Contrainformación que no encontrarás en los medios oficiales y pistas que ayuden al despertar ciudadano y espiritual
martes, 31 de marzo de 2026
LA REALIDAD SIGUE CONFIRMANDO LAS DENUNCIAS DE LOS TEÓRICOS DE LA CONSPIRACIÓN
▪️ BlackRock admitió que impulsó la "agenda woke"..
▪️ Francia ha detenido a 22 masones que dirigían escuadrones de la muerte. ¡Qué raro que los del mandil hagan esas cosas, cuando siempre han pregonado que buscan el progreso moral de la humanidad!
▪️ La ONU financia proyectos que buscan controlar la mente de los jóvenes a través de la educación.
▪️ Los bancos centrales manipulan el dinero mientras nos hablan de inflación como si fuera algo natural.
▪️ Hollywood y la industria del entretenimiento difunden símbolos y mensajes subliminales para condicionar nuestras emociones y comportamientos.
▪️ Grandes corporaciones farmacéuticas experimentan con nuevas tecnologías de control biológico mientras venden "salud" como un producto.
(https://t.me/ElAdeptoIniciado/)
EL RACISMO SIONISTA ALCANZA UNA NUEVA COTA DE PERVERSIÓN MIENTRAS LA GUERRA SIRVE DE DISTRACCIÓN
Ayer el Parlamento de Israel estableció la pena de muerte por ahorcamiento exclusivamente para los palestinos. Israel es el primer Estado de la historia de la Humanidad en legislar una pena de muerte que se aplica únicamente a un grupo étnico, la población árabe autóctona de la región. Ni en la Alemania Nacionalsocialiata de Adolf Hitler ni el la Sudáfrica del Apartheid existió nunca una ley así.
Entretanto, los ignorantes y los vendidos siguen repitiendo que este régimen totalitario y aberrante constituye la única democracia de Oriente Medio.
(https://t.me/virus_chino/)
ISRAEL EN LA ENCRUCIJADA: COLAPSO Y DESAPARICIÓN O GUERRA MUNDIAL
La guerra que comenzó el 28 de febrero ha pasado de su primer mes. Un mes de misiles sobre Tel Aviv, de colonos huyendo hacia aeropuertos saturados, de economía desangrándose, de frentes que se multiplican sin que ninguno se cierre. Las principales ciudades de Israel está destruidas. Lo que los analistas israelíes llevan semanas advirtiendo en privado comienza a filtrarse en los medios: el Estado judío ya no es una entidad viable. Salvo que consiga lo único que puede salvarlo: arrastrar al planeta entero a una guerra mundial.
El colapso militar: un ejército que se desmorona
El jefe del Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa de Israel, Eyal Zamir, ha lanzado una advertencia que ningún gobierno puede ignorar. En una reunión del gabinete de seguridad, Zamir afirmó que el ejército israelí “se va a derrumbar sobre sí mismo” debido a una grave escasez de personal. Las cifras son elocuentes: el ejército tiene un déficit de aproximadamente 20.000 soldados, con una necesidad mínima de 12.000 combatientes adicionales solo para sostener las operaciones actuales.
Los reservistas están completando su sexto o séptimo ciclo de movilización. Zamir advirtió que “las reservas no aguantarán”. La carga sobre estos ciudadanos y sus familias ha alcanzado un nivel insostenible.
El problema es estructural y político. Las leyes que permiten a los ultraortodoxos (haredim) eludir el servicio militar siguen sin reformarse, a pesar de que la Corte Suprema declaró su inconstitucionalidad. El ex primer ministro Yair Lapid ha denunciado que el gobierno de Netanyahu protege a estos evasores mientras envía a los reservistas a morir.
El ex general Yitzhak Brik lo resumió con crudeza en el diario Haaretz: “El país realmente galopa hacia el borde del abismo”.
La desintegración social: una nación que huye de sí misma
Pero el colapso militar es solo la punta del iceberg. Por debajo, la sociedad israelí se está desintegrando a una velocidad que los partes de guerra no reflejan. Los colonos con doble nacionalidad llevan semanas haciendo cola en el aeropuerto Ben Gurion. Las plazas de avión se han convertido en un bien de primera necesidad. Familias enteras abandonan el país sin saber si volverán. No huyen de los misiles. Huyen de lo que saben que vendrá después.
El analista Alon Mizrahi ha trazado un escenario aún más sombrío: si la guerra continúa al ritmo actual, Israel podría comenzar a desmoronarse “dentro de un mes o un poco más”. Y los hechos le están dando la razón. El norte del país se vacía. Los kibutz cercanos a la frontera libanesa están abandonados. Las ciudades del sur, bajo fuego constante desde Gaza, han perdido más de la mitad de su población. La economía muestra signos de disrupción severa, con empresas que cierran, inversiones que se evaporan, divisas que escasean.
La fatiga de movilización se extiende entre una población que ya no ve el final del conflicto. Los reservistas, llamados una y otra vez, dejan atrás empleos, familias, vidas enteras. Muchos no vuelven a sus puestos de trabajo porque los puestos ya no existen. Las protestas contra el gobierno, que antes reunían a cientos de miles en las calles de Tel Aviv, han sido sustituidas por una deserción silenciosa: la gente no se manifiesta, se va.
Y lo más profundo: los judíos israelíes están dejando de creer en Israel. No en el Estado como entidad administrativa, sino en el proyecto histórico que durante décadas les aseguró que había un lugar en el mundo donde podrían estar a salvo. Ese lugar ya no existe. Los misiles caen sobre Tel Aviv, sobre Jerusalén, sobre Haifa. Las defensas que se suponían infalibles han sido penetradas una y otra vez. La disuasión, ese mito fundacional del poderío israelí, yace hecha pedazos sobre los escombros de las ciudades bombardeadas.
La confianza en el liderazgo político está en mínimos históricos. Solo el 30% de los israelíes expresa confianza en su gobierno. Pero no es solo desconfianza en Netanyahu: es desconfianza en el sistema, en el ejército, en la idea misma de que Israel puede seguir existiendo como un Estado judío en medio de un mundo que le es hostil. Por eso se van. Por eso hacen cola en Ben Gurion con billetes de ida. Porque ya no creen que haya un retorno posible.
Mientras tanto, en Irán, la población sale a las calles incluso bajo los bombardeos para exigir que no haya tregua. La capacidad de resistencia al daño, forjada en décadas de guerra, sanciones y aislamiento, es asimétrica. Y esa asimetría es decisiva.
El frente norte: Hezbolá y el desgaste
Mientras el mundo observa los misiles sobre Tel Aviv, en el norte la situación es aún más desesperada. Hezbolá ha desplegado más de 750 combatientes en la línea del frente, infligiendo pérdidas crecientes a las fuerzas israelíes. Las aldeas del sur de Líbano están siendo destruidas sistemáticamente por la artillería israelí, pero los objetivos estratégicos no se alcanzan. Israel está quemando territorio mientras sus soldados avanzan a paso de tortuga.
El ministro de Defensa, Israel Katz, ha reconocido que la milicia libanesa está ahora “más fuerte” que antes de la guerra. Es una confesión de fracaso.
La logística de la coalición se apoya en puntos fijos (bases, puertos, aeropuertos) que Irán ha demostrado que puede alcanzar. La logística de Irán, en cambio, es terrestre, dispersa, se apoya en fronteras con aliados (Rusia, Kazajistán, Afganistán) que Estados Unidos no puede bloquear. Esta asimetría logística es estructural: cuanto más dura la guerra, más pesa.
