miércoles, 14 de octubre de 2026

EL ACUERDO DE TRUMP Y PUTIN SOBRE EL DIÉSEL DEJA EN FUERA DE JUEGO A UN ZELENSKI YA AMORTIZADO



El presidente estadounidense, Donald Trump, vuelve a desbaratar el tablero al concluir con Moscú un acuerdo sobre el suministro de diésel ruso, renunciando a las medidas coercitivas unilaterales (las “sanciones”) que su predecesor Joe Biden había adoptado contra Rusia. Se trata de un brusco giro de la crisis petrolera que el mismo Trump provocó con su estúpida guerra contra Irán. De esa manera, Trump hace pagar a Kiev su complicidad con los cárteles latinoamericanos de la droga, a los que la administración Trump ha declarado la guerra, y finalmente proclama que Zelenski ha dejado de ser un dirigente legítimo.

Una cosa es la mediática “propaganda de guerra”, donde todavía prevalece la hegemonía israelo-anglosajona, y otra cosa es la cruda realidad del crudo, en momentos en que la mismísima Agencia Internacional de la Energía (AIE o IEA, según sus siglas en inglés) reconoce que aunque «Estados Unidos produce más crudo que nunca (…) los precios del diésel escalaron recientemente alturas récord, mientras que los inventarios permanecen inusualmente bajos».



El “efecto Estrecho de Ormuz” desembocó en una grave crisis del diésel, con efectos deletéreos a escala global y, específicamente en Estados Unidos, a 23 días antes de las cruciales elecciones intermedias, cuando, en forma sincrónica, ya inició la crisis alimentaria como uno de sus tantos efectos secuenciales. ¿El acuerdo espectacular entre Putin y Trump, quienes conversaron 90 minutos por teléfono, será acaso la “sorpresa de octubre” que busca(ba) el atribulado presidente estadounidense para que su Partido Republicano no sufra las consecuencias electorales del alza del diésel?

RT enuncia los principales detalles de la “exitosa” charla telefónica entre Putin y Trump: «Los líderes hablaron sobre un importante acuerdo sobre el diésel, las negociaciones sobre la paz en Ucrania, la diplomacia con Irán y el fortalecimiento de los contactos bilaterales.»


La política de Zelenki de bombardear refinerías y depósitos de combustible en suelo ru-
so ha pasado a ser un ataque a los intereses comerciales norteamericanos que Trump
no va a tolerar. Y sin esta baza, la resistencia ucraniana se debilita aún más.

El “acuerdo diésel” ya había sido tejido por el enviado especial ruso Kirill Dimitriev y los negociadores de Trump, Steve Witkoff y Jared Kushner. ¿Fue el regalo de Trump a Putin por su onomástico número 74? Putin dijo que «Rusia está lista a abastecer con petróleo a Estados Unidos y los mercados globales».

En su muy clásico estilo propagandístico, Trump posteó su «discusión altamente exitosa» con Putin, en la que se acordó el «suministro inmediato de más de 300 000 toneladas de diésel al mercado estadounidense y mundial, otras 500 000 toneladas durante el mes de noviembre y un millón de toneladas después». Además, «dependiendo del estado de sus refinerías, Rusia entregará en breve 3 millones de toneladas de diésel».

El siempre hiperbólico Trump vaticinó un desplome de los precios del petróleo y del diésel en forma «rápida», lo cual beneficiaría, como agregado electorero, a los «grandes granjeros, ganaderos y camioneros». Concluyó proclamando nuevamente que «Irán no tendrá su bomba nuclear».

¿Trueque de Ucrania por la hasta hoy oficialmente inexistente “bomba nuclear” de Irán? El viceprimer ministro ruso Alexander Novak, después de haber hecho notar que Rusia es uno de los principales abastecedores de combustible diésel en el mercado global, anunció que «Rusia empezó a levantar las restricciones de exportaciones de diésel con carácter inmediato».

En una hilera de trueques, que huelen al “espíritu de Anchorage”, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos anunció «una exención temporal de las sanciones sobre el comercio de combustible ruso en medio del aumento vertiginoso de los precios a nivel mundial. La medida permite la venta, entrega, descarga e importación de diésel ruso, incluso a Estados Unidos, hasta al menos el 7 de abril de 2027».

