ASTILLAS DE REALIDAD
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lunes, 27 de julio de 2026
LA NUEVA PSEUDOCIENCIA DE LA ATRIBUCIÓN CLIMÁTICA: CÓMO LOS MODELOS INFORMÁTICOS ESTÁN REEMPLAZANDO LA OBSERVACIÓN
Cada vez que un huracán toca tierra, un incendio forestal arrasa la zona o lluvias torrenciales provocan inundaciones, los titulares siguen un guion conocido. Se nos dice que el cambio climático hizo que el evento fuera "el doble de probable", "35 veces más probable" o "prácticamente imposible sin la influencia humana". Políticos, periodistas y activistas repiten estas cifras como si fueran observaciones científicas directas.
No lo son. Son el resultado de modelos informáticos.
Esta distinción es importante porque la política climática moderna se basa cada vez más no en la evidencia observada, sino en realidades simuladas generadas por modelos matemáticos. El creciente campo de la «atribución de fenómenos meteorológicos extremos» ilustra perfectamente esta transformación. En lugar de simplemente estudiar los eventos meteorológicos después de que ocurren, los estudios de atribución intentan calcular cuánto más probable se volvió un evento debido a las emisiones humanas de CO2. Las cifras parecen precisas y autorizadas, pero se basan en supuestos que merecen un escrutinio mucho mayor del que suelen recibir.
La atribución de fenómenos meteorológicos extremos no surgió de forma aislada. Representa la siguiente etapa del mismo paradigma de modelización que generó escenarios de emisiones especulativos como el RCP 8.5. Una vez aceptados estos escenarios como descripciones plausibles del futuro, fue posible utilizar técnicas de modelización similares para atribuir eventos meteorológicos individuales a las emisiones humanas con una precisión numérica aparentemente exacta. En otras palabras, la ciencia de la atribución no se aparta de la modelización climática, sino que es su extensión lógica.
La mayoría de la gente supone que estos estudios comparan el clima actual con observaciones históricas. En realidad, comparan el mundo actual con un mundo hipotético que nunca existió: una versión generada por computadora del clima de la Tierra en la que nunca se produjeron emisiones industriales de dióxido de carbono. La diferencia entre ambas simulaciones se presenta entonces como la contribución humana al evento.
Cuando los titulares afirmaban que la ola de calor de 2024 en el suroeste de Estados Unidos, México y Centroamérica era "35 veces más probable" debido al cambio climático, la mayoría de los lectores asumieron que esta cifra provenía de observaciones directas. No fue así. La estimación se derivó de conjuntos de modelos climáticos que compararon el clima actual con una simulación de un mundo preindustrial.
Eso suena científico hasta que uno se hace una pregunta sencilla: ¿cómo sabemos que el modelo representa con precisión un clima que nadie ha observado jamás?
Los modelos climáticos llevan mucho tiempo teniendo dificultades para reproducir con precisión los registros de temperatura observados, y muchas proyecciones divergen significativamente de otros conjuntos de datos de observación. Tienen problemas para reproducir patrones climáticos regionales importantes, y una de sus pruebas más importantes —la retrospectiva, o reproducción de los cambios climáticos históricos conocidos— sigue siendo problemática. Si un modelo no puede reproducir el pasado de forma fiable, la confianza en su simulación de un clima preindustrial hipotético debería ser limitada. Sin embargo, los estudios de atribución dependen precisamente de esta capacidad.
La creciente dependencia de los estudios de atribución refleja una tendencia más amplia dentro de la ciencia climática moderna. Durante años, escenarios de emisiones especulativos como RCP 8.5 y su sucesor SSP5-8.5 influyeron en miles de estudios de impacto climático, informes de políticas y narrativas mediáticas, a pesar de las reiteradas críticas que señalaban que no representaban trayectorias futuras realistas. Más recientemente, los científicos responsables del diseño de la próxima generación de escenarios climáticos reconocieron que estas trayectorias de máximas emisiones se habían vuelto inverosímiles. Sin embargo, las proyecciones derivadas de ellos ya habían influido en litigios climáticos, políticas de cero emisiones netas y la percepción pública a nivel mundial. La ciencia de la atribución extiende este mismo paradigma de modelado mediante el uso de climas simulados para asignar probabilidades numéricas a eventos meteorológicos individuales. La cuestión no es si los modelos informáticos tienen valor científico, sino si los resultados de modelos cada vez más especulativos se están tratando como evidencia empírica en lugar de como hipótesis sujetas a verificación y revisión.
