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En un informe reciente el geoestratega Denis Small advierte que el mundo ha ingresado en una fase de convergencia sistémica de crisis cuya lógica interna apunta, con geometría casi implacable, hacia el enfrentamiento militar a escala global. Lo que a primera vista pudiera interpretarse como una suma desordenada de conflictos regionales -la tensión entre Irán y Estados Unidos por el Estrecho de Ormuz, la guerra de posiciones en Ucrania, la expansión israelí sobre Líbano y Siria, las maniobras militares que cercan a China en el Pacífico- constituye, en realidad, el síntoma de una sola enfermedad estructural: el desplome del sistema financiero transatlántico y la incapacidad de sus beneficiarios para sostenerlo sin recurrir a la guerra como instrumento de saqueo y refinanciamiento. El primer frente visible de esta crisis es el energético. Con el Estrecho de Ormuz efectivamente clausurado para el tráfico petrolero -pese a las declaraciones de Washington que insisten en su apertura-, el mundo opera con aproximadamente un quince por ciento menos de petróleo del que consumía antes del estallido del conflicto, diferencia que se cubre de manera precaria mediante exportaciones alternativas de Arabia Saudita hacia el Mar Rojo, extracción parcial en otras cuencas y el agotamiento acelerado de reservas estratégicas. Los cálculos disponibles, cualquiera sea el ritmo de consumo que se tome como referencia, sitúan entre julio y septiembre el momento en que esa brecha se vuelva imposible de disimular y el shock petrolero golpee con fuerza devastadora a las economías del Norte Global. Trump lo sabe: su preocupación no es la destrucción de millones de cadenas productivas ni el empobrecimiento de las clases trabajadoras, sino el daño electoral que el encarecimiento de la gasolina puede infligirle en las elecciones de mitad de período de noviembre. Esa es la escala moral con la que se gestiona la primera potencia del planeta.
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Sobre el teatro ucraniano, la semana pasada aportó un deterioro significativo no tanto en el campo de batalla como en el nivel del discurso estratégico, que es donde se fraguan las decisiones de fondo. Marco Rubio, en una gira por el Golfo Pérsico celebrada el 22 de junio, declaró ante la prensa que en Alaska -referencia al encuentro bilateral del 15 de agosto del año anterior- no hubo ningún acuerdo, sino apenas una propuesta estadounidense. La afirmación, desmentida con precisión por el propio Vladímir Putin, por el canciller Sergéi Lavrov y por analistas del más alto nivel dentro del pensamiento estratégico ruso, constituye una mentira de dimensiones considerables: lo que ocurrió en Anchorage fue un intercambio punto por punto en el que Moscú formuló concesiones concretas frente a cada propuesta de Washington, y el resultado fue un entendimiento que Estados Unidos debía convertir en acciones, cosa que nunca ocurrió. Lavrov lo dijo con una mesura que apenas disimulaba la gravedad del diagnóstico: no quería ni pensar en la posibilidad de que Washington estuviera repitiendo la estrategia de los Acuerdos de Minsk, ese modelo de negociación ficticia destinado a ganar tiempo para la guerra, cuya naturaleza fraudulenta confesaron posteriormente, con insólita franqueza, tanto Angela Merkel como Emmanuel Macron. Dimitri Trenin, nuevo presidente del Consejo Ruso sobre Asuntos Internacionales —organismo directamente vinculado a la cancillería de Moscú—, fue más explícito aún. Este estudioso mesurado, con décadas de trayectoria que incluyen el servicio en la inteligencia militar y la participación en conferencias del Instituto Schiller, declaró que era hora de levantar el tabú autoimpuesto sobre ciertos objetivos militares dentro de Ucrania y en Europa, mencionando como ejemplo la posibilidad de que explosionara alguna terminal de recepción de gas natural licuado en territorio europeo. La intervención de otros analistas del programa donde Trenin habló introdujo la advertencia de que semejante escalada podría no producir la reacción esperada por Moscú, y que Londres y Washington podrían estar tendiendo precisamente esa trampa: empujar a Rusia a dar el siguiente paso para convertirlo en la excusa que justifique una intervención directa contra la Federación Rusa. El nudo gordiano está servido: si Moscú actúa, es agresor; si no actúa, aparece como débil. La geopolítica británica lleva décadas perfeccionando ese tipo de cerrojo estratégico.
