lunes, 1 de junio de 2026

EL LENGUAJE Y LA PERCEPCIÓN DEL TIEMPO: REVISITANDO "LA LLEGADA" (2016)



Coinciden en el calendario la desclasificación de archivos OVNI por parte del gobierno de EE.UU. (cuyo contenido, la verdad, no está resultando tan sustancioso como cabía esperar) con el décimo aniversario de un film que imaginó con verosimilitud el encuentro con una civilización extraterrestre y el impacto de dicho acontecimiento, tanto en nuestro imaginario colectivo como en la vida de una lingüísta sobre cuyas espaldas cae la difícil tarea de decodificar el lenguaje de los inesperados visitantes.

Se trata de "La llegada", obra con la que el canadiense Denis Villeneuve realizaba su primera incursión en un género, la ciencia-ficción, que no ha abandonado desde entonces, y en el que nos ha dado varias y regocijantes alegrías a los aficionados, desde su modélica continuación de "Blade Runner" hasta su imaginativa adaptación de la saga "Dune". Parece, pues, el momento ideal para revisitar una obra cuyo alcance semiótico y filosófico desborda una trama ya de por sí fascinante. Es lo que hace Sam Woolfe en el artículo que traigo hoy a esta bitácora, no apto para lectores apresurados.



Recientemente volví a ver Arrival (2016, Denis Villeneuve), adaptada de la novela corta "La Historia de tu vida" (Story of Your Life) de Ted Chiang, después de haberla visto por primera vez hace cinco años. Mi experiencia, según lo que recuerdo, fue diferente esta vez. Hubo algunos elementos que entendí y aprecié más, mientras que otros destacaron como puntos débiles.

En la segunda visionado, aprecié la astucia de cómo el tema del tiempo no lineal se reflejaba en la naturaleza no lineal de los acontecimientos de la película (ni siquiera estoy seguro de recordar que esto enlazara cuando la vi por primera vez). Al comienzo de la película, vemos a la lingüista Louise (Amy Adams) experimentar flashbacks del tiempo que pasó con su hija, así como del diagnóstico médico que pone en peligro su vida, su eventual deterioro físico y la angustia y el duelo que ello conlleva.

Cuando Louise interactúa con los alienígenas -los Heptápodos- experimenta lo que cree que son flashbacks de su tiempo con una niña, Hannah, a quien no reconoce. Resulta que no son flashbacks, sino flashforwards: ver su vida futura y el hijo que acabará tendiendo. Cinematográficamente, se presentan como recuerdos del pasado -deliberadamente diseñados para parecer y sentirse como flashbacks- pero resulta que son visiones del futuro de Louise. La naturaleza no lineal de la narración de la película es que el comienzo, donde también vemos ‘flashbacks’, es el final: estos también son flashforwards. Las escenas emocionales de Hannah creciendo y muriendo están en el futuro, no en el pasado. (En una escena, Louise le dice a Hannah que su nombre es un palíndromo, ya que se escribe igual hacia adelante y hacia atrás, y, del mismo modo, la estructura narrativa de la película puede considerarse palindrómica.)

Creo que cuando vi Arrival por primera vez, mi interpretación era que los ‘flashbacks’ más adelante en la película eran ella viendo a su futuro (segundo) hijo, que tendría con un nuevo padre, Ian Donnelly (Jeremy Renner), lo que parecía un final esperanzador para Louise, que llevaba ese dolor por la muerte de su primer hijo. Pero así no se desarrolla la historia: sería una historia más lineal (con algo de premonición de un don alienígena).


La historia es no lineal, como un círculo, donde el final se conecta con el principio. Y esto refleja la naturaleza no lineal del lenguaje de los heptápodos (donde el significado semántico se expresa en patrones circulares que emiten), así como su percepción del tiempo, donde perciben el pasado, presente y futuro a la vez. Este es el ‘regalo’ -que originalmente Louise traduce como ‘arma’- que los Heptápodos le regalan, y que quieren que la humanidad use. Es el don de aprender su idioma, que permite a los humanos percibir el tiempo como lo hacen los heptápodos.

La idea es que aprender el lenguaje no lineal de los heptápodos reconfigura el cerebro humano para percibir la realidad (es decir, el tiempo) de forma diferente (de nuevo, no lineal), lo cual es otro aspecto fascinante y desconcertante de Arrival. Este tema se insinúa con la mención temprana de la hipótesis de Sapir-Whorf, también conocida como la hipótesis de la relatividad lingüística, desarrollada por los lingüistas estadounidenses Edward Sapir y Benjamin Lee Whorf. Propone que el idioma que se habla moldea cómo uno piensa y percibe la realidad. Y existen formas débiles y fuertes de esta hipótesis.

Hay cierta evidencia a favor de la hipótesis de Sapir-Whorf, al menos la versión débil, que afirma que nuestra lengua materna influye en cómo pensamos y percibimos (es decir, el relativismo lingüístico), en lugar de determinar esto (es decir, determinismo lingüístico). Pero la teoría también ha sido ampliamente criticada (véase aquí y aquí). Casi todos los lingüistas rechazan el determinismo lingüístico, mientras que el relativismo lingüístico hace y valida afirmaciones mucho más modestas: los términos lingüísticos para colores, por ejemplo, pueden conducir a diferencias medibles en la cognición. Pero esto no implica alteraciones permanentes en las percepciones de la realidad. Y la mayoría de los estudios que intentan probar la hipótesis se han centrado en el color, que es solo un aspecto de la cognición y la percepción.