El “acuerdo diésel” de los antiglobalistas Trump y Putin desembocó en la sepultura muy anunciada del ilegal cuan ilegítimo “presidente” espurio, el jázaro Zelenski. Los grandes perdedores son los globalistas de Europa occidental, impulsadores de la guerra contra Rusia.


El 28 de febrero de 2025 Donald Trump ya lanzaba una seria advertencia
 pública a Zelenski. Pero este se aferró al poder, impidiendo las elecciones
con decretos que ha venido renovando cada tres meses. Zelenski tam-
bién siguió malversando fondos, pero a todo lo anterior agregó el grave
 error de  aliarse con los cárteles latinoamericanos de la droga que
Trump pretende erradicar.
Ricardo Bosi, ex comandante de las Fuerzas Especiales de Australia, comentó: «Ucrania es el centro del Estado Profundo. Es la cabeza de la serpiente, y Vladimir Putin le está cortando la cabeza. Durante décadas, Ucrania ha sido el centro de los globalistas».

¿Cuál será el efecto del “acuerdo diésel” en el escéptico electorado estadounidense? ¿Conseguirá despejar los escollos que se ciernen sobre la próxima cumbre tripolar en Shenzhen, el 18 de noviembre, entre los presidentes Xi, Putin y Trump?


Alfredo Jalife-Rahme
(Visto en https://www.voltairenet.org/)

PROPUESTA CREATIVA PARA LOS NUEVOS BILLETES DEL EURO


Si se trata de reflejar los valores propugnados por la U.E., no se nos ocurre un mejor diseño:

¿ALGUIEN ENTIENDE A QUÉ VIENE HOMENAJEAR A LOS INVASORES CAÍDOS?



Lo del rey Felipe VI no tiene nombre: acude a Ceuta con prácticamente dos meses y medio de retraso, no a entrevistarse con una población amedrentada, sumida en la inseguridad y con sus calles, playas y monte ocupados por una masa agresiva, insalubre y amenazante, sino a rendir tributo a quienes se dejaron la vida en su arremetida contra la integridad territorial del reino que preside. ¡Lo nunca visto! Somos el único país del mundo que homenajea a sus invasores y honra a quienes lo atacan.

Si con la "comprensiva" actitud del traidor Sánchez, acogiendo a quienes solo merecen la más expeditiva expulsión y conminando a los ceutíes a soportar la "nueva realidad" que el asalto urdido por Marruecos ha creado, parecía que no cabía mayor dislate, el pánfilo Borbón ha rizado el rizo del espantoso ridículo en que incurre un poder que a aplaude a sus asaltantes y rinde pleitesía a quienes socavan su soberanía y arruinan la convivencia. Somos, merecidamente, el hazmerreir del mundo.


El rey sepulturero, despidiendo a los que arremetieron contra nuestras
fronteras al dictado del sátrapa marroquí. Una imagen para meme.

Nunca en la historia conocida se había dado un precedente de la aberración consumada por este jefe de estado que arrastra la dignidad de la nación por el fango.

Para tomar el pelo así a nuestros compatriotas más valía que se hubiera quedado tranquilito en su Zarzuela, ocupado en buscar la forma de no agraviar a sus súbditos, que no merecen una bofetada como la que les ha propinado con su necio gesto. Ceuta sabe a partir de este momento con quien no puede contar.

(posesodegerasa)

martes, 13 de octubre de 2026

UNA HIPÓTESIS MÁS QUE PLAUSIBLE (4ª PARTE)



Hay una pieza que explica buena parte del comportamiento norteamericano dentro de nuestra hipótesis.

Estados Unidos ha construido su civilización sobre un consumo de energía por habitante extraordinariamente elevado.

No hablamos solamente de automóviles enormes o viviendas gigantescas. Hablamos de distancias, urbanismo, transporte de mercancías, aviación, agricultura, industria, climatización y una organización completa del territorio que presupone energía abundante y barata.

