sábado, 13 de junio de 2026

¿POR QUÉ QUEDAN INFRAESTRUCTURAS EN PIE EN ISRAEL? ALGO NO CUADRA



Cien días de oleadas de misiles hipersónicos contra Israel. Más de cien ataques declarados. Y el país, del tamaño ridículo de Israel, sigue en pie. Tel Aviv casi intacta. Aeropuertos operativos. Bases aéreas lanzando bombardeos sobre Líbano y Gaza. Suministro eléctrico funcionando. Si aceptamos los datos que circulan como ciertos –y nosotros los damos por buenos–, nos enfrentamos a una anomalía estratégica que ninguna defensa antimisiles puede explicar. Los sistemas de interceptación se saturan, se agotan, fallan. Cien días de saturación continua deberían haber dejado un reguero de infraestructuras críticas destruidas. No ha ocurrido.

La conclusión es ineludible: o los misiles no impactan donde se dice, o no están destinados a destruir Israel. Nos inclinamos por lo segundo. Nuestra hipótesis, basada en la persistencia de los hechos, es que esos proyectiles se dirigen contra infraestructuras energéticas en el Gran Oriente Medio. Se ataca a países que deberían ser neutrales o aliados de Irán, socavando sus redes eléctricas, sus oleoductos, sus refinerías. El efecto colateral es el colapso económico y logístico del mundo occidental, que depende de esa energía. Israel, lejos de ser víctima, sería el socio entusiasta de esa destrucción. Lleva décadas queriendo derribar a Estados Unidos y a Europa, y ahora tiene el pretexto perfecto.

No es una teoría conspirativa. Es una lectura fría de lo observable: después de cien días de castigo teóricamente devastador, el agredido sigue siendo el agresor más activo de la región. Los pueblos libaneses son volados con cableado previo, lo que demuestra ausencia total de resistencia. ¿Qué pasó con sus habitantes? No se nos informa. Se nos habla de evacuaciones, pero no se nos facilitan las imágenes, fiando lo que se nos cuenta a la credulidad del público. El silencio informativo es parte del mecanismo.

Por tanto, desde El Sextante afirmamos lo siguiente: la guerra no es lo que parece. Los misiles iraníes no buscan tumbar a Israel. Buscan reconfigurar el tablero energético mundial, con la complicidad tácita de un Estado israelí que necesita mantener el conflicto eterno para justificar su propia existencia belicista. La pregunta que nadie hace ya tiene respuesta: Israel sigue en pie porque nunca ha estado en el punto de mira. El verdadero blanco está al este, en los pozos de petróleo y los gasoductos. Y mientras el público mira los fogonazos en Tel Aviv, las grandes potencias occidentales sangran lentamente por el flanco energético. Eso es lo que está ocurriendo. No nos gusta, pero es lo que vemos.

Desde El Sextante mantenemos la mirada fría. Si nuestra hipótesis es correcta –misiles iraníes contra infraestructura energética del Gran Oriente Medio, no contra Israel–, entonces lo que hemos visto en estos cien días no es el clímax, sino el calentamiento. Lo que nos espera es una progresión lógica que podemos anticipar en tres fases.

Primera fase, ya en curso: el colapso silencioso de la capacidad energética occidental. Europa y Estados Unidos dependen de los flujos de petróleo y gas del Golfo, del mar Rojo, del Mediterráneo oriental. Cada refinería dañada, cada oleoducto cortado, cada planta de licuefacción fuera de servicio eleva los precios y erosiona la industria. No veremos ciudades ardiendo. Veremos facturas imposibles, fábricas cerrando, protestas sociales. Occidente no caerá por un misil nuclear, sino por una factura de la luz que nadie puede pagar. Eso ya está empezando.

Segunda fase: Israel abandonará la máscara. Hasta ahora, el relato oficial lo presenta como víctima que se defiende. Pero si la presión energética sobre Occidente se intensifica, Israel dejará de necesitar coartadas. Comenzará a bombardear abiertamente objetivos energéticos en países árabes que aún dudan, acusándolos de almacenar armas para Irán. Los aliados occidentales, ya debilitados, no podrán intervenir. Veremos ataques israelíes contra Yemen, Omán, incluso contra instalaciones en el Cáucaso. Cada ataque será presentado como una respuesta preventiva. En realidad será una ejecución planificada.