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Pero la pieza más reveladora de la semana, aquella que ilumina con mayor nitidez la lógica del sistema que estamos enfrentando, no provino de ningún campo de batalla sino de las páginas del Financial Times. El 25 de junio, El Muy Honorable Mark Carney, actual primer ministro de Canadá, miembro del Consejo Privado de la Reina Isabel II para Canadá (ahora Consejo Privado del Rey Carlos III), exgobernador del Banco de Canadá y del Banco de Inglaterra, y lo que es más definitorio, expresidente del Consejo de Estabilidad Financiera durante seis o siete años, publicó junto al primer ministro de Luxemburgo un artículo en el que propone la creación del Banco de Defensa, Seguridad y Resiliencia, conocido por sus siglas en inglés como DSRB. La idea, concebida apenas en diciembre de 2024 en el seno del Atlantic Council por Rob Murray -exdirector de innovación de la OTAN con once años de carrera en el Ejército Británico especializándose en inteligencia, vigilancia y reconocimiento-, consiste en crear un banco multinacional respaldado por los tesoros soberanos de los gobiernos miembros que pueda emitir deuda a una razón de veinticuatro a uno, el doble de lo que permite la regulación bancaria comercial convencional, para financiar el rearme europeo y estadounidense a razón de ochocientos mil millones de euros anuales, una cifra que equivale a cerca de un billón de dólares. JP Morgan, Deutsche Bank y el Royal Bank of Canada participaron en el diseño del instrumento. Carney aspira a que el banco sea aprobado en la próxima cumbre de la OTAN, prevista para el 7 y 8 de julio en Ankara, lo que significa que la decisión puede tomarse en menos de dos semanas. La analogía histórica que este mecanismo evoca es perturbadora en su precisión. Lo que Carney está proponiendo es una réplica funcional de los certificados Mefo que Hjalmar Schacht, presidente del Reichsbank durante el gobierno de Adolf Hitler, emitió para financiar el rearme alemán de los años treinta: instrumentos de deuda sin respaldo real que desplazaban el riesgo hacia el erario público mientras creaban la ilusión de liquidez necesaria para producir armas. Helga Zepp-LaRouche, quien comentó la propuesta el 26 de junio en la reunión de la Coalición Internacional por la Paz, fue terminante: se crea dinero de la nada para financiar una maquinaria bélica, pero a medida que vencen los plazos de pago, la presión para resolverlo realmente mediante la guerra aumenta, y el esquema se convierte en una profecía autocumplida. Este billón de dólares anuales, precisó, no se destina a la economía real sino a la destrucción de activos reales, porque la producción militar no forma parte de la economía productiva. El resultado sería una hiperinflación que daría el golpe de gracia al sistema financiero que pretende sostener.
