jueves, 5 de noviembre de 2026

LA REFLEXIÓN DE DANIEL ESTULIN SOBRE EL "ACCIDENTE" DE TRENES DE URDA



El 28 de octubre de 2026, a las 8:53 horas, un tren AVE de Renfe embistió por alcance a un Iryo detenido cerca de Urda (Toledo), en la línea de alta velocidad Madrid-Sevilla. El balance oficial es de 69 fallecidos y más de un centenar de heridos. Según informes preliminares de la AITAT, el origen se sitúa en una avería del sistema de señalización LZB (alrededor de las 8:30-8:31), que dejó un tramo sin protección automática. El centro de control de Adif autorizó reanudar la marcha “con normalidad”; el Iryo no arrancó y el AVE, que circulaba por detrás, lo alcanzó a una velocidad estimada entre 160 y 200 km/h. Los informes hablan de una cadena de averías, instrucciones y acciones en la que no actuaron las medidas preventivas necesarias.

Daniel Estulin, en un vídeo publicado el 31 de octubre bajo el título El Desastre Ferroviario en España: ¿Accidente o Sabotaje?, no se detiene en el análisis técnico ya cubierto por los medios (fallos informáticos, comunicaciones, protocolos, posibles errores humanos). Propone examinar la hipótesis de que determinadas vulnerabilidades tecnológicas pudieran haber sido utilizadas en una operación de desestabilización o guerra híbrida, a la que denomina “Gladio 3.0”.

De la física al dominio digital

Estulin recuerda que en el siglo XX el sabotaje clandestino dependía de medios físicos: explosivos, agentes infiltrados o destrucción directa de instalaciones. La revolución digital ha cambiado el escenario. Una infraestructura crítica puede verse comprometida mediante alteración informática, interferencias en las comunicaciones o manipulación de sistemas automatizados. El “terrorismo sintético”, en su formulación, no necesita reproducir los métodos tradicionales: puede provocar consecuencias materiales mediante intervenciones tecnológicas y luego aprovechar la confusión entre fallos informáticos, decisiones humanas y responsabilidades institucionales.

En Urda, argumenta, el fallo inicial de un sistema de seguridad seguido de decisiones operativas que desembocaron en catástrofe ilustra hasta qué punto una infraestructura moderna depende de la integridad de la información que reciben sus responsables. Distinguir el origen de una anomalía de sus efectos posteriores es, según él, imprescindible. Una investigación orientada a confirmar o descartar una intervención externa debería reconstruir la integridad de los sistemas informáticos, los registros de acceso, las comunicaciones y las modificaciones realizadas antes, durante y después del incidente. Él mismo subraya que no afirma la existencia de una operación clandestina demostrada ni dispone de pruebas forenses; propone ampliar el marco de investigación.


España en el tablero geopolítico

Para Estulin, la tragedia debe situarse en un contexto geopolítico más amplio. España ocupa una posición estratégica: controla accesos clave al Mediterráneo, alberga instalaciones militares relevantes para la OTAN y actúa como puente entre Europa, África e Hispanoamérica. Su importancia trasciende el peso coyuntural de cualquier gobierno. El problema, sostiene, no se reduce a confrontaciones personales entre dirigentes (Sánchez frente a Trump o Netanyahu), sino al margen de autonomía de un Estado europeo cuando sus decisiones diplomáticas entran en contradicción con intereses de actores internacionales poderosos.

Cita antecedentes históricos como los Pactos de Madrid de 1953, que integraron progresivamente a España en una arquitectura de seguridad cuyo centro de gravedad se situaba fuera de sus fronteras. Las discrepancias actuales sobre Gaza, Palestina o Irán se inscriben, según él, en esa continuidad y pueden traducirse en presiones económicas, políticas o informativas. España reúne, a su juicio, características que la convierten en escenario relevante para estudiar la guerra híbrida: importancia estratégica, dependencia tecnológica, polarización política y exposición a múltiples intereses internacionales. La seguridad nacional ya no depende solo de defender fronteras, sino de la integridad de los sistemas digitales que sostienen las infraestructuras esenciales.