Tercera fase: el gran realineamiento. Cuando Occidente esté lo suficientemente desgastado –sin capacidad de proyectar poder naval ni aéreo–, Israel e Irán sellarán un pacto público bajo otro nombre. Los misiles dejarán de volar de repente. Se anunciará un alto el fuego. Y los dos países, que nunca fueron enemigos reales, se repartirán las zonas de influencia: Irán dominará el Golfo y el sur de Asia; Israel dominará el Mediterráneo y África. Estados Unidos, reducido a una potencia regional, aceptará cualquier acuerdo que le garantice migajas de energía. Europa se fragmentará.

¿Qué nos espera, pues? Una guerra que no termina hasta que Occidente deje de ser el centro del mundo. No habrá un día D, ni una rendición firmada. Habrá un invierno perpetuo, una decadencia administrada. Nosotros, desde El Sextante, solo podemos advertirlo. No para alarmar, sino para que nadie diga después que no lo vimos llegar.

La conclusión final de El Sextante, con esta nueva visión, es la siguiente: la guerra de los cien días no es una guerra entre Irán e Israel. Es una guerra de Israel contra Europa, librada con misiles iraníes como coartada. Irán puede ser un socio inconsciente o un títere útil. Da igual. El resultado previsto es una Europa descoyuntada, sin energía, sin industria, sin capacidad de reacción. Y Estados Unidos, agarrado a Israel como un ahogado a su lastre, hundiéndose con él. La probabilidad de que este escenario sea mayoritariamente cierto la fijamos en el 55%. Suficiente para actuar en consecuencia, aunque no para cantar victoria.

Aún existe la posibilidad de que Israel sea simplemente un actor racional que busca su seguridad inmediata, sin un plan milenario de destrucción de occidente como civilización competitiva. Pero hechos como la saña con la que Israel ha actuado en Líbano y Gaza, el desprecio explícito por el derecho internacional europeo, y la alegría con la que ha recibido el debilitamiento alemán y francés tras la crisis energética de 2022 no parecen accidentales.

En cuanto a Estados Unidos, nuestra probabilidad de que termine destruido y reducido a fuerza regional –no por ataque directo de Israel, sino por inacción forzada y desgaste– es del 70%. Israel no necesita destruir a EE.UU. con misiles. Le basta con arrastrarlo a guerras interminables que devoren su tesoro, su industria y su cohesión social. EE.UU. no puede retirarse porque su clase política está cautiva del lobby israelí. Así, caminan juntos hacia el precipicio, pero solo uno de ellos sabe que el precipicio estaba en el mapa desde el principio.

EL SEXTANTE
(Fuente: https://acratasnet.wordpress.com/)

EL FÚTBOL ES UN RITUAL


NUESTRO CERTIFICADO DE NACIMIENTO ES NUESTRO ALTA EN UN SISTEMA DE ESCLAVITUD




Con el Certificado de Nacimiento se formaliza un registro de cada ciudadano cuando nace en un papel de “seguridad”. Dicho registro se aporta en el futuro para valorar el número de acciones otorgable a dicho pais; cuantas mas acciones (=Shares) aporte un pais, mas crédito puede pedir a los bancos; una vez pedido el préstamo y contraído la deuda, imposible de pagar, el paso siguiente en el fraude ocurre cuando los países que se ponen en valoración y en venta, por ejemplo: Republica de Colombia y de Portugal, que se registran como empresas en la SEC (Securities Exchange Comission=Comisión de Intercambio de Securities Americana).


Sí, España también

El certificado de nacimiento es un papel en donde se determinan las expectativas de beneficio de un pais con cada ser humano que nace, por tanto los ciudadanos son usados como mercancías e intercambiados sus valores por los estados.


(https://t.me/guerrerosestoicos/)

viernes, 12 de junio de 2026

SI EUROPA PERSISTE EN ENFRENTARSE A RUSIA, CAVARÁ SU PROPIA TUMBA



"Si Europa persiste en su intento de infligir una derrota estratégica a Rusia, cavará su propia tumba, porque una potencia nuclear no puede ser derrotada".