El linaje de Netanyahu: de Jabotinsky a la guerra mundial
Benjamin Netanyahu es el producto de un linaje ideológico de tres generaciones. Su padre, Benzion, fue discípulo y secretario personal de Vladimir Ze’ev Jabotinsky, fundador del sionismo revisionista. De Jabotinsky heredó la doctrina del «Muro de Hierro»: los árabes nunca aceptarán un Estado judío voluntariamente, por lo que la única vía es construir una fuerza militar abrumadora. Esa es la doctrina que Netanyahu ha aplicado durante décadas.
De Jabotinsky heredó también el reclamo del Gran Israel: la tierra desde el Jordán hasta el Mediterráneo -y para muchos revisionistas, desde el Éufrates- es propiedad inalienable del pueblo judío. Netanyahu nunca ha renunciado a esa visión. En 1996 encargó el informe «Clean Break» (Ruptura Limpia) a neoconservadores estadounidenses: romper con el proceso de paz y forzar un cambio de régimen en Irak que desencadenara una reacción en cadena en Siria, Líbano e Irán. Ese plan ha estado sobre la mesa décadas; ahora lo está ejecutando.
La servidumbre de Trump: cómo un depredador sexual convirtió al presidente de Estados Unidos en un títere
Hay una pieza que completa el rompecabezas y que ningún análisis serio puede seguir ignorando. Los archivos Epstein, cuyas filtraciones comenzaron en enero de 2026, contienen un informe del FBI de 2020 que cita a una «fuente humana confidencial creíble» afirmando que Donald Trump ha sido «comprometido por Israel».
El mismo informe detalla las maniobras financieras que sustentan esa dependencia: una mansión en Beverly Hills comprada por 41 millones y vendida por 95 a una empresa fantasma con vínculos extranjeros; los negocios de Jared Kushner, yerno de Trump, señalados por su «influencia desmesurada» y sus conexiones con el «flujo de dinero ruso» y la red ultraortodoxa Jabad-Lubavitch. El documento sugiere que Kushner fue quien «ejerció un control desmedido» sobre las decisiones clave durante el primer mandato de Trump.
La red de influencias no se detiene en Kushner. El abogado de Epstein, Alan Dershowitz, aparece en los archivos señalado como alguien que fue «cooptado por el Mossad». Y el propio Epstein, según un memorando del FBI, era considerado por una fuente anónima como agente del Mossad.
Netanyahu ha utilizado los archivos Epstein para atacar a su rival político Barak, declarando que la «inusual y estrecha relación» entre Epstein y Barak demuestra que Epstein «no trabajó para Israel». La maniobra es transparente: desviar la atención de lo que realmente importa. Porque lo que los archivos muestran es un patrón de influencia, chantaje y sumisión que explica por qué un presidente de Estados Unidos actúa contra sus propios intereses estratégicos en favor de Israel. Cuando Trump habla de «rendición incondicional» de Irán y rechaza cualquier negociación, no está actuando como líder de una potencia que busca la paz. Está actuando como un hombre al que le han recordado que sus secretos están en manos de quien puede destruirlo.
Netanyahu no ha tenido que convencer a Trump con argumentos estratégicos. Le ha bastado con que los servicios de inteligencia israelíes tengan material suficiente para destruir su carrera, su legado y su libertad. Es el arte del kompromat elevado a geopolítica. Y es la única explicación que encaja con todas las piezas.
Trump es un depredador sexual al que han atrapado con sus propias redes. Epstein fue su proveedor, su facilitador, el hombre que le abrió las puertas de un mundo de lujo, impunidad y secretos compartidos. Y cuando Epstein cayó, los archivos pasaron a manos de quienes sabían exactamente qué hacer con ellos. Netanyahu ha utilizado ese material como un arma de control, asegurándose de que el presidente de Estados Unidos actúe siempre en interés de Israel, aunque eso signifique hundir a su propio país. Trump es un hombre atrapado, incapaz de mover ficha sin permiso de quienes tienen sus secretos. Mientras Trump esté en la Casa Blanca, Netanyahu puede seguir empujando al mundo hacia el abismo sin temor a que nadie le frene.
La apuesta desesperada: el plan del Gran Israel
Ante este panorama, la única carta que le queda a Netanyahu es la que lleva preparando desde hace décadas: convertir el conflicto regional en una guerra global. Su plan «Hexágono de Alianzas», que se extendería desde Asia Meridional hasta el Mediterráneo Oriental, tiene un objetivo declarado: oponerse a los «adversarios radicales» del Eje Chií. Y un objetivo real: controlar todo el petróleo del Golfo.
La propuesta, que incluye una red de oleoductos y gasoductos que atraviesen la península arábiga hasta puertos israelíes en el Mediterráneo, ha sido recibida con frialdad en los países del Golfo. Pero para Netanyahu, la guerra mundial no es una opción: es la única salida. Control absoluto de todo el petróleo del Golfo.
Si la guerra se expande, si Estados Unidos se ve arrastrado a un conflicto con Rusia y China, entonces la guerra de Israel dejará de ser un problema regional. Se convertirá en una conflagración global. Y en ese caos, un país de nueve millones de habitantes rodeado por enemigos podría, quizás, sobrevivir.
Conclusión: la única esperanza es que el mundo despierte
El profesor Jeffrey Sachs ha propuesto un plan de paz en cinco puntos que devolvería la estabilidad a la región: retorno al derecho internacional, fin de la ocupación, reconocimiento del Estado palestino, reapertura del estrecho bajo garantías multilaterales. Es un plan sensato. Es un plan que salvaría vidas. Es un plan que Netanyahu nunca aceptará.
Porque Netanyahu no busca la paz. Busca la guerra. Busca la guerra total, la guerra final, la guerra que justifique el sacrificio de su propio pueblo en el altar del Gran Israel. Y tiene a un presidente de Estados Unidos comprometido, atado por los archivos Epstein, incapaz de negarse a sus demandas.
El mundo puede despertar a tiempo, o puede ser arrastrado al abismo. La decisión no está solo en manos de Israel. Está en manos de todos los que todavía creen que la paz es posible y que la guerra mundial es una locura.
Mientras tanto, los judíos israelíes hacen cola en Ben Gurion. Se van. Dejan atrás sus casas, sus negocios, sus recuerdos. Porque ya no creen en Israel. Ya no creen que haya un lugar seguro para ellos en este mundo. Y esa deserción silenciosa, más que cualquier derrota militar, es la prueba de que el Estado judío ha dejado de ser viable. Una nación que huye de sí misma no puede sobrevivir.
En Teherán, en Beirut, en Sanaa, en Bagdad, los pueblos resisten. En Gaza, los escombros humean. Y en Jerusalén, un hombre llamado Benjamín Netanyahu Mileikowski juega a ser el rey del mundo con las vidas de millones como fichas, sostenido por los secretos de un depredador sexual que los servicios de inteligencia israelíes supieron convertir en el arma de control definitiva.
EL SEXTANTE
(Fuente: https://acratasnet.wordpress.com/)
Dr. HELMUT STERZ: "LA VACUNA PFIZER NUNCA DEBIÓ SER APROBADA"
El Dr. Helmut Sterz, ex toxicólogo jefe de Pfizer Europa, testificó ante la Comisión de Investigación sobre el Coronavirus del Bundestag alemán en marzo de 2026, afirmando que la vacuna de ARNm de Pfizer-BioNTech (Comirnaty) nunca debería haber sido aprobada.
