por la forma en que llevaba el cabello.


Dorsa con Borna, su hermano
Se fue a los diecinueve años.

Seis maletas. Un pasaporte. Una beca completa de ajedrez en la Universidad de Saint Louis, en Estados Unidos. Sin su familia cerca. Sin red de seguridad.

Ha contado que llegó completamente sola, sabiendo que si fracasaba no habría nadie allí para sostenerla.

No fracasó.

Compitió para la Federación de Ajedrez de Estados Unidos y siguió construyendo la carrera que Irán había intentado frenar. Al mismo tiempo, siguió estudios en ciencias de la salud y biología, con la intención de llegar a ser cirujana.

El tablero de ajedrez y el quirófano no están tan lejos el uno del otro. Ambos exigen ver toda la posición con claridad antes de mover.

Ha hablado en público, con cuidado, sobre Irán. Sobre el amor que sigue sintiendo por su país y por su gente. Sobre la forma en que se extraña el hogar, incluso cuando una se acostumbra a vivir lejos.

Y sobre saber que no puede volver mientras el régimen actual siga en el poder.

“Si regreso”, ha dicho, “me van a meter en la cárcel en algún lugar y nadie volverá a saber de mí”.


No creo que la durara ni quince minutos. En la
partida, quiero decir. No me san malpensados.
Lo dice sin dramatismo. Como un hecho con el que ha aprendido a vivir.

La joven a la que quisieron reducir por su aspecto se convirtió en una mujer que dejó atrás todo lo que conocía antes de aceptar ser borrada por esa misma lógica.

Si alguna vez te hicieron sentir, de forma abierta o silenciosa, que tu sola presencia era el problema en vez de quienes intentaban empequeñecerte, entonces ya entiendes algo de aquello de lo que Dorsa Derakhshani decidió alejarse.

Y también entenderás que quienes sostienen que el hiyab es un símbolo de libertad y empoderamiento femenino -curiosamente, los mismos ignorantes que alaban a los cubanos por vivir bajo un régimen de hambre y miseria que su fanatismo ha idealizado- no pueden ser más imbéciles.

Fuente: Chess.com ("Ousted Iranian Player: 'My Wardrobe Should Not Be Anyone's Business!", 1 de marzo de 2017)

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