Esta advertencia, formulada con la contundencia que caracteriza la diplomacia rusa, fue lanzada por el viceministro de Asuntos Exteriores de Rusia, Serguéi Ryabkov, durante su intervención en la Conferencia Internacional de Seguridad celebrada en Moscú el pasado 27 de mayo de 2026. Así lo consignó el periodista Bill Jones en su cobertura para EIR el mismo día, y es desde esa fuente desde donde conviene extraer la materia prima de un análisis que no solo informa, sino que invita a la reflexión sobre el precario equilibrio geopolítico contemporáneo. Ryabkov, figura central en la arquitectura de seguridad rusa, no empleó metáforas gratuitas: al afirmar que Europa cavará su propia tumba si mantiene su rumbo de confrontación, el viceministro articuló una doctrina que combina realismo nuclear con una lectura muy particular del momento histórico, aquel en que una potencia atómica no puede ser reducida por medios convencionales ni mediante asfixia estratégica.

La declaración de Ryabkov se inscribe en un contexto de creciente tensión entre Rusia y el bloque occidental, pero con un matiz distintivo: mientras que las relaciones entre Estados Unidos y Rusia, aunque “extremadamente complejas”, muestran signos de avance -lentos, viscosos, “a cucharaditas”, según la gráfica expresión del diplomático-, los europeos parecen haber quedado atrapados en un embudo autodestructivo. “El tiempo dirá en qué medida esta bacanal antirrusa ayuda a Europa a encontrarse a sí misma y a formar parte de cierta figura geométrica, en lugar de ser absorbida por un embudo”, sentenció Ryabkov. Esta imagen del embudo es particularmente elocuente: sugiere una fuerza centrípeta que arrastra al Viejo Continente hacia un vacío de sentido estratégico, lejos de los centros de decisión globales que hoy se configuran en torno a nuevos ejes, entre los cuales la relación ruso-china ocupa un lugar sobresaliente. Ryabkov elogió este vínculo bilateral como una alianza “sin análogos, creo, ni siquiera en la historia”, palabras que no deben leerse como un simple formalismo protocolar, sino como la constatación de un realineamiento tectónico.

Lo más inquietante del discurso de Ryabkov, sin embargo, no es la advertencia explícita -Europa cavará su propia tumba- sino la subyacente certeza de que el único camino para desactivar la lógica de guerra pasa por estabilizar la relación entre Rusia y Estados Unidos. De ahí la importancia simbólica del “espíritu de Anchorage”, ese clima de confianza que, según el viceministro, existió entre los dos presidentes cuando se reunieron en Alaska. Ryabkov reveló también que la posición rusa sobre Ucrania fue transmitida al presidente Donald Trump a través del secretario de Estado, Marco Rubio, y que este último “prestó cuidadosa atención a todas las señales enviadas por nuestro ministro”. El comunicado del Departamento de Estado, aunque calificado por Ryabkov como “más bien protocolar”, confirmó que se abordó el conflicto en Ucrania, si bien sin detalles sustanciales. Esa opacidad, lejos de ser un defecto, constituye quizás la prueba más elocuente de que las negociaciones reales avanzan por canales que la opinión pública apenas atisba.

La idea de que Europa cavará su propia tumba al insistir en la derrota estratégica de Rusia descansa sobre un postulado nuclear inquebrantable: una potencia atómica no puede ser derrotada en el sentido militar clásico sin desencadenar una catástrofe de proporciones civilizatorias. Ryabkov no está predicando un triunfalismo vacío, sino señalando un límite ontológico de la guerra moderna. Para el lector europeo, la advertencia resuena con una crudeza incómoda: ¿acaso las capitales del continente están dispuestas a cavar su propia tumba por un conflicto cuya resolución última no depende de ellas, sino del pulso entre Washington y Moscú? La respuesta, según la lógica del viceministro ruso, es un silencio ensordecedor. Porque mientras los europeos se entregan a una “bacanal antirrusa”, los verdaderos actores geopolíticos -Rusia, China y Estados Unidos- negocian a cucharaditas el armisticio de un mundo que aún no sabe si saltará o se desarmará. En esa incertidumbre, la frase de Ryabkov se erige no solo como una predicción, sino como un epitafio anticipado para una Europa que, de no rectificar, podría encontrarse, en efecto, cavando su propia tumba bajo el peso de sus propias contradicciones estratégicas.