Eso significa que, ante una restricción energética mundial, Estados Unidos tiene muchísimo que perder.

Y eso explicaría dos comportamientos.

El primero sería una política exterior extraordinariamente agresiva alrededor de los recursos energéticos y de sus rutas de suministro.

Irak. Libia. Yemen. Venezuela. Irán. Las relaciones con Canadá. La ruptura energética entre Europa y Rusia.

No todos estos acontecimientos son iguales ni demuestran por sí mismos una misma intención. Pero, dentro de nuestra hipótesis, producen un resultado extraordinariamente coherente: la energía vuelve una y otra vez al centro del poder geopolítico.

Europa constituye quizá el caso más espectacular. La ruptura con Rusia significó renunciar a una fuente próxima de energía barata y aceptar un deterioro considerable de la competitividad industrial europea.

El segundo comportamiento sería todavía más interesante.

Estados Unidos no necesitaría apropiarse de todo el petróleo del mundo.

Le bastaría con conseguir que sus competidores tampoco pudieran consumirlo con la facilidad anterior.

Ahí adquieren una importancia gigantesca Ormuz, Bab el-Mandeb y las demás arterias del comercio energético mundial.

Una guerra no necesita cerrar completamente un estrecho para producir efectos económicos. Basta con aumentar el riesgo, los seguros, los fletes, los retrasos y el precio de la energía.

Eso destruye demanda.

Y la destrucción de demanda compra tiempo.

Pero existe una paradoja extraordinaria.

La población que probablemente tendría que soportar una de las mayores reconversiones sería precisamente la norteamericana.

Porque parte de esa reconversión comenzó hace décadas.

Estados Unidos trasladó una enorme cantidad de producción industrial a China. Cerraron fábricas, desaparecieron empleos industriales y regiones enteras sufrieron una profunda decadencia económica y social.

La deuda permitió amortiguar durante décadas aquella transformación.

El país podía importar los productos que ya no fabricaba y mantener el consumo mediante crédito, gasto público y expansión financiera.

En otras palabras: primero se deslocalizó la producción.

Después se sustituyó una parte de la prosperidad productiva por prosperidad financiera.

Y finalmente se acumuló deuda para mantener el nivel de consumo.

Pero la deuda sólo puede sustituir a la producción mientras aquello que queremos comprar siga existiendo.

Y volvemos exactamente al mismo punto.

Estados Unidos puede emitir dólares.

Puede emitir bonos.

Puede endeudarse por cantidades astronómicas.

Puede utilizar su ejército para proteger rutas y disputar recursos.

Puede intentar impedir que sus adversarios accedan a ellos en las mismas condiciones.

Pero existe una cosa que ni siquiera la primera potencia del planeta puede hacer: imprimir petróleo.

Por eso, dentro de nuestra hipótesis, Estados Unidos no sería simplemente el país que intenta controlar el descenso.

Sería también uno de los países que más desesperadamente necesita controlarlo.

Porque cuanto mayor fue la abundancia sobre la que se construyó una sociedad, mayor será la transformación necesaria cuando esa abundancia termine.


Félix Udivarri
(https://acratasnet.wordpress.com/)

CASO "MARI CARMEN": UNA CARTELERÍA POCO MENOS QUE INSTANTÁNEA



Mari Carmen falleció después de ser sedada el 7 de octubre a las 19:30. La primera noticia en prensa fue dada por RTVE a las 20:26.

¿Cómo es posible que el sindicato de estudiantes compartiera en X a las 21:51 una manifestación con carteles impresos -personalizados- de lo sucedido?

Un malpensado deduciría que su muerte estaba agendada, resolviendo de una tacada dos problemas que pondrían en apuros al gobierno: que hubiera podido volver a su casa, como estaba ya acordado, con lo que ya no se podría hacer bandera de su situación, y que ninguna noticia impactante opacase la de que el PSOE encargó a un clan de narcos la eliminación física de la juez que investigaba al hermanísimo de Pedro Sánchez, David.

¡Qué casualidades tan increíbles allanan siempre los planes electorales de los del puño y la Rosa Nostra!

