viernes, 13 de febrero de 2026

DE EPSTEIN A GAZA: LA EXPOSICIÓN DE LA DEPRAVADA ÉLITE OCCIDENTAL



Los archivos de Epstein parecen menos un escándalo que documentación, testimonios integrados en declaraciones juradas, acuerdos extrajudiciales. La experiencia humana reducida a material de caso: catalogada, contrastada y desprovista de urgencia moral.

El abuso de menores no se desarrolló como una ruptura de un orden moral. Se desarrolló como un proceso controlado. Las niñas fueron reclutadas por su vulnerabilidad y pobreza. Fueron transportadas, pagadas y silenciadas.

Los abogados evaluaron la exposición. Las instituciones gestionaron el riesgo. Se mantuvo la reputación. El daño no se negó, se normalizó.

Una sobreviviente, Virginia Giuffre, describe cómo la usaron y luego la pasaron a otros hombres.

Otra, Maria Farmer, explica que comprendió muy rápidamente que no importaba, que solo existía para satisfacer los apetitos de personas que jamás afrontarían consecuencias.

Estas no son metáforas. Son descripciones procedimentales de cómo el poder se enfrenta a los débiles.

Sin embargo, tales revelaciones, por grotescas que sean, no deberían sorprendernos. ¿Por qué una élite con larga experiencia en matar en el extranjero de repente observaría un límite moral en casa?

Una revelación moral

Durante décadas, la evidencia no se ocultó. Se televisó.

En Irak, las sanciones y la guerra contribuyeron a la muerte de cientos de miles de niños, un saldo reconocido y luego justificado como el precio de la política. Las ciudades fueron arrasadas, la vida civil extinguida, la devastación justificada como estrategia, seguridad e interés nacional.

En Abu Ghraib, los detenidos fueron desnudados, abusados sexualmente, fotografiados, ridiculizados y humillados. Sus cuerpos fueron convertidos en instrumentos de dominación; su sufrimiento fue documentado, brevemente escandalizado y luego silenciosamente asimilado.

La violencia se presentó como excepcional, confinada a desiertos remotos y ciudades ocupadas, a cuerpos morenos y prisioneros anónimos. No se interpretó como una revelación moral, sino como un lamentable exceso operativo ejercido en el extranjero.

La verdad que durante mucho tiempo se ha pasado por alto en las sociedades occidentales es ésta: una élite dispuesta a matar de hambre a poblaciones, arrasar ciudades y brutalizar sexualmente a detenidos en el extranjero no tiene reparos en brutalizar a quienes considera inferiores en su país.

La frontera entre la brutalidad extranjera y la moralidad doméstica siempre fue imaginaria, una ficción reconfortante sostenida por la distancia, el racismo y la narrativa.

Lo que se maneja mediante declaraciones, censura y expresiones calibradas de preocupación en el exterior, se maneja mediante acuerdos y no divulgación de confidencialidad en el país.

La devastación de Gaza por parte de esta misma élite no es una anomalía moral. Pertenece a la misma arquitectura. A la misma jerarquía del valor humano. A la misma suposición de que algunas vidas son plenamente humanas, mientras que otras son prescindibles.

Niños abusados en una isla privada del Caribe.

Niños enterrados bajo los escombros en Gaza.

Niños colocados a bordo de aviones alquilados para satisfacer los apetitos de los ricos y poderosos, que vuelan discretamente y en silencio para ser utilizados y abusados sin consecuencias.

Niños asesinados por aviones enviados abiertamente y repetidamente para servir a los intereses estratégicos de los poderosos, bombardeados desde el cielo a su discreción, sus muertes ignoradas, minimizadas o narradas como una necesidad.

Derecho a todo y a toda impunidad

Los perpetradores están animados por el mismo sentimiento inquebrantable de derecho y de impunidad, por la creencia de que poseen el derecho a dictar el destino de otros, a brutalizarlos si así lo desean, ya sea en Florida o en Gaza.

Esta misma clase domina ahora el capital global. Los oligarcas tecnológicos, los financieros y los especuladores de guerra que extraen riqueza en casa y se lucran con la destrucción en el extranjero se mueven dentro del mismo ecosistema de élite que Epstein creó.

Las caras pueden diferir; la lógica es la misma. Explotación por aquí. Aniquilación por allá. Lucro por doquier.

Entre las figuras que se movieron cómodamente en el mundo privado de Epstein se encontraba el ex primer ministro israelí Ehud Barak, quien se reunió con Epstein en repetidas ocasiones entre 2013 y 2017 y se alojó en su residencia de Nueva York en múltiples ocasiones.

