martes, 30 de junio de 2026

EL PENTÁGONO AMPUTA LA SOBERANÍA DE VENEZUELA AL AMPARO DE SUS ESCOMBROS



La catástrofe telúrica se convierte en oportunidad geopolítica cuando el Pentágono uti-
liza la ayuda humanitaria para asestar el golpe definitivo a la soberanía venezolana.

El análisis de la coyuntura venezolana tras los devastadores terremotos del 24 de junio de 2026, realizado por la periodista Anya Parampil para el programa Judging Freedom, nos ofrece una lente prismática para descifrar las coordenadas de un nuevo orden hemisférico. La tragedia, que ha dejado un saldo provisional de cientos de fallecidos y miles de desaparecidos en el estado de La Guaira, no es solo un fenómeno geológico. Es el telón de fondo sobre el que se proyecta la estrategia de una potencia hegemónica que, como un cirujano que opera en medio del caos, busca extirpar los últimos vestigios de un proyecto político autónomo en la región.

La conexión entre las réplicas sísmicas y la política de sanciones es el primer eslabón de esta cadena de fatalidades. Parampil sostiene que las medidas coercitivas unilaterales impuestas por Washington, lejos de ser una abstracción burocrática, se materializan en la imposibilidad del Estado venezolano para adquirir maquinaria pesada, la herramienta indispensable para remover los escombros y rescatar a los supervivientes. No es, por tanto, la incompetencia del gobierno de Delcy Rodríguez lo que paraliza las labores de rescate, sino un bloqueo que, según la periodista, constituye un crimen de guerra al negar el acceso a equipos salvavidas. La imagen de los rescatistas, cuyas manos se estrellan contra el hormigón sin la fuerza de una retroexcavadora, se convierte en la metáfora más brutal de cómo el castigo colectivo se disfraza de política exterior.

En este contexto de parálisis estatal, la irrupción del Comando Sur de Estados Unidos adquiere una dimensión profundamente ambigua. Lo que se presenta como un gesto de solidaridad internacional y una respuesta a la solicitud formal de las autoridades interinas -con el envío de buques anfibios como el USS Fort Lauderdale y aeronaves de carga C-17- es interpretado por Parampil como la consolidación de una ocupación militar de facto. La tragedia se convierte en el vehículo perfecto para que el Pentágono establezca una infraestructura logística permanente en el país, un movimiento que replica el patrón observado en Siria tras los terremotos de 2023, donde las organizaciones de la sociedad civil vinculadas al cambio de régimen se erigieron en los nuevos amos del territorio.

La geopolítica regional se reconfigura al ritmo de los derrumbes. La llegada de equipos de rescate desde Colombia, Ecuador o El Salvador, países que han alineado sus políticas exteriores con los dictados del Departamento de Estado, revela una nueva cartografía de influencias. Este fenómeno se sincroniza con el giro político en Colombia, donde la controvertida victoria electoral de Abdelardo Dea Espriella, señalada por el presidente Gustavo Petro como fraudulenta, dibuja un mapa donde las transiciones de poder parecen responder más a la ingeniería política externa que a la voluntad popular. La simbiosis entre la militarización de la ayuda y la manipulación de los procesos electorales configura un escenario donde la soberanía de las naciones latinoamericanas se diluye como un puñado de arena entre los dedos del imperio.

En el centro de este huracán se encuentra la figura de Delcy Rodríguez, la presidenta encargada que navega entre la espada y la pared. Mientras el chavismo de base, representado por los movimientos comunales y los proyectos de soberanía alimentaria, la observa con recelo por su apertura a los antiguos verdugos, la administración Trump ha aliviado temporalmente algunas sanciones financieras. Este gesto táctico no implica una derogación del bloqueo, sino una licencia para que las trasnacionales estadounidenses y los actores privados, como el controvertido Mauricio Claver-Carone -autodenominado el «Jared Kushner de América Latina»-, negocien directamente contratos para la reconstrucción. Es el viejo ritual del saqueo, ahora envuelto en el papel de celofán de la ayuda humanitaria y los 150 millones de dólares prometidos por la Oficina de Asistencia para Desastres en el Extranjero.

Conviene precisar el alcance real de ese alivio financiero: la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC) del Tesoro de Estados Unidos publicó el 25 de junio en su página oficial la Licencia General 60, que autoriza únicamente las transacciones financieras vinculadas a la ayuda por los terremotos, operaciones que en condiciones normales quedan prohibidas bajo el régimen sancionatorio. La vigencia de esta licencia expira el 23 de octubre de 2026. No se trata, pues, de un cambio de política ni de un gesto de reconciliación, sino de una ventana acotada y reversible que, lejos de levantar el bloqueo estadounidense contra Venezuela, lo confirma como instrumento permanente de presión.


