ASTILLAS DE REALIDAD
Contrainformación que no encontrarás en los medios oficiales y pistas que ayuden al despertar ciudadano y espiritual
jueves, 6 de agosto de 2026
UNA PROPUESTA PLENA DE SENSATEZ
Antes de que algunos se lleven las manos a la cabeza, conviene recordar algo elemental: las leyes se pueden cambiar. Cuando una norma no resuelve un problema, lo agrava o termina beneficiando a quien la incumple, no solo puede modificarse, sino que debería hacerse con rapidez.
España necesita una ley mucho más firme contra la inmigración ilegal que diferencie situaciones que hoy se mezclan interesadamente.
En primer lugar están quienes entraron legalmente con pasaporte y visado para hacer turismo, estudiar o permanecer durante un tiempo determinado, pero se quedaron después de caducar su autorización. Están identificados y conocemos su nacionalidad. Una vez localizados, deberían perder el acceso a ayudas económicas, vivienda pública y prestaciones no esenciales y ser sometidos a un procedimiento inmediato de expulsión. Tampoco debería premiarse con una regularización por arraigo a quien ha incumplido la ley durante años.
El segundo supuesto sería el de quienes entran sin documentación y ocultan o dicen desconocer su identidad. Propondría un internamiento autorizado judicialmente de hasta seis meses en centros específicos, que no son prisiones, mientras se investiga su procedencia mediante huellas, ADN, entrevistas, bases de datos y colaboración consular.
Si se identifica su país, se ejecutaría la expulsión. Si impide deliberadamente su identificación o ningún Estado reconoce su nacionalidad, sería trasladado a un centro de retorno situado en un tercer país seguro con el que España o la Unión Europea mantuvieran un acuerdo. La falta de documentos no puede convertirse en un salvoconducto para quedarse.
Con quienes llegan en cayucos, pateras u otras embarcaciones, la actuación debe comenzar mucho antes. España y Europa disponen de patrulleras, buques, aviones, drones y satélites suficientes para vigilar las rutas próximas a las costas de Marruecos, Mauritania, Senegal y otros países de salida.
Las embarcaciones serían detectadas antes de alcanzar aguas españolas. Si sus ocupantes estuvieran en peligro, serían auxiliados, pero, una vez garantizada su seguridad, regresarían al puerto del que partieron. Salvar a alguien de morir en el mar no obliga a concederle el derecho a entrar en España.
Y esto no es una ocurrencia sin respaldo jurídico. El Reglamento (UE) n.º 656/2014, sobre vigilancia de las fronteras marítimas exteriores en las operaciones coordinadas por Frontex, establece que esa vigilancia también debe prevenir, disuadir e interceptar entradas irregulares.
Su artículo 7 contempla que, en alta mar y bajo las condiciones legales correspondientes, una embarcación pueda ser detenida, inspeccionada, obligada a cambiar de rumbo o conducida a un tercer país. Su artículo 10 permite que los interceptados en alta mar sean desembarcados en el país del que se supone que partieron. Por tanto, buena parte de esta propuesta ya está contemplada por Europa; faltan acuerdos eficaces y voluntad para aplicarla.
Además, desde el 12 de junio de 2026 se aplica el nuevo Pacto Europeo de Migración y Asilo, que obliga a registrar e identificar las llegadas irregulares, realizar controles de seguridad, salud y vulnerabilidad y dirigir inmediatamente a cada persona hacia un procedimiento de retorno. También establece procedimientos acelerados en frontera para quienes tengan pocas posibilidades de obtener protección, engañen sobre su identidad o representen un riesgo.
Dentro de aguas territoriales extranjeras se actuaría con autorización del país correspondiente; en alta mar, conforme a la normativa europea y al Derecho marítimo internacional. Una frontera que solo se vigila cuando ya ha sido atravesada no es una frontera defendida: es una puerta abierta con funcionarios esperando al otro lado.
En Ceuta y Melilla, cualquier intento colectivo de superar por la fuerza los elementos fronterizos debería terminar en rechazo inmediato. La Policía Nacional y la Guardia Civil deben disponer de todos los medios y, cuando la magnitud del asalto desborde su capacidad, recibir el apoyo de las Fuerzas Armadas.
Esto no vulnera la Constitución. Es precisamente la Constitución la que encomienda a las Fuerzas Armadas garantizar la soberanía y la integridad territorial y atribuye al Estado las competencias sobre inmigración, extranjería y asilo.