En un artículo reciente, analicé cómo escenarios de emisiones poco realistas, como el RCP 8.5, se han presentado repetidamente como futuros plausibles a pesar de las críticas de numerosos científicos. Sin embargo, el problema de la modelización es mucho más profundo. Hoy en día, la nueva rama de la ciencia climática -conocida como atribución de fenómenos meteorológicos extremos- afirma poder determinar en qué medida una inundación, un incendio forestal, una sequía o un huracán se volvieron más probables debido a las emisiones humanas de CO₂. Estas afirmaciones dominan ahora la cobertura mediática de los fenómenos meteorológicos extremos, pero se basan en muchos de los mismos supuestos de modelización que ya han demostrado ser controvertidos.
La cuestión fundamental es si el dióxido de carbono es el principal determinante del clima, como afirma el IPCC, y si los modelos climáticos actuales son capaces de aislar su influencia con la extraordinaria precisión que implican los estudios de atribución modernos. Si los propios modelos siguen siendo muy inciertos, entonces la confianza depositada en las afirmaciones de atribución se vuelve igualmente cuestionable.
Muchos científicos altamente cualificados sostienen que el CO2 no es el principal factor determinante del clima y que la variabilidad natural desempeña un papel mucho más importante del que se suele reconocer.
Otro problema es que el clima en sí mismo es extraordinariamente variable. Inundaciones, sequías, huracanes, olas de calor e incendios forestales siempre han existido. Los extensos registros históricos suelen revelar ciclos, agrupaciones y fluctuaciones naturales que se extienden a lo largo de los siglos. En muchos casos, la evidencia no muestra las simples tendencias ascendentes que se presentan en los medios de comunicación. Los conjuntos de datos históricos presentados durante investigaciones recientes sobre la ciencia de la atribución muestran poco o ningún aumento a largo plazo en muchas categorías de clima extremo, mientras que algunos registros incluso muestran tendencias descendentes durante los períodos examinados.
Esto no significa que el clima nunca cambie. Por supuesto que cambia. El clima de la Tierra siempre ha cambiado. La cuestión es si los estudios de atribución modernos pueden separar con seguridad la variabilidad natural de la influencia humana en el extraordinario grado que se afirma.
Consideremos cómo se informan los estudios de atribución. Un estudio puede concluir que un evento se volvió "el doble de probable" debido al cambio climático. Los medios casi nunca explican que esta conclusión depende de docenas de modelos climáticos, numerosas suposiciones sobre temperaturas históricas, métodos estadísticos e intervalos de confianza que pueden abarcar una amplia gama de resultados posibles. En cambio, el público recibe una única cifra impactante, desprovista de su incertidumbre.
Esto crea la ilusión de certeza donde aún existe una considerable incertidumbre.
Quizás aún más revelador sea cómo la ciencia de la atribución ha llegado a desempeñar un papel cada vez más importante en la política climática, el discurso público y los litigios. Esta disciplina no surgió simplemente de la curiosidad científica sobre tormentas individuales. A medida que los estudios de atribución se volvieron más sofisticados, también adquirieron una importancia política, regulatoria y legal significativa. Si ciertos eventos meteorológicos pudieran atribuirse a las emisiones de combustibles fósiles, entonces los litigios contra las compañías de energía de combustibles fósiles adquirirían una base aparentemente científica. Establecer la causalidad es fundamental para la responsabilidad, y los estudios de atribución intentan proporcionar precisamente ese vínculo.