El argumento de Parampil, extraído de su libro Corporate Coup, resuena con una claridad incómoda: la alianza entre Venezuela y Estados Unidos es una necesidad geopolítica que nunca debió fraguarse bajo la amenaza de un secuestro presidencial. Sin embargo, la realidad actual es tosca y brutal. Los escombros de La Guaira no solo sepultan a cientos de víctimas inocentes, sino también la ilusión de una autodeterminación latinoamericana que, una vez más, es sacrificada en el altar de los intereses estratégicos de Washington. El Pentágono, con sus cascos azules y sus camiones de ayuda, está amputando la soberanía de una nación, utilizando la misma tierra removida por el sismo para plantar su bandera.

(Visto en https://mentealternativa.com/)

LOS MERCADERES DEL MIEDO



Vivimos en un mundo que parece haberse vuelto loco. Como si un gigantesco espejo distorsionador se hubiera erigido entre los seres humanos y la realidad, invirtiendo valores, tergiversando lo evidente y premiando las conductas más depredadoras. En esta vasta comedia del absurdo, un puñado de depredadores ha logrado la hazaña histórica de convencer a miles de millones de personas de que la servidumbre es una condición normal, que la precariedad es inevitable y que la obediencia es una virtud.

Durante generaciones, estos autoproclamados amos han prosperado gracias a un mecanismo tan simple como efectivo: el miedo. Un miedo que se alimenta, se refina y se transmite como una herencia. Un miedo que se ha convertido en una infraestructura invisible sobre la que se sustenta todo el orden social.

A su alrededor gira una corte de guardianes de la narrativa, sacerdotes seculares, gestores de símbolos y creadores de ilusiones. Uniformes impecables, ceremonias solemnes, tradiciones meticulosamente conservadas: todo conspira para crear la impresión de que quienes habitan los palacios están destinados a ser admirados. El espectáculo es tan antiguo que termina pareciendo natural. Sin embargo, tras la fachada dorada, a menudo solo subsiste un principio básico: la acumulación de poder por parte de quienes ya lo poseen.


La ilusión se nutre de la sangre y la agitación de la historia. Asesinatos, ataques, revoluciones fallidas, golpes de estado y guerras sirven entonces de combustible para una gigantesca maquinaria narrativa. Cada crisis se convierte en una oportunidad para reforzar la creencia de que las mismas élites son indispensables para la estabilidad del mundo que, en realidad, están contribuyendo a desestabilizar.

En esta visión distorsionada de la realidad, ideólogos, expertos, propagandistas y guardianes de la ortodoxia actúan como magos modernos. Su función no es tanto explicar su realidad fabricada como envolverla en una niebla tan espesa que impide discernir sus verdaderos mecanismos. Dividen, categorizan, enfrentan entre sí y canalizan la ira con precisión quirúrgica.

Su hazaña más notable es transformar al depredador en filántropo y el saqueo en un deber civilizador. La historia está repleta de ejemplos donde quienes amasaron fortunas colosales mediante la explotación, la rapacidad o sistemas profundamente desiguales fueron posteriormente aclamados como benefactores de la humanidad. Las compañías coloniales que despojaron a continentes enteros de sus recursos fueron presentadas como agentes de progreso. Los industriales del siglo XIX, que construyeron sus imperios sobre el arduo trabajo de obreros y niños, son ahora honrados por sus fundaciones benéficas y bibliotecas. Los imperios financieros que provocan devastadoras crisis económicas son rescatados con fondos públicos en nombre de la estabilidad, mientras que se insta a los ciudadanos que pagan la factura a actuar con responsabilidad.

Cuando la Compañía Británica de las Indias Orientales saqueó los recursos de vastos territorios en Asia, se presentó como un motor de comercio y civilización. Cuando Cecil Rhodes extendió su influencia en África para construir un imperio colonial, fue aclamado como un visionario. Cuando ciertos magnates de la Revolución Industrial, como los barones ladrones del Nuevo Orden Mundial, amasaron enormes fortunas en condiciones sociales a menudo brutales, pasaron a la historia como mecenas ilustrados. Más recientemente, los líderes de las principales instituciones financieras responsables de la crisis de 2008 nunca sufrieron consecuencias comparables a las que afrontaron los millones de personas que perdieron sus empleos o sus hogares como resultado de sus decisiones.

La regla parece inmutable: el ladrón de poca monta es señalado, mientras que el gran depredador recibe una medalla. Quien roba una caja registradora es un criminal; quien se apropia de una industria, un país o una generación entera se convierte en un magnate, un estratega o un estadista. Cuanto mayor es la magnitud del saqueo, más se disfraza con un lenguaje de legitimidad. El pillaje organizado perpetrado por esta casta de parásitos simplemente cambia de vestimenta; ayer iba armado con una espada, hoy viste un traje a medida, rodeado de abogados, asesores de imagen y ceremonias oficiales. Así, su obra maestra consiste en transformar al depredador en benefactor y al saqueo en una institución respetable.