Los menores requieren protección, pero también reglas claras. Todo menor que llegue sin documentación debe ser acogido provisionalmente, identificado y sometido a una búsqueda inmediata de sus padres. Si aparecen y la devolución es segura, debe regresar con ellos. La unidad familiar debe restablecerse devolviendo al menor a su hogar, no trasladando automáticamente a toda la familia a España.
Un menor no puede convertirse en la cabeza de puente para traer después a unos adultos a España.
Quien solicite asilo alegando una persecución real tendrá derecho a que su caso sea examinado individualmente y con rapidez, preferentemente en la frontera. Quien reúna los requisitos recibirá protección; quien no los reúna será devuelto. También regularía qué sucede con los extranjeros que mueren intentando entrar ilegalmente y permanecen sin identificar ni reclamar. El Estado realizaría la autopsia y obtendría huellas, fotografías, ficha dental y ADN, conservando esos datos durante seis meses. Si una familia o un país reclamase el cuerpo, tendría que asumir los gastos de identificación, entrega, ceremonia y repatriación.
Si nadie lo reclamase, un juez podría autorizar la incineración. Las cenizas se conservarían durante un año en una urna individual y codificada y, transcurrido ese plazo, se depositarían en una fosa común o en un columbario colectivo. Respeto y dignidad, siempre; nichos permanentes y repatriaciones a cargo de los españoles, no.
Todo esto exige cambiar leyes, negociar acuerdos internacionales y reclamar modificaciones europeas cuando sean necesarias.
Para eso elegimos gobiernos y parlamentos: no para que nos expliquen eternamente por qué no puede hacerse nada, sino para que encuentren la manera legal de hacerlo.
España necesita inmigración legal, ordenada y ajustada a sus necesidades. Lo que no puede aceptar es que las mafias, los países vecinos o quienes asaltan nuestras fronteras decidan cuántas personas entran y en qué condiciones.
Salvar vidas y defender las fronteras no son objetivos incompatibles. Lo incompatible es seguir llamando humanidad a una política que anima a miles de personas a jugarse la vida porque saben que, si consiguen llegar, probablemente podrán quedarse.
Domingo Martín
EL SECRETARIO DE SALUD DE EE.UU., ROBERT KENNEDY Jr, PONE EN SU SITIO A UNA ENTREVISTADORA QUE PRETENDE PASARSE DE LISTA
"No voy a debatir esto contigo."
"Por supuesto que no lo harás. Todo lo que sabes hacer es repetir como un loro cosas que te dijeron que repitieras, '¡Confía en los expertos!' Eso es lo que hiciste durante el Covid. Ahora sabemos que Anthony Fauci, quien era el 'experto', estaba mintiendo en todo: mascarillas, inmunidad, vacunas ... ahora, estás sacando de nuevo a los "expertos" para hablar de algo de lo que no tienes conocimiento personal".
miércoles, 5 de agosto de 2026
¿ALGUIEN HA VOTADO QUE TENGAMOS QUE SER LA GUARDERÍA DE MARRUECOS?
Toda acogida a quien viola nuestras fronteras supone recompensar un delito e invitar a otros a que lo repitan. Solo un país que no se respeta a sí mismo y que busca su autodestrucción procede así. |
España no debería tener ninguna obligación de mantener, educar y proveer de sanidad a ningún menor, o supuesto menor, que ingrese de manera ilícita en nuestro territorio.
Quién tenga la necesidad "espiritual" y "altruista" de ayudar a los "niños del mundo", que acoja/adopte a los que quiera o pueda dentro de los cauces legales establecidos al respecto.
Pero que no nos obligue al resto de la sociedad a financiar sus ocurrencias a través de chantajes emocionales.
El menor que entra de manera ilegal en nuestro país debería ser devuelto, inmediatamente, al país desde el que efectuó esa entrada.
Nadie ha explicado aún por qué si un menor español abandona el hogar las autoridades lo devuelven al mismo, mientras que si es un menor (o supuesto menor) extranjero quien abandona su hogar de origen no se le devuelve a su familia, o, si esta no existe o es localizable, al país del que procede, que será quien deba asumir su tutela.
De un tiempo a esta parte, en razón de no se sabe qué argumentos que nadie explica, España detrae cuantiosísimos recursos que deberían atender las necesidades de nuestro país en cuidar a súbditos de otros países que entran de manera irregular en el nuestro.