Gladio, Turquía, Israel y la inteligencia privada

Estulin traza una continuidad histórica. Gladio 1.0 corresponde a las redes stay-behind de la Guerra Fría (Italia y otros países europeos), diseñadas oficialmente para resistir una eventual ocupación soviética, pero envueltas en controversias sobre operaciones encubiertas y “estrategia de la tensión”. Gladio 2.0 se situaría tras la caída de la URSS, con el auge del terrorismo islamista. Gladio 3.0 sería la adaptación de esos métodos a una civilización gobernada por sistemas digitales. Los métodos de desestabilización pueden sobrevivir a las organizaciones originales: cambian enemigos, escenarios y tecnologías, pero permanece la posibilidad de utilizar operaciones clandestinas para condicionar decisiones políticas.

En este marco sitúa a Turquía (posición entre Europa y Oriente Medio, pertenencia a la OTAN, equilibrios en el Mediterráneo, Cáucaso y Mar Negro) e Israel (capacidades avanzadas de inteligencia, vigilancia y operaciones cibernéticas). La confrontación pública entre Erdogan y Netanyahu no impide, según él, la existencia de intereses estratégicos convergentes; rivalidades diplomáticas y contactos entre aparatos de seguridad pueden coexistir. Menciona una reunión en Washington el 25 de septiembre de 2025 como posible punto de inflexión (sin acreditar que se decidieran operaciones de sabotaje) y observa un desplazamiento del centro de gravedad de la guerra híbrida hacia Europa: infraestructuras digitales, sistemas de transporte y redes energéticas como objetivos potenciales, sin necesidad de operaciones militares convencionales abiertas.

También aborda la privatización de la inteligencia a través de empresas como Black Cube, fundada por antiguos integrantes de servicios israelíes. Representa, según Estulin, la comercialización de capacidades tradicionalmente estatales para conflictos políticos, empresariales o internacionales. Esto complica la atribución y entrelaza intereses de gobiernos, grandes empresas e intermediarios. En el contexto español, adquiere relevancia por las tensiones diplomáticas con Israel y el papel de campañas informativas e investigaciones privadas. Su participación concreta en Urda no está establecida, pero el fenómeno forma parte del ecosistema estratégico de intervención clandestina.

La dimensión de la percepción y la soberanía

Estulin añade una reflexión sobre el poder sobre la percepción de la realidad. Las sociedades tecnológicas dependen de sistemas complejos cuyo funcionamiento es cada vez más opaco. Cuando un sistema digital falla, no desaparece solo una función técnica: puede alterarse la representación de la realidad que reciben quienes deben tomar decisiones. En una infraestructura ferroviaria, esa diferencia es decisiva. Invoca a Heidegger y a Jacques Ellul sobre la lógica técnica, y al mito de la caverna de Platón: las sombras pueden ser ahora información digital, representaciones automatizadas y narrativas algorítmicas. Delegar funciones esenciales implica delegar parte de la capacidad de interpretar el mundo. En la guerra híbrida, la distancia entre realidad y representación se convierte en vulnerabilidad estratégica. La integridad de la información es, para él, condición indispensable de la soberanía: una sociedad que no puede verificar independientemente sus propios acontecimientos termina dependiendo de las interpretaciones que otros producen.

Su conclusión es que la tragedia de Urda debe situarse en la progresiva digitalización de las infraestructuras y en nuevas formas de confrontación que combinan tecnología, inteligencia, influencia política y operaciones psicológicas. No se trata de reducirla a un error individual o a un presidente de gobierno, ni de atribuir anticipadamente la responsabilidad a una potencia extranjera. Los acontecimientos tecnológicos pueden tener múltiples niveles de causalidad y la seguridad nacional exige investigar cada uno de ellos. La soberanía depende de la capacidad de conocer, verificar y proteger el funcionamiento de las propias infraestructuras estratégicas. La pregunta decisiva no es solo qué ocurrió en Urda, sino si España dispone de la independencia técnica, institucional y política necesaria para descubrir toda la verdad. Esa respuesta, señala, aún carece de contestación. Si el gobierno no analiza la hipótesis de sabotaje, para Estulin sería una “bandera roja”.