Quien roba unos cuantos billetes se convierte en criminal. Quien se apropia de los recursos de un continente se convierte en estadista. Quien vacía las arcas de una nación recibe honores, títulos y, a veces, incluso un lugar en los libros de historia. Cuanto mayor es la apropiación, más legítima parece. ¡Ahí reside la maravilla de esta inversión moral!

Mientras la atención se centra en enemigos cuidadosamente designados, los verdaderos centros de poder permanecen en la sombra. Las masas discuten, se insultan y se enfrentan por causas sucesivas, a menudo efímeras. Se agotan en guerras culturales perpetuas mientras la riqueza sigue ascendiendo a las mismas cotas.

Si queremos superar el mito del "Estado profundo", no necesitamos invocar una organización secreta que opere en la sombra. En un análisis crítico del poder contemporáneo, lo que algunos denominan con este término no es tanto una conspiración invisible como un conjunto de redes de influencia perfectamente identificables, compuestas por grandes fortunas heredadas, grupos industriales estratégicos, multinacionales energéticas, instituciones financieras, consultoras, gigantes tecnológicos y actores capaces de ejercer una influencia desproporcionada sobre las decisiones públicas. Su verdadera fuerza no reside en el secreto absoluto, sino en su visibilidad cotidiana. Forman parte de consejos de administración, financian centros de estudios, participan en importantes foros económicos, se reúnen con líderes políticos y dan forma a una parte de la agenda pública sin necesidad de ocultarse.

Los principales fabricantes de armas, las petroleras multinacionales y los imperios financieros no necesariamente constituyen un bloque homogéneo que persigue una única agenda; sin embargo, comparten un interés común en preservar un orden económico del que son los principales beneficiarios. A esto se suman los nuevos centros de poder surgidos de la revolución digital. Empresas como Google, Meta, Amazon, Apple y Microsoft ejercen ahora una influencia sobre la información, la comunicación, el consumo e incluso el debate público que ninguna empresa privada podría haber imaginado hace apenas unas décadas. Sus líderes son conocidos, entrevistados, aclamados por los medios de comunicación e invitados a las conferencias internacionales más prestigiosas. La paradoja reside aquí, ya que el poder más estructurador de nuestra sociedad no siempre está oculto; de hecho, a menudo se manifiesta abiertamente, pero siempre bajo la apariencia tranquilizadora de innovación, éxito empresarial o progreso tecnológico.

Desde esta perspectiva, la cuestión fundamental no es si una mano invisible dirige el mundo en secreto, sino más bien cómo ciertas concentraciones extraordinarias de riqueza, propiedad, datos, poder de influencia y acceso a quienes toman las decisiones pueden moldear las prioridades colectivas. El poder contemporáneo no necesariamente se oculta, ya que aparece con frecuencia en las portadas de revistas de negocios, en los podios de cumbres internacionales y en las clasificaciones de las personas más ricas del mundo. Es precisamente esta normalización de la influencia lo que a veces dificulta cuestionarla.

Así, aunque la cuestión del agotamiento de los recursos y los «límites al crecimiento» no es nueva, a menudo ha servido como un espejo distorsionador que refleja tanto preocupaciones legítimas como estrategias de influencia mucho más opacas. En Estados Unidos, en particular, la idea del inminente agotamiento del petróleo resurgió varias veces durante el siglo XX, solo para ser contradicha o refutada regularmente por los avances en las técnicas de extracción y el descubrimiento de nuevos yacimientos. Sin embargo, esta narrativa de escasez nunca ha sido neutral, ya que ha alimentado una crítica constructiva de la obsesión por el productivismo, al tiempo que ha proporcionado un lenguaje conveniente para que ciertos actores económicos legitimen sus propios intereses.

Así, en la década de 1970, durante las crisis del petróleo, varias grandes empresas del sector fueron sospechosas de una conducta coordinada destinada a restringir la oferta e inflar artificialmente los precios, en un contexto ya tenso por las decisiones de la OPEP y la inestabilidad geopolítica. Al mismo tiempo, la labor del Club de Roma y su informe fundamental, "Los límites del crecimiento", contribuyeron a popularizar la idea de un límite físico inminente para la capacidad de desarrollo de la humanidad. Sin poner en duda la relevancia de las advertencias ambientales a largo plazo, estos escenarios se han utilizado en ocasiones en el discurso político y económico de forma muy distinta a su intención original.