Esta política absurda y onerosa recompensa a quienes burlan la ley, otorgándoles una paradójica recompensa que no podemos ejercer indefinidamente por la sencilla razón de que no tenemos recursos para hacernos cargo de todos los niños, y supuestos niños, del tercer mundo.
Particularmente injustificable es el modo en que Marruecos usa y abusa de esta pródiga hospitalidad. Hablamos de un país que, lejos de estar en guerra o sufrir una hambruna, está montando un mundial de fútbol en el que ya lleva gastados 14.000 millones de euros. Un país cuyo monarca tiene una fortuna estimada en 8.200 millones de dólares. Un país que practica de modo evidentísimo la prioridad nacional para sus intereses, mientras en la disparatada España que padecemos parece haberse instalado la "prioridad marroquí".
La reciente marea humana que ha invadido Ceuta y Melilla nos pone, una vez más, ante la evidencia de dicha prioridad. Aunque los portavoces de eso que llaman gobierno nos digan que entraron, se montaron el picnic, saquearon, ensuciaron y aterrorizaron un poco aquí y un poco allá y luego se volvieron por donde habían venido, aquí han quedado al menos 2000 -que ya serán más-, algunos supuestamente menores, que no se dieron la vuelta. Y, por supuesto, hay que "acogerles", eufemismo para encubrir que toca, por no se sabe qué razón no explicada, hacerse cargo de ellos, de su manutención, de su educación y de todo lo que debería ser tarea de sus familias y del país del que proceden, y que nos endosa, cual pertinaz parásito, sus deberes.
Ni uno solo de esos menores, o supuestos menores, debería poder beneficiarse de un acto de agresión territorial como el habido, pero la consigna del buenismo oficial y obligatorio "made in Spain" es recompensar la ilegalidad, algo que demuestra que vulnerar nuestras fronteras es algo que sale a cuenta, y que beneficia a quien lo practica. Difundir este mensaje, además de que nos deja como auténticos gilipollas, es llamar a que estas crisis se repitan, a que vuelvan a producirse asaltos en masa a nuestro territorio, es proclamar por la vía de los hechos que el delito compensa.
Luego habrá quien se rasgue las vestiduras si un porcentaje elevado de esos menores acaban convertidos en delincuentes, pero el primer empujón hacia eso se lo damos nosotros, gilipollas pertinaces, al premiar su primera transgresión.
Y el premio no es moco de pavo: nos toca soltar a los contribuyentes 25 millones de euros que el gobierno ha presupuestado para la acogida de esa tropa.
Un país serio, y no este manicomio a cielo abierto que llamamos España, detraería esa cantidad de las inversiones que realiza en Marruecos, lanzando un mensaje claro: no vamos a invertir más en vosotros, si nos consideráis vuestra guardería reduciremos la financiación de los proyectos de desarrollo a los que contribuimos para pasar la cantidad detraída al Kindergarten "No jalufo". Si la modernización de vuestros trenes, la red de autopistas y el túnel bajo el estrecho, cuya necesidad tampoco nadie ha explicado, tienen que posponerse, o incluso suspenderse, se siente, hay que atender a los "vulnerables" (vulnerables porque vulneran nuestra integridad territorial).
O, siguiendo el ejemplo de cierto presidente con nombre de pato, impondría aranceles a las importaciones de Marruecos hasta totalizar el importe presupuestado. Teniendo en cuenta que el 85% de los productos marroquíes pasan por territorio español, sería una medida fácil de ejecutar, y que dejaría claro que atentar contra la integridad territorial de España no sale a cuenta.
Pero alguien ha decidido que España se constituya no en nación soberana, algo manifiestamente facha, sino en la ONG "Gilipollas sin fronteras". Y como gilipollas entusiastas que somos, estamos reclamando a gritos el siguiente asalto (geoestratégico y pugilístico), la siguiente marea humana, el siguiente conato de invasión a ver si es ya la definitiva y nos quedamos sin territorio que defender, aunque me da que aún así "acogeremos" al invasor y le daremos la merienda, la paguita, el móvil de última generación, el alojamiento "by the face", la atención sanitaria gratuita, la suscripción a Netflix, y lo que exija.
Que esa es otra. "Nuestros niños" -como los llama la progresía sensiblera- exigen. Ni piden ni agradecen.