Criticó el proceso de aprobación acelerada, alegando que se omitieron estudios toxicológicos esenciales, como pruebas de carcinogenicidad, genotoxicidad y toxicidad reproductiva, debido a limitaciones de tiempo, calificando el proceso de "experimento humano prohibido".
Sterz argumentó que la vacuna se produjo utilizando Escherichia coli , lo que provocó una contaminación significativa con ADN bacteriano, lo que podría aumentar el riesgo de cáncer. Citó un factor de subregistro de 30 en Estados Unidos para estimar que 60.000 muertes en Alemania podrían estar relacionadas con la vacuna, aunque esta cifra no está respaldada por las autoridades sanitarias oficiales. También afirmó que no se había establecido la relación beneficio-riesgo de la vacuna, ya que ningún ensayo clínico había evaluado su capacidad para prevenir enfermedades graves o la muerte.
Sterz describió el proceso de aprobación como una «tragedia de vacunación» y exigió una investigación parlamentaria independiente, amnistía para quienes se opusieron a las medidas contra la pandemia y responsabilidad legal para las compañías farmacéuticas y los funcionarios que ignoraron las señales de seguridad. Sus afirmaciones se detallan en su libro Die Impf-Mafia (La mafia de la vacunación), publicado en 2025.
Por el contrario, la Agencia Europea de Medicamentos (EMA) y el Instituto Paul Ehrlich de Alemania sostienen que la vacuna fue aprobada bajo estrictas normas de seguridad vigentes en ese momento y que los beneficios superaban con creces los raros efectos secundarios. Algo que ningún estudio ha demostrado y que, al parecer, debe ser creído por la fe del carbonero.
(https://t.me/InmaculadaFdez/)
lunes, 30 de marzo de 2026
PSICOPATOGÉNESIS DEL PODER: CUANDO LA GUERRA SE CONVIERTE EN ADICCIÓN
La historia de las naciones se escribe con hechos, y se reafirma con las formas en que esos hechos son narrados. Hay momentos en los que el lenguaje revela más que la acción misma, porque expone la estructura mental desde la cual se decide el destino de millones de seres humanos y países. Hoy, el gobierno de Estados Unidos atraviesa uno de esos momentos: una fase donde la política exterior parece haber sido absorbida por una lógica más profunda, más oscura y más peligrosa, que puede describirse sin ambigüedades como una psicopatogénesis del poder.
No se trata de una metáfora ligera ni de un recurso retórico exagerado. Se trata de observar cómo ciertos rasgos de frialdad emocional, deshumanización sistemática de Trump y Netanyahu, su ausencia de empatía y normalización de la violencia, han dejado de ser desviaciones individuales para convertirse en principios rectores de sus operativos de Estado. Bajo el liderazgo de Donald Trump, esta mutación ha alcanzado un nivel de claridad inquietante: la muerte ya no es un costo trágico de la guerra, la ha convertido en una herramienta comunicativa, una señal de poder, un acto de psicopatía que se anuncia sin pudor y, en ocasiones, con abierta satisfacción.
Las recientes declaraciones del presidente norteamericano y del Primer Ministro israelí, en torno a los ataques contra Irán, evidencian una escalada militar improvisada, contradictoria, llena de mentiras y de crímenes de lesa humanidad, que tratan de ocultar, utilizando una transformación del lenguaje político. Cuando Trump, afirma que ya “no hay con quién hablar en Irán”, trata de evidenciar una crisis diplomática convencional, que no logra consolidar. O cuando asegura que ya se está llegando a un acuerdo con Irán, evidencia su progresivo soliloquio mental, evidencía el resultado ilógico de una estrategia que ha optado por eliminar, física o funcionalmente, a los interlocutores del adversario. Para Trump la aniquilación sustituye al diálogo, la ausencia del otro se convierte en ventaja y la política, en su sentido más elemental, deja de existir.
Este fenómeno no puede analizarse de manera aislada. Porque la alianza estratégica y simbólica de los Estados Unidos con Israel, avanza de forma indiscriminada, bajo el claro liderazgo, encabezado por Benjamin Netanyahu, que ha mostrado una convergencia inquietante con esta lógica de poder. Ambos gobiernos comparten intereses geopolíticos, económicos, territoriales y genocidas, fortaleciendo una narrativa donde la seguridad se justifica a través de la eliminación sistemática del enemigo, sin matices, sin límites visibles y, cada vez más, sin rendición de cuentas.
Lo verdaderamente alarmante no es únicamente la violencia en sí misma, la historia está llena de guerras; es el cinismo mediático holliwuudesco, la crudeza con que esta violencia es administrada y comunicada. La frialdad con la que se describen bombardeos, la ligereza con la que se habla de estructuras críticas estatales “desaparecidas”, la ausencia total de reconocimiento del sufrimiento humano, el asesinato de más de 170 niñas en la escuela iraní que estos gobiernos genocidas minimizan al tratar de desaparecer el hecho, que no se comente. Así, asesinando manipulan y configuran un patrón que trasciende la estrategia militar. Estamos ante una desensibilización institucionalizada, donde el otro deja de ser humano para convertirse en objetivo y ganancia económica.
En este contexto, el gabinete estadounidense ha adquirido un papel fundamental. No como contrapeso, no como espacio de deliberación, se ha convertido en la extensión psicológica y psicopática del líder. La ausencia de disenso significativo en este gabinete, cómplice de los crímenes de guerra que se han cometido por estos gobiernos en esta guerra contra Irán, no puede interpretarse como consenso racional, es un claro síntoma de una estructura de poder donde la supervivencia política depende de la alienación absoluta. El silencio, en estos casos, no es neutralidad: es complicidad disfuncional.
La consecuencia más grave de esta psicopatogénesis no se limita al campo de batalla. Se extiende al orden internacional mismo. El sistema construido tras la Segunda Guerra Mundial, basado en principios como la soberanía, la negociación y la contención del uso de la fuerza, se han pulverizado con el gobierno de Trump, que decide solamente guiado por su conciencia, por su voluntad, nada más puede detenerlo en este mundo, según sus propias palabras. Cuando una potencia decide operar al margen de estas reglas, el derecho internacional se degrada bajo la voluntad del psicópata narcisista, vasallo de Netanyahu, que a capricho las ha convertido en instrumentos selectivos, aplicable sólo cuando conviene, por capricho repentino, o para desviar la atención cuando no encuentra una salida a sus exabruptos.
En ese escenario, la Organización de las Naciones Unidas se ha vuelto cómplice, evidencía un gran déficit de atención respecto a los abusos de lesa humanidad y los crímenes de guerra que han cometido los Estados Unidos e Israel. La cobardía y sometimiento de tantos países es imperdonable, la historia los condenará porque sólo observan, y cuando llegan a reaccionar es para atar de manos a los países sometidos por estos dos genocidas. Este organismo condena cobardemente al país invadido o atacado sin pestañear. Cuando actuarán estos países, con la contundencia necesaria por la que se conformaron, son unos hipócritas supeditados, cómplices de robo, secuestro, despojo y genocidio, deberían ser juzgados en cortes internacionales por omisión. Mientras tanto, la lógica de la aniquilación de estos dos lideres, avanza sin excepción, sentando precedentes para futuros ataques suicidadas de sus ejércitos.