(Visto en https://mentealternativa.com/)

ALEMANIA: FÍATE DE TU GOBIERNO (Y NO CORRAS)


CUANDO SE HA IDO DEMASIADO LEJOS



El ministro de Justicia de Francia, Gérald Darmanin, ha planteado la posibilidad de suspender durante tres años la entrada de inmigrantes, incluso de manera legal, porque considera que el país ha llegado a su «límite» en «capacidad de integración y asimilación».

(https://theobjective.com/)

jueves, 11 de junio de 2026

DE LA HEGEMONÍA UNIPOLAR A LA MULTIPOLARIDAD: LECCIONES DE LA GUERRA DE IRÁN



El Club Internacional de Debate Valdai de Rusia publicó recientemente un artículo analítico titulado "De la hegemonía unipolar a un orden multipolar: lecciones, resultados, impacto y tendencias futuras del conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán de 2026".

El artículo sostiene que este conflicto no fue en absoluto una guerra tradicional entre Estados, sino más bien un momento crucial en la transformación de las estructuras de seguridad regionales y globales. Destaca que su esencia radica en una confrontación integral y multidimensional que abarca dimensiones militares, económicas, cibernéticas, psicológicas, cognitivas y mediáticas. El autor argumenta que este conflicto no solo aceleró los cambios estructurales en el sistema internacional y sacudió la «hegemonía absoluta» de Estados Unidos, sino que también puso de relieve la importancia de la disuasión asimétrica y la resiliencia estratégica en la competencia geopolítica contemporánea.


El artículo desarrolla su argumento en cuatro dimensiones: primero, las lecciones clave que surgen del conflicto; segundo, los logros estratégicos alcanzados por Irán; tercero, las repercusiones regionales e internacionales; y cuarto, la trayectoria futura de las relaciones entre Estados Unidos e Irán y la seguridad regional. Su argumento central es que la guerra ha refutado el papel decisivo de la mera superioridad militar, ha confirmado el papel fundamental del capital social y la cohesión interna en la confrontación moderna, y ha reafirmado la influencia de la ubicación geográfica, los corredores energéticos y la guerra cognitiva en la configuración de los resultados estratégicos.

El estudio también señala que el orden internacional de la posguerra adoptará cada vez más la forma de multipolaridad, competencia estratégica, inestabilidad controlada y disuasión híbrida. La futura arquitectura de seguridad de Oriente Medio probablemente estará entrelazada con la confrontación, la cooperación selectiva y las persistentes tensiones geopolíticas.

I. Introducción

El conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán de 2026 se considera uno de los puntos de inflexión geopolíticos más importantes de principios del siglo XXI, que estalla en un contexto de creciente competencia global, una reestructuración de la dinámica de poder y desacuerdos cada vez más agudos sobre las reglas del sistema internacional.

A diferencia de las guerras tradicionales, caracterizadas por líneas de frente claras y objetivos militares definidos, este conflicto adoptó la forma de una confrontación híbrida clásica. Las operaciones militares convencionales se entrelazaron profundamente con la guerra cibernética, las sanciones económicas, la presión energética, la infiltración de inteligencia, la guerra psicológica y extensas batallas mediáticas. Reflejaba la tendencia hacia la totalización de la guerra moderna, en la que los límites entre guerra y paz, militar y civil, y nacional e internacional se difuminan cada vez más.


En esencia, el conflicto es un choque entre dos orientaciones estratégicas: Estados Unidos e Israel persiguen un enfoque de dominio coercitivo, con el objetivo de mantener la superioridad regional, obligar al adversario a someterse y remodelar el entorno estratégico mediante el uso de la fuerza; Irán, por su parte, se adhiere a una estrategia de supervivencia y defensa, cuyos objetivos principales se centran en salvaguardar la soberanía, la disuasión asimétrica, la resiliencia social y la capacidad de resistir la presión.