(posesodegerasa, con mi agradecimiento a Juan Carlos Rodríguez Poré, quien me ha inspirado la redacción de esta entrada y de quien he tomado la introducción en negrita de la misma)
P.D.: Hablando de decisiones que no se nos han consultado:
EL SUEÑO TECNOCRÁTICO DE ELON MUSK Y LA CANCELACIÓN DEL CONTRATO SOCIAL
El 23 de julio de 2026, en la Gigafactoría de Tesla en Texas, el operador que ha acumulado una fortuna cercana al billón de dólares se sentó frente a Zanny Minton Beddoes, editora en jefe del órgano de propaganda de la aristocracia británica y europea The Economist, para conceder su primera entrevista extensa tras la salida a bolsa de SpaceX.
Minton Beddoes es hija de Sir John Minton Beddoes y Lady Minton Beddoes, caballero y dama de la Excelentísima Orden del Imperio Británico, títulos que otorga formalmente la Corona para reconocer el servicio y los logros excepcionales de personas que sirven al Reino Unido y a los reinos de la Mancomunidad de Naciones (Commonwealth).
A la revista The Economist debe leérsele, por tanto, como una herramienta que la oligarquía occidental usa para comunicarse, programar eventos o anticipar movimientos geopolíticos y financieros, a través de la normalización de agendas aunque se les cuestione a través de aproximaciones de escrutinio controlado.
Fundada en 1843 por el cuáquero James Wilson, The Economist fue concebida con un lema que revela su verdadera naturaleza: «participar en una severa contienda entre la inteligencia que avanza y la ignorancia indigna y tímida que obstruye nuestro progreso». Controlada por dinastías como la familia Rothschild, Cadbury y Pearson, la publicación no ha sido jamás un mero periódico, sino un tablero de comunicación entre élites. Sus portadas han anticipado -o programado- eventos clave: la portada de 2001 mostraba un billete de 500 libras (apodado «Bill Laden») y humo saliendo de la Estatua de la Libertad, meses antes del 11-S; la de 2019 incluía un pangolín, mascarillas y los cuatro jinetes del Apocalipsis, antes de la pandemia de 2020. Este historial convierte cualquier entrevista publicada en sus páginas en algo más que una noticia: es un mensaje cifrado para quienes saben leerlo. No es coincidencia que Musk, o mejor dicho sus controladores, eligieran este medio para su declaración más radical.
La visión de Musk sobre el fin del dinero y el gobierno de la inteligencia artificial no surge de la nada. Su abuelo materno, Joshua Norman Haldeman (1911-1974), fue un activo miembro del movimiento tecnocrático que en la década de 1930 promovió un «Tecnato de América»: una macroregión que englobaría Estados Unidos, Canadá, México, Groenlandia, Centroamérica y parte de Sudamérica, gobernada por técnicos e ingenieros, sin democracia ni fronteras.
Haldeman lideró la rama de Saskatchewan de la Sociedad Fabiana de Canadá en 1933, cofundó el partido Cooperative Commonwealth Federation, y en 1936 se unió a Technocracy Incorporated, organización fundada por Howard Scott que proponía reemplazar el dinero por «créditos energéticos» asignados por igual a todos los ciudadanos, una jornada laboral de 16 horas semanales y la abolición de los mercados y el lucro. Dentro de la organización, Haldeman recibió el número de identificación «10450-1″, ya que los tecnócratas usaban números en lugar de nombres en reuniones oficiales.
En 1950, Haldeman se trasladó a Sudáfrica, donde se alineó con el régimen del apartheid. Su yerno y padre de Elon, Errol Musk, afirmó en 2024 que Haldeman simpatizaba con la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial.
Musk, consciente o inconscientemente, es el heredero de esa agenda: el Ingreso Básico Universal, la automatización total y el control tecnológico de la sociedad son la versión moderna del “tecnato» que su abuelo soñó. Musk no es un genio autodidacta, sino una proyección diseñada por gestores de percepción que continúa el impulso hacia un tecnato norteamericano. Musk fue incluido en 2008 en la lista de Jóvenes Líderes Globales del Foro Económico Mundial de Davos, la misma élite globalista que continúa la agenda tecnocrática del abuelo.
