miércoles, 8 de abril de 2026

NOTICIAS DEL EMPERADOR LOCO



Hay un hecho que ocurrió el lunes 6 de abril que merece detenerse en él con la atención que requiere, porque condensa en unos pocos minutos de conferencia de prensa todo lo que este análisis ha intentado documentar semana a semana: el analfabetismo moral del hombre más poderoso del mundo.

Trump amenazó con encarcelar al periodista que publicó la noticia sobre el segundo tripulante desaparecido si ese periodista se negaba a revelar su fuente. Sus palabras exactas, pronunciadas ante las cámaras con la misma naturalidad con la que describió el rescate del piloto como una de las operaciones más audaces de la historia, fueron las siguientes: "Vamos a ir a la empresa que lo publicó y vamos a decir: 'Seguridad nacional. Entréguenlo o vayan a la cárcel'."

Detengámonos un momento en lo que esto significa. Un presidente de los Estados Unidos, el país que durante doscientos cincuenta años se presentó al mundo como el guardián de la libertad de prensa y el estado de derecho, amenazó públicamente con encarcelar a un periodista por ejercer la función más elemental del periodismo: informar al público sobre lo que su gobierno hace en su nombre y con su dinero. No lo dijo en privado ni en un arrebato que después desmintió. Lo dijo en una conferencia de prensa, con el secretario de Defensa a su lado, en el cuarto más filmado del mundo.

Pero la amenaza contra el periodista es solo la capa más visible del problema. Debajo hay algo más inquietante que una declaración imprudente. Planet Labs, la empresa que proporciona imágenes satelitales casi diarias cruciales para informar sobre regiones donde el acceso de los periodistas al terreno es imposible o inseguro, notificó a sus usuarios que cumpliría las solicitudes del gobierno estadounidense y retrasaría indefinidamente la publicación de las imágenes tomadas después del 9 de marzo de 2026, hasta el final del conflicto. Es decir: mientras Trump amenaza a los periodistas que revelan lo que sus propios funcionarios filtran, el gobierno ha extendido ya una cortina de oscuridad satelital sobre todo el teatro de operaciones. No hay imágenes independientes de lo que ocurre en el terreno. No hay forma de verificar las afirmaciones de éxito que emite el Pentágono. No hay manera de saber cuántas bajas civiles causan los bombardeos que el secretario Hegseth describe como las mayores victorias de la historia militar estadounidense.

Esto nos lleva a la pregunta que el análisis de la filtración pone inevitablemente sobre la mesa, y que los comentaristas más lúcidos en Washington no han tardado en formular: si el gobierno mintió sobre las pérdidas de aeronaves, mintió sobre el estado de las bases militares en Kuwait, mintió sobre el número de bajas propias, y ordenó a las empresas de satélites que cierren la ventana visual sobre la guerra, ¿qué más está ocultando? ¿Está ocultando el verdadero número de militares estadounidenses muertos? ¿Está ocultando el alcance real del daño causado a las instalaciones del Golfo? ¿Está ocultando el estado real del programa nuclear iraní, que según el OIEA no puede garantizarse que sea exclusivamente pacífico pero que permanece enterrado a una profundidad a la que los bombardeos no llegan?

La pregunta sobre la filtración del piloto desaparecido tiene además una dimensión táctica que Trump reveló sin querer en su propia conferencia de prensa. Explicó que la operación de rescate se condujo mediante engaños deliberados para desorientar a las fuerzas iraníes que también buscaban al aviador. "Los estábamos trayendo a todos y gran parte de ello era un engaño", dijo Trump. "Queríamos que pensaran que estaba en un lugar diferente." Si esto es cierto, la filtración no solo comprometió la seguridad del piloto, sino que obligó a modificar en tiempo real una operación de rescate ya en curso, con aeronaves sobrevolando a baja altura el accidentado terreno montañoso de la provincia iraní de Kohkiluyeh. La operación de rescate, según los medios estatales iraníes, también derribó un avión de transporte C-130 y varios helicópteros, elevando aún más el número de aeronaves perdidas en la guerra.


Todo esto plantea una pregunta que ninguna amenaza a periodistas puede silenciar: si la información sobre el piloto desaparecido no hubiera sido publicada, ¿se habría organizado el rescate con la misma urgencia? La pregunta no es retórica. Es la misma pregunta que hizo el periodista al que Trump amenazó con la cárcel, y la respuesta que el poder no quiere dar es la que hace comprensible la amenaza.

El analfabetismo moral de Trump no reside solo en la amenaza al periodista. Reside en la incapacidad de comprender, o en la decisión de ignorar, la distinción fundamental entre dos tipos de verdades: las verdades que el poder prefiere ocultar porque lo hacen quedar mal, y las verdades que el poder oculta porque su revelación cuesta vidas. Trump mezcla ambas en un mismo decreto de silencio, y en el proceso destruye la diferencia entre el secreto legítimo y la censura autoritaria. Esa distinción, construida laboriosamente durante siglos de jurisprudencia sobre el derecho a la información, queda reducida a nada en el espacio de una conferencia de prensa de Pascua.