Esta guerra no solo ha transformado el equilibrio de poder regional, sino que también ha catalizado profundos cambios estructurales en el sistema global, que se manifiestan principalmente en el declive de la hegemonía unipolar, el surgimiento de un panorama multipolar, el auge de la disuasión asimétrica y la creciente tendencia hacia la instrumentalización de las herramientas económicas y de la información como armas.

II. Lecciones clave

1. La naturaleza multidominio de la guerra moderna


La principal lección del conflicto radica en la confirmación de la naturaleza multidominio de los conflictos contemporáneos. La guerra ya no se limita al ámbito militar, sino que se extiende profundamente a múltiples esferas interconectadas, incluyendo los sistemas económicos, la infraestructura cibernética, el ecosistema mediático, las operaciones psicológicas y la percepción cognitiva.

El curso de las hostilidades demuestra que el éxito o el fracaso de los conflictos modernos no solo depende de las victorias en el campo de batalla, sino también de la capacidad integral para moldear narrativas, manipular percepciones, perturbar los sistemas financieros y gestionar la resiliencia social. Si bien el poder militar sigue siendo importante, ya no basta por sí solo para garantizar la victoria.

2. La división entre dominio y supervivencia

El conflicto pone de relieve la división fundamental entre las dos orientaciones estratégicas de "dominio" y "supervivencia". Las grandes potencias dominantes suelen buscar una victoria rápida destinada a reestructurar los sistemas políticos de sus oponentes, mientras que los estados orientados a la supervivencia priorizan la resistencia, la resiliencia y el desgaste a largo plazo.

Estados Unidos y sus aliados persiguen estrategias de transformación forzada y cambio de régimen, mientras que Irán caracteriza el conflicto como una lucha por la supervivencia. Esta asimetría en la percepción estratégica no solo ha condicionado el curso de la guerra, sino que también ha provocado el fracaso total de los objetivos basados ​​en intenciones de dominación.

3. Los pilares fundamentales del capital social

El conflicto ha puesto de relieve el valor estratégico del capital social. La cohesión nacional, la identidad colectiva, la confianza política y la solidaridad social se han convertido en los pilares fundamentales de la resiliencia estratégica.

Para Irán, la unidad interna ha tenido un efecto multiplicador significativo. La cohesión social no solo ha frustrado eficazmente los intentos externos de subversión al estilo de las "revoluciones de colores", sino que también ha mantenido la continuidad y la estabilidad de las operaciones del sistema bajo la intensa presión de la crisis. Esto indica que el resultado de la guerra moderna depende cada vez más de la profundidad de la resiliencia social, más que simplemente del agotamiento de las reservas de poder militar de una nación.

4. La ventaja de la guerra asimétrica en términos de rentabilidad

El conflicto ha puesto de relieve la importancia de la autonomía estratégica y la autosuficiencia en la defensa nacional. Mediante el fortalecimiento de las capacidades internas, la construcción de una arquitectura de defensa distribuida y la adopción generalizada de tecnologías militares de bajo costo, Irán ha demostrado con éxito la viabilidad de utilizar medios asimétricos para contrarrestar a adversarios de alta tecnología.

En particular, los sistemas de ataque de producción masiva, como los drones, los misiles balísticos y los escuadrones de lanchas rápidas de ataque, han desempeñado un papel decisivo en la reconfiguración de la estructura de costos de los conflictos. El conflicto ha demostrado que, si bien la complejidad técnica individual de estos sistemas puede no igualar la del equipo de combate principal del adversario, pueden, gracias a sus costos de despliegue y desgaste extremadamente bajos, obligar a adversarios tecnológicamente avanzados a asumir gastos de defensa desproporcionados, logrando así un desgaste estratégico contra un enemigo poderoso a nivel macro.

5. La ventaja fundamental de los factores geoespaciales

A pesar de los rápidos avances en la tecnología militar, el entorno geoespacial sigue siendo un requisito indispensable para determinar el curso de la batalla. El terreno, la profundidad estratégica, el despliegue disperso y las condiciones meteorológicas limitan constantemente el pleno desarrollo de las capacidades de combate.

