sábado, 9 de mayo de 2026

LA GENOCIDA GUERRA ENERGÉTICA GLOBAL DE LAS ÉLITES FINANCIERAS ANGLOSAJONAS Y LA DEMOLICIÓN MALTUSIANA DEL ORDEN MUNDIAL



En un análisis publicado por La Organización LaRouche Organization, Dave Christie ha expuesto con escalofriante claridad la naturaleza real del actual conflicto que sacude al mundo, revelando que tras la fachada de las tensiones geopolíticas se oculta una guerra energética global orquestada por las élites financieras anglosajonas. El término “Rey Tampón”, acuñado para referirse al monarca británico por su infame deseo de ser el “tampón” de Camila mientras mantenía una relación adúltera con la princesa Diana, resume la degradación moral de una institución que, lejos de ser una reliquia pintoresca, opera como el eje de un imperio financiero decidido a imponer una demolición maltusiana a escala planetaria. La visita de esta figura a Estados Unidos en la conmemoración del 250 aniversario de la independencia estadounidense, una independencia que se libró precisamente contra la Compañía Británica de las Indias Orientales y su política de hambrunas forzadas que acabaron con treinta millones de vidas en la India, constituye una ofensa directa a la memoria revolucionaria y una señal inequívoca de que la guerra energética global ha entrado en su fase más peligrosa. Mientras los medios oficiales presentan el bloqueo del estrecho de Ormuz como una maniobra de negociación de la administración Trump, la realidad que emerge de los datos es la de un colapso intencionado de las cadenas de suministro de fertilizantes, cuyo precio se ha duplicado y cuya recuperación requeriría años incluso si el conflicto cesara hoy, con sesenta millones de personas adicionales enfrentándose ya a la hambruna.

El arquitecto intelectual de esta guerra energética global no es otro que el propio Rey Tampón, quien en su intervención en la cumbre COP21 de 2021 exigió una “campaña de estilo militar masivo” para transformar radicalmente la economía global de los combustibles fósiles hacia fuentes renovables y supuestamente sostenibles, advirtiendo que esto costaría billones, no miles de millones, de dólares y requería movilizar al sector privado global con recursos que superan el PIB mundial. Como acertadamente señala el historiador Matthew Ehret, lo que el entonces príncipe Carlos estaba proponiendo no era una transición ecológica genuina, sino la continuación por otros medios de una agenda de depopulación que ha caracterizado a la aristocracia negra británica durante siglos. La guerra energética global no es un efecto colateral de las tensiones geopolíticas, sino el objetivo mismo: colapsar la economía física para consolidar el poder de Wall Street y la City de Londres sobre los restos de un mundo desindustrializado y hambriento. La evidencia es abrumadora: desde la destrucciónn del gasoducto Nordstream, ejecutada casi con certeza por las fuerzas especiales británicas en coordinación con la CIA, hasta la oleada sincronizada de incendios en refinerías de petróleo que han afectado a India, Indonesia, México, Australia, Irán, Rumanía, Hungría, Kuwait y Texas desde el inicio de las hostilidades contra Irán, pasando por el cierre de la refinería de Grangemouth en Escocia por razones ideológicas. Más de cincuenta refinerías han sido destruidas o incapacitadas en lo que solo puede describirse como una operación de control de daños orquestada desde las alturas del poder global.

La genealogía de esta guerra energética global se remonta a las figuras siniestras del príncipe Felipe y el príncipe Bernardo de los Países Bajos, un antiguo oficial nazi, quienes fundaron el World Wildlife Fund en 1961 como caballo de Troya de una ideología maltusiana que consideraba a la humanidad como un virus canceroso que debía ser erradicado de la faz de la Tierra. El príncipe Felipe, esposo de la reina Isabel, declaró explícitamente su deseo de reencarnarse como un virus mortal para reducir la población humana, y junto a Bernardo, un cardenal del nazismo internacional, crearon la infraestructura ideológica que hoy se disfraza de ambientalismo. Como documenta Dennis Small, analista central del movimiento LaRouche y el Instituto Schiller, los verdaderos herederos de esta tradición son los tecnócratas de Palantir y el complejo ESG, que pretenden sustituir la economía física basada en la producción de acero, energía y alimentos por un mundo de derivados financieros y burbujas especulativas que ya suman dos mil cuatrocientos billones de dólares, una cifra tan astronómica que resulta literalmente impagable. La guerra energética global es la expresión violenta de una crisis terminal del sistema financiero occidental, que necesita destruir la economía real para justificar la existencia de su castillo de naipes especulativo.