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La reconversión industrial que acompaña esta arquitectura bélico-financiera ya tiene cuerpo en el mundo físico. En Alemania, mientras Volkswagen agoniza bajo el peso del desempleo y la desindustrialización, la señal política apunta a reconvertir esa capacidad fabril hacia la producción de armas. Trump, por su parte, anunció el 23 de junio que empresas automotrices estadounidenses están cerrando acuerdos para fabricar misiles. El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, celebró todo esto el mismo día en que Carney publicó su artículo, declarando ante el Consejo Atlántico que la alianza se encuentra en las primeras fases de una revolución industrial en materia de defensa, con un entusiasmo que resultaría casi cómico si las consecuencias no fueran tan graves. La civilización occidental, en otras palabras, está eligiendo deliberadamente pasar de producir bienes para la vida a producir instrumentos para la muerte, y llama a eso crecimiento económico. La City de Londres, que opera como el verdadero centro nervioso de esta oligarquía transnacional sin patria y sin ciudadanía, aunque sí con pasaportes, contempla incluso la posibilidad de perder el control sobre Estados Unidos. La convulsión política que atraviesa la democracia estadounidense es profunda y no responde a una sola dirección ideológica. La publicación Axios describió el 25 de junio, al día siguiente de unas elecciones municipales en Nueva York cuyos resultados perturbaron a Wall Street, lo que llamó la gran implosión política de Estados Unidos: ambos partidos son igualmente despreciados por el electorado, el colapso generacional en el apoyo a Israel está transformando las bases de ambas organizaciones, y las fuerzas populistas que Trump despertó devoran la institucionalidad, exacerbadas por una mezcla transpartidista de guerra interminable, precios al alza e impunidad de las élites. En Nueva York, tres candidatos respaldados por el alcalde Zohran Mamdani -elegido con una plataforma clara de denuncia del sionismo de Netanyahu y de solidaridad con el pueblo palestino, y cuyo voto judío resultó decisivo en su victoria- derrotaron a titulares del Congreso respaldados por el lobby sionista AIPAC. Entre ellos, una estudiante de doctorado que participó en los campamentos universitarios de Columbia, Daria Lisa Ávila Chevalier, venció al veterano congresista Adriano Espaillat. La tierra tiembla bajo los pies de quienes creían controlar el mapa político.
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En paralelo, el Sur Global avanza con sus propias herramientas de emancipación financiera. Brasil anunció la emisión de bonos panda -deuda denominada en yuanes destinada a financiar infraestructura productiva-, un paso modesto pero simbólicamente poderoso en la construcción de una arquitectura monetaria alternativa al dólar especulativo. El discurso que Lula pronunció la semana pasada ante el G7, exigiendo que se escuche la voz del Sur porque el sistema colonial no puede continuar, resuena como contrapunto exacto al proyecto de Carney: mientras uno propone un billón de dólares anuales para destruir activos reales, el otro reclama crédito productivo para construirlos. La diferencia no es de grado sino de civilización. El Papa León XIV, cuya encíclica insiste en que la crisis migratoria solo se resuelve creando condiciones de desarrollo en los países de origen, no con muros sino con inversión productiva y dignidad humana, añade una dimensión moral a lo que de otro modo sería un debate puramente técnico sobre tasas de emisión y ratios de apalancamiento. El 3 de julio, en el Independence Mall de Filadelfia, recibirá un premio de la paz y se dirigirá al público por conexión digital, en un acto que coincide con la celebración del cuatro de julio y con la campaña presidencial de quienes reclaman un retorno a las raíces constitucionales de la república norteamericana. La historia, cuando se condensa así, adquiere la densidad de la tragedia griega.