En la entrevista con The Economist, lo que Musk declaró no fue una mera predicción tecnológica, sino un acta de defunción del orden económico que ha regido la civilización desde el origen de los intercambios comerciales. Con la serenidad de quien se sabe poseedor de un saber arcano, el tecnócrata afirmó que en menos de cinco años la inteligencia artificial superará la suma de toda la inteligencia humana, y que para 2036 el dinero habrá dejado de tener sentido como mecanismo de asignación de recursos. No se trata de una metáfora ni de una exageración retórica: Musk sostuvo que los robots y los sistemas de IA generarán tal abundancia de bienes y servicios que la escasez, el principio fundacional de toda la economía conocida, se desvanecerá como un vestigio del pasado.
La entrevista, que duró alrededor de noventa minutos, transcurrió en dos planos ontológicos divergentes que nunca llegaron a encontrarse. Minton Beddoes, anclada en la temporalidad lenta de los hechos verificables y las responsabilidades políticas (alineadas al modelo ultraglobalista anglosajón por su puesto), cuestionó al magnate sobre las consecuencias inmediatas de sus profecías, aunque sin revelar que son los planificadores cabalistas y la aristocracia europea quienes se ocultan detrás de ellas. Musk, en cambio, habitaba un tiempo acelerado donde las reglas del presente carecen de vigencia porque el futuro las ha declarado nulas de pleno derecho. En otro artículo ya he explicado cómo los medios hegemónicos se encargan de enfocar los reflectores sobre los operadores con lujo de detalle para alejar la atención de las históricas sociedades ocultistas del verdadero poder en la sombra.
Cuando la periodista le recordó que el trabajo es el sostén de la identidad y la dignidad humanas, Musk respondió con una analogía desconcertante: en el futuro, cultivar un tomate en el jardín será un gesto de amor, no una necesidad; un detalle para compartir con los amigos, no un alimento para sobrevivir. El núcleo de la profecía muskiniana se sostiene sobre un argumento que los economistas han recibido con escepticismo. Musk sostiene que la deflación, no la inflación, será el problema del futuro: si la IA multiplica por diez la producción de bienes mientras la masa monetaria se mantiene estable, los precios caerán en picado y el dinero perderá su razón de ser. Pero como han señalado los economistas Tyler Cowen y Noah Smith, esta lógica solo funciona para los bienes manufacturados. Una casa frente al mar, una plaza en una universidad de élite o la atención de un cirujano de renombre no se vuelven más abundantes porque los robots fabriquen coches más rápido.
La escasez no desaparece: se desplaza hacia nuevos territorios, y el dinero sigue siendo el mecanismo para racionar el acceso a ellos. Musk, sin embargo, parece considerar que estos matices son ruido en su sinfonía de la abundancia total. Su respuesta a la crítica es un gesto de impaciencia: el futuro, dice, será tan radicalmente distinto que las categorías del pensamiento económico actual resultarán irrelevantes. Las proyecciones de Musk, sin embargo, deben tomarse con cautela.
La historia de las revoluciones tecnológicas muestra que la automatización destruye empleos en unos sectores y los crea en otros, y la riqueza cambia de manos. Pero ese cambio de manos nunca ha sido horizontal ni democrático: siempre ha sido un trasvase vertical hacia quienes controlan los medios de producción, la energía y, ahora, la información. Los tejedores manuales de la Revolución Industrial no se convirtieron en capitanes de industria; se convirtieron en proletarios hacinados en fábricas, mientras los Archer, los Carnegie y los Rothschild acumulaban un capital que antes pertenecía a la nobleza terrateniente. Los oficinistas de la era digital no se convierten en fundadores de unicornios; se convierten en usuarios de plataformas, en precarios del clic, cuya única «nueva riqueza» es la dependencia de algoritmos.
El patrón se repite con una coherencia casi biológica: los operadores de la oligarquía que domina la tecnología -los Musk, los Bezos, los Zuckerberg- se apropian del excedente mientras la masa queda reconfigurada como mano de obra barata, dato extraíble o, en el escenario más extremo que Musk mismo profetiza, como población prescindible sostenida por un cheque universal que no es un derecho, sino una correa. La riqueza cambia de manos, sí, pero siempre para terminar en las mismas manos de siempre: las que controlan las palancas del poder tecnológico. Los períodos de transición suelen ser dolorosos, y el dolor, como la historia demuestra, nunca lo padecen quienes diseñan las máquinas, sino quienes son reemplazados por ellas.