LA GRAN FARSA DEL AGUJERO DE LA CAPA DE OZONO



Hoy, en "Grandes farsas que la gente se creyó": El Agujero de Ozono.

Hacia 1985 un grupo de gases llamados fluorocarbonados, que servían para refrigeración y para que los aerosoles hagan pffff, estaban por quedar libres de patentes, ya que había trascurrido el tiempo fijado por las leyes.

Solo en gas freón se dejarían de percibir 4000 millones de dólares al año.

La solución era investigar y conseguir gases más eficientes, baratos y seguros.

Pero la química es aburrida.

Además a los chicos que les gustaba jamás los invitaban a las fiestas, y los matones de la escuela los golpeaban de lunes a viernes, así que faltaban incentivos. Sin duda era más efectivo para conseguir novia aprender a bailar breakdance que ponerse a hacer cosas raras en el laboratorio.

Así que había que pagarles mucho a los pocos investigadores que llegaron a terminar la universidad, y llevaría años, ya que los gases existentes ya eran seguros y baratos.

En aquella época el músico Boy George, de Culture Club cantaba The War Song, con el estribillo: "La gente es estúpida". Creo que de ahí les vino la inspiración.



Bastó con buscar a tres científicos mal pagados y muertos de frío que trabajaban en la Antártida, y pedirles que "descubrieran" un agujero en el ozono que rodea al planeta.

¿Por que no en Minesota? Porque es facil llegar allí tomando la Ruta 61, largar un globo con instrumentos básicos y darse cuenta de la farsa.

El paso siguiente era pedirle a la revista "Nature" que publicase el estudio.

"Nature" es una revista científica seria, lo que significa que para que te publique un estudio hay que darle al editor, disimuladamente, un sobre gordito con al menos 25.000 dólares.

El "National Enquirer" te lo publica por 400, pero al lado de una nota con fotos de un extraterrestre que vive en la casa de una jubilada de Miami. No sirve.

El miedo vende, así que todos los medios de comunicación salieron en manada a advertir del terrible agujero de ozono.

No es nuevo, en 1910 los periódicos publicaron una investigación de un científico francés diciendo que la cola del Cometa Halley era venenosa, e iba a rozar la tierra. No aclaron que "cerca", en términos astronómicos, era pasar a 40 millones de kilómetros.

Se suicidaron 1500 personas. Mi bisabuela contaba que le ponían, como a todos los niños, un casco y colgando de este una máscara de muselina, para jugar afuera, un traje de astronauta de 1910. Otros usaban latas de galletitas en la cabeza, esas que tenían un vidrio para ver.


En 1985 los padres escondían a los niños del sol.

Problema: Agujero de Ozono.

Culpable: Los gases fluorocarbonados. Tu heladera y tu desodorante estaban destruyendo la atmósfera.

Solución: Protocolo de Montreal, prohibiendo estos gases, reemplándolos por gases de hidrocarburos, más caros, más inflamables, con patentes nuevecitas, pero que no "producen agujeros".

Y que insuflaron nueva vida al negocio de los fabricantes de aerosoles y gases refrigerantes, que volvía a facturar millones con la sustitución de los "peligrosos" clorofluorocarbonos.

Problema-reacción-solución lucrativa. Un esquema que hemos visto funcionar tantas veces que lo sorprendente es que la gente no haya pillado aún el truco.

Todos se tragaron la patraña.

En aquellos tiempos en el cine proyectaban "La revancha de los novatos".

Como deben reirse hoy cuando el matón del aula se queda sin carga, en el medio de la ruta, en su auto eléctrico que compró a cambio de su Ford Gran Torino para paliar los efectos de un supuesto "calentamiento global" con el que Al Gore nos machacaba de un modo que hacía honor a su apellido, calentándonos la cabeza en el único efecto térmico constatable de toda la farsa.

Te tomaron por tonto, te toman por tonto, y si no espabilas, te seguirán tomando por un tonto redomado.

Horacio Rivara

lunes, 12 de octubre de 2026

EL SABOTAJE ENERGÉTICO GLOBAL, INTERRUPTOR DE APAGADO DE NUESTRO PRESENTE



COVID fue solo el comienzo.