El vídeo incluye también digresiones sobre el significado esotérico y metafísico de Halloween (Samhain, máscaras, misterios de la muerte en tradiciones celtas, griegas y esotéricas modernas) y una reflexión sobre si la democracia puede sobrevivir a la inteligencia artificial, centrada en la personalización masiva de la persuasión, la erosión de la realidad compartida y la necesidad de que la responsabilidad final siga siendo humana.

(Fuente: https://eldiestro.info/;
visto en https://www.verdadypaciencia.com/)

PAGAR POR LA LUZ DEL SOL



Imagina que las corporaciones te cobren por la luz del sol.

¿Suena a locura? Una empresa llamada Reflect Orbital quiere convertirlo en realidad.

Testigos cerca de Lone Pine, California, capturaron luces potentes iluminando el desierto en medio de la noche.

Eran tan brillantes que los testigos inicialmente pensaron que un auto se había estrellado por un acantilado.

Pero esto fue solo una demostración en tierra de algo mucho más grande.

Reflect Orbital quiere lanzar satélites con espejos gigantes que redirijan la luz del sol de vuelta a la Tierra después del anochecer.

Y aquí está la parte que debería llamar la atención de todos.

La empresa considera cobrar $5,000 por hora por luz solar bajo demanda.

- Abre una app.

- Elige una ubicación.

- Paga una tarifa.

Y alguien ilumina tu cielo nocturno.

¿Quién le dio a las corporaciones el derecho de convertir nuestro cielo nocturno en algo que puedan vender al mejor postor?

(https://t.me/hijodelaconspiracion/)

LA EXTERNALIZACIÓN DE NUESTRA SEGURIDAD


miércoles, 4 de noviembre de 2026

¿QUÉ HAY DE CIERTO SOBRE EL PELIGRO APOCALÍPTICO DE LA IA?



Jacob Coxon (activista político e investigador tecnológico que trabajó en las empresas de inteligencia artificial OpenIA y Anthropic) ha acaparado los titulares de todos los medios de comunicación internacionales con su afirmación: “La IA tiene un 10 % de probabilidades de acabar con la humanidad para finales de la década”.

Estas declaraciones están fomentado un cierto pánico entre la población que, al ser lega en la materia, empieza a estar preocupada. Sin embargo, esta situación es algo que ya hemos vivido antes con el Covid-19, y es el mismo impulso histérico que está tomando el falso cambio climático antropogénico. Por lo tanto, nada de esto es nuevo y todo está completamente dirigido en una única dirección: la programación de la sociedad a través del miedo.

A finales de julio, OpenAI afirmó que algunos de sus “agentes” de IA descontrolados habían pirateado una empresa tecnológica llamada Hugging Face. A la semana siguiente, otros tres “agentes” de IA también se descontrolaron. Seguidamente, se produjeron una serie de noticias con titulares como “la IA da miedo”, “virus diseñados por IA” o “telepatía digital”. No conformándose con ese relato de pesadilla se la comparó con las armas nucleares y otras de destrucción masiva. Luego aparecieron las dimisiones de gente que trabajaba en el sector. Finalmente, lejos de acallar este alarmismo, expertos en IA y ejecutivos del sector estimaron una probabilidad de extinción humana del 20%, 50% o incluso 70%.

Todo este cúmulo de noticias aterradoras sobre el peligro inminente que la IA tiene para la especie humana ha ido escalando hasta llegar a asustar a la gente de verdad, consiguiendo así la reacción deseada.

Dicho esto, quiero hacer, a modo de pregunta, una simple reflexión: ¿cómo va a ser peligrosa una máquina para el ser humano si el interruptor de encendido y apagado de esa máquina está controlado, precisamente, por el mismo ser humano? Porque, por muy inteligente que sea la máquina (que no lo es, simplemente maneja miles de millones de datos a una velocidad de vértigo) debe residir en alguna parte. Y sí, reside en los llamados centros de datos. Por lo tanto, si tenemos el control sobre los centros de datos, tenemos el control sobre la máquina y no al revés como se nos quiere hacer creer.