Más allá de las implicaciones legales, los estudios de atribución también refuerzan una agenda tecnocrática más amplia. Las organizaciones internacionales, los gobiernos y los organismos reguladores justifican cada vez más políticas energéticas, financieras, industriales y sociales de gran alcance apelando a modelos climáticos que se presentan como ciencia establecida, en lugar de hipótesis científicas en evolución, sujetas a verificación, revisión y debate.
Que estas demandas tengan éxito o no es casi irrelevante. Una vez que se le repite al público que cada incendio forestal, inundación o huracán deja una huella de carbono cuantificable, el discurso político comienza a reforzarse. Los gobiernos exigen mayor intervención. Los periodistas publican conclusiones cada vez más alarmantes. La financiación de la investigación sigue la misma tendencia. Se crea un círculo vicioso en el que los modelos generan titulares, los titulares generan políticas y las políticas exigen más modelos.
Este patrón va mucho más allá de la investigación climática. Cada vez vivimos más en un mundo regido por simulaciones informáticas. Los modelos económicos dan forma a la política monetaria. Los modelos epidemiológicos justificaron los confinamientos sin precedentes durante la pandemia de COVID-19. Los sistemas de inteligencia artificial guían cada vez más la contratación, los préstamos, la vigilancia policial e incluso el diagnóstico médico. En todas partes, los modelos matemáticos están empezando a sustituir la observación directa y el juicio humano.
La historia demuestra repetidamente lo contrario. El progreso científico depende de cuestionar los modelos cuando las observaciones los contradicen. Los modelos deben estar al servicio de la evidencia, nunca ser sus amos.
Quizás esa sea la lección más importante del debate actual sobre la atribución de fenómenos meteorológicos extremos. Las políticas públicas que afectan a billones de dólares y miles de millones de vidas se basan cada vez más en simulaciones de mundos hipotéticos que no pueden observarse directamente ni verificarse experimentalmente. Estos modelos merecen un examen minucioso, una crítica abierta y pruebas continuas, no una aceptación acrítica simplemente porque produzcan cifras que parezcan impresionantes.
La ciencia real avanza mediante la observación, la replicación y el escepticismo. Acoge la incertidumbre porque esta es el motor del descubrimiento. La pseudociencia, en cambio, suele mostrar una seguridad que excede la evidencia disponible, a la vez que desalienta la disidencia.
A medida que la política climática continúa transformando los sistemas energéticos, las economías y las libertades individuales, la carga de la prueba debe seguir estando donde siempre ha correspondido: sobre quienes hacen afirmaciones extraordinarias.
Los modelos informáticos son herramientas científicas valiosas. Sin embargo, siguen siendo herramientas, no evidencia en sí mismas. Las políticas públicas deben guiarse, en primer lugar, por la observación empírica y solo en segundo lugar por la simulación. Cuando los modelos adquieren mayor autoridad que la realidad que pretenden representar, la ciencia corre el riesgo de convertirse en ideología en lugar de investigación.
Mark Keenan
(Fuente: https://markgerardkeenan.substack.com/; visto en https://www.verdadypaciencia.com/)
EE.UU. PARECE ESTAR PREPARANDO UNA ESCALADA EXPONENCIAL EN LA GUERRA CONTRA IRÁN
El despliegue militar apunta a una capacidad de escalada sin precedentes.
Las últimas informaciones indican que Estados Unidos está reforzando significativamente su presencia militar en torno a Oriente Medio, con movimientos que van mucho más allá de una campaña limitada de ataques aéreos como ha sucedido hasta ahora.
De acuerdo con reportes del Wall Street Journal, Washington habría desplegado fuerzas de operaciones especiales, escuadrones adicionales de cazas y mantiene bombarderos estratégicos en estado de alerta, incluidos B-1B Lancer estacionados en el Reino Unido y otras plataformas listas para actuar si el conflicto se intensifica.
