martes, 1 de septiembre de 2026

CAMINAR ES RESISTIR: UNA PROPUESTA AMBULANTE DE DAVID LE BRETON Y WALTER BENJAMIN



En una era donde cada minuto está diseñado para la productividad, caminar sin
 rumbo es un acto de insumisión; es la grieta en el sistema, la pausa que desafía
la velocidad que nos enajena

Caminar es uno de los últimos actos de resistencia en un mundo que ha convertido el tiempo en una mercancía. Mientras la ciudad nos obliga a medir cada minuto en función de su utilidad, el flâneur –ese caminante sin causa– se desliza entre las grietas del sistema, eligiendo el extravío en lugar del destino. No le interesa la dictadura de los relojes, sino el ritmo impredecible de sus pasos, la textura del suelo, la forma en que la luz tiñe una esquina. Como advirtió Walter Benjamin, para ese paseante ocioso, la multitud es su velo, la trinchera desde la que observa sin ser devorado por la maquinaria del mercado.

El filósofo francés David Le Breton también lo expresa con claridad: "Cada paso es un gesto de apropiación del mundo". Caminar es un acto de insumisión ante el torbellino moderno, una ruptura con la lógica que impone velocidad, eficiencia y productividad absoluta. En la caminata, el tiempo no es algo que se pierde, sino algo que se recupera, que se reescribe al margen de la vida. Se transita no solo el espacio, sino también la memoria, el alma misma de la vida. Se revelan ciudades que no existen en los mapas, sino en la manera en que el viento sacude un árbol, la sombra de un letrero que nunca antes había estado ahí o la propia escena única e irrepetible que sólo la pausa deja ver. Caminar es ir soltando, con cada paso, el nudo ciego que la sociedad de la prisa nos impone.

El flâneur es una anomalía en un mundo donde el movimiento debe ser lineal, estrictamente encadenado a una rutina que promete éxito; minuto a minuto, midiendo cuál es el siguiente paso para llenar la lista de actividades por hacer. Pero él desafía esa rigidez con la deriva, con la pausa sin justificación. En la economía del capital, el peatón sin destino es una pérdida, un estorbo en el sistema de la eficiencia. La ciudad ha sido diseñada para el tránsito "veloz" y sin interrupciones, para que la mercancía circule sin fricciones. Pero el caminante es fricción pura, una resistencia viva al ritmo impuesto.

Le Breton advierte: "El caminar libera el espíritu del peso del mundo". Y en estos tiempos donde la realidad se desmorona bajo el exceso de información y la velocidad del consumo, caminar es aflojar la venda que nos aprieta los ojos. Es recuperar la calle antes de que se convierta en un decorado, en un flujo incesante de datos, publicidad y entes corriendo a la desgarradora rutina. Es reivindicar la existencia fuera del algoritmo repetitivo, del cálculo meticuloso de lo que debemos hacer cada segundo del día.

Y más aún, caminar es una forma de pensamiento. En una sociedad que ha convertido el tiempo en una cadena de producción ininterrumpida, donde cada instante debe ser optimizado, la prisa se convierte en un mecanismo de control. La velocidad no solo nos desplaza físicamente, sino que nos impide ver. "Caminar es también una forma de pensar", dice Le Breton. Cuando todo se mueve tan rápido, el pensamiento crítico se evapora, la contemplación se vuelve un lujo. Y sin contemplación, sin ese espacio donde germinan las ideas, ¿qué queda de la humanidad? La enajenación no solo es un efecto de la prisa, es su esencia. Caminar es la última grieta en ese muro, la rendija por la que aún se filtran los susurros de la vida, las preguntas que solo pueden nacer en la pausa, en la soledad con uno mismo. "La lentitud es un derecho fundamental del espíritu", señala Le Breton, y sin ella, la conciencia se marchita.

En este mundo, donde los autos han conquistado el paisaje y las aceras se reducen a meros fragmentos de lo que fueron, el caminante se ha convertido en un intruso. El automóvil, el tren, el avión: todos vehículos de la prisa, diseñados no para mirar, sino para llegar. "El hombre moderno ya no camina, se desplaza", dice Le Breton. Y en ese desplazamiento, en esa obsesión por acortar distancias, se pierde la posibilidad de ver, de sentir, de existir y de cuestionar. Se borra el detalle, se anula el encuentro fortuito, se aniquila la posibilidad del asombro y contemplación. La ciudad, que alguna vez fue un espacio de exploración, se convierte en un simple tablero de trayectorias predefinidas, donde cada trayecto es solo un medio para un fin.