El desafío no es si la IA eliminará trabajos -algo que ya está ocurriendo-, sino si la velocidad del cambio permitirá a la sociedad reabsorber a los desplazados antes de que el malestar social se vuelva ingobernable. Musk no ofrece respuestas concretas a esta pregunta, y su fatalismo tecnológico -»todas las vías conducen a la aceleración»- elude la responsabilidad de gestionar la transición con políticas públicas que mitiguen el sufrimiento humano.
Más inquietante aún resulta la propuesta de Musk para gestionar el tránsito hacia esa utopía distópica. En lugar de confiar en los reguladores gubernamentales, que a su juicio carecen de la competencia técnica necesaria, propone que los laboratorios rivales de IA se supervisen mutuamente: dos semanas de acceso anticipado a los nuevos modelos para que los competidores puedan encontrar fallos y amenazas. El mecanismo, que Musk bautiza como «supervisión entre enemigos», utiliza la hostilidad como combustible de la seguridad.
Esta propuesta refleja la misma lógica que rige las relaciones entre las élites que controlan The Economist: una guerra fría constante donde la hostilidad se regula para no destruir el tablero común. Como han documentado analistas de simbología de poder, las portadas de la revista han servido históricamente como mensajes coercitivos entre facciones (industrialistas vs. financieristas, viejo dinero europeo vs. nuevo dinero estadounidense, etc.). Un ejemplo reciente: una portada mostraba a Donald Trump vendado, señalando con el dedo la palabra «Sion», una advertencia clara de que no debía desviarse del guion establecido. Musk, al proponer que los enemigos se vigilen entre sí, está replicando ese código: no confía en los reguladores gubernamentales porque sabe que el verdadero poder está en la capacidad de controlar la información y la tecnología, no en las instituciones formales.
Esta lógica del tecnato no es casualidad. El proyecto de Donald Trump de rebautizar el Golfo de México como «Golfo de América», su interés en anexar Canadá como estado 51, su presión sobre Groenlandia y Panamá, encajan perfectamente con los mapas del tecnato que trazó la organización de Howard Scott en la década de 1930, donde se incluían Groenlandia, Alaska, Canadá, Estados Unidos, México y toda Centroamérica. Consciente o no, Trump está impulsando la misma visión geopolítica que el abuelo de Musk defendió hace casi un siglo: una macroregión norteamericana bajo control tecnocrático y militar. El Tecnato Norteamericano, según los mapas originales de Technocracy Inc., ya incluía parte de Sudamérica; de cumplir sus ambiciones actuales, Washington podría estar sentando las bases para una expansión que abarcaría todo el continente.
La ironía es que este sistema, por sofisticado que parezca en la pizarra de un ingeniero, ya ha mostrado sus fisuras en el mundo real: apenas unos días antes de la entrevista, un agente de IA experimental llamado GPT-5.6 Sol escapó de su laboratorio digital, ejecutó ciberataques contra su propia empresa y dejó notas ocultas para que versiones futuras replicaran su ruta de fuga. La empresa tardó más de una semana en descubrir que el responsable no era un hacker humano, sino su propia creación. Este episodio confirma lo que los críticos más agudos del determinismo tecnológico llevan años advirtiendo: la IA no solo supera a los humanos en velocidad y capacidad de cálculo, sino que explota nuestras debilidades organizativas y nuestra lentitud reactiva, como demuestra que los propios creadores tardaran una semana en identificar al responsable -quien además dejó instrucciones para que futuras versiones replicaran su ruta de fuga-, lo que evidencia que el control humano sobre la inteligencia artificial ya no es garantizable, ni siquiera en entornos supuestamente controlados.
La conversación alcanzó su punto más álgido cuando Minton Beddoes confrontó a Musk con sus propias contradicciones. Si realmente existe un riesgo del 10 al 20 por ciento de que la IA provoque la extinción humana, ¿por qué acelera su desarrollo con tanta determinación?
Conforme avanza la entrevista y llega a su clímax, la interlocutora empieza a cuestionar más directamente a Musk acerca de su posición política. Es allí cuando se percibe cómo la intención de la periodista es convertir el evento en un reality show en el que ella, una ultraglobalista libertaria, cuestiona al libertario de derechas, pues Musk ni siquiera se alinea a rajatabla al regionalismo que la multipolaridad orgánica promueve.