En el mar, la concentración de poder también continúa creciendo. Según la información disponible, la Armada estadounidense cuenta ya con 17 buques en la región, entre ellos dos grupos de ataque de portaaviones, varios destructores equipados con sistemas antimisiles y una Unidad Expedicionaria de la Infantería de Marina.
Sin embargo, uno de los movimientos que más atención ha despertado entre analistas militares no tiene que ver con aviones o barcos: más de 150 médicos especializados en trauma de combate habrían sido enviados al Centro Médico Regional Landstuhl, en Alemania, el principal hospital que recibe a militares estadounidenses heridos procedentes de operaciones en Oriente Medio.
Ese tipo de despliegue no confirma que una ofensiva terrestre sea inminente, pero sí suele interpretarse como una medida para aumentar la capacidad de respuesta ante un posible incremento en el número de bajas si las operaciones militares escalan.
Al mismo tiempo, el CENTCOM continúa reportando operaciones militares diarias, mientras que la Cámara de Representantes aprobó un amplio paquete presupuestario que incluye 73.000 millones de dólares destinados a defensa e inteligencia, aunque el debate político en Washington sigue reflejando divisiones sobre el alcance del compromiso militar.
Si bien un despliegue de fuerzas no significa necesariamente que exista una decisión tomada para ampliar la guerra, la combinación de bombarderos estratégicos, fuerzas especiales, portaaviones, refuerzos médicos y mayor presencia naval indica que Estados Unidos está ampliando considerablemente sus opciones militares, en caso de que la situación continúe deteriorándose.
CUANDO SALTA LA LIEBRE EN MEDIOS OFICIALES
Un dato incómodo para el negocio del cáncer que se ha colado recientemente en el programa LA VENTANA de la cadena SER: “Hay un 40% de falsos positivos en diagnósticos de cáncer”. Les dan quimioterapia -un tratamiento enormemente agresivo- sin tener cáncer a casi una de cada dos personas.
domingo, 26 de julio de 2026
LA GUERRA CIBERNÉTICA YA NO LA DIRIGEN LOS HUMANOS. LA ESTÁ CONFIGURANDO LA I.A.
Nos acercamos a la transformación más trascendental en el ámbito de los conflictos cibernéticos de toda una generación.
La próxima ola de capacidades cibernéticas impulsadas por la IA no es una perspectiva lejana que espera en el horizonte. Ya ha llegado. Sin embargo, gran parte del debate público sigue centrado en los lanzamientos de modelos, las valoraciones de las empresas y la carrera entre las firmas tecnológicas por dominar el mercado de la inteligencia artificial. En los círculos gubernamentales, sin embargo, el debate ha adquirido un sentido de urgencia mucho mayor.
A puerta cerrada, los responsables de seguridad nacional se enfrentan a una realidad que hasta hace poco parecía teórica: la inteligencia artificial está empezando a alterar el equilibrio de poder entre atacantes y defensores en el ciberespacio.
El cambio no es gradual. Es estructural.
Por primera vez, los actores estatales están adquiriendo la capacidad de llevar a cabo operaciones cibernéticas a la velocidad de una máquina.
Las vulnerabilidades que antes exigían meses de trabajo minucioso por parte de equipos altamente especializados ahora pueden descubrirse en cuestión de horas. Las vías de ataque que antes requerían profundos conocimientos técnicos y años de experiencia acumulada pueden, cada vez más, trazarse, perfeccionarse y ejecutarse mediante la automatización.
La consecuencia más significativa no es simplemente un aumento espectacular de la capacidad. Se trata de una transformación de la economía subyacente del propio conflicto cibernético. El coste, la escala, la velocidad y la accesibilidad están cambiando simultáneamente, reconfigurando el panorama estratégico de formas que los gobiernos apenas están empezando a comprender.
Durante décadas, las operaciones cibernéticas sofisticadas requerían inversiones enormes. Los Estados necesitaban personal especializado, una amplia infraestructura, canales de inteligencia, paciencia operativa y años de experiencia institucional. Incluso las potencias cibernéticas más avanzadas se enfrentaban a limitaciones. Los recursos eran finitos. La experiencia era escasa. El tiempo seguía siendo una limitación.