Al mismo tiempo, la industria armamentística ha encontrado en la escasez de recursos y las tensiones que genera un argumento recurrente para justificar conflictos y la lógica de la seguridad militar del abastecimiento. La competencia por las materias primas -petróleo, gas, minerales estratégicos- se convierte entonces en una narrativa estructurante que sirve tanto para denunciar los excesos de un modelo extractivista como para legitimar estrategias de poder, intervención o control territorial. Así, la misma idea -la de los límites- oscila constantemente entre una advertencia ecológica sincera y un instrumento de justificación política, según quién la utilice.

El mecanismo es siempre el mismo: crear una figura que genere repulsión, concentrar toda la atención colectiva en ella y luego dejar que el público descargue su ira en esa dirección. Así, el foco ilumina al personaje elegido mientras quienes construyeron la escena permanecen ocultos tras el telón.

La ira se convierte entonces en materia prima. La indignación se transforma en mercancía. El conflicto se convierte en una industria en sí misma. Porque en este sistema, las crisis ya no son solo catástrofes que resolver, sino oportunidades que explotar, palancas de poder, fuentes de lucro o legitimidad política.

Los canales de noticias 24 horas saben desde hace tiempo que una población ansiosa permanece conectada más tiempo que una tranquila. Cada controversia se analiza durante días, cada incidente menor se convierte en una tragedia nacional, cada disputa alimenta un ciclo ininterrumpido de debates, reacciones y contrarreacciones. El miedo capta la atención, y la atención genera ingresos. En la economía de la información, la ansiedad se ha convertido en una mercancía.


En las redes sociales, la lógica es aún más brutal. Los algoritmos de Facebook, X (antes Twitter), TikTok y YouTube suelen favorecer el contenido que provoca fuertes reacciones emocionales como ira, miedo, indignación y resentimiento. Cuanto más divisivo es un contenido, más se difunde. Y cuanto más se difunde, mayor es la interacción que genera. La confrontación constante se convierte así en el motor del modelo económico. ¡Y la gente libra una guerra horizontal en lugar de una vertical, dirigida hacia la cima y quienes realmente se benefician!

Durante décadas, la historia política ha ofrecido el mismo espectáculo. Tras cada gran crisis -ya sean los atentados del 11 de septiembre de 2001, la crisis financiera de 2008, la pandemia de COVID-19 fabricada, la continua agresión rusa y el desvío de fondos a paraísos fiscales a través de Ucrania, u otros periodos de inestabilidad- se implementan sistemáticamente nuevos mecanismos de control, vigilancia o medidas excepcionales en nombre de la seguridad colectiva. Pero estos sistemas existen únicamente para proteger a los corruptos y subyugar a los ciudadanos informados. Algunos son justificados y necesarios, mientras que otros persisten mucho después de que la amenaza inicial haya desaparecido. Así, cada crisis tiende a fortalecer el papel de las instituciones encargadas de gestionar sus consecuencias y a confinar a la población dentro de un sistema tiránico de vigilancia masiva.

La industria armamentística prospera únicamente gracias a las tensiones geopolíticas que genera. Las empresas de ciberseguridad prosperan gracias al temor a los ciberataques que ellas mismas provocan. Los consultores y otros expertos prosperan gracias a las crisis que prometen anticipar. Las plataformas digitales prosperan gracias a los conflictos que amplifican. Los actores políticos prosperan gracias a las divisiones que denuncian públicamente, mientras las alimentan en secreto.


En este clima de tensión constante, los ciudadanos terminan viviendo en un estado de alerta casi permanente y, por lo tanto, pierden la racionalidad. Les resulta difícil distinguir la urgencia genuina del espectáculo de la urgencia. Cada semana trae consigo un nuevo enemigo, una nueva indignación obligatoria, un nuevo escándalo presentado como existencial. La atención colectiva se dispersa, la reflexión profunda se vuelve escasa y las causas estructurales de los problemas desaparecen tras el tumulto de reacciones inmediatas.

El resultado es paradójico: cuanta más información poseen las sociedades, mayor es el riesgo de que se vean abrumadas por su ruido. Cuanto más conectadas están, más fragmentadas pueden llegar a estar. Y cuanto más viven con miedo constante, más dispuestas están a delegar su libertad, juicio o responsabilidad en quienes prometen tranquilizarlas. Así, la crisis deja de ser una excepción y se convierte en un modo de gobierno, un mercado de atención y un modelo económico.

Con el tiempo, esta lógica genera un extraño malestar colectivo. Las víctimas admiran a sus opresores. Los explotados sueñan con parecerse a quienes los explotan. Los símbolos de poder se convierten en objetos de fascinación popular. Coronas, tronos, dinastías y jerarquías perduran no solo por su imposición por la fuerza, sino porque ocupan el imaginario colectivo.

El lenguaje mismo acaba volviéndose contra quienes lo usan. Las palabras pierden su significado. La guerra se convierte en una operación de mantenimiento de la paz. La vigilancia se convierte en protección. La censura se convierte en responsabilidad. La guerra se vuelve moral. La agresión se convierte en un ataque preventivo. El privilegio se convierte en mérito. Y cada inversión añade una nueva capa a la niebla.