Según la correspondencia reportada, Epstein aconsejó a Barak que "considerara Palantir", una compañía que entonces emergía como un actor poderoso en análisis de datos, vigilancia y software de inteligencia.

Esa sugerencia es reveladora. Sitúa el mundo de Epstein no solo como un lugar de excesos personales, sino como una encrucijada donde convergían la indulgencia de la élite, la lógica de la inteligencia y la tecnología bélica de vanguardia.

Consideremos Palantir Technologies, la empresa de software de inteligencia cuyas herramientas fueron diseñadas para estados de vigilancia y campos de batalla modernos. Desde octubre de 2023, Palantir ha profundizado una estrecha y abiertamente ideológica colaboración con el gobierno y el ejército israelíes, presentando su tecnología como indispensable para la guerra contemporánea impulsada por IA.

En enero de 2024, la compañía anunció un acuerdo estratégico con el Ministerio de Defensa de Israel para apoyar operaciones de guerra activas, y altos ejecutivos viajaron a Israel para formalizar la asociación.

Las plataformas de Palantir (Gotham, Foundry y su Plataforma de Inteligencia Artificial) fusionan inteligencia, logística y objetivos en lo que la doctrina militar ahora llama la "cadena de muerte digital".

El juicio humano se reduce. La vacilación moral se automatiza. La violencia se convierte en un flujo de trabajo. La distancia ya no es un amortiguador; es una característica.


El máximo responsable del genocidio de Gaza aparece citado nada me-
nos que 6.300 veces en los archivos de Epsteín. El diablo los cría ...

Esta alineación no es meramente técnica, sino ideológica. El director ejecutivo de Palantir, Alex Karp, ha enmarcado públicamente el apoyo a Israel como una obligación civilizatoria. La guerra no solo se apoya; se respalda filosóficamente.

El mismo lenguaje de necesidad y exención moral que una vez protegió el abuso privado ahora santifica la destrucción pública, sólo que esta vez está codificado en software.

Lo que Epstein ha gestionado socialmente (acceso, aislamiento, implicación mutua), empresas como Palantir ahora lo hacen operativo tecnológicamente.

El desprecio por la vida humana ya no es meramente personal: es institucional, contractual y programable.


El obstáculo a erradicar para la construcción de la
Riviera en Gaza, futuro paraíso vacacional
La violencia racionalizada

Cuando la violencia está tan profundamente arraigada -en el software, las políticas y las ganancias-, ya no necesita disfrazarse. Puede enunciarse abiertamente, incluso con orgullo, como un principio. Lo que antes debía racionalizarse, ahora se declara.

"La ley del más fuerte", como lo expresó con total claridad Stephen Miller, asesor de seguridad nacional del presidente estadounidense Donald Trump. Esa es la ética: en Gaza, en Venezuela o a puerta cerrada en Florida.

Esta élite no solo es poderosa; se crió en un sentido de excepcionalidad: derecho, privilegio e inmunidad. Habita un mundo cerrado de prestigio y aislamiento donde las reglas son para otros y las consecuencias, negociables.

Es precisamente por esta razón que muchos dentro de esta clase gravitaron hacia Epstein y fueron fácilmente atrapados por él.

Su verdadera ofrenda no era solo placer, sino la confirmación de que el orden moral ordinario no se aplicaba. Sus reuniones no eran simples fiestas; eran audiciones. Su avión privado y sus propiedades aisladas funcionaban como rituales de pertenencia.

Ser bienvenido en su órbita era recibir una insignia, la admisión a un círculo interno donde no se aplicaban consecuencias.


Epstein no se limitó a explotar la decadencia de la élite; la convirtió en un arma. Convirtió el derecho en influencia, el exceso en vulnerabilidad y el privilegio en una trampa.

La irresistible atracción de la exclusividad explica en gran medida el éxito de Epstein. Lo que atrajo a los poderosos a su órbita no fue solo el vicio, ni siquiera la normalización de la transgresión, sino la seducción del prestigio y el acceso, la promesa de pertenecer a un reino inescrutable.

Epstein comprendió que, para los verdaderamente poderosos, el estatus es más embriagador que el placer. Al posicionarse como guardián, transformó la indulgencia en iniciación y el exceso en cualificación.

Los poderosos no solo cayeron en la red de Epstein, sino que se convirtieron en rehenes. Lo que creían un espacio prohibido funcionó como un aparato de inteligencia, convirtiendo el exceso en evidencia y la transgresión en vulnerabilidad permanente.