Esas limitaciones ayudaron a definir el equilibrio entre el ataque y la defensa.
Hoy en día, ese equilibrio está empezando a romperse.
Las recientes demostraciones con modelos de IA de vanguardia, como Mythos, han hecho que este cambio sea cada vez más difícil de ignorar. Lo que inquietó a muchos responsables gubernamentales no fue simplemente la rapidez con la que se podían descubrir vulnerabilidades avanzadas. Fue darse cuenta de que los sistemas de IA que operan bajo estrictas restricciones de seguridad y controles comerciales ya eran capaces de identificar debilidades profundamente arraigadas en el interior de sistemas complejos a un ritmo que habría sido inimaginable hace sólo unos años.
Esa observación condujo rápidamente a una pregunta aún más inquietante:
Si los sistemas de IA disponibles en el mercado, que funcionan bajo amplias medidas de seguridad, ya pueden alcanzar este nivel de rendimiento, ¿qué capacidades están desarrollando a puerta cerrada los actores estatales más sofisticados?
Ahí es donde el debate se vuelve considerablemente más serio.
La próxima generación de sistemas de IA no se limitará a identificar vulnerabilidades. Apoyarán cada vez más todas las etapas del ciclo de vida operativo. Estos sistemas analizarán la infraestructura, priorizarán los puntos débiles, adaptarán las metodologías de ataque en tiempo real, generarán herramientas especializadas, acelerarán el reconocimiento y reducirán los plazos operativos de semanas a horas, o incluso minutos.
Las implicaciones son profundas.
Un equipo relativamente pequeño podría ser pronto capaz de generar efectos operativos que antes requerían grandes organizaciones, presupuestos considerables y amplios recursos técnicos. Las capacidades que históricamente se concentraban en un puñado de grandes potencias podrían estar al alcance de un abanico mucho más amplio de actores.
Esta transformación es, además, profundamente asimétrica.
Los atacantes sólo necesitan tener éxito una vez. Los defensores deben tener éxito de forma continua.
Un atacante puede centrarse en una única vulnerabilidad que haya pasado desapercibida. Los gobiernos, por el contrario, deben proteger ecosistemas nacionales completos. Son responsables de proteger las redes eléctricas, las redes de transporte, la infraestructura de telecomunicaciones, los sistemas financieros, los hospitales, los organismos públicos, las cadenas de suministro y, cada vez más, los sistemas de IA que los sustentan.
Actualmente, la inteligencia artificial parece favorecer al bando atacante, ya que reduce las fricciones en todas las fases del proceso. Acelera el descubrimiento. Agiliza la adaptación. Amplía la experimentación. Aumenta el ritmo operativo. Los actores maliciosos pueden probar miles de posibilidades simultáneamente, mientras que los defensores suelen seguir dependiendo de herramientas de seguridad fragmentadas, procesos de toma de decisiones humanos y sistemas de priorización manuales.
Esa disparidad está creando una brecha estratégica que se está manifestando en tiempo real.
Muchos gobiernos siguen defendiendo las infraestructuras críticas utilizando arquitecturas diseñadas para una era diferente de conflicto cibernético. Los sistemas de monitorización, las alertas, las plataformas de detección de amenazas y la gestión de parches siguen siendo componentes esenciales de la ciberseguridad. Sin embargo, estas medidas por sí solas resultan cada vez más insuficientes frente a adversarios capaces de aprovechar operaciones mejoradas por la IA a gran escala.
El reto al que se enfrentan los gobiernos ya no se limita a detectar actividades maliciosas.
La tarea más difícil consiste en comprender, en tiempo real, qué vulnerabilidades son las más importantes, qué sistemas están expuestos, qué vías de ataque son realmente viables y cómo las señales aparentemente inconexas de una infraestructura nacional fragmentada se combinan para formar indicadores significativos de riesgo antes de que un adversario actúe.
Esto ya no es únicamente un reto de ciberseguridad.
Es un reto de inteligencia.