Irán, por su parte, ha sido durante décadas objeto de una construcción narrativa que lo posiciona como amenaza estructural para el mundo. Sin negar las complejidades internas de su sistema político, lo cierto es que su papel en el imaginario occidental ha servido como justificación constante para acciones que, en otros contextos, serían inmediatamente calificadas como inaceptables. La deshumanización del adversario no comienza en el campo de batalla; comienza en el discurso mediático, en la pantalla grande del cine norteamericano, en las iglesias, en el discurso disruptivo del psicópata que normaliza los crímenes, que grita al mundo lo satisfecho que está por estos asesinato y que va por más si Irán no se somete.
Lo que hoy presenciamos no es únicamente un conflicto geopolítico. Es una redefinición peligrosa de los límites éticos del poder. Cuando la eliminación del otro se presenta como solución, cuando la ausencia de interlocutores se celebra como ventaja, cuando Trump y Netanyahu, presentan la guerra como su gran logro, estamos frente a una ruptura profunda en la racionalidad política. Sobre todo, por la gran disposición que muestran de acabar con el derecho a la vida de todo un continente, al no dejar de lanzar misiles a la central nuclear de irán para frenar su capacidad nuclear.
La psicopatogénesis del poder no grita. No se manifiesta en el caos irracional, sino en su contrario: en la frialdad metódica con la que se administra la violencia. En la capacidad de destruir sin titubeo y de justificar sin remordimiento. Y entonces, la pregunta deja de ser incómoda para volverse urgente: si el poder ha dejado de reconocer límites, ¿quién establecerá los nuevos? Porque cuando un Estado pierde la capacidad de ver humanidad en el otro, no solo se convierte en amenaza para sus enemigos, se convierte en un riesgo para el mundo entero.
Este ejercicio del poder ha normalizado la violencia como lenguaje y la destrucción como herramienta. Para Trump y Netanyahu, la guerra no aparece como una tragedia que deba evitarse, es un escenario que se provoca, se administra y, se exhibe como demostración de fuerza.
La gravedad reside en las acciones militares, en la frialdad con la que se asumen sus consecuencias. La muerte de combatientes, la destrucción de infraestructuras, el desplazamiento de poblaciones enteras y el riesgo de una escalada regional no generan contención en estos “lideres”, genera cálculo. Un cálculo donde la vida humana deja de ser un valor y se convierte en un dato. Esta es la esencia de la psicopatogénesis del poder: la incapacidad de empatía trasladada al ámbito del Estado.
La escalada contra Irán no puede entenderse como un conflicto aislado. Se trata de una confrontación con implicaciones globales, anclada en el control de recursos estratégicos y rutas energéticas. El trasfondo es evidente: el dominio del flujo energético mundial y la influencia sobre el mercado global. El petróleo no es sólo un recurso; es poder. En esta lógica, la guerra se ha convertido en un instrumento de total control económico. Y este juego de poder tiene un costo que no pagarán quienes lo están decidiendo. Lo pagaran los soldados. Lo pagaran las poblaciones civiles. Lo pagará la estabilidad del mundo entero.
El despliegue de fuerzas, la activación de unidades de respuesta inmediata y la preparación constante para la confrontación no reflejan prudencia estratégica, sólo refleja una peligrosa disposición a empujar el conflicto hasta límites impredecibles. No es necesario un error para que ocurra una tragedia. Basta con la acumulación de decisiones irresponsables. Y en el centro de todo, una pregunta incómoda:
¿cuánto vale la vida humana cuando el poder se mide en barriles de petróleo y en puntos de influencia geopolítica?
Ni Donald Trump ni Benjamin Netanyahu estarán en el frente. No serán ellos quienes enfrenten el fuego directo, ni quienes paguen con su vida las consecuencias de una escalada militar. El costo recaerá, como siempre, en quienes obedecen órdenes, en quienes no deciden, en quienes son enviados a ejecutar estrategias que no diseñaron. Por eso, hablar hoy no es una opción retórica. Es una urgencia ética.
El pueblo de Estados Unidos no puede permanecer ajeno a una escalada que podría arrastrarlo a un conflicto de consecuencias devastadoras. La historia ha demostrado que cuando la sociedad guarda silencio frente a la deriva del poder, ese silencio se convierte en permiso. No se trata de ideología. Se trata de humanidad. Porque cuando la guerra deja de ser un último recurso y se convierte en una tentación constante, cuando el poder se aferra a la violencia como forma de reafirmarse, cuando la vida humana se reduce a variable estratégica, ya no estamos ante liderazgo.
Estamos ante una forma peligrosa de ejercicio del poder que debe ser cuestionada, limitada y, si es necesario, detenida por la propia sociedad que la sostiene.
Antes de que el costo sea irreversible
Ana María Garduño
Este fenómeno no puede analizarse de manera aislada. Porque la alianza estratégica y simbólica de los Estados Unidos con Israel, avanza de forma indiscriminada, bajo el claro liderazgo, encabezado por Benjamin Netanyahu, que ha mostrado una convergencia inquietante con esta lógica de poder. Ambos gobiernos comparten intereses geopolíticos, económicos, territoriales y genocidas, fortaleciendo una narrativa donde la seguridad se justifica a través de la eliminación sistemática del enemigo, sin matices, sin límites visibles y, cada vez más, sin rendición de cuentas.
Lo verdaderamente alarmante no es únicamente la violencia en sí misma, la historia está llena de guerras; es el cinismo mediático holliwuudesco, la crudeza con que esta violencia es administrada y comunicada. La frialdad con la que se describen bombardeos, la ligereza con la que se habla de estructuras críticas estatales “desaparecidas”, la ausencia total de reconocimiento del sufrimiento humano, el asesinato de más de 170 niñas en la escuela iraní que estos gobiernos genocidas minimizan al tratar de desaparecer el hecho, que no se comente. Así, asesinando manipulan y configuran un patrón que trasciende la estrategia militar. Estamos ante una desensibilización institucionalizada, donde el otro deja de ser humano para convertirse en objetivo y ganancia económica.
En este contexto, el gabinete estadounidense ha adquirido un papel fundamental. No como contrapeso, no como espacio de deliberación, se ha convertido en la extensión psicológica y psicopática del líder. La ausencia de disenso significativo en este gabinete, cómplice de los crímenes de guerra que se han cometido por estos gobiernos en esta guerra contra Irán, no puede interpretarse como consenso racional, es un claro síntoma de una estructura de poder donde la supervivencia política depende de la alienación absoluta. El silencio, en estos casos, no es neutralidad: es complicidad disfuncional.
La consecuencia más grave de esta psicopatogénesis no se limita al campo de batalla. Se extiende al orden internacional mismo. El sistema construido tras la Segunda Guerra Mundial, basado en principios como la soberanía, la negociación y la contención del uso de la fuerza, se han pulverizado con el gobierno de Trump, que decide solamente guiado por su conciencia, por su voluntad, nada más puede detenerlo en este mundo, según sus propias palabras. Cuando una potencia decide operar al margen de estas reglas, el derecho internacional se degrada bajo la voluntad del psicópata narcisista, vasallo de Netanyahu, que a capricho las ha convertido en instrumentos selectivos, aplicable sólo cuando conviene, por capricho repentino, o para desviar la atención cuando no encuentra una salida a sus exabruptos.
En ese escenario, la Organización de las Naciones Unidas se ha vuelto cómplice, evidencía un gran déficit de atención respecto a los abusos de lesa humanidad y los crímenes de guerra que han cometido los Estados Unidos e Israel. La cobardía y sometimiento de tantos países es imperdonable, la historia los condenará porque sólo observan, y cuando llegan a reaccionar es para atar de manos a los países sometidos por estos dos genocidas. Este organismo condena cobardemente al país invadido o atacado sin pestañear. Cuando actuarán estos países, con la contundencia necesaria por la que se conformaron, son unos hipócritas supeditados, cómplices de robo, secuestro, despojo y genocidio, deberían ser juzgados en cortes internacionales por omisión. Mientras tanto, la lógica de la aniquilación de estos dos lideres, avanza sin excepción, sentando precedentes para futuros ataques suicidadas de sus ejércitos.