Aprovechando el complejo terreno montañoso, las fortificaciones subterráneas y la infraestructura defensiva descentralizada, Irán ha mejorado significativamente su capacidad de supervivencia en el campo de batalla y su resiliencia operativa. Este enfoque refuta contundentemente la noción de «determinismo tecnológico» y demuestra, una vez más, la vigencia de los principios geopolíticos clásicos en la guerra híbrida moderna.

6. El papel estratégico del dominio cognitivo

El conflicto ha consolidado aún más el dominio cognitivo como un campo de batalla independiente. La construcción narrativa, la guía cognitiva y el flujo de información se han integrado profundamente en todo el proceso de competencia estratégica. Todas las partes intentan monopolizar el derecho a definir el discurso sobre la legitimidad, la determinación de la victoria o la derrota y la justicia. Perder el control de la narrativa anulará directamente las ventajas tácticas militares, mientras que una gestión cognitiva exitosa puede potenciar significativamente la eficacia estratégica.

III. Logros estratégicos de Irán

1. La estabilidad de la supervivencia del régimen


Durante el conflicto, el principal logro de Irán fue mantener la estabilidad de su régimen e instituciones. Ante una presión constante e intensa, el Estado no solo conservó el funcionamiento normal de su maquinaria administrativa y la estabilidad interna básica, sino que también garantizó la integridad de sus funciones de gobierno fundamentales. Los complots subversivos orquestados por fuerzas externas fracasaron, y su marco político institucional se mantuvo estable bajo una presión extrema, sin mostrar signos de fractura ni colapso.

2. La complejización del marco de disuasión

El conflicto obligó a Irán a perfeccionar su compleja arquitectura de disuasión. Esta arquitectura ha trascendido los parámetros militares tradicionales, integrando capacidades de guerra cibernética, capacidades de negación marítima, sistemas de ataque con misiles, una red de aliados regionales y medidas de disuasión cognitiva. La naturaleza de la disuasión ha experimentado, por tanto, una transformación cualitativa, evolucionando de una mera demostración de fuerza militar a un sistema complejo que integra profundamente contramedidas económicas, manipulación de la información y maniobras geopolíticas.

3. El poder de negociación del estrecho como activo estratégico.

El estrecho de Ormuz se ha convertido en el principal activo estratégico de Irán en este conflicto. Como punto estratégico para el suministro energético mundial, su valor geopolítico aumenta significativamente en tiempos de guerra. El control de las rutas marítimas y el transporte de energía otorga a Irán mayor poder de negociación en la competencia estratégica regional y global.


4. La eficacia de la imposición de costos

Irán empleó tácticas asimétricas para imponer costos efectivos a un adversario con tecnología superior. El conflicto demostró que la asimetría de costos se ha convertido en una característica definitoria de la guerra moderna, donde los sistemas de ataque de bajo costo son suficientes para forzar a un enemigo poderoso a un ciclo defensivo costoso y reactivo. Este mecanismo llevó el conflicto a un prolongado punto muerto centrado en el desgaste y la resistencia.

5. El efecto cohesivo en la identidad nacional

Más allá de los logros militares tangibles, Irán también ha cosechado importantes beneficios morales y simbólicos. El conflicto ha impulsado la cohesión nacional, fortalecido la identificación pública con el Estado y consolidado la unidad social. Este conflicto ha transformado a Irán en una potencia regional que persigue con firmeza un camino independiente, mostrando al mundo su singular patrimonio histórico y cultural, así como su autonomía estratégica.

IV. Impacto regional e internacional

1. El colapso del orden unipolar

El conflicto desencadenó el colapso del orden unipolar que había prevalecido a finales de la Guerra Fría. El hecho de que ninguna potencia pudiera alcanzar un dominio estratégico decisivo refleja profundamente el cambio fundamental en el equilibrio de poder global.

2. Limitaciones internas a la toma de decisiones de las grandes potencias

Los conflictos han puesto de manifiesto las limitaciones que la dinámica política interna impone a la toma de decisiones en política exterior. La polarización política, las fricciones institucionales y las presiones en torno a la legitimidad del gobierno han reducido significativamente el alcance y la flexibilidad de la toma de decisiones estratégicas entre las grandes potencias.