De nuevo nos encontramos con la mayor cantidad de estupideces y alarmismos infundados desde los tiempos en que se aplaudía a las 8 de la tarde.

Si hacemos un poquito de memoria, recordaremos cómo desde hace más de 80 años se lleva asustando a la población con diferentes catástrofes apocalípticas que nunca se han cumplido. Alarmismos como la extensión del agujero en la capa de ozono, la llegada de una nueva pandemia originada en Asia por la gripe Aviar o las exageraciones climáticas con previsiones de ciudades totalmente sumergidas llevan décadas sin cumplirse.

Hay una cosa clara. Cuando individuos como el Secretario General de la ONU, Antonio Guterres; el expresidente de EEUU, Barack Obama; el magnate promotor de vacunas, Bill Gates; la presidente de la Comisión Europea, Úrsula van Der Leyen; la exvicepresidente de EEUU, Kamala Harris y los directores ejecutivos de todas las principales empresas de IA transmiten el mismo relato es que algo se está cocinando.

Seamos serios. Ninguna de estas personas ha dicho una verdad en su vida. Por lo tanto, todas esas profecías apocalípticas que salen de sus bocas no son más que patrañas para engañar a ingenuos.

De nuevo están utilizando la misma retórica para una nueva operación psicológica. Esta vez no están fingiendo una pandemia o falseando los registros de temperatura, sino simplemente lanzando una amenaza ficticia, haciendo lo de siempre: crean un problema, esperar una reacción y ofrecen su solución.

Mientras tanto, la única y verdadera amenaza real para el ser humano que plantea la IA es la vigilancia y control de cada uno de nosotros.

Preparar a los estudiantes para un futuro dominado por la IA es anular sus habilidades, su creatividad, su pensamiento crítico y analítico y, en definitiva, su capacidad para solucionar problemas. Es decir, crear tontos a las tres.

Sin embargo, dejar nuestras vidas en manos de la IA no es más peligroso que haberlas dejado ya en manos de la electricidad, Internet o el petróleo, dado que si desapareciera alguna de las tres el mundo sería un caos y volveríamos a la edad media.

Hoy en día todavía podemos criticar al sistema sin que nadie venga a detenernos. Pero no es por ganas de hacerlo, sino porque no pueden hacerlo. Mientras millones de personas aún puedan organizarse y controlar su propio dinero, el gobierno totalitario que pretende la élite mundial tendrá que esperar. Sin embargo, la IA es el eslabón que les faltaba para hacerlo posible. Y en eso están.

El gobierno totalitario llegará con de la identificación digital, la vigilancia masiva las 24 horas del día, el monitoreo constante mediante IA y el control financiero a través de las CBDC. Y llegará, porque a todas aquellas personas mononeuronales, que “disfrutan” con las últimas novedades tecnológicas, estos inventos les parecerá “progreso”. Pero llegará el día en que todas esas piezas interactúen al unísono y se den cuenta de que están atrapados en un callejón sin salida del que ya no podrán escapar.

Hay una cosa clara: nos guste o no, hemos pasado de un mundo basado en el esfuerzo y la inteligencia humana a uno dirigido por máquinas y algoritmos.

Por primera vez en la historia de la humanidad los dueños del mundo tienen una oportunidad de oro para ir eliminando poco a poco a la gran mayoría de seres humanos que, según ellos, sobramos. Por consiguiente, su sueño eugenésico está a punto de hacerse realidad. Porque si el mundo necesitó mucha mano de obra e inteligencia humana para llegar a donde estamos, pronto no será necesario, ya que la capacidad de la IA para manejarlo todo dejará obsoleto el trabajo y el pensamiento humano.

Así que si los dueños del mundo ya tienen todo el dinero, lo fabrican de la nada; poseen todos los recursos, los compraron con el dinero que fabricaron de la nada; y ahora dominan la IA, la tecnología y la robótica, para desarrollar cualquier proyecto, entonces, ¿para qué mantener una elevada población de necios –que se pasan el día entero mirando una cajita- si ya no los necesitan?