Irán, por su parte, ha sido durante décadas objeto de una construcción narrativa que lo posiciona como amenaza estructural para el mundo. Sin negar las complejidades internas de su sistema político, lo cierto es que su papel en el imaginario occidental ha servido como justificación constante para acciones que, en otros contextos, serían inmediatamente calificadas como inaceptables. La deshumanización del adversario no comienza en el campo de batalla; comienza en el discurso mediático, en la pantalla grande del cine norteamericano, en las iglesias, en el discurso disruptivo del psicópata que normaliza los crímenes, que grita al mundo lo satisfecho que está por estos asesinato y que va por más si Irán no se somete.
Lo que hoy presenciamos no es únicamente un conflicto geopolítico. Es una redefinición peligrosa de los límites éticos del poder. Cuando la eliminación del otro se presenta como solución, cuando la ausencia de interlocutores se celebra como ventaja, cuando Trump y Netanyahu, presentan la guerra como su gran logro, estamos frente a una ruptura profunda en la racionalidad política. Sobre todo, por la gran disposición que muestran de acabar con el derecho a la vida de todo un continente, al no dejar de lanzar misiles a la central nuclear de irán para frenar su capacidad nuclear.
La psicopatogénesis del poder no grita. No se manifiesta en el caos irracional, sino en su contrario: en la frialdad metódica con la que se administra la violencia. En la capacidad de destruir sin titubeo y de justificar sin remordimiento. Y entonces, la pregunta deja de ser incómoda para volverse urgente: si el poder ha dejado de reconocer límites, ¿quién establecerá los nuevos? Porque cuando un Estado pierde la capacidad de ver humanidad en el otro, no solo se convierte en amenaza para sus enemigos, se convierte en un riesgo para el mundo entero.
Este ejercicio del poder ha normalizado la violencia como lenguaje y la destrucción como herramienta. Para Trump y Netanyahu, la guerra no aparece como una tragedia que deba evitarse, es un escenario que se provoca, se administra y, se exhibe como demostración de fuerza.
La gravedad reside en las acciones militares, en la frialdad con la que se asumen sus consecuencias. La muerte de combatientes, la destrucción de infraestructuras, el desplazamiento de poblaciones enteras y el riesgo de una escalada regional no generan contención en estos “lideres”, genera cálculo. Un cálculo donde la vida humana deja de ser un valor y se convierte en un dato. Esta es la esencia de la psicopatogénesis del poder: la incapacidad de empatía trasladada al ámbito del Estado.
La escalada contra Irán no puede entenderse como un conflicto aislado. Se trata de una confrontación con implicaciones globales, anclada en el control de recursos estratégicos y rutas energéticas. El trasfondo es evidente: el dominio del flujo energético mundial y la influencia sobre el mercado global. El petróleo no es sólo un recurso; es poder. En esta lógica, la guerra se ha convertido en un instrumento de total control económico. Y este juego de poder tiene un costo que no pagarán quienes lo están decidiendo. Lo pagaran los soldados. Lo pagaran las poblaciones civiles. Lo pagará la estabilidad del mundo entero.
El despliegue de fuerzas, la activación de unidades de respuesta inmediata y la preparación constante para la confrontación no reflejan prudencia estratégica, sólo refleja una peligrosa disposición a empujar el conflicto hasta límites impredecibles. No es necesario un error para que ocurra una tragedia. Basta con la acumulación de decisiones irresponsables. Y en el centro de todo, una pregunta incómoda:
¿cuánto vale la vida humana cuando el poder se mide en barriles de petróleo y en puntos de influencia geopolítica?
Ni Donald Trump ni Benjamin Netanyahu estarán en el frente. No serán ellos quienes enfrenten el fuego directo, ni quienes paguen con su vida las consecuencias de una escalada militar. El costo recaerá, como siempre, en quienes obedecen órdenes, en quienes no deciden, en quienes son enviados a ejecutar estrategias que no diseñaron. Por eso, hablar hoy no es una opción retórica. Es una urgencia ética.
El pueblo de Estados Unidos no puede permanecer ajeno a una escalada que podría arrastrarlo a un conflicto de consecuencias devastadoras. La historia ha demostrado que cuando la sociedad guarda silencio frente a la deriva del poder, ese silencio se convierte en permiso. No se trata de ideología. Se trata de humanidad. Porque cuando la guerra deja de ser un último recurso y se convierte en una tentación constante, cuando el poder se aferra a la violencia como forma de reafirmarse, cuando la vida humana se reduce a variable estratégica, ya no estamos ante liderazgo.
Estamos ante una forma peligrosa de ejercicio del poder que debe ser cuestionada, limitada y, si es necesario, detenida por la propia sociedad que la sostiene.
Antes de que el costo sea irreversible
Ana María Garduño
EL HIELO DE HACE TRES MILLONES DE AÑOS CONFIRMA QUE EL CLIMA NO DEPENDE DEL CO₂
Científicos de EEUU y China han sido capaces de extraer hielo de la Antártida con 3 millones de años de antigüedad de un lugar donde se acumula poco hielo debido a los fuertes vientos. Al analizar las burbujas de aire atrapadas en el hielo desde entonces, se llevaron una sorpresa mayúscula. Hace tres millones de años, al final del Plioceno, el mundo era un lugar más cálido, pero entonces se cerró el Istmo de Panamá y se congeló Groenlandia, iniciándose el Pleistoceno con sus glaciaciones e interglaciares. Puesto que el planeta estaba más caliente que ahora en el Plioceno, los científicos esperaban hallar niveles de CO₂ similares a los actuales, de 400 ppm. En su lugar el hielo ha revelado niveles de CO₂ de 250 ppm, extraordinariamente bajos para la temperatura de la época.
El estudio, publicado en la revista Nature, plantea un dilema mayúsculo, porque fueron los niveles de CO₂ de los núcleos de hielo de la Antártida durante el Pleistoceno los que convencieron a la comunidad científica de que el CO₂ es el responsable de los cambios de temperatura. La relación CO₂/temperatura y la fiabilidad de los núcleos de hielo son las dos bases científicas sobre las que se levantó todo el edificio de la crisis climática. El nuevo estudio rompe esa relación. Uno de los dos tiene que ser incorrecto.
Esta noticia es importantísima para quienes defendemos que los cambios en el CO₂ afectan poco a la temperatura del planeta y que la asociación que muestran durante el Pleistoceno, pero no durante otros periodos como el Holoceno o ahora el Plioceno, es una anomalía, no una regla.
(https://t.me/elaullido/)
domingo, 29 de marzo de 2026
¿POR QUÉ ATACÓ ESTADOS UNIDOS A IRÁN?
La Guerra Hispano-Estadounidense tuvo el lema «¡Recuerden el Maine!».
La Primera Guerra Mundial tuvo bebés en bayonetas.
La Segunda Guerra Mundial tuvo Pearl Harbor
Vietnam tuvo la Batalla del Golfo de Tonkín.
La Primera Guerra del Golfo tuvo bebés arrojados de incubadoras.
La Segunda Guerra del Golfo tuvo armas de destrucción masiva.