Mirando atrás, ahora sabemos que el COVID-19 nunca fue el acontecimiento principal. Fue un calentamiento. Fue el mayor experimento de obediencia en la historia de la humanidad, un ensayo general para la reducción de la población en el que se puso a prueba hasta dónde se podía llevar a las masas antes de que colapsaran. Y gracias a este experimento, los globalistas averiguaron exactamente lo que necesitaban saber. Ahora están accionando el verdadero «interruptor de aniquilación», y no se trata de un virus. Se trata de la energía.

Las mismas redes que paralizaron el mundo en 2020 están orquestando ahora un colapso energético global. Desde refinerías saboteadas hasta la escasez deliberada de diésel, pasando por el cierre de fábricas de fertilizantes e incendios en centros de distribución de alimentos: las piezas del rompecabezas encajan con una precisión aterradora. Como he advertido en repetidas ocasiones, no se trata de una interrupción pasajera de la cadena de suministro ni de una corrección del mercado. Es un colapso coordinado de la civilización.

Debemos comprender la relación entre los ataques a las refinerías, la escasez de diésel y el inminente colapso del suministro de alimentos. No se trata de crisis aisladas entre sí. Son facetas de una única agenda globalista: matar de hambre a miles de millones de personas, concentrar el poder y allanar el camino hacia un mundo impulsado por máquinas y gobernado por una élite minúscula. El COVID les demostró que estaríamos dispuestos a consentir nuestra propia destrucción. El sabotaje energético garantiza que no podamos escapar de ello.

El COVID demostró que pueden lograr que las personas acepten su propia ruina.

El experimento de conformidad de Asch reveló con qué facilidad los individuos renuncian a sus propias percepciones cuando se ven sometidos a la presión del grupo. Los globalistas han utilizado este conocimiento como arma a una escala sin precedentes. Censuraron a quienes decíamos la verdad; no porque estuviéramos equivocados, sino porque teníamos razón y representábamos una amenaza para su narrativa.

Las mascarillas, los confinamientos y la vacunación obligatoria nunca tuvieron que ver con la salud. Eran pruebas de obediencia de intensidad creciente. Cada exigencia absurda -desde llevar mascarilla al conducir solo hasta la administración de una terapia génica experimental- servía para medir cuánto estaba dispuesta a tolerar la opinión pública. Entre el 60 y el 70 por ciento de la población siguió el juego. Confirmaron la tesis de los globalistas: con suficiente miedo y saturación mediática, es posible lograr la obediencia masiva.

Esta docilidad no fue casualidad. Se generó mediante la censura, las operaciones psicológicas y la instrumentalización de los temores relacionados con la salud. La élite del Foro Económico Mundial sabe que la mayoría de las personas se mueven por el miedo y el dolor, no por la lógica. El COVID demostró que pueden imponer prácticamente cualquier agenda si controlan el flujo de información. Ahora, esta lección se está aplicando al sector energético.

Por qué fracasó el «COVID 2.0» y obligó a adoptar una nueva estrategia

Recientemente, los globalistas intentaron repetir el escenario de la pandemia, pero fracasaron. La confianza en los CDC, la FDA, la «Operación Warp Speed» e incluso en Trump se ha desvanecido. La gente vio cómo se acumulaban las mentiras: vacunas que no detenían la transmisión, mascarillas que no servían para nada y confinamientos que destruían vidas mientras enriquecían a los multimillonarios. Según entrevistas recientes, incluso muchos partidarios de Trump se sienten profundamente traicionados por las promesas incumplidas y no están dispuestos a hacer cola para otra ronda de vacunas o imposiciones.

Los medios alternativos y las voces independientes han planteado demasiadas preguntas. El auge de las plataformas de conocimiento descentralizadas significa que la narrativa oficial ya no es la única voz en juego. La gente está despertando. Se preguntan por qué deberían confiar en instituciones que colaboran abiertamente con las grandes empresas tecnológicas para censurar las opiniones disidentes.