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A esta dinámica se suma el reciente despliegue militar de la OTAN en el flanco oriental, que confirma la tendencia hacia una confrontación directa con Rusia. Como informó Bloomberg, se ha abierto un nuevo centro de mando del cuerpo germano-neerlandés en Letonia, que será el cuartel general táctico de una gran parte del flanco oriental de la OTAN y dirigirá los ejercicios militares, los preparativos y la defensa de la región «en el peor de los casos, un ataque de las tropas rusas». Bajo el mando del centro se encuentran todas las unidades de la OTAN desplegadas en Estonia y Letonia, así como las unidades nacionales de las fuerzas terrestres. En la ceremonia de inauguración en la ciudad estonia de Valga, en la frontera con Letonia, participó el ministro de Defensa alemán, Boris Pistorius, quien declaró: «Al crear otro cuartel general altamente eficaz en el flanco oriental de la OTAN, estamos aumentando nuestra preparación, fortaleciendo las estructuras de mando y control y mejorando la capacidad de disuadir a cualquier enemigo potencial». Como escribe Bloomberg, estos esfuerzos han sido muy apreciados por el comandante saliente del Ejército de la OTAN, el general del Ejército estadounidense Christopher Donahue, quien señaló que Europa ahora está haciendo más que en los últimos 35 años. A la ceremonia se unieron los ministros de Defensa de los Países Bajos, Estonia y Letonia. Cabe señalar que el cuerpo germano-neerlandés está estacionado en Münster (Alemania), y el despliegue del cuartel general táctico en Estonia es un traslado del mando al teatro de operaciones militar previsto. En plena preparación para el combate, el cuerpo de ejército de la OTAN normalmente cuenta con tres divisiones, cuarenta a sesenta mil soldados. En tiempos de paz, por lo general existe como una estructura de mando básica con unidades especializadas: artillería, defensa aérea, médicos. Además, Alemania ya está desplegando en Lituania la 45ª brigada blindada «Lituania» con 4800 hombres. La tendencia es clara: dentro de la OTAN, Alemania está dominando toda la región del Báltico, y en caso de un conflicto militar directo con Rusia, el Bundeswehr estará en primera línea. Este movimiento táctico no es más que el correlato físico del rearme financiero que Carney propone desde las páginas del Financial Times: ambos constituyen las dos caras de una misma moneda, la monetaria y la territorial, de una estrategia que busca cercar a Rusia mientras se reconstruye la capacidad bélica de Occidente.
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El Memorándum de Islamabad,
analizado en profundidad por el analista Thierry Meyssan, añade una capa adicional de complejidad a este tablero geopolítico. El israelo-estadounidense Rahm Emanuel y el primer ministro de Israel Benyamin Netanyahu han visto cómo el Memorándum de Entendimiento entre Estados Unidos e Irán no sólo pone en el orden del día el restablecimiento de la paz en el golfo Pérsico, sino que también plantea que Irán va a recibir 300 000 millones de dólares, no como «reparaciones de guerra» sino como «inversiones». Sin decirlo, eso significa que la victoria pertenece a la República Islámica. Esa victoria de Irán es sobre todo una derrota política para una facción estadounidense en particular. Los perdedores son los que, habiendo apoyado tradicionalmente a Israel, hoy se niegan a reconocer las masacres de civiles que el llamado «Estado hebreo» está perpetrando en Palestina y en Líbano. La ceguera de los cómplices del Estado de Israel viene de su incapacidad para juzgarlo a partir de sus acciones y no de lo que dice ser. Confunden la imagen soñada de una patria que serviría de refugio a las víctimas de los pogromos europeos y la cruda realidad, que es la de un Estado gobernado por fascistas, en el sentido histórico de la palabra. Esta confusión parece sorprendente sobre todo cuando se piensa que, en el momento de la operación «Diluvio de Al-Aqsa», una parte de esos elementos habían diferenciado a los civiles de los combatientes. Algunos de ellos no negaban entonces el derecho inalienable de los palestinos a la resistencia frente a la ocupación israelí, pero denunciaban las muertes de civiles. Incluso, recordaban que Izz al-Din al-Qassam, cuyo nombre llevan las brigadas armadas del Hamas, no era un combatiente de la resistencia sino sobre todo un antisemita que se jactaba de haber matado civiles judíos. Pero hoy, los sionistas revisionistas, o sea los discípulos de Vladimir Jabotinsky, se reagrupan alrededor de Benyamin Netanyahu y apoyan a los que viven en la confusión anteriormente descrita. Hay que recordar que los «sionistas revisionistas», discípulos de Jabotinsky, han sido siempre violentamente opuestos a los «sionistas» a secas de Theodor Herzl. Una verdadera guerra ha existido entre esos dos grupos desde que Jabotinsky, el gurú de los sionistas revisionistas, se alió a los nacionalistas integristas ucranianos en la matanza de judíos soviéticos, apoyó al líder del fascismo italiano Benito Mussolini y negoció con los nazis para apoderarse de los bienes de los judíos húngaros. En el momento de la creación del Estado de Israel, el primer primer ministro israelí, David Ben-Gurion, puso en pausa el conflicto entre los sionistas y los sionistas revisionistas, aunque imponiendo como condición que los restos de Jabotinsky no fuesen inhumados en Israel. Aquel conflicto resurge ahora, con el «golpe de Estado legislativo» de los sionistas revisionistas, que han enmendado las Leyes Fundamentales de Israel preparando así el camino hacia la dictadura. Durante los tres últimos años, la mayoría de los israelíes ha salido a las calles en manifestaciones contra esas «reformas». Esos manifestantes han obtenido el apoyo de la inmensa mayoría de los ex responsables del ejército y ex dirigentes de los servicios de seguridad. Las masacres que hemos visto no han salido de la nada. Son la aplicación concreta de una política que ya se aplicaba en los años 1920, o sea antes del nazismo, una política que fue universalmente condenada al final de la Segunda Guerra Mundial.