Esta guerra energética global se sitúa así mismo en el contexto más amplio de una transición civilizatoria que enfrenta a tres facciones del poder occidental oculto, que, aunque tienen objetivos distintos, se relacionan entre sí como círculos de Euler: Por un lado, los tecnocrátas estadounidenses encarnados por Palantir y su manifiesto de la república tecnológica, que propone la fusión entre el Estado y las corporaciones tecnológicas bajo el mando de la inteligencia artificial como instrumento de guerra permanente y control total de la población. Por otro lado, el proyecto cabalista de Londres, que actúa mediante la gestión del caos, los equilibrios y el control de los nodos críticos del sistema energético mundial, así como los grupos internacionales ligados al Vaticano, que se metamorfosean en direcciones múltiples para modular la tensión entre los distintos actores. Y finalmente, el proyecto continental euroasiático liderado por China, Rusia y los países del Sur Global, que operan en ciclos de décadas y buscan un nuevo orden basado en la cooperación para el desarrollo, la energía nuclear avanzada y el respeto a las soberanías nacionales. La guerra energética global no es un conflicto más, sino la colisión violenta de estas cosmovisiones, donde el primer proyecto utiliza el segundo y tercero como arietes para destruir al último, mientras la población mundial es tratada como mera carne de cañón o, peor aún, como excedente demográfico a eliminar.


La evidencia de que estamos ante una demolición maltusiana deliberada, y no ante una crisis accidental, se multiplica cada día. El estrecho de Ormuz no solo canaliza el veinte por ciento del petróleo mundial, sino también entre una cuarta parte y un tercio de los fertilizantes globales, cuyo encarecimiento y escasez ya ha desencadenado procesos inflacionarios que golpean primero a los más vulnerables del Sur Global. Pero más allá de las proporciones inmediatas, lo que está en juego es la propia posibilidad de una economía física compleja. Como explica Dennis Small recurriendo a la triple curva de Lyndon LaRouche, los agregados financieros crecen exponencialmente mientras la economía física se desploma, y la única manera de mantener la burbuja es mediante el gasto militar creciente que hoy ya consume el treinta y seis por ciento del presupuesto federal estadounidense, con proyecciones de alcanzar el billón y medio de dólares anuales en gasto militar para 2027. No son las guerras las que generan el gasto militar, sino el gasto militar y los pagos de intereses de una deuda astronómica los que generan las guerras, en un circuito perverso que convierte al Pentágono y a Wall Street en socios inseparables de la muerte. La guerra energética global es el mecanismo mediante el cual este sistema caníbal se devora a sí mismo, destruyendo las bases materiales de la vida para mantener intactas las ganancias financieras de una oligarquía que ya no produce nada, solo especula y mata.

El discurso del entonces Príncipe Carlos en la COP21, convenientemente olvidado por los medios, revela la verdadera naturaleza de este plan: la “transición fundamental” no es hacia una economía verde viable, un imposible técnico dado que ni los aerogeneradores ni los paneles solares pueden producir acero, cemento, fertilizantes o combustible para aviones, sino hacia un colapso controlado que permita a la City de Londres y a Wall Street apropiarse de los activos reales que queden en pie. Cuando los países africanos, India, Rusia y China rechazaron este dictamen imperial como “colonialismo por otro nombre”, la respuesta fue la guerra energética global: la destrucción de oleoductos, los incendios sincronizados de refinerías, el cierre del estrecho de Ormuz y el empuje hacia una confrontación directa con Irán y, tras él, con Rusia y China. La locura de la administración Trump, que algunos atribuyen a una combinación de narcisismo, demencia senil y lo que los psicólogos llaman la tríada oscura, no es sino el instrumento consciente o inconsciente de un plan que trasciende a cualquier presidente individual. La creación del Commonwealth americano, esa propuesta que Trump recibió con entusiasmo infantil diciendo “me suena bien”, representa la traición definitiva a la herencia revolucionaria de 1776 y la sumisión voluntaria de Estados Unidos al imperio que sus fundadores juraron destruir.


Frente a esta guerra energética global y al proyecto de demolición maltusiana que la anima, la única esperanza reside en la movilización política masiva para cortar los fondos al conflicto, tal como el Congreso estadounidense logró hacer durante la guerra de Vietnam, forzando a Richard Nixon a detener las hostilidades pese a su veto presidencial. Organizaciones como el Instituto Schiller, dirigido por Helga Zepp-LaRouche, y movimientos como la Coalición Internacional por la Paz están presionando a los representantes y senadores estadounidenses con cartas de ciudadanos de todo el mundo, incluyendo decenas de misivas desde América Latina traducidas al inglés y entregadas en el Capitolio. El testimonio de ciento cincuenta veteranos de las guerras de Irak y Afganistán protestando en silencio en la rotonda del edificio Cannon, sesenta de los cuales fueron detenidos por su acto de conciencia, demuestra que existe una corriente dispuesta a recuperar el espíritu anticolonial de la independencia estadounidense. Pero el conflicto real no se decide únicamente en el plano de las instituciones o las tecnologías, sino en el plano del significado, en la capacidad de las sociedades para dotar de sentido a su existencia más allá del consumo y la especulación, pues la inteligencia artificial sin humanismo, la acumulación sin sentido, solo pueden conducir a la barbarie.