Conclusión. El problema para nosotros no es la IA, que bien podría mejorar en gran medida la calidad de vida de la gente. El problema son nuestros dueños que, con la IA a su servicio, han conseguido la herramienta perfecta para tomar definitivamente el control del mundo.

(https://pepeluengo2.blogspot.com/)

¿DÓNDE ESTÁN LOS 163.000 MILLONES DE EUROS QUE EUROPA PUSO A DISPOSICIÓN DE ESPAÑA?



El 13 de julio de 2021, la Unión Europea aprobó el Plan de Recuperación de España. El 17 de agosto llegaron los primeros 9.000 millones y, en octubre de 2023, el programa alcanzó los 163.000 millones de euros de financiación europea prevista. Una oportunidad histórica para modernizar nuestras infraestructuras, incluida una red ferroviaria que necesitaba inversiones urgentes.

Cinco años después, señor Sánchez, ¿dónde están los resultados? Sabemos de su incompetencia, pero ¿y el dinero?

Porque mientras usted presume de una España maravillosa que solo parece existir en sus discursos, los españoles soportamos averías, retrasos, sistemas de seguridad obsoletos y tragedias ferroviarias que han costado vidas humanas.

Y resulta que, según los datos de la Intervención General de la Administración del Estado, el Ministerio de Transportes de Óscar Puente ejecutó en 2025 apenas el 38,2 % de los fondos europeos presupuestados. ¡Casi 1.200 millones de euros sin ejecutar! Eso sí, para anunciar inversiones y dar lecciones desde las redes sociales parece que nunca falta tiempo.

El Tribunal de Cuentas español ha detectado deficiencias de trazabilidad y control en actuaciones de Adif, mientras el Tribunal de Cuentas Europeo ha advertido de graves carencias de transparencia sobre los costes y resultados de los fondos de recuperación.

Magnífico panorama. Europa pone los recursos a disposición de España, Sánchez vende una modernización histórica, Puente presume de inversiones y los españoles seguimos preguntándonos cuándo llegarán las mejoras prometidas.

Y todavía hay algo más: de aquellos 163.000 millones inicialmente previstos, el Gobierno ha terminado reduciendo el volumen del plan a unos 101.300 millones. ¿Por qué? ¿Qué proyectos se han quedado por el camino? ¿Qué inversiones ferroviarias siguen pendientes?


Que no se diga que Sánchez no invierte en el fe-
rrocarril ... de otros países que no son España
Señor Sánchez, deje de tomarnos por imbéciles. Los españoles sabemos distinguir entre inaugurar una obra y terminarla, entre anunciar millones e invertirlos, entre un tren seguro y un discurso de Óscar Puente -al fin cesado, bajo la apariencia de una "dimisión voluntaria"- asegurando que todo funciona de maravilla.

La propaganda no arregla las vías, las fotografías no modernizan los sistemas de seguridad y las mentiras políticas no sustituyen las inversiones pendientes.

Aquí nadie debería conformarse con otra rueda de prensa llena de cifras millonarias. Queremos saber qué se ha hecho, qué queda por hacer y quién responde por lo que no se ha ejecutado.

Porque administrar dinero público no consiste en presumir de recibirlo, sino en demostrar qué se ha conseguido con él.

Así que, señor Sánchez, ahórrese el próximo discurso triunfalista y responda de una puñetera vez:

¿DÓNDE ESTÁ EL DINERO Y DÓNDE ESTÁN LAS MEJORAS QUE NOS PROMETIERON?

Domingo Martín

ROGER SCRUTON: "EL LENGUAJE INCLUSIVO ES UN ATAQUE CONTRA LA REALIDAD Y CONTRA LA FAMILIA"



Roger Scruton, el filósofo conservador inglés que dedicó su vida a defender lo que la modernidad se empeña en demoler, vio con claridad algo que muchos todavía se niegan a admitir, el llamado lenguaje inclusivo no es un gesto de cortesía ni una ampliación de derechos. Es una operación ideológica. Una forma de neolengua que busca borrar distinciones reales para imponer una ficción igualitaria.