"Eyes wide shut", la denuncia de Kubrick a los rituales
de los poderosos que le acabó costando la vida
Un resultado lógico

Irónicamente y obscenamente, esta misma élite se presenta como el estándar global de la ilustración y la moralidad: la cúspide de la civilización, el árbitro del mundo.

Juzga a otras naciones, presentándolas como atrasadas, irracionales, violentas o salvajes; luego utiliza esos pronunciamientos como armas para justificar la dominación y la subyugación.

Gaza no fue una desviación de los valores de la élite que supervisó su aniquilación. Fue su culminación.

Fue el momento en que una clase acostumbrada desde hacía mucho tiempo a ejercer el poder sin restricciones puso en práctica ese poder ante la vista de un mundo que observaba horrorizado.

Los archivos de Epstein exponen la cara privada de esta orden.

Gaza expone su situación pública.


Juntos, disipan las últimos ilusiones y revelan la fealdad de una élite que consume a los vulnerables en silencio en su país y los destruye abiertamente en el extranjero.

No se trató de una falla de valores.

Era su resultado lógico.

Soumaya Ghannoushi
(Fuente: https://www.middleeasteye.net/; visto en https://www.verdadypaciencia.com/)

ESPAÑA AGRAVA SU NIVEL DE CORRUPCIÓN



Transparencia Internacional nos sitúa en una posición peor que Arabia Saudí, Ruanda o Botsuana.

Ocupamos el puesto 49 de 182 del ranking global con 55 puntos, frente a los 62 que registraba el país hace seis años. Así, nuestro nivel de corrupción es mayor que el de países como Granada, Ruanda, Botsuana, Arabia Saudí o Israel, aunque menor que el de Italia (53 puntos).

En la mayoría de los Estados miembros de la UE se aprecia un descenso general de la puntuación, reflejando "un preocupante estado de estancamiento" en la aplicación efectiva de los estándares anticorrupción y una creciente erosión de los mecanismos de rendición de cuentas.

(https://t.me/TSANoticias/)

OTRO JIRÓN DE LA TRAMA CORRUPTA DEL GOBIERNO SALE A LA LUZ



Esta vez te han pillao con el carrito del helao, empolloncete

La Unidad Central Operativa registraba el pasado martes, diez de febrero de 2026, un despacho secreto vinculado a Félix Bolaños, ministro de Justicia del Gobierno de España. La oficina, ubicada en el barrio de Salamanca de Madrid y registrada a nombre de una empresa fantasma, ocultaba una habitación secreta con caja fuerte empotrada donde los agentes encontraron trescientos doce mil euros en efectivo sin justificar y documentación clasificada del CNI, del Ministerio de Justicia y de sumarios bajo secreto.

El registro fue autorizado por el juez tras declaraciones de Víctor de Aldama y escuchas telefónicas donde Bolaños mencionaba "el otro despacho" y "recoger papeles del sitio". Los agentes encontraron también un móvil con aplicaciones encriptadas, agendas con anotaciones crípticas que mencionan a José Luis Ábalos, contratos de ADIF relacionados con el caso Koldo, documentación del caso Begoña Gómez, y facturas falsas de empresas de asesoría por cientos de miles de euros.

Bolaños se enfrenta a cargos por malversación, cohecho, tráfico de influencias, revelación de secretos, prevaricación, obstrucción a la justicia y blanqueo de capitales. Penas que podrían superar los veinte años de prisión. La oposición exige su dimisión inmediata. Y la UCO investiga si hay más despachos ocultos, esta vez en Barcelona.

El mayor escándalo político del año acaba de explotar.

jueves, 12 de febrero de 2026

PROHIBICIONES "POR TU BIEN"



Hay un truco viejo que se repite con ropa nueva: primero se muestra un problema y se presenta enorme “por tu bien” -aunque existan muchos otros realmente grandes y acuciantes-, luego se crea una norma “protectora” y, cuando te quieres dar cuenta, lo que han protegido no es tu libertad, sino su control sobre ti o sobre las futuras generaciones.

Lo inquietante no es solo la ley en sí, sino el relato que la envuelve: te dicen que te cuidan, mientras te van colocando barrotes alrededor.

Se empieza cambiando el nombre a las cosas. Vigilar pasa a llamarse seguridad, censurar se rebautiza como lucha contra el odio, restringir opinión se vende como combate a la polarización y la desinformación.