Mientras la mirada se deleita con la pompa, las ceremonias, los escándalos cuidadosamente orquestados, las disputas partidistas y el incesante flujo de entretenimiento, las realidades esenciales se desarrollan tras bambalinas. Detrás del constante estruendo de las pantallas, se produce una transformación más profunda: la erosión gradual de la autonomía intelectual, el discernimiento crítico y la capacidad de los individuos para interpretar el mundo que los rodea por sí mismos. Es el reinado de la infantilización.

Sin embargo, nunca antes en la historia las poblaciones habían tenido acceso a tanta información. Nunca antes habían estado expuestas a tal aluvión de contenido contradictorio, emotivo e instantáneo. Y, sin embargo, cada día, millones de personas dedican más tiempo a seguir los altibajos de la vida de las celebridades, las controversias virales o los enfrentamientos entre influencers que a comprender los mecanismos económicos, políticos o tecnológicos que realmente dan forma a sus vidas.

Cuando una boda real o un partido de fútbol entre millonarios atraen a cientos de millones de espectadores apenas por encima del umbral de la pobreza, cuando las acciones más insignificantes de las personalidades mediáticas se convierten en acontecimientos mundiales, cuando se dedican semanas enteras de programación a las estériles controversias del momento, todos los problemas fundamentales se desvanecen de la conciencia colectiva. Y la reestructuración industrial, la concentración del poder económico, la deuda pública, la transformación del trabajo y la explotación de datos personales continúan su avance en relativo secreto.

Mientras la atención pública se centra en el último escándalo viral, unas pocas docenas de conglomerados ejercen una influencia cada vez mayor sobre la información, el comercio, la comunicación y la infraestructura digital a nivel global. Empresas como Google, Meta, Amazon, Apple y Microsoft ocupan ahora un lugar central en el flujo de información, los intercambios económicos e incluso las interacciones sociales de miles de millones de personas.

La desposesión ya no se manifiesta necesariamente de forma brutal, como la censura o la coerción directa. A menudo se produce mediante la delegación gradual. Delegamos nuestra memoria a los motores de búsqueda, nuestra orientación al GPS, nuestra atención a los algoritmos de recomendación, nuestra sociabilidad a las plataformas digitales y nuestras decisiones culturales a los sistemas de sugerencias automatizadas. Cada delegación parece inocua. Sin embargo, en conjunto, transforman la relación que los individuos tienen con su propio juicio.

Aún más preocupante es que el lenguaje mismo se está convirtiendo en un campo de batalla. Las palabras adquieren usos estratégicos, cambian de significado según el contexto o se transforman en instrumentos de movilización emocional. Expresiones como «reforma», «modernización», «seguridad», «libertad», «progreso» o «responsabilidad» se utilizan a veces para describir realidades radicalmente distintas, según los intereses de quienes las emplean. El debate, entonces, ya no se centra únicamente en los hechos, sino en las palabras mismas.

Los ciudadanos modernos corren así el riesgo de perder lo que, en realidad, es su principal medio de resistencia: la capacidad de nombrar con claridad lo que observan. Cuando ya no tienen las palabras para describir una situación, cuando ya no pueden distinguir la información del espectáculo, el análisis de la reacción emocional, o la realidad de la puesta en escena mediática, se vuelven más dependientes de quienes pretenden interpretar el mundo por ellos.

La verdadera cuestión, por lo tanto, no reside simplemente en quién ostenta el poder económico o político, sino en quién define las categorías a través de las cuales se percibe dicho poder. Porque quien impone las narrativas, los marcos de interpretación y el lenguaje del debate suele ejercer una influencia más duradera que quien simplemente posee fuerza o dinero.

Así, mientras las pantallas brillan, las ceremonias se suceden unas a otras, los ultrajes se renuevan a un ritmo frenético y el entretenimiento ocupa cada espacio de atención disponible, una riqueza más preciada que ninguna otra puede verse amenazada: ¡la soberanía del espíritu humano mismo!

La mayor victoria de los manipuladores no reside en controlar la riqueza ni las instituciones, sino en controlar las mentes y convencer a las personas de su incapacidad para gobernarse a sí mismas. Consiste en hacerles creer que la desconfianza es natural, que la rivalidad es inevitable y que los seres humanos son fundamentalmente malvados. Sin embargo, toda esta estructura se basa en una debilidad fundamental, ya que depende del apoyo de quienes son víctimas de ella.

El día que las personas dejen de alimentar la máquina con su miedo, odio e indignación constante, parte de su poder se desvanecerá. El día que redescubran el significado de las palabras, el gusto por la realidad y la confianza en su propio juicio, los hechizos perderán su poder.