La versión de la hipótesis de Sapir-Whorf que sustenta la base de La llegada es la versión fuerte: el determinismo lingüístico, la versión que ha sido rechazada durante mucho tiempo. El determinismo lingüístico me recuerda al giro ontológico en la antropología, una visión que propone que diferentes culturas no tienen diferentes cosmovisiones; más bien, habitan, literalmente, mundos distintos. La similitud entre el determinismo lingüístico y el giro ontológico también se percibe en la película, donde se establece una conexión entre el juego chino del Mahjong, que China intenta enseñar a los heptápodos: esto se percibe como peligroso, ya que es un juego que categoriza a los jugadores en términos de ganadores y perdedores, y por tanto este tipo de lenguaje podría, supuestamente, inculcan a los alienígenas una visión competitiva de la realidad.

Betty Birner, profesora de lingüística y ciencias cognitivas en la Universidad del Norte de Illinois, dijo a Slate: «Fue divertidísimo ver una película que básicamente trata sobre la hipótesis de Sapir-Whorf. Por otro lado, llevaron la hipótesis mucho más allá de lo plausible.» De hecho, Arrival nos lleva más allá de la fuerte afirmación del determinismo lingüístico, y no solo por afirmaciones sobre lenguas alienígenas:

En un momento de la película, el personaje Ian [Jeremy Renner] dice: «La hipótesis de Sapir-Whorf dice que si te sumerges en otro idioma, puedes reprogramar tu cerebro.» Y eso me hizo reír a carcajadas, porque Whorf nunca dijo nada sobre reprogramar tu cerebro. Pero como no era el lingüista quien hablaba, está bien que otro personaje esté malinterpretando a Sapir-Whorf.

Aunque esto sigue siendo la base de la película. En una película de ciencia ficción, es una idea interesante: que un humano que aprende el lenguaje de un ser alienígena pueda percibir pasado, presente y futuro simultáneamente, reprogramando el cerebro a través del lenguaje. Birner escribe:

Ningún lingüista creería jamás la idea de que en el momento en que entiendes algo sobre esta segunda lengua, se enciende una bombilla y dices: «Dios mío, ahora entiendo perfectamente cómo los hablantes de suajili ven la vida vegetal.» Es simplemente absurdo y falso. Da lugar a una historia trepidante y buena, pero nunca querría que alguien saliera de una película así con la idea de que ese es realmente un poder que el lenguaje puede otorgar.

Pero aún así tenía motivos para elogiar la película desde la perspectiva de una lingüista:

Whorf argumentó que, dado que los hopi [el grupo nativo americano que estudiaba] tienen verbos para ciertos conceptos para los que los angloparlantes usan sustantivos, como trueno, rayos, tormenta, ruido, los hablantes ven esas cosas como eventos de una manera que nosotros no. Vemos los relámpagos, los truenos y las tormentas como cosas. Argumentó que objetivamos el tiempo, que porque hablamos de horas, minutos y días como cosas que puedes contar, ahorrar o gastar.

Fue gracioso en esta película ver esta noción de la ciclicidad del tiempo. Eso es muy central en los escritos de Whorf, que los angloparlantes tienen una visión lineal del tiempo, y está formada por objetos, días, horas y minutos individualmente empaquetados que avanzan del pasado al futuro, mientras que los hopi tienen una noción más cíclica de que los días no son cosas separadas, sino que el «día» es algo que va y viene.

Así que mañana no es otro día. Mañana es el día que regresa. Ver que el concepto de Whorf llega a esta película fue bastante divertido. Pensé, ¡pues en eso lo han hecho bien!


Añade cómo apreció la representación de los logogramas alienígenas, que son genuinamente significativos, aunque carecen de un orden de palabras concreto:

De hecho, me encantaron los logogramas, porque soy de las muchas personas que pueden volverse irritables con la ciencia ficción en general, ya que los alienígenas siempre están muy basados en los seres humanos y los idiomas alienígenas son solo otra variación de los idiomas humanos. No se parecen en nada a los kanji ni a ningún otro lenguaje escrito que yo conozca. Así que ver algo que era realmente, realmente diferente pero plausible como sistema comunicativo fue estupendo.

Era un detalle agradable que la circularidad de la imagen se reflejara en la ciclicidad de su visión del mundo. El pasado, el futuro, todo es un gran ciclo que pueden ver desde fuera. Tendría sentido que no haya necesidad de orden de palabras, que haya un aspecto holístico en una oración en un mundo donde realmente no hay linealidad en el tiempo. Pensé que [los cineastas] pusieron una reflexión real en que no fuera solo un clon de un idioma humano, aunque sí, había que dejar de lado el tema del orden de las palabras, que es todo mi área de investigación. En fin.