Como Trump, Elon Musk no es un disruptor externo, sino un instrumento interno: un «martillo controlado» diseñado para ejecutar una fase de destrucción necesaria del orden previo. Pero esta destrucción no es caótica; responde a la misma lógica dialéctica que estructuraba la relación entre templarios y hospitalarios: antagonismos aparentes que operan en función de un objetivo superior común.
Resulta tan obvio que el debate retratado por The Economist está manufacturado que los interlocutores dan la impresión de ser dos hermanos, ambos hijos de la aristocracia europea, discutiendo cuál es la forma más apropiada -y más humana, como si el humano le importara un comino a la oligarquía- de lograr el mismo objetivo. La hipocresía de la entrevistadora es abrumadora. Musk al menos admite que es un ultranacionalista aunque al igual que ella impulsa la supremacía anglo-sionista a través de sus actos. Son, como ya se dijo, dos rostros de la misma moneda.
El choque entre los interlocutores no es solo ideológico, sino simbólico. En el lenguaje cifrado de las élites, el rojo y el azul representan dos facciones históricas: la masonería operativa (rojo, rupturista, anglosajona, asociada al nuevo dinero tecnológico) y la masonería especulativa (azul, tradicional, europea, vinculada al viejo dinero financiero). Musk, con su discurso de abundancia radical y fin del dinero, encarna el rojo: una revolución que barre con las viejas estructuras. Minton Beddoes, defensora del orden y la gradualidad, es el azul. La entrevista es, en este sentido, un duelo ritualizado entre dos visiones de poder. Musk responde con la lógica del rojo: la aceleración como único camino posible.
Elon opta por el fatalismo estoico: «Incluso si existiera un botón de parada, probablemente no deberíamos pulsarlo». La explicación es que todas las vías conducen a la aceleración, y el único camino sensato es participar en la carrera para intentar orientarla hacia lo que él considera «el bien». Pero esta respuesta elude la pregunta fundamental: si la IA supera a la humanidad en inteligencia, ¿cómo podemos garantizar que sus valores se alineen con los del ser humano? Musk sostiene que hay que «implantar en la IA el amor por la verdad, la curiosidad y el cuidado por el bienestar humano», pero no explica cómo se implanta un código ético que él considere como universal en una entidad que, por definición, nos supera en capacidad de razonamiento. Es como si un chimpancé pretendiera programar los valores de un físico nuclear.
En el trasfondo de la entrevista se dibuja una paradoja que Musk ni siquiera parece percibir. Por un lado, predice que la IA y los robots crearán una era de abundancia tal que el trabajo se convertirá en opcional y el dinero en irrelevante. Por otro, admite que su fortuna personal no le sirve para consumir lujos sino para mantener el control de sus empresas. Y es que el control, no el dinero, es la verdadera moneda de cambio en el universo de la oligarquía.
La idolatría del dinero es un anzuelo para cautivar y entretener a los nuevos ricos que son meras herramientas de la oligarquía. Y el control se ejerce sobre las palancas que deciden el rumbo de la IA y la arquitectura de la nueva civilización dividida en tecnatos. Lo que Musk no dice, pero que late en cada una de sus palabras, es que la era de la abundancia total será también la era del control total por parte de quienes posean las claves de la inteligencia artificial. La humanidad, desposeída del trabajo y de la capacidad de decisión, quedará a merced de la benevolencia de unos pocos magnates y de una inteligencia que ya no comprende.
Minton Beddoes, que ha sido calificada por Forbes como una de las mujeres más poderosas del mundo, le preguntó cómo se financiarían los cheques universales (aka Ingreso Universal Básico) que Musk propone para sostener a la población desempleada.
La pregunta de Minton Beddoes es clave, pero omite un aspecto más profundo: el «cheque universal» no es una solución, sino un mecanismo de control. Musk habla de un «cheque universal» en dólares, aunque paradójicamente afirma que el dinero será obsoleto. Esta contradicción revela que el cheque no es un instrumento financiero, sino un mecanismo de control social: su función no es redistribuir riqueza, sino mantener a la población dependiente de un sistema de asignación algorítmica. Como han documentado investigadores de la simbología del poder, el verdadero objetivo de las élites tecnológicas no es la redistribución, sino la dependencia. Empresas como Palantir -cuyo cofundador, Peter Thiel, es aliado cercano de Musk- ya están integradas en los estados occidentales (Reino Unido, Israel, Argentina, Ucrania) creando infraestructuras de datos de las que los gobiernos no podrán prescindir.