El verdadero cambio no comienza con una revolución espectacular. Comienza cuando nos negamos a participar en la farsa. Cuando dejamos de confundir prestigio con virtud, riqueza con mérito y autoridad con sabiduría. Porque, en realidad, los sistemas basados en el miedo solo sobrevivirán mientras alguien siga aceptando tenerles miedo ...

Phil Broq
(Fuente: https://jevousauraisprevenu.blogspot.com/; visto en https://www.verdadypaciencia.com/)

UNA PLATAFORMA DE COMPRAVENTA PARECE ESTAR IMPLICADA EN TRÁFICO INFANTIL ENCUBIERTO




LOS CUNEROS Y LOS LÁZAROS



Entre 1875 y 1923 las elecciones generales, en España, las decidían los caciques con cinco maneras irregulares de obtener el voto: clientelismo, amenazas, pucherazo, voto doble y voto Lázaro. Veamos cada una:

1-Clientelismo: el cacique compraba el voto con dinero o con favores. A ti te doy una peseta, a ti te ofrezco un jornal, a ti te compro la burra, a tu hijo lo contrato de aparcero, a ti te perdono la contribución, a ti te dejo vivir, etcétera, etcétera, etcétera. Entre 1978 y 2023 este sistema volvió a ponerse de moda en Galicia, Extremadura, Andalucía y otras regiones de España. Y aún colea. A ti te llamo para el PER, a ti te recalifico un terreno, a tu hijo lo apunto a un falso ERE, etcétera, etcétera, etcétera. Un problema irresoluble que explica, por ejemplo, que Pedro Sánchez tenga todavía a millones de personas dispuestas a perdonarle el nepotismo y la corrupción.

2-Amenazas: el cacique y sus matones (escopetas incluidas) atemorizaban al votante. A ti te doy una paliza, a ti te subo los impuestos, a tu hijo no lo contrato, etcétera, etcétera, etcétera. Ahora no existe violencia, pero en muchas aldeas y pueblos de España todavía le hacen la vida imposible a quien no vota a los “suyos”. Se me ocurre Marinaleda. Y alguno más. Pero me voy a callar, que calladito estoy más guapo.

3- “Pucherazo”: la palabra proviene de usar un puchero como urna. Acabada la jornada electoral, el puchero se llevaba a la casa del alcalde o del cacique para que el hijo de la gran puta, sin testigos ni controles, sacara las papeletas, las quemara y anunciara los resultados que le salieran de los cojones. Como los viajes temporales al siglo XIX están prohibidos por la Relatividad General, el lector lo tendrá más claro si visualiza la reciente imagen en la sede del PSOE: una urna escondida en un habitáculo esperando a que Sánchez y sus secuaces proclamaran los resultados. Esto, en la España de 2026, en unas elecciones generales, sería imposible: los votos metidos en las urnas se cuentan ante apoderados de todos los partidos, se llevan las actas ante los jueces y, finalmente, INDRA suma los resultados de las actas en tiempo real. Incluso si Tezanos, Koldo, Cerdán y Ábalos controlasen personalmente INDRA les sería imposible realizar un fraude: minutos después de anunciar el disparate, los jueces del Tribunal Supremo y los partidos políticos sabrían que todo es mentira. Insisto: no lo veo posible en España, aunque fue el sistema utilizado por Maduro en Venezuela para robar las últimas elecciones. En el chavismo ocurrió el pucherazo porque los jueces del Tribunal Supremo de Venezuela están nombrados a dedo por Maduro. Ah. Y porque Zapatero actuaba de “observador neutral”. Qué cabrón. Digo Maduro. No Zapatero.

4-Voto doble: este fraude, conocido en el siglo XIX como los “votos cuneros”, usaba hombres a sueldo que, tras votar en sus auténticas circunscripciones, viajaban todo el día por la comarca para repetir sufragio en distintos pueblos. De la forma que lo cuento, el voto cunero sería imposible hoy en día. Sin embargo, podrían darse dos estafas que se le aproximan bastante: el DNI electrónico y el voto por correo.

4A-Votar con un DNI electrónico, tal como el Gobierno de Sánchez pretendía hasta hace pocas semanas, se prestaba al voto doble y al voto por suplantación. Tras varias denuncias periodísticas (demostradas con ejemplos reales), la Junta Electoral lo acaba de prohibir. Pero que lo haya intentado Sánchez ya dice mucho de él.