La versión contundente de la hipótesis de Sapir-Whorf que subyace a Arrival (aunque distorsionada y hecha ciencia ficción) es intrigante: si puedes suspender la incredulidad y no sientes la necesidad de que se explique su mecanismo, es decir, cómo aprender un idioma alienígena reconfigura el cerebro y cambia la percepción del tiempo. Pero si empiezas a cuestionar la idea, parece que se inclina hacia un terreno un poco disparatado al estilo Terence McKenna. (Esto no es necesariamente un punto débil; depende de lo que quieras de la ciencia ficción y de cuánto quieras que se explique, se pueda explicar o creer.)


Cuando McKenna fumaba DMT, se encontró con entidades élficas que, según él, estaban hechas de «luz que impulsa la sintaxis», y que no estaba seguro de «por qué debería haber una inteligencia sintáctica invisible dando clases de lenguaje en el hiperespacio.» (¿Podría ser esta la versión psicodélica de ¿Llegada?) Estos ‘elfos mecánicos auto-transformables’ se comunicaban usando un lenguaje visible, en el que los pensamientos se convertían en objetos visibles. McKenna describió a estas entidades cantando objetos para que existieran. Estas experiencias de DMT influirían en su visión de la realidad, que él creía estructurada por la sintaxis: «La naturaleza sintáctica de la realidad, el verdadero secreto de la magia, es que el mundo está hecho de palabras. Y si conoces las palabras de las que está hecho el mundo, puedes hacer de él lo que quieras.»

En resumen, disfruté el tema de la no linealidad en Arrival y su reflejo en la estructura narrativa, aunque no se basara en la lingüística con precisión (que supuse que la película hacía, al menos en lo que respecta a los logogramas alienígenas). La banda sonora y la fotografía de Max Richter también son impresionantes: ambas impregnan las escenas y la atmósfera de misterio, vastedad y trascendencia. Dicho esto, tuve la sensación de que la banda sonora, en ocasiones, manipulaba una reacción intencionada en lugar de que esta reacción fuera orgánica.

Relacionado con eso, una de las principales debilidades de la película, para mí, fue que se esperaba cierta reacción emocional -en relación con el arco narrativo de Louise- pero a veces resultaba incómoda. En cierto sentido, la película se sintió más como una glorificación de la autoimportancia que como un inspirador Viaje del Héroe: el mayor acontecimiento de la historia humana, y el futuro de la humanidad, centrado en una mujer y su vida. Los alienígenas estaban motivados para advertir a una sola mujer sobre una tragedia en su futuro.

Con una interpretación más benévola en mente, probablemente los alienígenas sabían centrarse en Louise porque era una lingüista respetada y, como vemos en uno de sus flashforwards, acabará enseñando a otros sobre el idioma de los Heptápodos, difundiendo así el ‘don’. El título de su futuro libro es El lenguaje universal, como el idioma de los heptápodos es para toda la humanidad; va más allá de los límites de los lenguajes humanos, que moldean nuestra cognición y realidad de diversas maneras; es un lenguaje que nos lleva más allá de estas diferencias y limitaciones, y permite la experiencia universal del tiempo, en la que el pasado, presente y futuro se experimentan a la vez. Esta fuente trascendente (ajena) de lenguaje universal se presenta como el bálsamo para nuestro conflicto y guerra.

Por mucho que me encantara la banda sonora de Max Richter en Arrival, lo que no me llegó fue cuando se usó para asentar la poesía profunda y cósmica de la vida de Louise y todas sus realizaciones. No me malinterpretes, sus reflexiones sobre amor fati -su nueva creencia de que merece la pena seguir adelante con la vida que imagina para sí misma, a pesar de la enfermedad de su hija- merecen ser reflexionadas. Era al estilo Malick, debido a ese tono contemplativo. Pero no terminó de funcionar para mí. Me pareció forzado y empalagoso, y la idea de hacer de la resolución emocional de Louise y su abrazamiento de su futuro la conclusión de la película me resultó menos interesante que las exploraciones más grandiosas y novedosas sobre el contacto alienígena, la lingüística alienígena y el tiempo. Aunque, se podría argumentar, la visita y el contacto alienígena son solo el telón de fondo, el ‘caballo de Troya’ que ayuda a transmitir el viaje emocional de Louise, que es realmente el núcleo de la película. Así que la unión de Arrival entre la ciencia ficción y la narrativa emocional no tiene por qué verse como incongruente; para muchos espectadores, lo hace bien, y es lo que la hace una película de ciencia ficción tan única. Y muchas otras películas de ciencia ficción han hecho lo mismo, también con éxito, como Interstellar (2014).

Para ofrecer un análisis filosófico de los flashforwards de Louise, vale la pena pensar si tiene sentido que los Heptápodos puedan ver el futuro. Por supuesto, el futuro que uno ve es real, siempre que no se haga nada que interrumpa la cadena de eventos, de causa y efecto, que materializan esos resultados futuros. Pero, digamos que Louise no hubiera aceptado el futuro que previó; podría haber evitado tener un hijo con su futuro compañero, Ian. En ese caso, ¿sus premoniciones eran solo sobre posibles escenarios, en lugar de los hechos realidad? Si es así, esto chocaría con la idea de que su nueva percepción del tiempo, compartida por los Heptápodos, es una experiencia de todos los eventos reales.