Como recuerda Dennis Small, el economista jefe de la FAO advirtió que tres meses de bloqueo del estrecho de Ormuz generarían cambios en cadena irreversibles para la economía física mundial, y ya hemos superado ese umbral. La economía física es un todo viviente, no una suma de partes independientes: cortar el veinte por ciento de su flujo energético no deja intacto el ochenta por ciento restante, sino que provoca un colapso sistémico, como extraer el corazón de un cuerpo so pretexto de que pesa menos del uno por ciento del total.

En este contexto de guerra energética global y demolición maltusiana, las propuestas de Palantir y su fundador Alex Karp adquieren una dimensión verdaderamente siniestra. Su manifiesto tecnocrático exige la militarización de la inteligencia artificial, el servicio militar obligatorio en todas las naciones occidentales, el rearme de Alemania y Japón, y la tolerancia cero con lo que llaman “psicologización de la política”, es decir, con cualquier consideración ética que interfiera con la lógica de la guerra permanente. Pero como señala Estulin, la inteligencia artificial no puede reemplazar la chispa divina del ser humano, esa capacidad de intuición y creatividad que escapa a cualquier algoritmo. Los errores grotescos de los sistemas de IA, que inventan precedentes legales inexistentes o confunden blancos militares con civiles, demuestran que entregar el poder de decisión sobre la vida y la muerte a máquinas es una receta para el desastre.

La historia reciente está llena de incidentes en los que oficiales humanos, desobedeciendo las alarmas automáticas de los sistemas de detección nuclear, evitaron una guerra termonuclear al confiar en su juicio frente al error de las máquinas. Eliminar ese juicio humano en nombre de la eficiencia tecnológica no es progreso, sino la abolición de la humanidad misma. La guerra energética global no puede ser combatida con más tecnología ni con más guerra, sino con política, con movilización ciudadana, con la recuperación de los principios del derecho internacional y con la construcción de un nuevo orden basado en la cooperación para el desarrollo, como propuso John F. Kennedy antes de ser asesinado por las mismas redes que hoy impulsan esta catástrofe.

El momento que vivimos no es el fin del mundo, sino el fin de un mundo: aquel que nació hace doscientos cincuenta años con la Revolución Industrial y el capitalismo liberal, y que ahora agoniza bajo el peso de sus propias contradicciones. La guerra energética global es el parto violento de una nueva civilización, pero como toda violencia obstétrica, puede matar al recién nacido si no se ejerce con cuidado. La alternativa no es entre dos sistemas económicos, sino entre dos concepciones del ser humano: como excedente desechable en un planeta sobrepoblado o como portador de una chispa infinita capaz de trascender cualquier límite mediante la creatividad y la cooperación. Como cantó Percy Shelley en su poema La máscara de la anarquía, “levantaos como leones del letargo en número invencible, sacudíos las cadenas como rocío que en sueños cayó sobre vosotros”. La guerra energética global que nos ha sido impuesta desde las alturas de la aristocracia negra y los tecnócratas de Silicon Valley no es invencible, porque sus ejecutores son pocos y frágiles, atrapados en su propia burbuja financiera y su demencia moral.


La tarea de los patriotas estadounidenses, en este 250 aniversario de la Declaración de Independencia, es recordar que la revolución de 1776 fue una inspiración para todos los pueblos del planeta que deseaban liberarse del yugo imperial británico, y que hoy esa misma lucha debe ser retomada no contra un rey loco, sino contra un sistema financiero global que ha convertido la guerra energética y la demolición maltusiana en su principal herramienta de dominación. La diferencia es que hoy contamos con nuevos aliados: las naciones emergentes de la mayoría global, los movimientos sociales que resisten el colonialismo verde, y una ciudadanía cada vez más consciente de que el verdadero eje del mal no se encuentra en Teherán ni en Moscú, sino en los despachos acristalados de la City de Londres y en los pasillos del poder de Wall Street. La guerra energética global puede ser detenida, pero solo si actuamos ahora, con la urgencia que exige una crisis que ya ha comenzado a cobrar sus primeras víctimas por hambruna, y con la determinación de quienes saben que el infinito habita en el corazón humano y que ningún algoritmo ni ningún imperio puede apagar esa llama sin antes destruirse a sí mismo.

José Luis Preciado
(Visto en https://mentealternativa.com/)

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