Y muchos gobiernos siguen estando mal organizados para abordarlo.
Los programas tradicionales de ciberseguridad se basaban en gran medida en la defensa de sistemas, redes y organizaciones individuales. El nuevo panorama de amenazas exige un enfoque diferente. Requiere la capacidad de sintetizar información procedente de conjuntos de datos extensos y, a menudo, inconexos, generar rápidamente conocimientos útiles y respaldar la toma de decisiones a un ritmo que se adapte a unos adversarios cada vez más automatizados.
Este cambio sitúa la inteligencia, y no sólo la tecnología, en el centro de la ciberdefensa moderna.
Al mismo tiempo, muchos de los sistemas defensivos de IA más avanzados se han desarrollado principalmente para entornos comerciales en la nube. Los gobiernos que gestionan redes clasificadas, infraestructuras soberanas, sistemas militares sensibles y entornos aislados (air-gapped) se enfrentan con frecuencia a obstáculos significativos al intentar desplegar estas capacidades allí donde más se necesitan.
Como resultado, muchos países están entrando en una era en la que las capacidades ofensivas basadas en la IA avanzan más rápidamente que la adaptación defensiva soberana.
Ese desequilibrio es lo que preocupa a los responsables políticos.
Los países que están actuando con mayor determinación están empezando a replantearse la ciberdefensa desde cero. En lugar de tratar la ciberseguridad como una función técnica, una responsabilidad de TI o un ejercicio de cumplimiento normativo, la consideran cada vez más como una capacidad nacional de inteligencia y toma de decisiones.
Están invirtiendo en infraestructura soberana de IA. Están integrando conjuntos de datos nacionales fragmentados. Están desarrollando sistemas diseñados para generar evaluaciones operativas a la velocidad de una máquina y proporcionar a los líderes la información necesaria para tomar decisiones antes que las amenazas se materialicen por completo.
En efecto, están rediseñando la doctrina cibernética para una era en la que la inteligencia artificial se convierte en un componente central tanto del ataque como de la defensa.
Otros, sin embargo, siguen centrados en superponer herramientas modernas a estructuras institucionales que nunca se diseñaron para este entorno de amenazas.
Ese enfoque puede resultar inadecuado.
El error más peligroso que pueden cometer los gobiernos es considerar esto como un problema futuro.
No lo es.
Las capacidades ya existen. Las barreras de entrada están cayendo. Las ventajas operativas son cada vez más evidentes. Y a medida que la tecnología madure, estas capacidades se extenderán inevitablemente más allá de un grupo relativamente pequeño de actores avanzados.
La historia sugiere que las ventajas tecnológicas rara vez permanecen concentradas durante mucho tiempo.
El mundo está entrando en un periodo en el que el conflicto cibernético estará cada vez más determinado por la inteligencia artificial en ambos bandos del campo de batalla. Sin embargo, en este momento, el desequilibrio sigue siendo evidente. Las capacidades ofensivas están evolucionando más rápido que los sistemas defensivos. Los atacantes se están adaptando más rápidamente que los defensores.
Que ese desequilibrio persista dependerá de cómo respondan los gobiernos en los próximos años.
Los países que reconozcan pronto la magnitud de esta transformación -y rediseñen sus doctrinas cibernéticas nacionales en torno a la inteligencia artificial, la soberanía, la integración de la inteligencia y la defensa a velocidad de máquina- estarán mejor posicionados para afrontar la próxima década.
Aquellos que no logren adaptarse podrían descubrir, con el tiempo, que el conflicto cibernético ya ha cambiado y que están librando las batallas del mañana con los supuestos del ayer.
Shalev Hulio
(Fuente: https://intpolicydigest.org/; visto en https://es.sott.net/)
HISTÓRICA SENTENCIA JUDICIAL DESTAPA EL FRAUDE DE LOS MAL LLAMADOS "PRÉSTAMOS" HIPOTECARIOS
... préstamos en los que el banco no te presta absolutamente nada, puesto que el dinero que tendrás que "devolverle" durante la vigencia de la hipoteca se crea con tu firma mediante un mero apunte contable. En otras palabras, no hay desembolso financiero ninguno por parte del banco, por lo que la deuda generada está basada en un fraude, tan común y universal que hasta ahora no había sido cuestionado.