La noción de premonición entra en conflicto con el libre albedrío: si lo que prevemos inevitablemente se desarrollará, entonces no podemos hacer nada para evitarlo. Podemos imaginar que esto no es cierto en el caso de Louise, a menos que supongamos que no tiene capacidad para tomar decisiones de vida diferentes y decisiones procreativas. Por otro lado, la película puede estar sugiriendo que el futuro está, en efecto, determinado, haciendo que el libre albedrío sea una ilusión. La única agencia que tiene Louise es en su actitud hacia su destino: puede adoptar la actitud de amor fati, abrazando y amando su vida futura, o decidir no hacerlo.

La representación del impacto emocional de la llegada de los alienígenas fue mixta, con algunas partes pareciendo realistas y otras no tanto. El término ‘choque ontológico’ se utiliza para referirse a una experiencia que rompe la visión del mundo de una persona, provocando sobrecarga, confusión o desestabilización. El contacto alienígena se considera un candidato para desencadenar un shock ontológico. Pero ese ‘shock’ no pareció notarse cuando Louise supo de la llegada de los alienígenas o escuchó su idioma por primera vez. La única vez que vemos la naturaleza abrumadora de todo esto es cuando alguien es llevado por el personal médico en la base militar porque no pudieron manejar la magnitud de la situación. También se podría argumentar que la agitación social mostrada en la película fue una expresión realista de este shock.

Lo que se manejó muy bien, y el aspecto más atractivo de la película para mí, fue el contacto con los alienígenas: lo incierto y perturbador que era, donde no está claro qué es seguro, cuáles son sus intenciones, cómo son o cuán avanzados están. Como representación del primer contacto, de sentirse humilde y curioso por una nave alienígena y una especie alienígena, Arrival es única. Junto a esto, hay una representación refrescante, novedosa y creativa de cómo podrían ser los seres alienígenas. Arrival evita todos los tópicos habituales, como invasores maliciosos y seres humanoides, y en su lugar nos presenta una especie, un idioma y una forma de tecnología que resulta realmente ajena.

Sam Woolfe
(Fuente: https://www.samwoolfe.com/; visto en https://libertaliadehatali.wordpress.com/)

UNA VIDA ALTERNATIVA VIVIDA EN ESTADO VEGETATIVO


Según lo publicado en diversos portales de noticias y medios como El Imparcial o MSN, Clélia Verdier, una joven de 19 años, creyó haber vivido años, formado una familia y tenido trillizos durante un coma inducido de tres semanas en Lyon (Francia).


Clélia quedó devastada al descubrir que esa vida que recordaba con total claridad, incluyendo años de crianza, recuerdos y una profunda conexión emocional, nunca había ocurrido.


(https://nuevodiarioweb.com.ar/)

HUMOR EN LA RED



domingo, 31 de mayo de 2026

A QUIENES QUIERAN APOYAR MI LABOR



Como hago cada cierto tiempo, quería recordar a los lectores que pueden respaldar la tarea que realizo en el blog contribuyendo con una donación económica, para lo que disponen del botón PayPal a la derecha, justo encima del contador de visitas.

Si algún lector prefiriese apoyarme económicamente con una transferencia o bizum, puede comunicarse conmigo en la sección "Comentarios", especificando al comienzo del mensaje "no para publicar" y le haría llegar privadamente una cuenta o número al teléfono o eMail que me facilite.

No pretendo ejercer ninguna presión hacia nadie, pero, dada mi situación actual, todo apoyo en forma de donativo me supondría un agradecible estímulo para continuar con esta labor.

Confio en que esta petición no sea malinterpretada.

(posesodegerasa)

LECCIONES DE LA GUERRA DE IRÁN



La guerra contra Irán no acaba meramente con un cese al fuego, una negociación incómoda o una administración estadounidense buscando cómo salir de un conflicto que calculó mal. Se encamina a su final dejando al descubierto algo mucho más importante para las próximas décadas: Estados Unidos todavía puede bombardear, todavía puede destruir infraestructura, todavía puede movilizar portaaviones, todavía puede vaciar arsenales para proteger a Israel, pero ya no puede garantizar que esa fuerza militar se traduzca automáticamente en obediencia política. Esa es la diferencia histórica. Durante décadas, Washington confundió superioridad tecnológica con destino manifiesto, poder aéreo con control del mundo, sanciones con rendición, amenaza militar con disciplina internacional. En Irán, esa vieja ecuación dejó de funcionar. Y ahora que la potencia descubrió que puede golpear pero no puede ordenar, que puede destruir pero no puede someter, que puede iniciar una guerra pero no controlar sus consecuencias, ya no estamos frente a una simple derrota táctica: estamos frente a una crisis de hegemonía.

El punto central no es si Irán sufrió daños. Por supuesto que los sufrió. Tampoco se trata de negar la capacidad destructiva de Estados Unidos e Israel. Sería absurdo. La pregunta verdaderamente importante es otra: ¿qué objetivo político buscaban esos ataques y qué resultado produjeron? Si el objetivo era colapsar al gobierno iraní, fracasaron. Si el objetivo era arrancarle concesiones estratégicas, fracasaron. Si el objetivo era destruir su capacidad de disuasión, fracasaron. Si el objetivo era aislarlo de Rusia y China, ocurrió lo contrario. Si el objetivo era demostrar que Estados Unidos aún puede imponer unilateralmente las reglas del orden mundial, el resultado fue una pedagogía brutal sobre los límites materiales del imperio. Irán no salió indemne, pero salió con capacidad de respuesta, con margen negociador, con control estratégico sobre una de las rutas energéticas más importantes del mundo, con su programa nuclear convertido otra vez en punto de presión, con su red regional viva y con una alianza euroasiática más relevante que antes. A veces la derrota de una potencia no consiste en perder todos sus aviones o ver caer su capital. A veces consiste en descubrir que el adversario golpeado sigue en pie y que el mundo entero vio que sigue en pie.