En Estados Unidos, los partidarios de esa política se han reagrupado alrededor de la Fundación Adelson, que lleva el apellido del fallecido Sheldon Adelson, importante propietario de casinos en Las Vegas. En 2016, financiaron a Marco Rubio como candidato a la nominación del Partido Republicano a la elección presidencial. Después, en 2023, financiaron la candidatura de Donald Trump. Hoy, con vista a la futura elección presidencial, apoyan nuevamente a Marco Rubio, en el Partido Republicano y, en el Partido Demócrata, a Rahm Emanuel. Rahm Emanuel, cuyo nombre completo es Rahm Israel Emanuel, es hijo del sionista revisionista Benjamin Auerbach, quien fue miembro de la organización terrorista Irgun y huyó de Israel después del asesinato del enviado especial de las Naciones Unidas, el conde Folke Bernadotte, en 1948. Durante la presidencia de George Bush padre, Rahm Emanuel se enroló como voluntario en las Fuerzas de Defensa de Israel para participar en la guerra contra Irak. Posteriormente, Rahm Emanuel estuvo entre los consejeros del presidente Bill Clinton. Durante la presidencia de George Bush hijo, fue miembro de la Cámara de Representantes por el Estado de Illinois. Durante el primer mandato presidencial de Barack Obama, Rahm Emanuel fue jefe de la oficina presidencial, o sea jefe del personal de la Casa Blanca. Durante el segundo mandato de Barack Obama y el primero de Donald Trump, fue alcalde de Chicago. Desde ese cargo, Rahm Emanuel cerró alrededor de cincuenta escuelas públicas en los barrios negros y latinos -fue la mayor cantidad de escuelas públicas cerradas en toda la historia de Estados Unidos-, aumentó sustancialmente los precios del transporte público y las tarifas de estacionamiento y privatizó la Chicago Transit Authority. Pero lo más importante es que trató de hacer desaparecer los videos que mostraban el asesinato del adolescente Laquan McDonald, de diecisiete años, abatido por la policía en 2014. Bajo la presidencia de Joe Biden, Rahm Emanuel fue nombrado embajador en Japón, donde supervisó la «compra» de diputados del Partido Liberal Demócrata a los que la Iglesia de la Reunificación distribuyó millones de dólares, actuando por cuenta de la CIA. Muy belicoso, algunos lo llaman «Rambo», Rahm Emanuel no vacila en utilizar un lenguaje grosero y en llegar al enfrentamiento físico. Este personaje tiene dos hermanos. Uno de ellos, el Dr. Ezequiel Emanuel, fue consejero especial para la política de salud de la administración Obama. El otro, Ali Emanuel, fundó y dirigió la agencia de empresario Endeavor. Cuando Israel trató tomar el control de Twitter, Ali Emanuel propuso a su «amigo» Elon Musk modificar la imagen de la red social… a cambio de cien millones de dólares, lo cual marcó el fin de aquella «amistad». Dado el rechazo que las masacres perpetradas por el primer ministro israelí Benyamin Netanyahu han suscitado entre los electores del Partido Demócrata, los sionistas revisionistas también tienen en reserva un segundo candidato demócrata menos polémico que Rahm Emanuel: el actual gobernador de Pensilvania Josh Shapiro. En el Partido Republicano, el candidato de los sionistas revisionistas es el actual secretario de Estado, Marco Rubio, quien ya gozó del apoyo del fallecido Sheldon Adelson en 2015. El entonces ya anciano propietario de casinos, estadounidense de origen ucraniano que también ostentaba la nacionalidad israelí, veía en Marco Rubio el hijo de inmigrante que él mismo había sido y le tomó afecto.