4B-Votar por correo, perfectamente legal en la actualidad, sería un equivalente aproximado al antiguo voto cunero: alguien, el día de las elecciones, no está físicamente en su ciudad … pero ha votado desde otra. El voto por correo se presta a dos estafas: la primera es que todos los partidos políticos poseen los datos exactos de las personas que se han abstenido en las pasadas elecciones y, si quisieran, podrían utilizar a los absentistas crónicos para votar en su nombre. La segunda estafa afecta a la cadena de custodia del voto por correo: oficinas locales de pueblos, ciudades y la sede Central de Correos en Madrid. En este sentido, yo animo a mis lectores a no desconfiar: piensen que en las últimas elecciones generales fue la mismísima fontanera Leire Díez, cloaquera de Ferraz, como subdirectora de Correos, y tal como ella ha reconocido, la responsable de custodiar el voto por correo de todos los españoles. ¿Qué pudo haber salido mal?


5-Voto Lázaro: este voto de “resucitados” era, ni más ni menos, una burda adulteración del censo electoral. Los “lázaros” del siglo XIX –fallecidos en los cinco últimos años y cuyos nombres aún perduraban en las listas de los Ayuntamientos– bajaban milagrosamente del cielo el día de las elecciones para introducir sus papeletas en las urnas de la mano del cacique. Y este voto Lázaro es, justamente, el que acaba de descubrir Pedro Sánchez (rebautizándolo como Ley de Nietos) para que los republicanos ya muertos en el exilio puedan introducir su papeleta en las urnas a través de las manos de sus hijos, nietos, biznietos, o vete tú a saber. Ya van 2.708.803 ciudadanías españolas otorgadas a personas que, probablemente, no saben ubicar España en un mapa ni van a venir nunca a vivir aquí, pero que votarán el año que viene al Partido Socialista o a Sumar en memoria de unos supuestos antepasados que nadie tiene ni idea de si son reales o inventados. Pondré un ejemplo escandaloso de ciudadanía española inventada en aplicación de la Ley de Nietos: el 21 de abril de 2025, anteayer como quien dice, el ministro Bolaños, de su puño y letra, tras la intermediación de Leire Díez y de la cloaca de Ferraz, otorgó la nacionalidad española al viceministro chavista Nervis Villalobos, investigado por corrupción, cohecho y asociación criminal en múltiples causas internacionales, y con cuentas corrientes nada corrientes en Liechtenstein. Este tipejo carece de antepasados exiliados por la guerra civil (que es lo único que recoge la Ley de Nietos): sus padres se marcharon de España ANTES de la guerra, por motivos económicos. Y si todo esto lo hemos podido conocer gracias a que el beneficiado es, ni más ni menos, que un viceministro chavista, ya me dirán ustedes qué goles nos estará metiendo Sánchez con las personas anónimas. Porque la famosa Ley de Memoria Democrática (ahora lo sabemos) no va de desenterrar republicanos en las cunetas, sino de otorgar el voto a sus descendientes para modificar el censo.


En fin: nada nuevo bajo el Sol. Todas las maldades electorales están ya inventadas desde la época de los caciques. Por eso se llaman cacicadas. Y nuestro nuevo cacique las copia, las moderniza y las actualiza.

Juan Manuel Jimenez Muñoz

lunes, 29 de junio de 2026

LA INCAPACIDAD DE ISRAEL PARA COEXISTIR: UNA ADVERTENCIA A LA HUMANIDAD



El problema central: Un Estado construido sobre la conquista

Desde sus inicios, el Estado moderno de Israel se ha fundado sobre una ideología que rechaza explícitamente la coexistencia. El sionismo, en su forma política actual, considera la tierra que se extiende desde el Nilo hasta el Éufrates como una herencia divina, no como un hogar compartido.

Esta no es una creencia marginal; como documenté recientemente, el embajador de Estados Unidos en Israel, Mike Huckabee, declaró rotundamente que «estaría bien que se lo quedaran todo» para Israel, refiriéndose a ella como «una tierra dada por Dios al pueblo judío». Esto no es una postura de negociación, sino una declaración de supremacía.

Esta ideología imposibilita la paz genuina, pues exige la sumisión total o la aniquilación de quienes se interponen en su camino. Como argumenta Thomas Suarez en su libro «Estado de terror», el terrorismo desempeñó un papel crucial en el establecimiento de Israel, desafiando las narrativas edulcoradas que nos inculcaron durante décadas. El patrón de expansión mediante la violencia nunca se ha detenido. Los líderes israelíes han presentado repetidamente cada guerra no como una opción política, sino como una necesidad existencial. Sin embargo, la realidad es que la ocupación, los asentamientos y la limpieza étnica no son medidas defensivas, sino la lógica operativa de un Estado que no puede coexistir con sus iguales.

La lógica satánica de la "autodefensa"

Propagandistas sionistas como Mark Levin y Ben Shapiro justifican las guerras interminables como «autodefensa» destinada a crear zonas de amortiguación. Pero esta lógica no tiene fin: primero Líbano, luego Turquía, luego Irán, y después más allá. Es una receta para el genocidio perpetuo, no para la seguridad. Cuando el ex primer ministro de Qatar, el jeque Hamad bin Jassim Al Thani, acusó a Israel de pasar décadas intentando arrastrar a Estados Unidos a una guerra con Irán, simplemente estaba diciendo lo obvio. El conflicto actual está transformando violentamente toda la región, y cada escalada se presenta como «defensiva» incluso mientras los misiles caen sobre poblaciones civiles.