Por eso es tan importante entender el Estrecho de Ormuz. No es un accidente geográfico ni un dato de enciclopedia para especialistas en Medio Oriente. Es una de las arterias centrales de la economía mundial. Por ahí pasa una parte decisiva del flujo energético global, y el control efectivo, la amenaza de cierre, la imposición de peajes o la simple incertidumbre sobre su tránsito modifican los precios del petróleo en todo el mundo, el costo del transporte marítimo, la inflación, los alimentos, los fertilizantes, la producción industrial y la estabilidad política de gobiernos que ni siquiera aparecen directamente en el mapa del conflicto. Washington pensó que podía asfixiar a Irán e Irán a su vez le recordó que también puede apretar el cuello de botella por donde respira buena parte de la economía global. Ahí está la contradicción material que muchos comentaristas prefieren esconder detrás de palabras solemnes como “seguridad internacional” o “defensa de Occidente”. La seguridad internacional, traducida al lenguaje real del poder, significa quién controla la energía, quién controla las rutas, quién puede cobrar el paso, quién puede bloquearlo y quién paga los costos cuando el imperio decide jugar a la guerra lejos de su territorio pero cerca de las venas del comercio mundial.

El fracaso estadounidense se vuelve todavía más evidente cuando incluso figuras del propio pensamiento imperial empiezan a reconocerlo. Robert Kagan, uno de los ideólogos neoconservadores más importantes de Washington, arquitecto intelectual de las guerras que prometían rehacer el mundo a punta de invasiones como la de Iraq, habló de una situación cercana al jaque mate en Irán. No lo dijo un militante antiimperialista latinoamericano ni un comentarista emocionado por la decadencia estadounidense. Lo dijo alguien que entiende el poder desde adentro, alguien formado en la convicción de que Estados Unidos debía ejercer la fuerza para sostener su primacía mundial. Y justamente por eso importa. Si un halcón de guerra, uno de los mayores desde Kissinger, admite que continuar puede ser peor que retirarse, no es porque esté haciendo autocrítica moral, más bien está leyendo la correlación de fuerzas. Está viendo que una escalada mayor podría desatar represalias iraníes contra infraestructuras críticas del Golfo, que un golpe sobre instalaciones petroleras o gaseras de países aliados de Washington podría provocar una crisis económica mundial, que una invasión terrestre a Irán sería una pesadilla muy superior a Irak, y que aceptar una salida diplomática equivale a reconocer que no lograron los objetivos políticos de la guerra. El imperio no se vuelve prudente por bondad: se vuelve prudente cuando descubre que el costo de su arrogancia puede ser inmanejable.

La comparación con Irak es inevitable, pero debe hacerse bien. En 2003, Estados Unidos invadió Irak con una mentira monumental sobre supuestas armas de destrucción masiva, que en ese entonces era una estrategia similar a acusarte de narcogobierno. En esa invasión destruyó un Estado soberano, desató una catástrofe regional y aun así creyó durante años que podía administrar el desastre, para terminar entregándole el control del país a los talibanes que juró destruir. En Irán, el problema para Washington es distinto y más grave. Irán es más grande, tiene mayor profundidad estratégica, una identidad nacional mucho más cohesionada frente a la agresión externa, capacidades militares acumuladas durante décadas de sanciones, una red regional de aliados y, sobre todo, una inserción geopolítica en el bloque euroasiático que Irak no tenía en esos términos. Atacar a Irán no significaba solamente golpear a un país, significaba tocar una pieza conectada con Rusia, China, el Golfo, el Cáucaso, Asia Central, el Líbano, Yemen, Siria, Pakistán y las rutas energéticas mundiales. La fantasía de repetir la lógica de “bombardeamos, descabezamos, imponemos condiciones y el mundo obedece” chocó con una realidad más compleja y es que el mundo que permitió la invasión de Irak ya no existe de la misma manera. La guerra también mostró el agotamiento del modelo israelí de seguridad absoluta. Israel ha construido durante décadas una doctrina basada en la superioridad militar, la impunidad regional y la garantía estadounidense. Su apuesta ha sido impedir que cualquier actor de la región alcance capacidades suficientes para limitar su libertad de acción. Por eso Netanyahu y los sectores más duros de Israel no buscan simplemente un Irán regulado o contenido; buscan un Irán debilitado de manera permanente, sin infraestructura de enriquecimiento, sin capacidad misilística relevante, sin aliados regionales, sin posibilidad de convertirse en potencia soberana. El problema es que esa exigencia maximalista ya no coincide plenamente con las capacidades reales del bloque que la sostiene. Israel puede presionar, sabotear negociaciones, exigir bombardeos, presentar cualquier acuerdo como capitulación y movilizar al lobby proisraelí en Washington, pero no puede ganar solo una guerra regional de gran escala. Durante el conflicto, Estados Unidos tuvo que gastar una parte enorme de sus interceptores THAAD para defenderlo. Esa imagen es demoledora: el aliado que presume invulnerabilidad depende de que la superpotencia vacíe arsenales carísimos para sostener su escudo. La ironía es fina: el Estado que se presenta como fortaleza regional terminó funcionando como una hipoteca estratégica para Washington.