Libia tuvo un «levantamiento popular espontáneo» contra los escuadrones de violación de Gadafi, impulsados por la viagra.
Siria tuvo al demente Assad gaseando a su propio pueblo.
Cada uno de estos pretextos para la guerra fue, por supuesto, un engaño: una operación de falsa bandera, un incidente provocado o un evento completamente ficticio, diseñado para avivar la sed de sangre y el deseo de venganza de las masas. Pero cabe destacar que, en todos y cada uno de estos casos, los titiriteros del Imperio estadounidense tuvieron que intentar, al menos, engañar al público para ganarse su apoyo a la guerra en algún país lejano.
¿Qué justificación se nos ha dado para la guerra contra Irán? ¿Por qué Estados Unidos e Israel decidieron iniciar esta guerra ahora?
Como siempre, hay tres respuestas: la palabrería vacía que se les cuenta a las masas; la palabrería vacía que se les cuenta a los intelectuales mediocres que se creen superiores; y la verdad.
Hoy, vamos a desentrañar las mentiras y encontrar la esencia de la verdad en el fondo del humeante cráter que dejó la guerra contra Irán.
¿POR QUÉ ATACÓ ESTADOS UNIDOS?
A ver si lo entiendo bien: ¿se supone que debemos creer que Donald Trump llegó a tener tanto miedo de la «amenaza inminente» (cuyo programa nuclear él aniquiló por completo el año pasado) que tuvo que empezar a bombardearlos repentinamente en medio de negociaciones de paz, negociaciones que incluso fuentes internas admiten que Irán abordaba de buena fe?
¿Y está ganando esta guerra tan rotundamente que tiene que rogar a sus aliados de la OTAN que le ayuden a asegurar el estrecho de Ormuz y luego criticar a esos mismos aliados por ser innecesarios cuando se niegan?
¿Y los mismos estatistas con un coeficiente intelectual medio que insistían en que Trump sería el «presidente de la paz» y que vociferaban que sería «mejor que Kamala» ahora nos dicen que todo esto es parte de una maniobra de backgammon de 16 dimensiones para socavar el Estado profundo, derrocar a Netanyahu, liberar al pueblo iraní o cualquier otra cosa con la que los fanáticos de QAnon y los votantes de Trump se consuelan estos días?
Pero … un momento. Si todo esto se tratara realmente de aniquilar al temido ayatolá y asegurar un Irán libre y democrático, ¿por qué el gobierno iraní se beneficiaría económicamente de estos ataques?
¿Y por qué fueron las aseguradoras occidentales -y no los iraníes- quienes cerraron el estrecho de Ormuz?
¿Y cómo es que el estrecho está cerrado?
Mmm. Si no supiera la verdad, diría que nos están mintiendo sobre esta «guerra». ¿Qué opinas?
Sí, no hace falta ser un genio para darse cuenta de que esta guerra no tiene nada que ver con el programa nuclear iraní ni con frustrar ninguna amenaza iraní.
De hecho, no hace falta ser un genio para llegar a esa conclusión. Podemos tomar como referencia al asesor de seguridad nacional del Reino Unido, Jonathan Powell, quien participó en las conversaciones entre Estados Unidos e Irán en Ginebra en febrero y declaró estar «sorprendido por lo que los iraníes pusieron sobre la mesa» y por lo cerca que estuvieron de un acuerdo de paz.
Además, la directora de Inteligencia Nacional de Estados Unidos, Tulsi Gabbard, testificó ante el Comité de Inteligencia del Senado que «el programa de enriquecimiento nuclear de Irán quedó aniquilado» como resultado del ataque del año pasado y que no han hecho «ningún esfuerzo por reconstruir su capacidad de enriquecimiento».
Y, para disipar cualquier duda al respecto, Joe Kent renunció a su cargo como director del Centro Nacional Antiterrorista la semana pasada, afirmando que Irán no representaba «ninguna amenaza inminente» para Estados Unidos.
Entonces, ¿por qué Estados Unidos entró en guerra?
Powell no se anduvo con rodeos al hablar de lo que vio durante las negociaciones en Ginebra: «Considerábamos a Witkoff y Kushner [los negociadores estadounidenses] como agentes israelíes que arrastraron a un presidente a una guerra de la que quiere salir».
Tampoco Kent se anduvo con rodeos al expresar su propia opinión sobre la situación: «Los israelíes impulsaron la decisión de emprender esta acción, que sabíamos que desencadenaría una serie de acontecimientos porque los iraníes tomarían represalias».
Y por si fuera poco, como señala Stephen McIntyre, el comunicado de prensa de la Casa Blanca del 2 de marzo sobre «Las décadas de terrorismo del régimen iraní contra los ciudadanos estadounidenses» fue plagiado casi textualmente de un documento de junio de 2025 elaborado por un exempleado de AIPAC que trabajaba para la Fundación para la Defensa de las Democracias, un grupo de presión sionista, belicista y antiiraní fundado para «mejorar la imagen de Israel en Norteamérica».
Pero no tenemos por qué creerles a esos conocidos y poderosos teóricos de la conspiración. ¿Por qué no creerle al archineoconservador (y avalado por Larry Ellison) títere del Estado profundo, Marco Rubio? Causó un gran revuelo a principios de este mes cuando dijo en voz alta lo que muchos pensaban:
Era meridianamente claro que si Irán era atacado por cualquiera —Estados Unidos, Israel o cualquier otro—, los iraníes iban a responder, y lo harían contra Estados Unidos. Sabíamos que habría una acción israelí. Sabíamos que eso precipitaría un ataque contra las fuerzas estadounidenses, y sabíamos que si no los atacábamos preventivamente antes de que lanzaran esos ataques, sufriríamos un mayor número de bajas.
En otras palabras: Israel iba a atacar a Irán, lo que provocaría que Irán tomara represalias contra objetivos estadounidenses en la región. Por lo tanto, Estados Unidos tuvo que atacar preventivamente a Irán antes de que los iraníes pudieran responder a los ataques que aún no se habían producido.
¡Me suena a una lógica de Alicia en el País de las Maravillas!
En cualquier caso, parece que encontramos la respuesta: Estados Unidos atacó porque Israel decidió atacar.
Así pues, llegamos a la siguiente pregunta: ¿por qué atacó Israel a Irán?
¿POR QUÉ ATACÓ ISRAEL?
Una vez que superamos la burda propaganda caricaturesca que se reparte entre los televidentes de Fox News, los votantes de Trump y otros ingenuos, llegamos al segundo nivel de esta pirámide propagandística: ¡Israel lo decidió!
Y, una vez que reconocemos al titiritero israelí que maneja los hilos del Imperio estadounidense, podemos empezar a examinar sus motivaciones. ¿Qué razón tiene Israel para arrastrar a Estados Unidos a otra guerra en Oriente Medio?
Una vez más, podemos examinar (y descartar rápidamente) la propaganda que el gobierno israelí ofrece para explicar estos ataques a las masas. De hecho, basta con preguntarle al primer ministro israelí (y criminal de guerra no condenado) Benjamin Netanyahu por qué está tan empeñado en bombardear Irán, y con mucho gusto nos lo explicará. La única pregunta es a qué década de la interminable retórica belicista de Netanyahu contra Irán debemos prestar atención.
Proclamaba el Netanyahu de 2025: «Si no se le detiene, Irán podría producir un arma nuclear en muy poco tiempo».