Este no es el Dios de la Biblia. Es una filosofía de la muerte que imita los peores impulsos de los cultos satánicos. En mi entrevista con Christopher Bjerknes, hablamos de cómo el culto Lubavitch predijo durante mucho tiempo que Benjamin Netanyahu sería el último primer ministro antes de entregar el poder al Mesías, instaurando un gobierno teocrático que incluye la reconstrucción del Templo de Salomón y el exterminio de los amalecitas. Esta visión apocalíptica es el motor satánico que impulsa la política exterior de Israel. No tiene nada que ver con la seguridad y sí con un culto a la muerte disfrazado de Estado-nación.

Cómo robaron un nombre y engañaron al mundo

Uno de los engaños más exitosos de la historia moderna es la apropiación del nombre «Israel» por parte de los colonos europeos. El Israel bíblico era una teocracia basada en el culto a Yahvé, no un etnoestado secular fundado por europeos asquenazíes. Como expone Colin Chapman en «¿De quién es la tierra prometida?», las afirmaciones históricas y bíblicas son mucho más complejas de lo que admiten los sionistas modernos. Los verdaderos semitas son palestinos, no europeos conversos a una ideología política. Por eso, las pruebas de ADN que podrían revelar los orígenes reales de los judíos asquenazíes se suprimen sistemáticamente en Israel.

Este engaño permitió a los sionistas reclamar un derecho divino para asesinar a los palestinos, manipulando la fe de millones de cristianos para justificar el robo y el genocidio. Los sionistas cristianos -unos 70 millones en Estados Unidos, como comenté con el Dr. Shiva- creen que el control judío de Palestina es un requisito previo para la Segunda Venida. Han invertido miles de millones en apoyar los crímenes de Israel, ignorando por completo que las personas bombardeadas son descendientes de los primeros cristianos que vivieron allí durante siglos. El fraude es total: un proyecto colonial europeo disfrazado de antigua profecía.

El despertar de Trump y la reacción sionista

Hay indicios de que el presidente Donald Trump y el vicepresidente JD Vance finalmente han empezado a ver la verdad: la agenda de Israel es perversa y el lobby sionista representa una amenaza mortal para la soberanía estadounidense. El ex oficial de inteligencia Jeffrey Prather ha criticado públicamente a Trump por priorizar los intereses sionistas sobre los valores cristianos, y esa crítica ha cobrado fuerza. Como informé anteriormente, la decisión de Trump de poner fin a la guerra y desafiar al lobby le ha costado 50 puntos de apoyo en Israel. La reacción ha sido inmediata y feroz.

El busca de oro de Netanyahu fue una clara amenaza: una advertencia a Trump de que el aparato sionista lo destruirá si se atreve a oponerse a su agenda. Informes de periodistas serios sugieren ahora que agentes israelíes están abogando abiertamente por acciones violentas contra ciudades estadounidenses, incluidas Washington D. C. y Nueva York. Trump debe expulsar a los sionistas de su círculo íntimo y garantizar su propia seguridad. El lobby no perdona a los desertores; los destruye.

Un camino hacia la redención y la paz

Me opuse a los crímenes de guerra del pasado de Trump, incluidos los ataques con drones y la escalada de conflictos en Oriente Medio. Pero apoyo su actual iniciativa para poner fin a la guerra y desafiar al lobby sionista. Esta es una redención frágil. Debemos orar por su seguridad y esperar que mantenga el rumbo hacia la paz. La alternativa es un descenso a un escenario tipo Mad Max donde el alto el fuego fracase y el mundo entero sufra.

El derecho fundamental de toda persona a la vida debe prevalecer sobre estos cultos sionistas de la muerte. La paz solo es posible si rechazamos esta ideología de supremacía y reconocemos que todos los seres humanos -sean judíos, musulmanes o cristianos- son hijos de Dios. Como he dicho muchas veces, el camino a seguir no pasa por más bombas, sino por la justicia, la verdad y el valor de oponernos al lobby más poderoso (y destructivo) del planeta.


La advertencia para la humanidad es clara: si no detenemos la incapacidad de Israel para coexistir, nos arrastrará a todos al abismo. Y Trump será el chivo expiatorio.

Mike Adams
(Fuente: https://newstarget.com/; Visto en https://www.verdadypaciencia.com/)

"HABLÓ DE PUTAS LA TACONES" (Y DE TRAMPAS EL TRAMPOSO)


PAN Y CIRCO