3. Fisuras internas en el sistema de alianzas

El conflicto ha puesto al descubierto profundas fisuras dentro del sistema de alianzas. Las percepciones erróneas de las amenazas y los intereses estratégicos divergentes entre los aliados han socavado gravemente la cohesión interna y la capacidad de llevar a cabo operaciones coordinadas.

4. La instrumentalización de las herramientas económicas

Medidas como las sanciones, las restricciones comerciales y los embargos energéticos se han convertido en armas fundamentales en la competencia geopolítica. La interdependencia económica, en su sentido tradicional, se está convirtiendo cada vez más en una fuente primordial de vulnerabilidad estratégica.

5. Formación acelerada de un orden multipolar

El conflicto ha acelerado la formación de un sistema internacional multipolar. Este se caracteriza por la coexistencia de múltiples centros de poder, una clara tendencia hacia alianzas diferenciadas y la fragmentación de las estructuras de gobernanza global.

V. Análisis de tendencias

1. Estabilidad mediante el equilibrio basado en la disuasión mutua

Las partes en conflicto han establecido un equilibrio estratégico basado en la disuasión mutua, evitando así el estallido de una confrontación directa a gran escala. Si bien persiste una dinámica competitiva a largo plazo, ambas partes mantienen la escalada del conflicto por debajo de un cierto umbral.

2. Confrontación limitada bajo contención normalizada

La confrontación se consolidará en una nueva normalidad de "lucha sin ceder". Si bien las partes no buscan una reconciliación integral, utilizarán los canales de comunicación y los contactos diplomáticos existentes para establecer barreras de contención en la crisis, evitando que una escalada accidental provoque que la situación se descontrole.

3. Juegos híbridos en la zona gris

La naturaleza de la confrontación se desplazará hacia la zona gris. Recurriendo a actores no estatales, ciberataques y defensas, presión económica y guerra cognitiva, las partes continuarán con juegos indirectos de baja intensidad y alta frecuencia.

4. Compromiso diplomático altamente frágil

En ocasiones pueden producirse concesiones temporales en áreas específicas, pero debido a una profunda falta de confianza mutua y a los cambios políticos internos, cualquier acuerdo alcanzado corre un riesgo extremadamente alto de ser incumplido.

5. Un orden multipolar en transición

Oriente Medio entrará en un prolongado período de transición hacia la multipolaridad. Con el ascenso y la caída de potencias antiguas y nuevas, surgirá un panorama complejo caracterizado por la reestructuración de los equilibrios estratégicos, el debilitamiento de las alianzas y la coexistencia de competencia y cooperación.

VI. Conclusión

El conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán en 2026 marcó un hito en la política internacional, anunciando el comienzo de la era posthegemónica. El conflicto no solo desmintió la idea de que la superioridad militar tradicional por sí sola determina la victoria, sino que también puso de manifiesto la importancia fundamental de la disuasión asimétrica, la resiliencia social, la dinámica geoespacial y la guerra cognitiva en los conflictos modernos.


El conflicto ha erosionado los cimientos de la hegemonía unipolar, obligando al sistema internacional a acelerar su evolución hacia la multipolaridad. Revela una cruda realidad: el entorno de seguridad contemporáneo se ha transformado en un sistema complejo donde el poder militar, las estructuras económicas, el ecosistema informativo y la resiliencia social están profundamente interrelacionados e interactúan dinámicamente.

De cara al futuro, es probable que Oriente Medio se caracterice por una «competencia estratégica normalizada, una inestabilidad controlada y una participación diplomática selectiva». Sin embargo, para lograr una verdadera estabilidad y paz a largo plazo, la disuasión y el desgaste por sí solos distan mucho de ser suficientes; en última instancia, el éxito dependerá de la construcción de una arquitectura de seguridad regional inclusiva y una coordinación sostenida entre las principales potencias.

(Fuente: https://chinabeyondthewall.org/; visto en https://www.verdadypaciencia.com/)