Ese agotamiento militar tiene una dimensión económica que casi siempre se oculta. Cada interceptor THAAD cuesta millones de dólares. Cada semana de guerra implica combustible, municiones, mantenimiento, logística, reposición, contratos, deuda, presión fiscal, inflación y nuevas ganancias para el complejo militar-industrial. La guerra moderna no es solamente una escena de misiles iluminando el cielo, se ha convertido en una forma de transferencia masiva de recursos públicos hacia empresas de defensa. Por eso hablar de una “burbuja de defensa” no es una metáfora exagerada que usan varios analistas económicos. Estados Unidos ha convertido la administración permanente de conflictos en una pieza central de su economía política, pero esa maquinaria necesita victorias, o por lo menos la apariencia de que el gasto produce control. Cuando el gasto produce desgaste, cuando la producción militar no alcanza para resolver simultáneamente Ucrania, Taiwán, Medio Oriente, Israel, el Golfo y la contención de China, la burbuja deja de ser símbolo de fuerza y empieza a parecer síntoma de imperio tardío. El capital militar puede enriquecerse mientras el Estado se debilita. Esa es una contradicción clásica de las potencias en declive: la industria de la guerra gana incluso cuando la estrategia nacional pierde.

La deuda estadounidense agrava esa contradicción. Un imperio sostenido por el dólar puede financiar déficits gigantescos durante mucho tiempo, pero no infinitamente ni sin costos. Si la guerra presiona los precios de la energía, si Ormuz encarece el petróleo, si la inflación obliga a mantener tasas altas, si los bonos requieren mayores rendimientos, si el servicio de la deuda se vuelve más pesado y si al mismo tiempo el presupuesto militar exige nuevas inyecciones, el poder imperial comienza a devorarse a sí mismo. La hegemonía estadounidense no descansa solamente en portaaviones, descansa sobre todo en el dólar, en los circuitos financieros, en la confianza de que Washington puede pagar, sancionar, endeudar, emitir y castigar sin perder centralidad. Pero cuando sus guerras empiezan a dañar las condiciones que sostienen su moneda, el asunto para los oligarcas financieros ya no es cuántos misiles tiene su esbirro, sino cuánto tiempo puede financiar una política exterior que produce inflación, deuda, desgaste industrial y rechazo interno. Ahí aparece una contradicción que no se resuelve con discursos patrióticos ni con mapas llenos de bases militares.

Por lo anterior, las sanciones contra Irán también deben leerse desde esa crisis. Durante años, Washington presentó las sanciones como una herramienta limpia, quirúrgica, casi civilizada: no bombardeamos, solo asfixiamos. La fórmula tenía una trampa moral evidente, porque las sanciones también matan, empobrecen, bloquean medicamentos, encarecen alimentos y castigan poblaciones enteras. Pero además tenía una debilidad estratégica: no siempre cambian el comportamiento del adversario. En Irán, décadas de sanciones no produjeron rendición, produjeron su propio enemigo, la adaptación, una economía de resistencia, múltiples redes alternativas, desarrollo de capacidades internas y una cultura política endurecida frente a la presión externa. Trump creyó que podía endurecer esa vía y obtener obediencia. El resultado fue el contrario: Irán dejó de confiar en los compromisos estadounidenses, endureció su posición, aprendió que cumplir no garantiza reciprocidad y llegó a la negociación con una tolerancia mucho menor frente al engaño. Esta debe ser un lección para todos los país: el premio por ceder es recibir nuevas sanciones, y más aún, la concesión unilateral no pacifica al agresor, lo educa en la impunidad.

Por eso el nuevo escenario negociador es tan distinto al acuerdo nuclear de 2015. El acuerdo de Obama, con todas sus limitaciones, partía de una lógica de contención negociada: Irán aceptaba límites, reducciones y mecanismos de verificación, mientras Occidente debía aliviar sanciones e integrar nuevamente a Irán en ciertos circuitos económicos. Pero Estados Unidos no cumplió plenamente, y luego Trump rompió el acuerdo. Esa experiencia modificó la conducta iraní. Ahora Washington e Israel exigen sacar del país el uranio enriquecido, destruir la infraestructura de enriquecimiento y reducir de manera irreversible las capacidades iraníes. Irán, en cambio, no se comporta como país derrotado. Defiende su derecho a enriquecer uranio, rechaza entregar su soberanía, propone degradar el material pero conservarlo, exige garantías y coloca en la mesa temas que van mucho más allá del expediente nuclear: Ormuz, Líbano, Hezbolá, reparaciones, retiro israelí y fin de las agresiones. Esto es central. El país supuestamente acorralado en los delirios del presidente norteamericano, no está rogando una salida sino que está ampliando el campo de negociación.