Dado que otra operación al estilo de la COVID -basada en el consentimiento- fracasaría, los globalistas necesitaban un método de reducción de la población que no requiriera dicho consentimiento. Por eso han centrado su atención en la energía. Uno puede rechazar una vacuna, pero no puede rechazar el diésel. El diésel mueve los camiones que entregan sus alimentos, los tractores que aran los campos, los trenes que transportan mercancías y la maquinaria que construye todo aquello de lo que usted depende. El sabotaje energético elude por completo el consentimiento; simplemente le obliga a someterse mediante la privación.


El diésel es el interruptor de apagado definitivo, inmune a cualquier opción de rechazo.

El diésel es el elixir vital de la civilización moderna. Uno puede rechazar una vacuna, pero no puede rechazar el diésel, ya que este transporta sus alimentos y su combustible. Casi todas las mercancías en Estados Unidos se transportan por camión, y todos y cada uno de esos camiones funcionan con diésel. Los trenes, tractores, maquinaria de construcción y vehículos militares dependen de él. Si el diésel escasea, toda la cadena de suministro colapsa en cuestión de días: alimentos, fertilizantes, carbón y energía en todo el país.

Los actos de sabotaje contra refinerías y los cierres deliberados provocan precisamente esta escasez. Los ataques con drones ucranianos a refinerías rusas, sumados a las sanciones occidentales, ya han provocado un aumento de los precios del diésel, lo que ha derivado en racionamiento de combustible y compras por pánico tanto en EE.UU. como en Europa. Los cierres de refinerías en California y Australia, los ataques con drones a la infraestructura energética rusa y las interrupciones en instalaciones de Arabia Saudita y Qatar no son casos aislados. Se trata de ataques coordinados contra la arquitectura energética global.

Los globalistas lo saben; por eso, la energía es la palanca perfecta para una reducción selectiva de la población. No necesitan su consentimiento para cerrar una refinería. No necesitan una votación para sabotear un oleoducto. Y no necesitan su colaboración para paralizar fábricas de fertilizantes. La única reacción química que alimenta a la mitad del mundo está a punto de fallar, lo que podría poner en peligro el suministro de alimentos para miles de millones de personas. El diésel es el interruptor de emergencia «inevitable», y ya lo han accionado.

Los ataques a las refinerías están coordinados; no se trata de una estupidez fortuita.

Observe el patrón: cierran refinerías en California; Australia reduce su capacidad; ataques con drones alcanzan a refinerías rusas; la instalación saudí de Abqaiq fue blanco de un ataque preciso; las plantas de GNL de Qatar quedaron paralizadas, obligando a Shell a declarar fuerza mayor. Cierres, ataques y declaraciones de fuerza mayor ocurren simultáneamente en varios continentes. Esto no es fruto de la estupidez o la incompetencia casuales. Es una acción coordinada.

Las prohibiciones del diésel y los más de cien incendios en centros de distribución de alimentos registrados desde 2020 dibujan un panorama aún más sombrío. EE. UU. ha sufrido numerosos ataques contra su sistema alimentario, incluidos incendios forestales que devastaron la industria ganadera de Texas, así como más de 150 incidentes de sabotaje dirigidos contra empresas alimentarias, centros de distribución y plantas de procesamiento de carne. No son accidentes. Son actos de guerra.

La excusa de que se trata simplemente de incompetentes o necios no encaja con la coordinación global que estamos presenciando. Cuando las refinerías de todo el mundo dejan de funcionar una tras otra, cuando se cierran fábricas de fertilizantes, cuando se incendian centros de distribución de alimentos y cuando, al mismo tiempo, se agotan las reservas de diésel, no estamos ante una serie de desafortunadas coincidencias. Nos enfrentamos a una estrategia deliberada. Como ya he mencionado, este sabotaje ha provocado que más de 100 instalaciones hayan sido incendiadas, destruidas o dañadas; el sector energético tampoco se ha librado, registrándose explosiones en plantas de GNL y una grave explosión en una refinería de combustible en Filadelfia que, a consecuencia de ello, fue clausurada definitivamente.