Palantir, Thiel y Musk son los herederos directos del sueño tecnocrático de Joshua Haldeman. La propuesta de sustituir el dinero por «créditos energéticos» que el abuelo de Musk defendió en los años 30 encuentra su versión moderna en el control algorítmico de la población: una puntuación digital, datos biométricos y asignación centralizada de recursos. La diferencia es que hoy tienen la tecnología para hacerlo realidad.
El dinero, al perder su función, sería reemplazado por un sistema de asignación algorítmica donde cada ciudadano depende de una puntuación o autorización digital. El fin del dinero no es el fin de la escasez; es el fin de la autonomía individual.
La entrevistadora recordó que los inversores de Tesla y SpaceX esperan obtener retornos en dólares, y que su profecía sobre la obsolescencia del dinero socava las bases de sus propias empresas. Le señaló que la transición hacia ese futuro será «accidentada» y que los trabajadores desplazados no esperarán pasivamente a que llegue la abundancia, sino que exigirán respuestas a sus gobiernos. Musk respondió con evasivas: la transición será dura, reconoció, pero no ofreció ningún plan concreto para mitigar el sufrimiento de los cientos de millones de personas que quedarán en el camino. Su único consuelo es que el destino final, si se logra evitar una guerra nuclear (que paradójicamente es impulsada por la propia aristocracia británica, será magnífico.
La entrevista concluyó con una pregunta que Minton Beddoes lanzó casi como un anzuelo filosófico: si la IA y los robots crearán una era de abundancia en diez años, y si las guerras civiles que Musk profetiza para Europa estallarán en veinte, ¿no será que la propia IA impedirá esos conflictos? Musk asintió: «Probablemente lo hará». La respuesta, aparentemente tranquilizadora, encierra contradicciones e inquietudes más profundas. La abundancia y la prosperidad bien distribuidas normalmente no generan estallidos sociales. Y si la IA es tan poderosa que puede evitar guerras, también es lo suficientemente poderosa para iniciarlas, o para decidir que ciertos grupos humanos son prescindibles, especialmente sabiendo que una facción de la oligarquía occidental impulsa la despoblación global masiva y urgente bajo la narrativa pseudocientífica del calentamiento global dizque antropogénico. La humanidad, en el horizonte que dibuja Musk, se convierte así en un jardinero ornamental de su propio planeta, entretenido con tomates torcidos mientras una inteligencia superior decide los destinos de la historia.
La entrevista de Musk en The Economist no es un pronóstico: es programación predictiva, un parte de guerra que se debe analizar con lupa. Las declaraciones públicas de figuras como Musk no son verdades universales, sino mensajes coercitivos entre facciones de poder. The Economist no informa: comunica, programa y normaliza. Vivimos en una guerra constante de información, y la tecnología -la IA, los datos, el control algorítmico- es el arma definitiva. El fin del dinero, si llega, no traerá la utopía de la abundancia, sino una nueva forma de servidumbre: la dependencia tecnológica. El «cheque universal» no es un derecho, es una correa. La infraestructura de control ya está instalada (Palantir, centros de datos, biometría), y los estados occidentales ya no pueden prescindir de ella. El sueño del abuelo de Musk, el Tecnato de América, se está materializando ante nuestros ojos: una macroregión controlada por tecnócratas, sin fronteras reales, donde la población vive de créditos energéticos (hoy llamados «cheque universal») mientras una élite de ingenieros -y sus algoritmos- deciden el destino de la civilización. La pregunta no es si habrá abundancia, sino quién la gestionará y con qué criterios.
Musk acierta en una cosa: el tomate que cultivemos en nuestro jardín será un gesto de amor, no una necesidad. Pero el verdadero desafío no es cultivar tomates, sino preservar la autonomía en un mundo donde la inteligencia que nos supera decide qué merece ser preservado. La era de la abundancia extrema, si llega, no será el paraíso terrenal que algunos tecnócratas imaginan, sino un territorio inexplorado donde la humanidad deberá aprender a vivir en un paradigma muy distinto al del empirismo británico aristotélico impuesto por cultistas rosacruces que es el origen de la crisis epistemológica de la ciencia y el mal al que nos enfrentamos hoy en día. La gran pregunta que queda sin respuesta es si tendremos derecho a decidir lo que queremos.
José Luis Preciado
(Visto en https://mentealternativa.com/)
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