La velocidad lo consume todo, incluso el pensamiento. Ir de un punto a otro sin detenerse es la norma, y en ese vai ven se pierde la capacidad de reflexionar, de descifrar los secretos –o los no tan secretos– de la existencia. La contemplación, ese espacio donde germinan y florecen las ideas que nos hacen avanzar como humanidad, ha sido borrada. Caminar es la única forma de reabrir esa puerta, de recuperar las pistas que la vida deja entre las esquinas. Cada paso es un desafío a la prisa, un acto de resistencia frente al río que nos arrastra. Es enfrentarse a la incomodidad de estar a solas con nuestros pensamientos, pero también la oportunidad de florecer en esa soledad, de reencontrarnos con las preguntas esenciales que el ruido de la modernidad ha silenciado.

Hoy, más que nunca, la caminata está en peligro. Las aceras se reducen, los espacios públicos desaparecen y el peatón se vuelve un estorbo. Se camina menos y se consume más. Los vehículos han conquistado el paisaje, devorando la posibilidad del paseo errante. "Caminar es un arte que se desvanece en un mundo donde todo debe ir más rápido", nos advierte Le Breton. La ciudad se ha vuelto una máquina de tránsito, un engranaje donde lo único que importa es llegar, nunca estar.

Qué nos queda entonces, sino caminar a contracorriente. Hacer del laberinto nuestro hogar y del paso errante nuestro manifiesto. Salir de casa como quien llega de lejos, redescubriendo el mundo en cada esquina, como si fuera la primera vez. Porque, como bien advierte Benjamin, la ciudad ya no es una patria, sino un escenario. Y en este teatro de lo fugaz, el caminante sigue siendo el último espectador lúcido.

Así, en la era de la prisa, quien aún camina sin rumbo desafía al tiempo mismo. Quien aún se detiene a observar, a escuchar los ecos que la velocidad silencia, a mirar las sombras es quien mantiene encendida la chispa de la conciencia.

Carolina de la Torre
(Visto en https://pijamasurf.com/)

TERMODINÁMICA DEL INFIERNO



Una difundida leyenda urbana refiere la original respuesta que habría dado un alumno en un examen de Física.

La única y sorprendente pregunta del examen era: ¿Es el infierno exotérmico (libera calor) o endotérmico (absorbe calor)?

Como buenos estudiantes, la mayoria de nosotros escribiríamos en el examen una explicación de la Ley de Boyle (el gas se enfría cuando se expande y se calienta cuando se comprime), por ejemplo, o citaríamos los tres principios de la termodinámica.

Pero la leyenda dice que el avispado estudiante escribió en el examen lo siguiente:

En primer lugar, necesitamos saber en qué medida la masa del Infierno varía con el tiempo. Para ello hemos de saber a qué ritmo entran las almas en el Infierno y a qué ritmo salen. Tengo sin embargo entendido que, una vez dentro del Infierno, las almas ya no salen de él. Por lo tanto, hay que descartar las salidas.

En cuanto a cuántas almas entran, veamos lo que dicen las diferentes religiones. La mayoría de ellas declaran que si no perteneces a ellas, irás al Infierno. Dado que hay más de una religión que así se expresa y dado que la gente no pertenece a más de una, podemos concluir que todas las almas van al Infierno.

Con las tasas de nacimientos y muertes existentes, podemos deducir que el número de almas en el Infierno crece de forma exponencial.

Veamos ahora cómo varía el volumen del Infierno. Según la Ley de Boyle, para que la temperatura y la presión del Infierno se mantengan estables, el volumen debe expandirse en proporción a la entrada de almas.

Hay dos posibilidades:

-Si el Infierno se expande a una velocidad menor que la de entrada de almas, la temperatura y la presión en el Infierno se incrementarán progresivamente, y dado que "las llamas del castigo ni amainan ni arrecian" (Apocalipsis 12 : 35), podemos concluir que el infierno es endotérmico.

-Si el Infierno se expande a una velocidad mayor que la de la entrada de almas, la temperatura y la presión disminuirán hasta que el Infierno, sometido a una inexorable entropía, se congele. Por lo tanto, es exotérmico.