La historia nos dice que no es algo nuevo: cuando se quiere recortar libertades o difuminar otros grandes problemas, lo primero que se hace es construir un buen relato moral, conmovedor, incluso “ético”, para que resulte casi indecente oponerse. ¿Quién va a estar en contra de proteger a los niños, de frenar el odio o de cuidar la convivencia? Nadie. Y ahí está la trampa: el problema no son las palabras, sino hacia dónde apuntan las medidas; si limitan el poder o lo concentran, si te protegen de los abusos o protegen al sistema de tus preguntas incómodas.

En otros tiempos se quemaban libros “peligrosos” para salvar almas, para evitar herejías, para mantener “la sana doctrina”. En teoría, todo por el bien del pueblo. En la práctica, se trataba de decidir qué podías leer, qué ideas estaban permitidas y cuáles debían desaparecer entre llamas, no porque algunas fueran falsas, sino porque eran incómodas para el poder.

Hoy ya no se queman libros en plazas, pero se pueden quemar silenciosamente cuentas, contenidos, opiniones disidentes en un gran fuego digital que no huele a humo, pero huele a miedo. Ayer era la hoguera, hoy es el algoritmo. El mecanismo es el mismo: “esto no lo ves porque es malo para ti”.

El nuevo escenario es más sofisticado. Se disecciona el espacio digital y se levantan jaulas legales que se presentan como diques contra el odio, la desinformación o la manipulación.

Se habla de responsabilidades penales para ejecutivos de plataformas, de delitos de “manipulación algorítmica”, de huellas de odio y polarización que todo lo miden, todo lo etiquetan.

Sobre el papel suena impecable: ¿a quién le gusta el odio? ¿Quién defiende la manipulación? Pero el detalle incómodo es que nadie logra definir de forma objetiva qué es odio y qué es simple discrepancia, qué es manipulación y qué es mera selección de contenidos.

En ese vacío, la definición ya no es técnica, sino política: decide el que manda.

Desde ese momento ocurre algo casi invisible pero devastador: el miedo. Si la frontera entre lo permitido y lo castigable depende de interpretaciones cambiantes, el ciudadano y las plataformas empiezan a autocensurarse.

Para evitar problemas, se borra más de la cuenta, se silencia lo polémico, se retira lo que pueda molestar. No porque sea ilegal en esencia, sino porque es más seguro callar. El poder no necesita ya perseguir cada palabra: le basta con que la gente aprenda a hablar bajito.

La jugada maestra es usar causas legítimas como caballo de Troya. La protección de los menores, por ejemplo. Nadie con un mínimo de conciencia niega que el entorno digital puede ser brutal para un adolescente y que hay que tomar medidas.

Pero el diablo está en el método: verificación masiva de identidades, bases de datos gigantes de documentos personales, sistemas de vigilancia que se quedan para siempre aunque el pretexto cambie o incluso desaparezca.

Lo que empieza como “solo para que los niños no entren” puede terminar siendo “ya que tenemos tus datos, los usaremos para todo lo demás”. Ayer se justificaba la censura para salvar tu alma; hoy se justifica para salvar tu perfil. El discurso es distinto, la estructura es idéntica.

También es muy revelador a quién se vigila con más intensidad. No se persigue a las plataformas que más daño hacen según parámetros objetivos, sino a las que menos se dejan controlar.

Se señala con el dedo a aquellos entornos digitales que no obedecen dócilmente los criterios oficiales de moderación de contenidos, mientras se tolera mejor a quienes se adaptan al guion. El mensaje es claro: no se castiga el riesgo, se castiga la desobediencia. Antes se demonizaba al libro que cuestionaba el dogma; ahora se mira con lupa a la red, al medio o a la herramienta que no se pliega al discurso dominante.


A todo esto se suma un ingrediente indispensable: la normalización. Ninguna sociedad acepta de un día para otro perder libertades; hay que hacerlo “en cómodos plazos”. Primero se limita a los menores, luego a los discursos catalogados como odio, después a lo que llamen desinformación, más tarde a la disidencia “peligrosa”.

Cada paso se presenta como pequeño, moderado, razonable. Hasta que un día descubres que para decir algo incómodo tienes que pensártelo tres veces, usar eufemismos, esconderte detrás de metáforas o callar directamente. Cuando eso ocurre, la hoguera ya no está en la plaza: está instalada dentro de tu cabeza.

El gran problema es que, mientras ocurre todo esto, nos tienen entretenidos con peleas menores. Discusiones eternas sobre siglas, bandos, etiquetas … mientras se cocina una arquitectura de control que va más allá de cualquier gobierno concreto.

Se nos alimenta con crispación diaria para que miremos a los rivales de siempre y no al hilo común que une muchas medidas: la concentración de poder y la infantilización del ciudadano; ¿en qué momento decidimos que la responsabilidad primera de educar y acompañar a los menores debía desplazarse de la familia al Estado? ¿Y por qué esa prisa por convertir lo que era tutela parental en supervisión administrativa?