Los artífices de este caos no son tontos. Son malvados. Siguen un guion que se ha probado y perfeccionado durante décadas, y lo ejecutan con precisión militar.

El verdadero motivo: apartar a las personas del camino y abastecer de energía a la IA.

Los globalistas necesitan energía, cobre, agua y tierras para los centros de datos y la superinteligencia. Los centros de datos de IA consumen cantidades ingentes de electricidad y requieren enormes volúmenes de agua para su refrigeración. Algunas de estas instalaciones se construyen en zonas rurales, donde compiten con la población por unos recursos cada vez más escasos. La investigación, el desarrollo, el alojamiento y la capacidad de inferencia en el ámbito de la IA exigen enormes centros de datos que consumen cantidades masivas de energía; de hecho, las empresas de alta tecnología ya están estableciendo alianzas con operadores de centrales nucleares para canalizar la producción energética de plantas enteras hacia estas instalaciones.

Bill Gates y otros han abogado abiertamente por la reducción de la población al tiempo que financiaban vacunas y tecnologías de control de la natalidad. Gates se ha convertido discretamente en el mayor propietario de tierras agrícolas de Estados Unidos. Para un hombre obsesionado con el control monopolístico, la oportunidad de dominar la producción de alimentos resulta irresistible. Además, el Departamento de Energía le concedió la autorización de seguridad secreta de nivel «Q», el grado más alto de la agencia, reservado para el desarrollo de armas nucleares, los laboratorios nacionales de investigación y las infraestructuras energéticas críticas. ¿Por qué necesita un filántropo y magnate del software acceso a secretos nucleares? La respuesta es aterradora.

Una población reducida libera recursos para la IA, la colonización espacial y el poder de la élite, mientras se traslada la culpa a Irán, Rusia o China. Si explota una refinería, pueden culpar a Irán. Si se sabotea un oleoducto, pueden culpar a Rusia. Si colapsa la cadena de suministro de alimentos, pueden culpar a China. La verdad es que estas crisis son orquestadas precisamente por aquellos globalistas que se benefician de ellas. Cada persona fallecida libera energía, agua y tierras para las máquinas y las élites que son sus propietarias.

Manténgase informado, prepárese y opóngase a la mentira.

El primer paso para resistir ante el colapso energético global es desenmascararlo. No acepte el juego oficial de buscar culpables. Si explota una refinería, no crea a los medios cuando culpen a Irán o a Rusia. Si los precios del diésel se disparan, no acepte la narrativa del «conflicto geopolítico». Conecte los puntos. Diga la verdad. Comparta lo que sabe. Como he dicho a menudo: el silencio de las buenas personas es la razón por la que triunfa el mal.

Prepárese abasteciéndose de alimentos, agua, energía, medios de comunicación y recursos para la autodefensa. Almacene provisiones de alimentos a largo plazo. Invierta en un sistema de filtración de agua. Aprenda a cultivar sus propios alimentos, incluso en espacios reducidos. Adquiera soluciones energéticas independientes de la red, como paneles solares y bancos de baterías. Consiga una emisora de radioaficionado u otros medios de comunicación que no dependan de la red eléctrica. Y ármese. Usted tiene un derecho fundamental a la autodefensa y, en un mundo donde el sistema quiere verle muerto, este derecho es más importante que nunca.

Apoye a los medios independientes y a las voces alternativas, pues ellos ganan si usted guarda silencio. Cancele sus suscripciones a los medios convencionales. Apague el televisor. Lea fuentes de noticias independientes, vea vídeos sin censura y utilice motores de búsqueda de IA libres. Únase a plataformas de redes sociales descentralizadas, donde todavía existe libertad de expresión. Cada dólar que gasta, cada clic que realiza y cada conversación que mantiene es un voto a favor del sistema o un voto a favor de la libertad. Los globalistas tienen su «interruptor de apagado» (*kill-switch*). Nosotros tenemos nuestro conocimiento, nuestra preparación, nuestras comunidades y nuestra negativa a dar nuestro consentimiento. Así es como sobrevivimos.


Mike Adams
(Fuente: https://uncutnews.ch/; traducción: Astillas de Realidad)