En apoyo de esta segunda posibilidad tenemos el hecho de que Juan Pablo II declaró el Infierno clausurado, algo ante lo que cabe preguntarse: ¿Lo clausuró porque estaba congelado? ¿O se congeló porque estaba clausurado?

En todo caso, ya sea por mala climatización, haber quedado fuera de servicio, con la consiguiente reubicación de las almas en otros destinos ultraterrenos, u otras razones, todo apunto a que el infierno es exotérmico y se congeló ya hace tiempo.

Aquí el relato mayoritariamente difundido atribuye al ingenioso estudiante un merecido sobresaliente, concluyendo alguna de las versiones que he encontrado por la Red con un epílogo licencioso en el que el joven concluye:

Si aceptamos el postulado que me dio Lucía durante mi primer año, que "hará frío en el infierno antes de tenga una cita contigo", y tomamos en cuenta el hecho de que salí con ella anoche, entonces la número 2 debe ser cierta, y por lo tanto estoy seguro de que el infierno es exotérmico y ya se ha congelado.

El corolario de esta teoría es que, dado que el Infierno ya está congelado, ya no acepta más almas y está, por tanto, extinguido … dejando al Cielo como única prueba de la existencia de un ser divino, lo que explica por qué, anoche, en el momento más íntimo de nuestro encuentro Lucía no paraba de gritar "¡Oh, Dios mío!"


(Visto en la Red)

HUMOR EN LA RED




lunes, 31 de agosto de 2026

LA RUINA DE EUROPA, TAN TRABAJOSAMENTE LABRADA, YA ES INOCULTABLE



El 27 de agosto, en un foro empresarial en París, la presidenta Ursula von der Leyen afirmó lo obvio: las antiguas ventajas de la economía europea han desaparecido por completo.

La presidenta explicó que el modelo económico europeo se basaba en varios pilares: energía importada barata de Rusia, comercio global abierto, un acceso creciente al mercado chino, protección estratégica de Estados Unidos y liderazgo tecnológico occidental.

Lo que von der Leyen no mencionó fue que estas ventajas no desaparecieron por casualidad. Fueron sistemáticamente destruidas por la propia institución que dirige, a través de sanciones que rompieron los lazos energéticos y económicos con Rusia, una guerra comercial contra China y una regulación excesiva que asfixió a la industria europea.

Los funcionarios rusos han observado con una mezcla de desconcierto y oscuro regocijo las autolesiones de Europa. Maria Zakharova, portavoz oficial del Ministerio de Asuntos Exteriores de Rusia, respondió a la confesión de von der Leyen con un único y devastador epíteto: "Capitán Obvio del Euro-Titanic".

Desde Pekín, la crítica no es menos contundente. Los analistas chinos han observado con creciente frustración el giro proteccionista de Europa, argumentando que la UE está destruyendo precisamente aquello que afirma proteger: su propia competitividad industrial.

La cuota del PIB mundial de la UE ha caído en picado, pasando del 30% en 2008 al 17% en 2025, una disminución tres veces más rápida que la de la dinastía Qing de China durante su colapso. Y, como dijo un comentarista chino, mientras que la dinastía Qing cayó debido a una invasión extranjera, el declive de Europa es "autoinfligido, algo que Europa se ha impuesto a sí misma".

Es, en palabras de un analista chino, "integrar directamente el proteccionismo en su sistema de políticas económicas y comerciales".

Los responsables de la toma de decisiones europeas -argumentan los comentaristas chinos- han perdido el contacto con la realidad económica básica.

Tienen toda la razón. Se trata de una crisis sistémica que impregna los círculos de toma de decisiones de Europa.

Tanto Moscú como Pekín ven la misma trágica ironía. Europa ha pasado años prediciendo al mundo sobre reglas y orden, sobre autonomía estratégica y resiliencia económica. Sin embargo, en su afán por castigar a Rusia y contener a China, ha destruido los propios cimientos de su propia prosperidad.

Los precios de la energía en Europa son ahora dos o tres veces más altos que en Estados Unidos y China. Su base industrial, que antes era la envidia del mundo, está perdiendo empleos y capacidad. Su cuota de los mercados globales sigue disminuyendo. Y sus líderes, que han creado la crisis con sus propias manos, solo pueden quedarse de brazos cruzados y admitir que el viejo modelo ha desaparecido.