Scruton lo dijo sin rodeos. La corrección política nos exhorta a ser “inclusivos” hasta el extremo de discriminar, no al otro, sino a nosotros mismos. Nos obliga a denigrar lo propio, la cultura heredada, las diferencias entre sexos, la jerarquía natural de la familia, para no ofender a minorías inventadas o reconstruidas a medida. El resultado no es inclusión. Es el rechazo sistemático de la herencia que nos define.

En "Cómo ser conservador" lo expresa con precisión: "El conservadurismo surge de una intuición que todas las personas maduras pueden compartir sin problemas, la percepción de que las cosas buenas son fáciles de destruir pero no son fáciles de crear. Esto es especialmente cierto de las cosas buenas que nos llegan como patrimonio común: paz, libertad, derecho, civismo, espíritu público, la seguridad de la propiedad y la vida familiar …".

Esa intuición es la que el lenguaje inclusivo viene a atacar. Al sustituir el género gramatical por una gramática forzada (“todes”, “elle”, dobles terminaciones absurdas), no se está liberando a nadie. Se está ocultando una verdad biológica y cultural. Scruton recordaba que el término “género” nació en la gramática. Los feministas radicales de los setenta lo tomaron prestado para convertir el sexo, dato biológico inmutable, en una construcción social maleable. Así, el “él” genérico se volvió sospechoso y la distinción entre hombre y mujer quedó convertida en “transgresión”. Cualquiera que insista en la realidad del cuerpo es acusado de fobia. El lenguaje deja de describir el mundo y pasa a reescribirlo según el dogma del momento.

Esta operación no es inocente. Scruton insistía en que la familia es la institución primaria mediante la cual una sociedad se reproduce y transmite el conocimiento moral a los jóvenes. No es un contrato entre adultos autónomos que se disuelve cuando ya no conviene. Es el lugar donde el niño aprende a subordinar el deseo inmediato al bien común, donde se interiorizan deberes que no se eligen, donde la diferencia entre madre y padre no es un estereotipo opresivo sino una complementariedad vital.

Cuando el lenguaje niega esa diferencia, cuando habla de “progenitores” o “cuidadores primarios” en lugar de padres y madres, está preparando el terreno para que la familia deje de ser norma y se convierta en opción entre muchas.

La corrección política, según Scruton, no busca incluir al otro en una comunidad compartida. Busca disolver la comunidad misma. Crea víctimas permanentes y convierte a cualquiera que defienda lo tradicional en el enemigo necesario.

El lenguaje inclusivo es una de sus herramientas más eficaces porque opera en el nivel más profundo, el de las palabras con las que pensamos. Si ya no podemos decir “hombre” o “mujer” sin sentir culpa, si el matrimonio tradicional se presenta como exclusión y no como el marco natural de la procreación y la educación de los hijos, entonces la transmisión de valores se interrumpe. Los niños crecen sin un modelo claro de pertenencia y de responsabilidad duradera.

Scruton no era un nostálgico ingenuo. Sabía que las sociedades cambian. Pero también sabía que lo valioso se destruye con facilidad y se reconstruye con enorme dificultad. La familia tradicional, hombre y mujer unidos en un vínculo orientado a la crianza, no es un invento reciente ni una imposición religiosa. Es el resultado de siglos de experiencia humana sobre cómo se socializa a las nuevas generaciones y se protege a los más vulnerables. Atacar su lenguaje es atacar su realidad.

Hoy, cuando se impone el lenguaje inclusivo en escuelas, oficinas y medios, se está llevando a cabo exactamente esa operación. Se enseña a los jóvenes a desconfiar de las distinciones que hacen posible la convivencia ordenada. Se les dice que la biología es opresiva y que la tradición es sospechosa. El resultado previsible es una sociedad de individuos desvinculados, incapaces de formar lazos estables y, por lo tanto, incapaces de transmitir algo más que sus propios caprichos.