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Una consecuencia del Memorándum de Islamabad es el nuevo cambio de posición de Emiratos Árabes Unidos. En el pasado, Emiratos Árabes Unidos fue un importante pilar de la causa palestina, llegando incluso a financiarla generosamente a través del príncipe Ahmed, uno de los hijos del jeque al-Zayed, hermano menor del actual soberano de Abu Dabi y presidente de los Emiratos Árabes Unidos, el jeque Mohamed ben Zayed. Pero el príncipe Ahmed fue asesinado por la CIA en Marruecos, en 2010, y el presidente de los Emiratos cambió nuevamente de posición en 2020, decidió aliarse con Israel en contra de Irán, a pesar de que los emiratíes debían a Teherán gran parte de su riqueza nacional (el puerto de Dubái era utilizado para burlar el asedio estadounidense contra Irán). Emiratos Árabes Unidos firmó entonces los Acuerdos de Abraham, junto a Bahréin. Pero cuando Israel y Estados Unidos iniciaron su agresión contra la República Islámica de Irán, las autoridades emiratíes afirmaron no entender por qué Irán respondía bombardeando su territorio y trataron por todos los medios de obtener una votación contra la República Islámica en el Consejo de Seguridad de la ONU y en la Organización Marítima Internacional, antes de entender -y de admitir- que, ante un ataque exterior, ellas habrían actuado igual que Irán, o sea atacando el territorio de todo país que sirviese de trampolín a la agresión. Finalmente, los emiratíes aceptaron, la semana pasada, sentarse a la mesa de negociación con los iraníes. De la misma manera, Arabia Saudita, que en 2023 había restablecido sus relaciones diplomáticas con Irán gracias a la mediación de China, hizo saber al presidente Trump, antes de la agresión, que no pondría reparo a que Estados Unidos derrocara la República Islámica de Irán. Pero luego protestó, ante la respuesta militar iraní contra su territorio. Hoy, las autoridades sauditas también parecen haber aprendido las enseñanzas más evidentes de este conflicto: Israel está empeñado en convertirse en un imperio y Estados Unidos no protege a sus vasallos del golfo Pérsico sino que más bien los convierte en blanco de la respuesta militar de Irán. Como resultado de esa reflexión, el Reino de Arabia Saudita está preparando una «Cumbre de la Reconciliación» entre los Estados árabes del golfo Pérsico y la República Islámica de Irán.