Es evidente que están jugando para otro equipo, uno que exige que Europa se arroje por el precipicio.

(https://t.me/bycpoornamidam/)

POR QUÉ NO CABE ESPERAR NADA DE LAS LLAMADAS "AUTORIDADES"






¿Entiendes ahora cuál es el fabuloso negocio al que ni gobierno ni
chiringuitos "caritativos" van a renunciar? Tanto dinero de nuestros
impuestos dan para comprar muchas voluntades y muchas concien-
cias. Y si hay que permitir que se arrase una Comunidad Autónoma,
adelante con los faroles. Total, ¿qué son unos pocos miles de espa-
ñoles frente a las jugosas comisiones que el negociete permite?





No se si "solo el pueblo salvará al pueblo". Lo que está claro es que nadie más lo va a hacer.



MIENTRAS ESPAÑA PREMIA A QUIENES TRAFICAN CON PERSONAS, GRECIA LES PONE LAS PILAS


GUERRA DE IRÁN: EL PROBLEMA NO TERMINA CUANDO REABRAN ORMUZ



Supongamos que mañana el estrecho de Ormuz vuelve a funcionar completamente.

Los petroleros regresan.

El crudo vuelve a circular.

Los mercados respiran.

¿Problema resuelto?

No necesariamente.

El analista Peter Boockvar señala un detalle que puede ser mucho más importante que la propia reapertura: las reservas de petróleo que el mundo ha consumido durante los últimos seis meses no se recuperan de la noche a la mañana.

Países y empresas han tenido que recurrir a sus inventarios estratégicos y comerciales para compensar la interrupción del suministro.

Y reconstruirlos podría llevar mucho tiempo.

Según el cálculo planteado por Boockvar a partir de los comentarios de Saudi Aramco, incluso si el tráfico marítimo regresara completamente a los niveles anteriores a la guerra, podrían hacer falta alrededor de 18 meses de suministro adicional para volver a reconstruir los inventarios perdidos.

Y eso antes de considerar algo todavía más importante:

después de vivir una crisis de esta magnitud, muchos países probablemente querrán acumular reservas todavía mayores.

Es decir, la demanda no desaparecería inmediatamente aunque Ormuz vuelva a abrir.

Primero habría que llenar nuevamente los tanques.

Y eso podría mantener la presión sobre el mercado durante meses.

De ahí surge la advertencia de Boockvar:

si el mercado vuelve a percibir una escasez estructural, el petróleo podría superar rápidamente los 100 dólares por barril.

Pero aquí aparece la parte más delicada.

El verdadero problema no es solamente cuánto petróleo existe.

Es cuánto petróleo puede salir del Golfo de manera segura y constante.

Porque el estrecho de Ormuz sigue siendo uno de los puntos más vulnerables del sistema energético mundial.

Un canal puede estar abierto.

Pero si las navieras consideran que existe riesgo de minas, drones, misiles o ataques contra sus buques, las aseguradoras pueden aumentar las primas y los operadores simplemente decidir no pasar.

Por eso “abrir Ormuz” y “normalizar Ormuz” son dos cosas completamente diferentes.

Y mientras tanto, Arabia Saudita enfrenta su propio dilema.

Riad necesita estabilidad para vender petróleo.

Pero también necesita evitar quedar atrapada en una guerra regional que pueda volver a poner sus instalaciones energéticas bajo amenaza.

Irán, por su parte, ha demostrado que el estrecho puede convertirse en una enorme carta de negociación.

Y esa es precisamente la razón por la que esta crisis podría dejar una consecuencia que vaya mucho más allá de los seis meses de guerra:

el mundo podría comenzar a acumular mucho más petróleo simplemente por miedo a volver a quedarse sin él.

Eso significa más demanda.

Más inventarios.

Más presión sobre el mercado.

Y potencialmente, precios estructuralmente más altos durante mucho tiempo después de que termine la guerra.

La guerra eventualmente terminará.

Pero el agujero que dejó en las reservas no desaparecerá con ella.

Y aquí está la pregunta incómoda:

¿Qué pasa si Ormuz vuelve a abrir mañana … pero el petróleo que el mundo necesita para reconstruir sus reservas simplemente no está disponible al precio de antes?

Porque entonces la crisis no terminaría cuando termine la guerra.

La escasez tendría cola.

Y podría durar otros 18 meses.

(La Granja Humana)