Scruton proponía una resistencia sencilla y radical, seguir hablando con claridad. Usar las palabras como se deben usar. No ceder al miedo de ofender cuando lo que está en juego es la verdad. Defender la familia no como una preferencia privada, sino como el núcleo de cualquier sociedad que pretenda durar más de una generación.

El lenguaje inclusivo promete igualdad y entrega confusión. Y mientras tanto, la familia, esa institución paciente, imperfecta y necesaria, sigue siendo el último lugar donde todavía se puede aprender que no todo es elección, que hay deberes anteriores a nosotros y que la diferencia entre los sexos no es un error a corregir, sino un don a cuidar.

Julio César Cháves

martes, 3 de noviembre de 2026

¿PODEMOS SER TODO LO QUE QUERAMOS SER?



Para empezar, es una pregunta bastante narcisista, ¿no? Si queremos ser algo, entonces, según esta afirmación, podemos serlo, independientemente de lo que eso signifique para los demás o de lo que implique para nuestras propias obligaciones con la realidad.

La cultura liberal “Woke” diría que sí: podemos ser lo que queramos. ¿Cualquier cosa? Según quienes afirman que sí, no del todo. No puedes ser un hombre “tóxico”, ni siquiera un hombre en toda regla, sobre todo si eres blanco. No puedes ser racista, según su definición. No puedes pensar que las mujeres deban desempeñar roles tradicionales. No puedes ser partidario de Trump, conservador ni cristiano. No, no, no. Según la “cultura liberal progresista”, no tienes derecho a adoptar estas identidades.

Sin embargo, sí creen que se puede reescribir el cuerpo (entre otras cosas). Puedes ser mujer aunque tengas pene, o hombre aunque no lo tengas. Sé un “furry”, un mapache, un unicornio. Sé lo que quieras ser. Y no solo puedes “serlo”, sino que todos los que te rodean tienen que reconocer y aceptar lo que dices que eres. Y no solo tienen que “reconocer y aceptar" lo que dices que eres, sino que también tienen que creerlo.

Tomemos como ejemplo a esa persona trans, que cree que es algo que no es porque se identifica con ello. No se limita a aceptar esa afirmación y vivir de acuerdo con ella, sino que insiste en que todos los que la rodean también lo hagan. Llega incluso a intentar cambiar la realidad física que la presenta como del género que ella considera erróneo, sometiéndose a una cirugía para eliminar los rasgos físicos evidentes. Por supuesto, no puede cambiar cada célula de su cuerpo, que está diseñada para el sexo con el que nació. Y, de nuevo, todos los que estamos aquí, incluidos los profesionales médicos que llevan a cabo la transición física, debemos creer también en su convicción mental y emocional.

Para reiterarlo, el concepto liberal de la identidad trans consiste en que una persona no solo desea ser de otro sexo, sino que ha nacido en el cuerpo equivocado. Por lo tanto, necesita adaptar la realidad -la biología sexual física- para que se ajuste a lo que afirma necesitar. Lo cual es muy diferente a afirmar que simplemente lo desea.

Entonces, ¿qué podemos decir sobre lo que queremos ser, en contraposición a lo que somos o a lo que necesitamos ser? Utilizo aquí la situación transgénero como un ejemplo claro y evidente, aunque lo que digo se aplica a muchas otras situaciones, como el “presentismo”, la “cultura de la cancelación”, “la destrucción del mundo por parte de Trump como el 'hombre más malvado del mundo'” y un sinfín de ejemplos más, en distintos grados, por supuesto.

La mayoría de las personas a las que me refiero creen que su forma de ver el mundo no es simplemente una “creencia”, sino, de hecho, una “necesidad”. Para que puedan asimilar la realidad de forma saludable, ésta debe ser primero de una determinada manera. Necesitan que sea así; de lo contrario, no la aceptan como realidad. Si no es como necesitan que sea, optan por una de varias opciones:

1.- Intentan manipular la realidad para que se adapte a sus necesidades (medicamentos, cirugía, en el caso de una persona trans).