Los problemas más importantes en España, según las recientes encuestas (2024-2025), se centran en la crisis de vivienda, los problemas económicos, el paro, la inestabilidad política por la corrupción, la inflación, la calidad del empleo, la preocupación por la inmigración y la sanidad. Parece que las prioridades de los políticos están muy lejos de las necesidades de los ciudadanos.

Si el pueblo se acostumbra a delegar su criterio en los filtros oficiales, en los verificadores de turno o en los algoritmos “responsables”, se vuelve manejable. No hace falta prohibirle leer: basta con decidir qué merece la pena que vea.

Sin embargo, la historia también enseña que nunca se tiene el control total. Siempre queda una rendija, un margen, un espacio donde la libertad se cuela como el humo de los viejos libros que quisieron borrar.

En el mundo digital existen herramientas descentralizadas, cifrado, redes alternativas que no dependen de un único cuello de botella legal ni de un único guardián de la puerta.

Y existe, sobre todo, algo que ninguna ley puede regular del todo: la conciencia crítica de cada persona, la capacidad de hacerse preguntas, de desconfiar de los relatos demasiado perfectos, de sospechar cuando te dicen que para estar seguro tienes que hablar menos, ver menos, pensar menos.

Quizá la verdadera batalla no está solo en las leyes que se aprueban, sino en qué o quiénes queremos ser; los que delegan su criterio a cambio de protección, o los que se toman la molestia de informarse, de contrastar, de mirar detrás del titular amable.

En tiempos de hogueras se necesitaba valor para esconder un libro. En tiempos de algoritmos, se necesita valor para defender una opinión incómoda sin disfrazarla de eslogan. Porque la censura del futuro, igual que la del pasado, nunca vendrá diciendo: “vengo a quitarte la libertad”, sino susurrando: “tranquilo, es por tu bien”. Y lo verdaderamente peligroso no será lo que hagan, sino que terminemos creyéndolo.

Maria del Mar Martínez Herrera

LA PERVERSA NATURALEZA DEL SISTEMA


NADA ES CASUAL



En 2016 el bioeticista, Matthew Liao propuso en el World Science Festival inducir una alergia en humanos a la carne por medio de "garrapatas como armas de bioingeniería".

Desde entonces el no han parado de aumentar los casos de alergia a las carnes rojas causadas por garrapatas.

Oficialmente, las causas de la expansión de las garrapatas que están produciendo estás alergias es el cambio climático.

(https://t.me/No_plandemia/)

miércoles, 11 de febrero de 2026

FRÍO, LLUVIA, NIEVE ... ¿CAMBIO CLIMÁTICO?



Los propagandistas climáticos andan nerviosos. En efecto, las condiciones meteorológicas preferidas para la propaganda climática son el calor y la sequía, y desde finales de diciembre hemos tenido frío y mucha lluvia. De hecho, en la España peninsular, enero ha sido el más lluvioso de los últimos 25 años, y muchos pantanos han acabado el mes al 100% de capacidad.

De este hecho debemos extraer tres lecciones. La primera es la falta de fiabilidad de las predicciones meteorológicas más allá de un horizonte temporal de unos pocos días. Un secreto bien guardado es que la ciencia aún está en pañales en su comprensión del clima, un sistema no lineal, complejo y caótico. Por tanto, los meteorólogos no tienen forma de saber con un mínimo de certeza qué pasará esta próxima primavera, ni el año que viene, ni mucho menos el 2100. Se mueven en un entorno de enorme incertidumbre y se apoyan para sus previsiones estacionales en factores sólo parcialmente explicativos, como el ENSO (El Niño-Oscilación del Sur, un fenómeno natural que integra la dinámica del océano y la atmósfera y cuyas manifestaciones alteran el clima global, nota del "blogger").

Nadie es profeta en (la previsión del tiempo de)
su tierra. Y menos que nadie la Agencia Espa-
ñola de Meteduras de Pata.
Otra vez la AEMET

De ahí las aproximaciones probabilísticas obtenidas por la AEMET tras "laboriosos cálculos" -sin eufemismos, a ojo de buen cubero (o al dictado de los catastrofistas habituales, nota del "blogger")- al pronosticar que había un 60% de probabilidades de tener un invierno más cálido de lo normal. Por ello, ha recibido muchas críticas, amortiguadas por la feroz defensa que de la Agencia realizan sistemáticamente los fact-checkers y la prensa de izquierdas (casi toda), pues la AEMET es la principal «autoridad» para promover la agenda climática y, por tanto, hay que protegerla.