Y Netanyahu en la década de 2010: «Para la próxima primavera, a más tardar para el próximo verano, con las tasas de enriquecimiento actuales, ellos [los iraníes] habrán terminado el enriquecimiento medio y pasado a la etapa final. A partir de ahí, solo faltan unos meses, posiblemente unas semanas, para que obtengan suficiente uranio enriquecido para la primera bomba».
Y Netanyahu en la década de 2000: «Creo que el OIEA, el Organismo Internacional de Energía Atómica, acaba de encontrar rastros de plutonio y uranio para la producción de bombas atómicas. Estas bombas están dirigidas principalmente a Israel. Que no quepa duda. Pero no pretenden atacar solo a Israel. Irán se está preparando para producir 25 bombas atómicas al año. 250 bombas en una década».
¿Y quién podría olvidar a Netanyahu en la década de 1990?: «Irán será capaz de producir por sí solo -sin importar nada- bombas nucleares en un plazo de tres a cinco años».
¡Lo oyeron aquí primero! ¡Los ayatolás han estado a semanas de lanzar un ataque nuclear contra el mundo entero durante los últimos 30 años! Por lo tanto, Israel tuvo que declarar la guerra a Irán (a través de su aliado estadounidense, por supuesto).
Naturalmente, los temores sobre el inexistente programa nuclear iraní son, y siempre han sido, pura farsa, con bombas de dibujos animados al estilo de los Looney Tunes y otros trucos baratos para llamar la atención y engañar a los ingenuos.
En realidad, la posición geopolítica de Israel respecto a Irán ha ido evolucionando desde la alianza israelo-iraní que prevaleció bajo la dinastía Pahlavi, que gobernó Irán desde 1925 hasta el derrocamiento del Shah en 1979. Irán fue, de hecho, el segundo país de mayoría musulmana en reconocer al Estado de Israel. Ambas naciones mantuvieron una estrecha alianza durante este período, con el Mossad israelí ayudando a entrenar a la temible policía secreta SAVAK del Shah. Incluso intercambiaron embajadores en la década de 1970.
Sin embargo, con la Revolución Islámica de 1979, la postura de Israel respecto a Irán cambió. Si bien Israel actuó como intermediario para Estados Unidos en el escándalo Irán-Contra, suministrando armas a Irán en nombre de este último, existía un motivo oculto detrás de esta acción. Como admitió posteriormente el exministro de Defensa israelí, Moshe Arens, el verdadero objetivo de Israel al enviar armas a Irán era «ver si podíamos encontrar puntos de contacto con el ejército iraní para derrocar al régimen de Jomeini».
Para 1996, la estrategia israelí hacia Irán había cambiado de nuevo. Ese año, los protoneoconservadores Richard Perle, Douglas Feith y David Wurmser colaboraron en la redacción de «Una ruptura limpia: Una nueva estrategia para asegurar el imperio», un documento de planificación de política exterior para el entonces primer ministro israelí Netanyahu. En este documento, la planificación israelí se centraba en desestabilizar a los aliados iraníes en la región, incluyendo Siria y Líbano, como forma de reducir la influencia iraní en Oriente Medio.
En la década de 2000, Israel, fortalecido por su éxito al inducir a Estados Unidos a la guerra de Irak, se envalentonó en su guerra secreta contra Irán.
En su artículo de 2007, «La reorientación», el periodista Seymour Hersh describió cómo la administración Bush, guiada por la inteligencia israelí, estaba modificando su política hacia Oriente Medio para debilitar a Irán. En 2012, Hersh publicó «Nuestros hombres en Irán», un informe que detallaba cómo el Comando Conjunto de Operaciones Especiales de EE. UU. colaboraba con el Mossad israelí para entrenar a los Muyahidines del Pueblo (Mujahideen-e-Khalq), un grupo disidente de oposición iraní que gozaba del doble privilegio de figurar en la lista de organizaciones terroristas extranjeras del Departamento de Estado de EE. UU. y de ser el grupo terrorista predilecto de los neoconservadores sionistas.
Pero las maquinaciones del Estado profundo estadounidense-israelí en Irán durante este período no terminaron ahí. En ese mismo lapso, se confirmó que la CIA colaboraba con Jundullah, una organización militante sunita salafista del sureste de Irán que la agencia consideró utilizar «como pieza en una campaña encubierta contra Irán», antes de supuestamente decidir que el grupo era «incontrolable y demasiado cercano a Al Qaeda».
Fue también en esta época cuando los ciberguerreros estadounidenses e israelíes desarrollaban Stuxnet, la primera ciberarma ofensiva diseñada para espiar y subvertir sistemas industriales, como parte de un ciberataque aún más generalizado contra Irán.
Y fue también el período en que Israel asesinaba impunemente a científicos iraníes.
Sin embargo, no fue hasta que Trump regresó a la Casa Blanca en enero de 2025 que Netanyahu y sus compañeros sionistas belicistas se dieron cuenta de que finalmente lograrían su sueño de décadas: conseguir que Estados Unidos bombardeara Irán.
Conocemos las maquinaciones que llevaron a los bombardeos de las instalaciones nucleares iraníes en junio pasado, la llamada «guerra de los doce días» que supuestamente «aniquiló» el programa nuclear iraní.
Sabemos, por ejemplo, que Palantir desempeñó un papel en el desencadenamiento de la extraña serie de acontecimientos que llevaron al OIEA a votar repentinamente a favor de censurar a Irán por su incumplimiento con los inspectores, revirtiendo su postura de larga data que confirmaba que Irán no había desviado su material nuclear a un programa de armas.
Sabemos que fue Israel quien inició esa guerra con la «Operación León Ascendente», una oleada de ataques contra Irán que Netanyahu calificó de «operación militar selectiva para contrarrestar la amenaza iraní a la supervivencia misma de Israel» y que culminó con el uso de bombas antibúnker estadounidenses contra la fuertemente fortificada instalación nuclear iraní de Fordow.
Después de eso, era solo cuestión de tiempo que Netanyahu volviera a pedirle a su fiel servidor Trump que regresara y terminara el trabajo con una invasión total de Irán. En el proceso, hemos presenciado crímenes de guerra israelíes verdaderamente atroces: no solo el genocidio en Gaza, que aún continúa -y al que Trump ha intentado legitimar con su ridículamente llamada «Junta de Paz»-, sino también el bombardeo de Qatar, un tercer país neutral que albergaba negociaciones entre Hamás e Israel.
Y ahora, todas las piezas del tablero de ajedrez se han alineado a satisfacción de Israel. La orden ya está dada y, según Rubio, Kent y otras fuentes bien informadas, Israel ha decidido lanzar la guerra de Estados Unidos contra Irán.
Así pues, ahí lo tienen: Israel atacó a Irán a través de su aliado estadounidense. ¡Caso cerrado!
… y aquí es donde quienes lograron desenmascarar el primer nivel de engaño -la patraña de que «¡nos iban a atacar!»- se conformarán con detenerse. Israel lo hizo. No hay más que decir.
Pero hay otras piezas de este rompecabezas que apuntan a algo aún más importante en juego en estos acontecimientos.
¿CUÁL ES LA REALIDAD 3D?
Bien, entonces. Ahora todo parece bastante claro: Netanyahu usó su influencia sobre Trump para lograr que Estados Unidos se uniera a su guerra contra Irán con el fin de asegurar el dominio regional de Israel.
… Pero si esa es la narrativa, entonces debemos detenernos un momento. Hay algunas piezas de este rompecabezas que no parecen encajar del todo.