En este sentido la exigencia de reparaciones de guerra tiene un significado político mayor. No se trata solamente de dinero, aunque el dinero importa. Irán está diciendo que no acepta aparecer como culpable de una guerra que considera agresión en su contra. Está invirtiendo el relato jurídico y diplomático de Occidente. Durante décadas, Estados Unidos e Israel han reclamado para sí el derecho de definir quién amenaza, quién viola, quién debe ser castigado y quién debe pagar. Irán responde desde otra posición: si hubo destrucción, asesinatos, bombardeos y participación de países del Golfo que facilitaron ataques, entonces hay responsabilidad. Esa exigencia es inaceptable para Israel y humillante para Washington, precisamente porque rompe la coreografía tradicional del poder: el imperio bombardea, el país bombardeado agradece que le permitan negociar y los aliados regionales fingen neutralidad. Irán no está siguiendo ese guion. Al exigir reparaciones, obliga a discutir la guerra no como “operación preventiva”, sino como agresión con costos.

Y para profundizar esta derrota el vínculo con el Líbano y Hezbolá es todavía más humillante para Israel. Irán no separa el expediente nuclear del equilibrio regional porque entiende que el programa nuclear, los misiles, Hezbolá, Ormuz y la arquitectura de seguridad regional forman parte de la misma ecuación de disuasión. A Israel le gustaría discutir el enriquecimiento iraní como si fuera un laboratorio aislado del mundo, sin Gaza, sin Líbano, sin bombardeos, sin ocupación, sin asesinatos selectivos, sin ataques previos y sin la impunidad militar que ha ejercido durante años. Irán no acepta esa separación. Si Israel exige la destrucción de capacidades estratégicas iraníes, Irán exige garantías regionales: reconstrucción del Líbano, retiro israelí, paz permanente y prohibición de nuevas agresiones contra Hezbolá. La sola posibilidad de un acuerdo de ese tipo sería una derrota estratégica para Netanyahu, porque limitaría la libertad de acción militar que Israel considera indispensable para sostener su superioridad. Por eso Israel no aparece como actor de paz sino como fuerza de sabotaje. No busca un acuerdo viable, busca impedir cualquier acuerdo que certifique que Irán resistió y obliga a los oligarcas de Washington a reconsiderar el papel de su homúnculo centro asiático.

Los países del Golfo quedaron atrapados en esa nueva realidad. Durante años, varias monarquías árabes jugaron a una doble posición: alianza militar y económica con Washington, coordinación de facto con intereses israelíes, temor profundo a Irán y, al mismo tiempo, discurso de estabilidad regional. Pero cuando la guerra mostró que Irán conserva capacidad para golpear infraestructura crítica, la prudencia apareció de golpe. Arabia Saudita, Qatar, Emiratos Árabes Unidos y Kuwait saben que la protección estadounidense ya no garantiza inmunidad. Una cosa es firmar contratos de defensa, comprar armas, alojar bases y participar en equilibrios diplomáticos; otra muy distinta es ver la posibilidad real de que instalaciones petroleras, gaseras, puertos, plantas de procesamiento o rutas marítimas sean alcanzadas si la guerra escala. Ahí el cálculo cambia. Los regímenes del Golfo no temen solamente una derrota militar, temen mucho más que una crisis energética o un golpe a su infraestructura ponga en cuestión su estabilidad interna. El dinero compra muchas cosas, pero no compra geografía. Y la geografía los colocó demasiado cerca de Irán como para seguir actuando como si la guerra fuera una película producida en Washington.

En este punto entra China, no como espectadora, sino como actor estructural del nuevo equilibrio. La lectura superficial diría que China “apoya a Irán” porque compite con Estados Unidos. La lectura materialista es más precisa: China necesita rutas energéticas seguras, mercados estables, acceso a recursos, continuidad logística y un mundo donde Washington no pueda cerrar o controlar a voluntad los corredores marítimos del comercio global. Por eso la respuesta euroasiática no se limita a comunicados diplomáticos. Incluye integración terrestre, corredores ferroviarios, oleoductos, rutas alternativas, cooperación tecnológica, uso de sistemas satelitales como Beidou y una arquitectura de seguridad que reduce la dependencia de los mares vigilados por la armada estadounidense. El corredor Norte-Sur entre Irán y Rusia, articulado con Asia Central y con la Iniciativa de la Franja y la Ruta, no es una obra de infraestructura neutral, debemos comprenderla como una respuesta histórica al poder marítimo occidental. Si Estados Unidos controla mares y estrechos, Eurasia construye tierra, acero, rieles, satélites y acuerdos de seguridad.

Rusia participa desde una lógica complementaria. Es potencia energética, potencia militar, actor central de Eurasia y país que lleva años enfrentando sanciones occidentales. Su alianza con Irán no se reduce a simpatía política, responde a necesidades concretas de supervivencia estratégica frente al cerco estadounidense. Inteligencia, equipamiento, coordinación, transferencia tecnológica y conexión logística a través del Mar Caspio forman parte de un mismo proceso: la construcción de un espacio euroasiático menos vulnerable a la coerción de Washington. El sistema Beidou, el apoyo ruso y la coordinación con Pakistán y otros actores muestran que la guerra de Irán no fue un duelo bilateral. Se trató más bien de una escena de transición mundial. Estados Unidos atacó pensando desde el viejo mapa unipolar, pero Irán resistió apoyado en un mapa que ya se está dibujando desde Eurasia.