En realidad, el gigantesco error de la AEMET estriba en no haber sido capaz de prever el enorme volumen de precipitaciones registradas en enero. De hecho, las críticas a su previsión de temperaturas distraen la atención sobre este punto y, además, son ingenuas, dado que la AEMET tiene el monopolio en el cálculo de temperaturas en España. También son prematuras. En efecto, la temperatura media del invierno meteorológico en la España peninsular es de 6,6ºC, luego para tener un invierno «más cálido de lo normal» bastaría con obtener unas pocas décimas superiores a esa temperatura. Si damos por bueno que las temperaturas de enero han sido sorprendentemente normales (como parece haber afirmado la AEMET), para que falle su pronóstico sería necesario que febrero acabara siendo «más frío de lo normal» (por debajo del percentil 40), algo estadísticamente más improbable que el escenario opuesto. De ahí que la Agencia confíe su remontada reputacional a las temperaturas de febrero (que ellos mismos calcularán).

La segunda lección que debemos recordar es que la gran amenaza climática que debería preocuparnos es el frío extremo propio de las Eras Glaciales y no las temperaturas más templadas causadas por el ligero calentamiento que afortunadamente estamos viviendo desde que terminó la Pequeña Edad de Hielo, a mediados del siglo XIX. Calor es sinónimo de vida, y frío, sinónimo de muerte. Por eso los pájaros migran hacia zonas más cálidas en invierno y los ciudadanos del centro y norte de Europa vienen de vacaciones a España, y no al revés.

La última lección que podemos extraer es que debemos estar en guardia frente al inmisericorde bombardeo de la propaganda climática, de estilo soviético. En efecto, si este comienzo de invierno hubiera sido cálido y seco en vez de helador y lluvioso, la propaganda climática lo habría achacado inmediatamente al cambio climático. Pues bien, tan ridículo y acientífico es extrapolar un mes frío, lluvioso y nevoso ligándolo a un supuesto enfriamiento global como lo es ligar cada ola de calor, cada sequía o cada estación especialmente cálida al calentamiento global. Por favor, recuérdenlo la próxima vez que los activistas climáticos -empezando por la AEMET- conviertan meros fenómenos meteorológicos locales, pasajeros e irrelevantes, en pruebas irrefutables del cambio climático planetario.

Profetas de calamidades

Para los profetas de calamidades climáticas las malas noticias se acumulan, pues Bill Gates afirma ahora que «aunque el cambio climático tendrá graves consecuencias (…), las personas podrán vivir y prosperar en la mayoría de los lugares de la Tierra en un futuro previsible». Tras escribir hace pocos años un libro alarmantemente titulado Cómo evitar un desastre climático, su cambio de tono (o giro oportunista) ha coincidido con el desgaste de las proyecciones apocalípticas -desacreditadas una y otra vez por los datos observados- y, sobre todo, con el cambio político acontecido en EEUU, país que ha decidido abandonar, y, por tanto, dejar de financiar, todo tipo de organizaciones ecologistas, incluyendo el IPCC de la ONU.

Debemos ser conscientes de que la eficaz propaganda climática achaca al cambio climático todo tipo de fenómenos, aunque sean de naturaleza opuesta. Por eso precisamente el «calentamiento global» pasó a denominarse «cambio climático», concepto menos restrictivo que admite todo. Éste es el motivo por el que quienes viven del cuento climático intenten explicar que el calentamiento global es culpable del calor, pero también del frío; de la lluvia torrencial, pero también de la sequía; de la calma total, pero también de los vientos tempestuosos. No obstante, aunque la física atmosférica sea en ocasiones contraintuitiva, confío en que el sentido común les indique que suele ser difícil que un mismo factor cause resultados completamente opuestos. Si no es así, tengan cuidado la próxima vez que pongan hielo en su bebida, no vaya a ser que se caliente, o que tomen un antipirético, no vaya a ser que, en vez de bajarles la fiebre, se la dispare.