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Es en ese contexto que el secretario de Estado estadounidense Marco Rubio visitó consecutivamente, del 23 al 25 de junio, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y finalmente Bahréin, donde se reunió con todos los Estados miembros del Consejo de Cooperación del Golfo, en un esfuerzo por revivir los Acuerdos de Abraham, empeño que se ve teñido de una ironía palmaria: la persona a cargo de ese dosier no es otro que Jared Kushner, yerno jabadista del presidente Trump, quien ya no oculta su desprecio por el primer ministro israelí Benyamin Netanyahu, a quien considera un enfermo mental, dictamen que resulta irónico cuanto que la historia de los Kushner con Netanyahu no ha sido sino un largo y estrecho abrazo de conveniencias mutuas, pues no en vano se documenta que, en la infancia de Jared y al menos en una ocasión, el entonces visitante Netanyahu durmió en la cama del niño mientras este cedía su lugar al sótano de la residencia familiar en Nueva York, episodio doméstico que, leído a la luz de la actual ruptura y si esta es real, adquiere la densidad simbólica de un desencuentro entre quienes compartieron el pan y la sal y hoy se disputan el sentido mismo de la política exterior estadounidense en el Medio Oriente. En todo caso, los esfuerzos de Marco Rubio fueron inútiles. A su regreso a Washington, el secretario de Estado impuso a la embajadora libanesa, Nada Hamadé Mouawad, la firma, el 27 de junio, de un «acuerdo marco» con Estados Unidos e Israel. Ese documento es una especie de «revisión» del Memorándum de Entendimiento de Islamabad negociado por Jared Kushner y el vicepresidente J.D. Vance y ya firmado entre Estados Unidos e Irán. Por ejemplo, el Memorándum de Islamabad firmado entre Estados Unidos e Irán estipula en su artículo 1 «El fin permanente de la guerra en todos los frentes, incluyendo Líbano». Pero en el artículo 5 del «marco» de Marco Rubio se afirma que «El Gobierno israelí subraya que sus acciones militares en Líbano son únicamente consecuencia de los ataques, de la amenaza que representan y de la intención hostil de grupos armados no estatales, en particular el Hezbollah». De esa manera se trata de avalar la retórica israelí, según la cual el Estado hebreo nunca quiso anexar Líbano sino que se ha limitado a responder a los ataques de un grupo «terrorista». Pero esa narrativa pasa por alto el intento del político francés León Blum de fundar el Estado de Israel en Líbano, en 1936; la guerra arabo-israelí de 1948 y las invasiones israelíes contra Líbano, en 1982 y 2006. Ese «marco» niega el hecho que el Hezbollah es el núcleo de la resistencia libanesa frente a la invasión israelí. Trata de hacernos creer, contra toda lógica, que la ocupación israelí es consecuencia de la resistencia, cuando en realidad es al revés: la resistencia es la respuesta a la ocupación. Por cierto, el texto del «acuerdo marco» firmado en Washington ni siquiera se ha publicado en el sitio web de la Presidencia de la República Libanesa. El presidente del parlamento libanés, Nabih Berri, anunció inmediatamente que ese texto no será ratificado y numerosos líderes libaneses ya lo han rechazado. No es una cuestión comunitaria sino de «libanidad». Después de la firma del Memorándum de Entendimiento de Islamabad entre Estados Unidos e Irán, el Hezbollah instaló, a lo largo de la autopista que atraviesa Líbano, grandes carteles en los que podía verse a los dos Khamenei, el asesinado Alí y su hijo Mojtaba, con la inscripción «Gracias Irán». El sábado los retiró, reemplazándolos por carteles del ministerio de Turismo. Pero el domingo, esos carteles fueron a su vez reemplazados por otros en los que aparecía la bandera libanesa con la inscripción «Líbano primero». Muchos de esos posters amanecieron quemados.