Ha sido una jueza de Salamanca la que ha dado la razón a la reclamación presentada por Salinero Abogados, obligando al Banco de Santander a devolver íntegro el importe de dos hipotecas suscritas en 2005 y 2009 y abriendo una grieta en el fraudulento sistema bancario que podría extenderse hasta su misma raíz, derrumbando el edificio del dinero-deuda que se sostiene sobre una mera apariencia de préstamo.
En el podcast que enlazo aquí el abogado David González Salinero explica la sentencia lograda y las repercusiones que pueden desencadenarse a partir de este logro histórico.
LA MALEZA SON ELLOS
Los que incendian nuestra patria son los mismos que nos quisieron vacunar, los mismos que llenan el campo de placas y molinos, los mismos que dividen a la sociedad civil con feminismos, LGTBInismos, inmigración desordenada, los mismos que se inventan una crisis climática inexistente para quitarte tu coche, tu casa, tu aire acondicionado, tus filetes, tu pescado fresco, tus verduras, los mismos que convierten tu coche en una cápsula de control, los que que te quieren quitar el dinero en efectivo para poderte tener preso. Son los mismos que aran el cielo con aluminio. El plan guoque globalitarista es un proyecto internacional que colocó a los Sánchez como presidentes, por eso les obedecen.
No caigan en su relato. Los campos fueron abandonados para después ser incendiados por personas a las que ellos envían y pagan.
El aprovechamiento posterior para otros menesteres es secundario, no es el motivo principal.
Ellos necesitan crear "crisis climática", sensación de miedo, apocalipsis, para después justificar la destrucción absoluta del sector primario y la soberanía alimentaria.
Darle vueltas a esto o aquello es ayudarles a despistar de estas auténticas razones.
Queman España por orden de su Agenda 2030, de su NOM, del plan trazado por los Soros, Gates y familias anglomasonas que buscan un solo gobierno mundial.
Pero los más culpables son los miles de funcionarios, empresarios, científicos y periodistas cobardes que les siguen la corriente porque temen perder sus trabajos. Tibios que se autocensuran y que nos censuran a otros, rastreros vacuñaos que callan para beneficio propio. Está usted rodeado de ellos.
Hay que atacar a sus cabezas, mientras todavía haya personas creyendo que son simplemente intereses económicos, mientras una sola vacuna sea inoculada, ellos seguirán. Ellos son la maldad, la maleza, y queman nuestro territorio para consolidar su falacia climática y después quitárnoslo todo.
Rodean su crimen de dramas personales de víctimas y héroes para que no nos fijemos en que los culpables llevan corbata. Nos entretienen con historias conmovedoras para desviar nuestra atención de que es un plan urdido para dominar y arruinar al pueblo español.
Nuestra indignación infructuosa desaparece cuando volvemos a pagar con tarjeta, cuando obedecemos a los médicos que sirven a farmacéuticas, cuando compramos en cualquier empresa que luzca el esfínter del arco iris. Los ayudamos cuando permitimos que a nuestros hijos les enseñen en el colegio la mentira climática. No nos lamentemos tanto ahora si el resto del año, por pereza, procrastinación o comodidad, no hacemos absolutamente nada para combatir al globalitarismo anglomasón.
Cada vez que paga usted con tarjeta, los ayuda. Cada coche eléctrico es una victoria para ellos.
Es su maleza contra el pueblo desactivado.
Fernando López-Mirones
(https://t.me/elaullido/)
- ¿Qué tenemos?
- Aquí hay una garrafa de gasolina, una caja de cerillas,
varías pisadas y la huella de un vehículo.
- Bien, apunta:
Causa del incendio: el Cambio climático.
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Causa del incendio: el Cambio climático.
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