Al contrario de lo que afirma la propaganda, hasta ahora el calentamiento global no ha provocado ningún aumento en la inestabilidad climática o en la frecuencia o intensidad de los fenómenos meteorológicos extremos, como reconoce el propio IPCC. Pero imaginemos por un momento que lo hiciera, como afirman sus propagandistas: ¿deberíamos concluir entonces que el enfriamiento global traería una gran estabilidad climática? No parece ser el caso. De hecho, la Pequeña Edad de Hielo (s. XIII-s. XIX) fue un período de «gran inestabilidad climática» que produjo severas carestías en la cosecha de cereales y, por lo tanto, hambrunas. Por el contrario, el aumento de CO2 y unas temperaturas más templadas favorecen el crecimiento de las plantas. Así, el rendimiento de los cultivos de cereales (medido en toneladas por hectárea cultivada) no ha hecho más que crecer en las últimas décadas y es hoy el doble de lo que era hace 60 años, lo que supone una magnífica noticia para alimentar a una creciente población mundial. Bendito CO2.

Caída global de temperaturas

El frío, la lluvia y la nieve no ha sido un fenómeno limitado a España, sino que se ha tratado de un fenómeno global en el hemisferio norte. De forma anecdótica, cabe mencionar que en la noche de Reyes cayeron 30 cm de nieve en las playas de la costa atlántica francesa, que en EEUU el temporal de frío y nieve de finales de enero compitió con el récord del invierno anterior, y que, en la península de Kamchatka, en el extremo oriental ruso, se produjo una nevada sin precedentes.


¿Por qué el "filántropo" de todas las salsas no se ocupa de
enfriarse él los coj####s y nos deja en paz al resto?
Pero por encima de lo anecdótico que supone vivir un mes frío, lluvioso y nevoso, el hecho es que las temperaturas del planeta están cayendo desde hace dos años, lo que significa que el inusual pico observado en 2023-2025 -de naturaleza claramente exógena y coyuntural, por extremo y repentino- está remitiendo en un típico ejemplo de reversión o regresión a la media. No olviden que en 2023 el 42% de la superficie del planeta experimentó temperaturas dos desviaciones estándar por encima de la media. En este sentido, resulta elocuente el contraste entre el sinnúmero de noticias publicitando el brusco calentamiento de aquellos años y el sepulcral silencio que ha acompañado el enfriamiento subsiguiente, igualmente brusco, pero que no encaja en el relato oficial.

Como escribí en su día, ningún científico serio achacó al supuesto cambio climático antrópico el súbito aumento de las temperaturas del 2023-2025 (al contrario de lo que hizo la AEMET). Algunos lo ligaron a un fenómeno El Niño fuerte; otros a una bajísima cobertura global de nubes completamente inexplicada, pues la ciencia aún patina con la convección húmeda y desconoce, por tanto, los factores que controlan la nubosidad del planeta (¿cómo no van a fallar los modelos climáticos?). Finalmente, otros científicos señalaron a la masiva erupción del volcán submarino Hunga-Tonga, que constituyó uno de los fenómenos geológicos de mayor magnitud del último siglo al liberar a la atmósfera, de golpe, 150 Mt de vapor de agua, el más importante gas de efecto invernadero.


Por lo tanto, es posible que el reciente y brusco enfriamiento terrestre haya estado asociado a La Niña, fenómeno que, como tantos otros, resulta imposible de predecir en duración e intensidad salvo con cómodos rangos probabilísticos que no suelen separarse mucho de la equiprobabilidad (para proteger la reputación al pronosticador). Pero también es posible que el principal factor explicativo del reciente enfriamiento haya sido la paulatina desaparición del temporal efecto invernadero causado por la erupción del Hunga-Tonga. Quién sabe.

Como pueden ver en el siguiente gráfico, desde 1979 -un año particularmente frío, pero el primero en el que hubo satélites en el espacio para medir la temperatura- se estima que la temperatura media del planeta ha aumentado a un imperceptible ritmo de 0,15ºC por década (sí, 15 centésimas de grado por década). Convendrán conmigo en que hay que afinar mucho para detectar este aumento centesimal de la temperatura de todo un planeta:


Asimismo, podrán observar que la temperatura del planeta apenas aumentó en el período 1980-1995 y se mantuvo muy constante de 1998 al 2015, aproximadamente, a pesar del aumento constante de la concentración atmosférica de CO2. Este último episodio se denominó «la pausa», aunque posteriormente la propaganda climática negaría que dicho término hubiera existido. ¡Qué memoria más corta! La revista Nature había publicado en 2013 un artículo titulado La reciente pausa del calentamiento global y el propio IPCC citaba «la pausa» 53 veces en su Quinto Informe (2013) y dedicaba un capítulo especial titulado Modelos climáticos y la pausa en el calentamiento global en los últimos 15 años.