Verán, en lugar de mostrar el poder irresistible, impresionante e imparable del gigante estadounidense-israelí, este conflicto está demostrando lo contrario: Usrael ni siquiera puede asegurar el estrecho de Ormuz, y mucho menos derrocar al gobierno iraní. De hecho, Irán no solo está en posición de declarar que son ellos quienes están «ganando» este conflicto, sino que está revelando que su armamento militar es más avanzado de lo que se creía. Y la consiguiente crisis petrolera ha llevado a Estados Unidos a levantar las sanciones al petróleo iraní, lo que beneficia directamente al mismo «régimen» que Washington está tan empeñado en cambiar.
Como señala Kit Knightly en Off Guardian, quizás la parte más reveladora de esta narrativa bélica orquestada sea el extraño tira y afloja por el estrecho de Ormuz. Como bien observa Knightly, la puesta en escena claramente manipulada del cierre del Estrecho-con los iraníes cerrando el Estrecho antes de negar que lo hubieran cerrado, y antes de que las compañías de seguros lo cerraran realmente- y la puesta en escena claramente manipulada del minado del Estrecho -con fuentes anónimas del tipo «créeme, hermano» que le dijeron a Reuters, agencia de los Rothschild- que el Estrecho había sido minado antes de que Irán negara oficialmente haberlo hecho, y con Trump exigiendo a Irán que retirara las minas del Estrecho antes de que el Secretario de Guerra de EE. UU., Pete Hegseth, confirmara que no había pruebas de minas en el Estrecho poco después de que la Armada de EE. UU. desmantelara abruptamente cuatro dragaminas en la región tras 40 años de servicio (en una muestra típica de como Trump juega a cargar las tintas en sus apreciaciones tremendistas, que se contradicen con el hecho de que en un estrecho minado no podrían pasar los petroleros que Irán autoriza, algo patente a diario y que desmiente al presidente del pelo naranja, nota del "blogger")- ha dado lugar a la siguiente narrativa que propaga la prensa tradicional: la disputa por el Estrecho conducirá a un estado de guerra permanente sin fin entre Occidente y quienquiera que controle Irán.
Trump no tiene el poder de reabrir este paso marítimo vital declarando la victoria y desentendiéndose del asunto. En cambio, su guerra con Irán -y la cuestión particular del estrecho de Ormuz- definirá el resto de su presidencia y podría perseguir a sus sucesores.
Esto se debe a que el cierre del estrecho crea tanto una crisis inmediata como un dilema estratégico a largo plazo. El problema actual es que cuanto más tiempo permanezca cerrado, mayor será la amenaza de una recesión global. El dilema futuro radica en que Irán ahora sabe que el control del estrecho de Ormuz le otorga un dominio absoluto sobre la economía mundial. Incluso si relaja su control a corto plazo, puede volver a reforzarlo en el futuro.
¡Qué bien! Así que, incluso en el mejor de los casos -si Trump lograra salir airoso de esta situación, declarar la victoria, replegar las tropas y regresar a casa-, el poder fáctico ya se ha asegurado de que la guerra nunca termine del todo. En cualquier momento, pueden usar sus fuentes anónimas para difundir otra historia alarmista sobre minas marinas inexistentes (o cualquier otra amenaza ficticia que se les ocurra) y la economía mundial volverá a estar de rodillas.
No, esta guerra no se trata de «liberar al pueblo de Irán» ni de «detener el programa nuclear iraní». Pero cualquiera con dos dedos de frente ya lo sabía.
Tampoco se libra esta guerra porque, después de treinta años intentando que Estados Unidos bombardeara Irán, Israel simplemente decidiera que era el momento.
Más bien, como cualquier otro acontecimiento de importancia histórica mundial, este se libra porque cumple con los requisitos de varios actores en la estructura de poder global. En última instancia, esta batalla no se trata de satisfacer los intereses geopolíticos de un Estado nación en particular. Se trata de impulsar la narrativa de los mismos intereses bancarios que manipulan a todos los actores en el tablero de ajedrez global.
Sí, mis lectores no se sorprenderán al descubrir que este conflicto forma parte de la partida de ajedrez tridimensional que define una realidad que no podemos entender sin las premisas de la conspiración global.
Tampoco se sorprenderán al descubrir que, en términos generales, la guerra contra Irán se libra en cumplimiento del Gran Reinicio Global para Reconstruir Mejor, con un Nuevo Orden Mundial más brillante, más feliz y renovado.
Pero sí podrían sorprenderse al saber qué parte específica de la agenda del Gran Reinicio se está impulsando aquí.
Y aquí les dejo esta pista: un titular que circuló recientemente por las agencias de noticias y que pasó prácticamente desapercibido entre el torbellino de noticias sobre la guerra.
Irán estudia permitir el paso de buques petroleros por el estrecho de Ormuz si el comercio se realiza en yuanes.
James Corbett
(Fuente: https://corbettreport.substack.com/; visto en https://melvecsblog.wordpress.com/)
YO ACUSO
Yo acuso en primer lugar a los padres de Noelia por no haberle dado una infancia feliz y saludable, esa infancia que todo niño tiene el derecho a tener. Les acuso de no haber querido superar sus conflictos matrimoniales en pos del bienestar de su hija. De haber sido unos padres horrorosos e incluso de ser los principales responsables de su tragedia. Porque un padre es un padre, o una madre, y siempre lo ha de dar todo por y para sus hijos. Y es muy hipócrita, y nauseabundo, rasgarse las vestiduras ante la devastación que en gran medida ellos mismos han provocado. Y esto no lo digo yo. Esto lo decía Noelia el día antes de abandonarnos.
Yo acuso a los poderes del estado de no haber velado adecuadamente por el interés superior de Noelia cuando era menor. De no haber protegido a esta pobre chica cuando realmente deberían de haberla protegido, en su vulnerable infancia. De darle una única “solución” abyecta a todos su problemas.
Yo acuso a todos los medios de comunicación de haber hecho de esta tragedia un circo. De hacer de la triste realidad de Noelia un show con el único fin de subir audiencias. De ofrecer a los espectadores la peor pornografía que se puede ofrecer: la de los sentimientos.
Yo acuso a los sucesivos gobiernos del pavoroso abandono al que someten a los enfermos mentales. De haber desmantelado, eso sí con palabras muy bonitas, el sistema de sanidad pública para estas dolencias. De eliminar una sanidad, financiada con los impuestos de todos, que debería ocuparse, con los debidos recursos humanos y materiales, de estas personas. Les acuso de cargar esa tremenda responsabilidad de cuidado sobre las familias, familias que en muchas ocasiones consisten unicamente en unos padres débiles y ancianos. De utilizar la sanidad, como tantas otras cosas, en función de sus intereses electorales.
Yo acuso a asociaciones, ONG,s y grupos religiosos varios de instrumentalizar el final de Noelia según su propia conveniencia e intereses torticeros. De salir en horario de máxima audiencia, con cara avinagrada, pontificando acerca de las virtudes de un suicidio asistido o dando el espectáculo en la puerta de un hospital, Biblia en mano, invocando a Jehová.
Yo acuso, finalmente, a todos esos partidos políticos que fomentan una cultura de la muerte y la oscuridad, disfrazada de defensa del libre albedrío. Una actitud enfrentada a la defensa del bien, la bondad, la misericordia y la humanidad. Políticos nauseabundos que exhiben el cadáver de una niña como si fuera el trofeo de una partida de caza.
Ojalá la memoria de la pobre Noelia no os deje nunca encontrar la paz.
Juan Carlos Rodríguez
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