El escenario se vuelve aún más sórdido cuando se observa el cronograma de ultimátums que Trump ha lanzado y retirado desde el 21 de marzo. El primero, de 48 horas, fue pospuesto cinco días. El segundo fue pospuesto diez días. El tercero fue pospuesto hasta el 7 de abril a las 8 de la noche hora del este. Para entonces, el conteo oficial de plazos incumplidos había llegado a cinco. Cada prórroga va acompañada de una declaración de que las negociaciones van "muy bien" o que existe una "buena probabilidad" de acuerdo. Cada vez que el plazo se acerca sin acuerdo, el lenguaje escala a nuevas obscenidades. "El martes será el Día de la Central Eléctrica y el Día del Puente, todo en uno, en Irán. ¡No habrá nada igual! ¡Abran el maldito estrecho, malditos locos, o vivirán en el infierno! ¡Ya verán! Alabado sea Alá", escribió Trump en Truth Social. El medio iraní vinculado al poder judicial Mizan respondió que la resistencia de Irán había llevado a Trump "al borde de la locura". No estaban exagerando: el cierre de ese mensaje con "Alabado sea Alá" en boca del presidente de un país que acaba de amenazar con bombardear mezquitas y hospitales, y que lleva semanas definiendo a los iraníes como gente que "pertenece a la Edad de Piedra", no es solo incoherencia. Es la evidencia de un pensamiento que ya no distingue entre la provocación y la política, entre el insulto y la estrategia, entre la rabia y el mando.


El analfabetismo moral tiene consecuencias materiales concretas. Jamie Dimon, presidente de JPMorgan Chase, advirtió en su carta anual a los accionistas que la guerra contra Irán podría desencadenar otra ronda de inflación persistente y tasas de interés más altas, lo que podría sumir a la economía estadounidense en una recesión y redefinir el orden económico mundial. Los precios del crudo Brent se mantienen por encima de los 109 dólares el barril. En Filipinas, los sindicatos de transporte llevaron adelante una huelga nacional de dos días por el alza del combustible. En Sri Lanka, los miércoles siguen siendo festivos para ahorrar energía. En más de una docena de países de Asia meridional, los hospitales racionan el combustible para sus generadores.

El campo de ruinas que describe el observador europeo que citábamos al inicio de esta sección es exactamente este: no solo el campo de ruinas físico de las instalaciones petroquímicas del Golfo, de los barrios bombardeados de Teherán, de los edificios residenciales de Haifa, sino el campo de ruinas institucional de una democracia que lleva treinta y ocho días destruyendo en tiempo real los pilares que la hacían reconocible como tal. La libertad de prensa es uno de esos pilares. La separación de poderes es otro: el Senado ha rechazado por tercera vez la exigencia de que el Congreso autorice las acciones militares, y esa negativa no ha producido ninguna consecuencia. La transparencia sobre las bajas en combate es un tercero: el gobierno miente sobre el número de aeronaves perdidas, miente sobre el estado de las bases, y cierra la ventana satelital para que nadie pueda verificar nada.

Hay una frase de Arnold Toynbee que resulta aquí reveladora: las civilizaciones no mueren asesinadas, mueren por suicidio. El suicidio no ocurre de una vez. Ocurre por capas. Primero se erosionan las normas. Luego las instituciones que hacen cumplir las normas. Luego la cultura cívica que hace que las instituciones sean respetadas. Y finalmente, cuando ya no queda nada que erosionar, se produce el colapso que todos verán como repentino pero que llevaba décadas gestándose. La amenaza de Trump al periodista del piloto desaparecido no es un incidente aislado. Es una capa más del suicidio. Una fina pero visible capa de barniz que se cae de la pared, dejando al descubierto el ladrillo crudo que hay debajo.

Lo que hay debajo es lo que Edward Luce describe con precisión al señalar que la nueva guardia de Washington es casi toda blanca, toda masculina y en su mayoría no está cualificada para dirigir los grandes departamentos que está destrozando. Cuando esa guardia dirige una guerra, los resultados son los que estamos viendo: siete aeronaves perdidas, el jefe del Ejército despedido en plena campaña, trece bases descritas como inhabitables, un cronograma de ultimátums que se ha convertido en el objeto de burla de los analistas iraníes, y un presidente que comunica la política exterior de la única superpotencia del mundo a través de mensajes en mayúsculas en una red social de su propiedad, mezclando obscenidades con citas religiosas islámicas, en Pascua, mientras sus soldados sangran en las montañas de Irán.

Todo esto ocurre mientras China gradúa un millón y medio de ingenieros al año y planifica a cincuenta años. Mientras la primera ministra italiana Meloni se convierte en la primera líder de la OTAN en visitar los estados del Golfo para hablar de seguridad energética, reconociendo implícitamente que la seguridad ya no la puede garantizar Washington. Mientras Macron propone desde Seúl una coalición de democracias independientes de las grandes potencias. Mientras Alemania y Francia construyen juntos por primera vez en la historia un paraguas nuclear europeo. Mientras el secretario general de la ONU pide para el Estrecho de Ormuz el mismo tipo de mecanismo que se usó en el mar Negro en 2022, cuando Rusia bloqueaba el grano ucraniano, como si el Estrecho de Ormuz fuera ahora el equivalente del grano de Ucrania: una emergencia humanitaria que el orden internacional ya no puede resolver por sí mismo sino a través de negociaciones bilaterales entre los actores con capacidad de destrucción mutua.


La maldición china dice que vivir tiempos interesantes es el peor de los destinos. Trump es, literalmente, la maldición hecha presidente. Y mientras él tuitea en mayúsculas sobre el Día de la Central Eléctrica y el Día del Puente, mientras amenaza a periodistas con la cárcel y cierra la ventana satelital para que nadie vea lo que realmente ocurre, el mundo observa, toma nota, y saca sus propias conclusiones. Dos mil años después de Carras, la trampa sigue siendo la misma. El general romano también estaba convencido de que lo estaba haciendo muy bien. También creía que los que se atrevieran a cuestionarlo merecían ser silenciados. También pensaba que la fuerza era suficiente y el conocimiento superfluo. La historia registró su nombre como la definición misma del error que no puede deshacerse. Ese es, exactamente, el verdadero craso error.

Humberto del Pozo López

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