2.- Intentan manipular a todos los que les rodean para que reconozcan como realidad lo que ellos necesitan.

3.- Se ponen histéricos y afirman que el mundo se desmorona a su alrededor debido a que éste no se ajusta a lo que ellos necesitan que sea.

¿Qué deberían hacer entonces? Lo que la gente ha hecho desde el principio de la historia de la humanidad: creer en la realidad que se les presenta; y si no pueden cambiarla por medios normales, aceptarla. Ah, un momento. ¿No hay una famosa oración sobre esto?

“Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar las cosas que puedo cambiar y la sabiduría para distinguir la diferencia”

Esa es la versión resumida que todo el mundo conoce.

La oración se atribuye generalmente al teólogo estadounidense Reinhold Niebuhr. Una de sus alumnas, Winnifred Wygal, escribió una versión muy similar en su diario en octubre de 1932 y le atribuyó la autoría: la serenidad para aceptar lo que no puede evitar, y el valor para cambiar lo que debe modificarse.

En 1940 publicó una versión más completa, en la que volvía a mencionar a Niebuhr. La oración fue ganando popularidad y Alcohólicos Anónimos la adoptó a principios de la década de 1940, después de que apareciera en un periódico de Nueva York; así es como se convirtió en la frase tan conocida que es hoy en día.

Niebuhr afirmó más tarde que creía haberlo escrito él mismo. La versión más extensa que se le atribuye tiene un tono ligeramente diferente:

“Dios, danos la gracia de aceptar con serenidad las cosas que no podemos cambiar, el valor para cambiar las cosas que debemos cambiar y la sabiduría para distinguir unas de otras”

La misma idea. Acepta lo que no se puede cambiar. Cambia lo que sí se puede. Y distingue entre unas cosas y otras.

Pero hay otro aspecto. Está el deseo, está la necesidad y también está la convicción.

Si una persona cree que es Napoleón, o que es Jesús, ¿es por ello que es esas cosas? ¿Vive en esa realidad alternativa simplemente porque cree que es así?

Pero, en realidad, no lo es. No es Napoleón, ni tampoco Jesús. Lo catalogamos como una enfermedad mental, como una psicosis: un trastorno en el que una persona cree algo que no se ajusta a la realidad, sea cual sea esta.

Si no es Jesús, pero cree que lo es, no concuerda con la opinión generalizada de que Jesús vivió hace dos mil años y de que no se puede ser algo que uno no es.

La cultura liberal moderna considera la identidad como una cuestión de elección o de sentimiento interno. En el caso del sexo, esto se traduce en la afirmación de que una persona puede reivindicar pertenecer al otro sexo a pesar de la programación biológica presente en cada célula de su cuerpo.

Fíjate en cómo va la evolución. Al principio es un deseo: quiero ser del otro sexo. Luego se convierte en una necesidad: Necesito modificar mi cuerpo para que se ajuste a esa afirmación interior. Y, finalmente, se convierte en una creencia: Soy del otro sexo, y lo que falla es el cuerpo.

Querer es un deseo. Necesitar es una exigencia de que el mundo se reordene en torno a ese deseo. Creer es una afirmación sobre lo que es.

Sobre las dos primeras se puede discutir. La tercera es una afirmación de hecho, y una afirmación de hecho o se ajusta a la realidad o no. Creerse Napoleón no convierte a nadie en Napoleón. Creerse del otro sexo no convierte a nadie en del otro sexo. El cuerpo no negocia, ni siquiera cuando se le mutila en un intento por ajustarse.


La realidad no es un concepto flexible dictado por el individuo. Nadie puede ser algo que no es, independientemente de la intensidad de su convicción o de su deseo de modificar su aspecto físico.

Y el mundo en sí mismo, la guerra, Trump, la historia, no pueden ser algo que no son, aunque un grupo de personas primero quiera que lo sean, luego necesiten que lo sean y, finalmente, crean que es la única forma en que pueden ser.

Todd Hayen
(Fuente: https://off-guardian.org/; visto en https://t.me/counterpropaganda20/)