Otro elemento de la derrota estadounidense fue el papel de Pakistán, país que en ese esquema, funciona como algo más que mensajero. Formalmente puede aparecer como canal de comunicación escrito entre Washington y Teherán, pero su posición revela un dato mayor: incluso la diplomacia regional empieza a moverse por vías que Estados Unidos no controla por completo. Que Irán exija mensajes escritos muestra el nivel de desconfianza acumulada. Ya no acepta promesas verbales, ambigüedades diplomáticas ni fórmulas diseñadas para que Washington firme una cosa y permita que Israel haga otra. La experiencia enseña. El país que fue engañado una vez puede decidir no regalar una segunda oportunidad. Por eso la negociación actual no es una mesa elegante de concesiones mutuas, sino una disputa por garantías verificables en un contexto donde Irán sabe que trata con una estructura de dos cabezas: Washington y Tel Aviv. Si una firma y la otra bombardea, el acuerdo nace muerto.

La dimensión política interna en Estados Unidos tampoco puede ignorarse. Una guerra larga con inflación alta, gasolina cara, deuda creciente, arsenales drenados y rechazo ciudadano es una bomba electoral. Trump puede presentarse como hombre fuerte, pero no hay fortaleza que sobreviva intacta cuando la guerra empieza a pegar en el bolsillo de la población. El nacionalismo imperial funciona mejor cuando promete victorias rápidas y costos invisibles. Cuando la guerra amenaza empleos, precios, tasas de interés, alimentos y estabilidad, el entusiasmo patriótico se vuelve más frágil. Además, la disputa entre halcones, neoconservadores, aislacionistas oportunistas y sectores empresariales afectados por la crisis muestra que la clase dominante estadounidense no siempre tiene una estrategia común, que la burguesía tiene intereses contradictorios. Algunos ganan con la guerra, otros pierden con el caos energético, otros temen el costo electoral, otros quieren contener a China sin incendiar Medio Oriente, otros siguen atrapados en la fantasía de que bombardear países produce obediencia. Esa división interna también es parte de la derrota.

Lo que aparece después de Irán es un mundo donde la palabra “multipolaridad” deja de ser consigna académica y se vuelve hecho material. Multipolaridad no significa que Estados Unidos desaparece ni que China sustituye mecánicamente a Washington como nuevo dictador global. Significa que la capacidad de una sola potencia para imponer reglas, castigos, bloqueos y guerras sin enfrentar límites reales se reduce. Significa que los países sancionados construyen rutas alternativas. Que las monedas, los sistemas de pago, los corredores logísticos, las alianzas militares y las tecnologías satelitales empiezan a reorganizarse. Que el Sur Global observa que el imperio puede ser desafiado. Que los aliados de Washington calculan dos veces antes de apostar todo a una protección que ya no parece absoluta. Que los adversarios aprenden de cada guerra y coordinan respuestas. Que cada abuso estadounidense acelera la construcción de mecanismos para depender menos de Estados Unidos.

La gran paradoja es que Washington, intentando reafirmar su hegemonía, ayudó a acelerar las condiciones de su desgaste. Atacó para disciplinar a Irán y terminó fortaleciendo la centralidad iraní en Eurasia. Presionó para aislarlo y terminó empujándolo más hacia Rusia y China. Usó sanciones para someterlo y terminó demostrando la necesidad de rutas económicas alternativas. Defendió a Israel para preservar su arquitectura regional y terminó exhibiendo cuánto le cuesta sostenerla. Amenazó el comercio marítimo y terminó incentivando corredores terrestres. Quiso probar que seguía siendo indispensable y obligó a muchos países a preguntarse cómo vivir con menos dependencia de una potencia que convierte cada crisis en chantaje. Hay derrotas que se miden en territorios perdidos. Hay otras que se miden en la cantidad de países que, después de verte actuar, empiezan a diseñar el mundo sin ti.

Ese es el resultado de la guerra de Irán. No una victoria romántica sin daños, no una epopeya limpia, no un cuento simple donde un país pequeño derrota mágicamente al gigante. Es algo más serio: una demostración de que la fuerza militar estadounidense ya no basta para ordenar el sistema mundial cuando las condiciones materiales del poder han cambiado. Irán resistió porque tenía capacidad propia, porque aprendió de décadas de sanciones, porque su geografía importa, porque Ormuz importa, porque su red regional importa y porque ya no está solo frente al imperio. Estados Unidos fracasó porque confundió la destrucción con el control, la superioridad militar con la obediencia política y alianza con Israel con estrategia global, es decir, que no aprendió nada de las derrotas militares que sufrió desde Vietnam. La historia no terminó en Medio Oriente, pero sí dejó una señal difícil de borrar: el viejo orden todavía puede hacer daño, mucho daño, pero ya no puede garantizar que el daño produzca sumisión. Y cuando el miedo deja de organizar la obediencia del mundo, el imperio descubre que su problema no es Irán. Su problema es que el mundo que podía intimidar sin pagar costos está dejando de existir.


Gerardo Flores Peña