Gráficos largos

El gráfico anterior de datos por satélite es un gráfico muy corto, pues la evolución de clima suele medirse en siglos o milenios. Por eso me gusta introducir el gráfico largo que incluyó el IPCC en su Primer Informe, que muestra la reconstrucción de temperaturas del planeta de los últimos 10.000 y 1.000 años. En él podrán observar que las temperaturas de finales del s. XX eran inferiores o similares a las de épocas en las que Pedro Picapiedra conducía su troncomóvil, es decir, en las que no existía industrialización alguna ni CO2 de origen antrópico:


Buenas noticias

Por otro lado, algunos de mis amigos canadienses preocupados por la propaganda climática se habrán visto tranquilizados con la reciente publicación de la serie de temperaturas veraniegas de su país desde el año 1900, la cual muestra una suave ciclicidad sin tendencia clara que equipara las temperaturas de principios del s. XXI con las vividas hace 100 años, cuando supuestamente el nivel de CO2 era «normal» (según la nomenclatura de la propaganda climática):


También les relajará saber que el llanto ceñudo de la pobre Greta al denunciar en la ONU una supuesta extinción masiva de especies como consecuencia del cambio climático era fruto de la histeria más que de la ciencia. En efecto, un estudio reciente publicado por la Royal Society concluye que el ritmo de extinción de especies -irrelevante en cualquier caso desde el punto de vista relativo- ha disminuido en los últimos 100 años. Sí, han leído bien: hay menos extinciones de especies, lo que significa que a la biosfera (sistema que engloba a todos los seres vivos del planeta) le sienta de maravilla una temperatura un poco más templada y un poco más de CO2, fuente de vida y alimento por antonomasia de las plantas.

Respecto a la subida del nivel de los océanos también tenemos datos tranquilizadores. Un estudio publicado en el Journal of Marine Science and Engineering ha comparado los aumentos pronosticados para 2020 por el IPCC para multitud de localidades costeras de todo el planeta con las mediciones reales obtenidas en dichas localidades. Su conclusión es rotunda: «Aproximadamente el 95 % de las ubicaciones no muestra una aceleración estadísticamente significativa de la tasa de aumento del nivel del mar. Nuestra investigación sugiere que en el 5 % restante de las ubicaciones los fenómenos locales no climáticos son la causa plausible del aumento acelerado del nivel del mar». Y termina: «En promedio, la tasa de aumento proyectada por el IPCC tiene un sesgo al alza de aproximadamente 2 mm por año en comparación con la tasa observada». Dado que el último informe del IPCC proyecta un aumento de 4mm / año hasta el 2100 en su escenario más plausible, esto significa que sus fallidos modelos multiplican por dos la subida real del nivel de los océanos. No tengan prisa por vender el apartamento de la playa. ¿Consenso o censura?

La propaganda climática asegura que existe un consenso casi absoluto entre la comunidad científica respecto al origen antrópico del calentamiento global y a las consecuencias apocalípticas que se le atribuye. Esto es rotundamente falso: lo que sí ha habido es un tratamiento mediático asimétrico de ambas posturas del debate y una agresiva censura de tinte comunista u orwelliano materializada en el silenciamiento activo de la multitud de científicos escépticos y escandalizados con el secuestro político de la ciencia.

Éste es el caso de un editor del American Journal of Economics and Sociology, que permitió la publicación de un artículo que pronto se convertiría en el segundo más leído de la publicación en sus 83 años de historia. El artículo criticaba el alarmismo del IPCC, nunca corroborado por la evidencia empírica, es decir, osaba blasfemar contra el dogma imperante con una laudable claridad. Pues bien, el editor fue despedido. Lean por favor con atención las conclusiones de este artículo:

«El IPCC afirma que los fenómenos meteorológicos extremos son ahora peores que en el pasado, pero las observaciones no respaldan esta afirmación. Algunos fenómenos meteorológicos extremos, como la superficie terrestre afectada por sequías extremas, están disminuyendo, en lugar de aumentar (Lomborg, 2020). A nivel mundial, la incidencia de huracanes no muestra una tendencia significativa (IPCC, 2013, p. 216; Lomborg, 2020). Las observaciones tampoco muestran ningún aumento de los daños ni ningún peligro para la humanidad en la actualidad debido al clima extremo o al calentamiento global (Crok y May, 2023, pp. 140-161; Scafetta, 2024). Por lo tanto, dado que el clima actual es posiblemente mejor que el clima preindustrial y que no hemos observado ningún aumento de la mortalidad por fenómenos meteorológicos extremos, concluimos que podemos planificar la adaptación a cualquier cambio futuro. Hasta que se identifique un peligro, no hay necesidad de eliminar el uso de combustibles fósiles».

Amén.

Fernando del Pino Calvo-Sotelo
(https://www.fpcs.es/)