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miércoles, 8 de abril de 2026
DESDE 2002 EL PENTÁGONO SABÍA QUE SU ESTRATEGIA CONTRA IRÁN LE ABOCABA AL DESASTRE
Corría el verano de 2002 y los Estados Unidos de América estaban en esa fase de la soberbia imperial que los griegos llamaban hybris y que nosotros, más castizos, decimos "venirse arriba", y en el Pentágono había generales que dormían con el manual de la "guerra en red" bajo la almohada como si fuera el catecismo. La idea era moderna, reluciente, casi filosófica: con suficiente tecnología, suficientes satélites y suficientes pantallas parpadeando en salas climatizadas, cualquier guerra podía ganarse desde la comodidad de un despacho antes de que al enemigo le diera tiempo a ponerse los zapatos. Para demostrar esta tesis deslumbrante, el Pentágono organizó el ejercicio militar más caro de su historia: 250 millones de dólares, 13.500 participantes y dos años de preparación. Lo llamaron "Millennium Challenge 2002", que suena a concurso de televisión pero era, en realidad, un ensayo de guerra contra un país del Golfo Pérsico al que llamaron, con discreción que engañaba a nadie, "la Fuerza Roja". El país en cuestión era, con toda evidencia, Irán. Un régimen nacionalista, un estrecho estratégico, misiles apuntando al tráfico marítimo. Faltaba el cartel de neón, pero poco más.
Para ponerse al mando de ese Irán ficticio eligieron al teniente general retirado Paul K. Van Riper, veterano de Vietnam, dos veces condecorado con la Medalla de Plata y conocido en los círculos militares como hombre de pocas contemplaciones. Fue una elección que, a la postre, resultó ser tan brillante como imprudente, dependiendo del lado desde el que se mire. Van Riper llegó al ejercicio con la cabeza bien amueblada y una convicción clara: si le daban un ejército inferior en medios, tecnología y presupuesto, lo único razonable era no jugar al juego del contrario. Así que no lo jugó.
Mientras la flota americana -portaaviones, cruceros, fragatas, el armamento más sofisticado que había visto el mundo- entraba majestuosamente en el Golfo Pérsico con sus radares encendidos, sus sistemas Aegis a pleno rendimiento y su fe inquebrantable en los algoritmos, Van Riper se comunicaba con sus tropas mediante mensajeros en motocicleta y señales luminosas desde los minaretes de las mezquitas, aprovechando la llamada a la oración. Sin frecuencias de radio que interceptar. Sin huella digital. Sin rastro. Pura táctica de la Segunda Guerra Mundial burlando al siglo XXI.
Cuando el ultimátum americano llegó al bando rojo -ocho puntos, el último de los cuales equivalía a rendirse sin condiciones-, Van Riper tomó nota, se alisó el uniforme y ordenó atacar primero. Lo que siguió duró, según las fuentes más conservadoras, diez minutos. Según otras, veinte. Una andanada masiva de misiles crucero disparados desde barcos mercantes -nadie lo esperaba- saturó los radares Aegis, diseñados para amenazas convencionales en aguas abiertas y absolutamente desbordados por aquel caos de blancos simultáneos y trayectorias imposibles. Simultáneamente, un enjambre de lanchas rápidas cargadas de explosivos se lanzó en misiones suicidas contra el casco de los grandes buques. Dieciséis navíos de guerra americanos se fueron al fondo del Golfo Pérsico. Un portaaviones, cruceros, buques anfibios. Miles de bajas, en este caso simuladas. La mayor catástrofe naval estadounidense desde Pearl Harbor, pero esta vez en los ordenadores de Fort Lauderdale, Florida.
Entonces el Pentágono hizo lo único que podía hacer en semejante tesitura: trampa. Pararon el ejercicio. Reflotaron los barcos hundidos. Literalmente: teclearon un comando y los buques volvieron a aparecer en la pantalla, enteros y relucientes, como si nada hubiera pasado. Después impusieron nuevas normas: Van Riper no podía derribar los aviones que traían tropas de desembarco. Estaba obligado a encender su radar antiaéreo para que los americanos pudieran destruirlo cómodamente. No podía usar armas químicas. No podía, en definitiva, hacer nada que pusiera en aprietos al equipo azul. Los organizadores llegaron a dar instrucciones directamente a los subordinados de Van Riper, saltándose su cadena de mando, para asegurarse de que la Fuerza Roja perdiera con la corrección debida.
Van Riper aguantó una semana. Después dimitió, con toda la dignidad que cabe en un hombre de tres estrellas, y se fue a casa a redactar un informe de veintiún páginas que fue clasificado inmediatamente como secreto. Antes de marcharse, le dijo a quien quiso escucharle: "Los ordenadores en Saigón decían que estábamos ganando la guerra. Y allá en los arrozales de Vietnam, nosotros sabíamos perfectamente que no la estábamos ganando." El informe de Van Riper acabó filtrándose al Army Times, que lo publicó bajo el titular inequívoco: "¿Juegos de guerra amañados? Un general dice que el Millennium Challenge 02 estaba escrito de antemano." La reacción del Pentágono fue fulminante: negarlo todo y llamar a Van Riper "un tipo muy listo", que en boca de un vicealmirante americano no es exactamente un cumplido.
Y no acaba aquí la cosa, que ya sería suficiente, porque incluso con el equipo rojo maniatado, con el guion escrito y la baraja marcada, Irán sobrevivió. El régimen ficticio siguió en pie al final del ejercicio. Los americanos destruyeron su capacidad militar, sí. Pero el dictador seguía sentado en su silla.
La lección del Millennium Challenge 2002 no era que la armada americana fuera de cartón piedra. Era algo más molesto e incómodo: que la soberbia tecnológica tiene un talón de Aquiles, que el enemigo que planeas combatir rara vez es el que se presenta, y que cuando el simulacro te sale mal y en lugar de aprender haces trampa, la factura la acabas pagando en el único escenario donde no existe el botón de reinicio. Ese que se llama la guerra de verdad.
(Fuente: Historias de la Historia)
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