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En este contexto de creciente beligerancia, Stewart Battle de EIR advierte que el mundo se encuentra en la autopista hacia la guerra mundial. La fundadora del Instituto Schiller, Helga Zepp-LaRouche, resumió la situación estratégica en una discusión con colaboradores: «La situación mundial sigue siendo aquella en la que la trayectoria general se dirige hacia la Tercera Guerra Mundial. Y mientras el foco tiende a desplazarse entre el Medio Oriente y el teatro Ucrania-Rusia, la dinámica subyacente es que el Occidente colectivo, que es bastante desunido, sin embargo no está renunciando a su esfuerzo por mantener el dominio en la situación y suprimir la demanda legítima de la Mayoría Global por un nuevo orden económico mundial más justo». En efecto, tanto Estados Unidos como Irán han reanudado los ataques en los últimos días, al menos hasta cierto punto. A pesar de que el presidente Donald Trump afirmó que «Irán ha solicitado una reunión» para salvar el alto el fuego, y que ambas partes enviarían negociadores a Doha, Qatar para conversaciones el martes 30 de junio, el presidente fue rápidamente rechazado por funcionarios iraníes. El portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de Irán, Esmaeil Baghaei, declaró que no habrá conversaciones, técnicas o de otro tipo, con Estados Unidos esta semana. Una delegación técnica iraní visitará Qatar esta semana, pero no tiene relación con funcionarios estadounidenses que visitan el país. Al mismo tiempo, Israel está acelerando rápidamente su participación en conflictos en toda la región, como si estuviera diseñado para obstaculizar cualquier posible cese de hostilidades. Ha continuado los ataques en el sur de Líbano a pesar del alto el fuego firmado entre ambos. Y con respecto al llamado alto el fuego, una mirada más cercana muestra que claramente se ha arreglado para dar a Israel total libertad para continuar con su comportamiento provocador. Una situación similar también está ocurriendo en Siria, mientras Israel expande su presencia allí. Mientras la situación sigue siendo esperanzadora a distancia de que el Memorándum de Entendimiento entre Estados Unidos e Irán pueda convertirse en el punto de partida para una paz regional más amplia, incluso a pesar de los fracasos de Trump, esto requiere una decisión inmediata y clara para controlar a Israel, una decisión que evidentemente aún no se ha tomado. En Ucrania, la situación se está volviendo marcadamente peor. Ucrania ha aumentado dramáticamente e intensificado sus ataques con drones en lo profundo de Rusia en el período reciente, golpeando muchas instalaciones de infraestructura petrolera. El presidente Putin ha tenido ahora dos reuniones con los principales responsables del petróleo en Rusia en los últimos días. Si bien los ataques no han causado problemas importantes en la línea de lo que la prensa occidental ha alardeado, Putin dijo que han causado «ciertas escaseces». Rusia está utilizando actualmente sus reservas de petróleo, señaló, pero están casi al mismo nivel que en esta época el año pasado. El verdadero objetivo de estos ataques, dijo en una entrevista el domingo, es «alimentar… una operación de información como parte de la confrontación más amplia con Rusia». Sin embargo, como han declarado numerosas veces los rusos, así como este servicio de noticias, estos ataques se están realizando con la asistencia directa de los gobiernos europeos, colocando a Europa en la mira de una guerra que se está definiendo cada vez más por ataques terroristas contra infraestructura civil. Esto va acompañado de un creciente tamborileo en los medios de comunicación convencionales de Occidente, incitando a Ucrania y a sus partidarios a invertir aún más en la guerra contra Rusia, a pesar de que Ucrania está perdiendo la guerra y no le quedan personas para luchar. Este juego loco de guerra psicológica y manipulación es una autopista hacia la guerra nuclear. ¿Ha perdido realmente la humanidad la aptitud moral para sobrevivir que permitirá a los fanáticos en Europa y Estados Unidos, que han ido más allá del punto de locura clínica, arrastrar al mundo a una guerra que ponga fin a la civilización? Europa está incluso incautando buques cisterna rusos en aguas internacionales. ¿Qué pasaría si Rusia respondiera de la misma manera e incautara un buque francés? ¿O bombardeara una de las instalaciones de drones en Europa que está fabricando drones para su uso contra Rusia? ¿Qué haría Estados Unidos entonces?
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Como es obvio, la humanidad está al borde del desastre, no por ninguno de los detalles dentro del suroeste de Asia o Ucrania, ni siquiera por los individuos en la administración Trump, por desastrosos que sean. Más bien, estas son las minas terrestres geopolíticas que fueron colocadas por el Imperio Británico en los últimos cincuenta años, utilizando agentes como Sir Henry Kissinger, Zbigniew Brzezinski y otros, que impiden que las potencias globales encuentren un paradigma común de cooperación. El reciente resurgimiento de la acción política popular a raíz del genocidio en Gaza, la guerra en Irán y la flagrante represión de la libertad de expresión y otros derechos garantizados por ciudadanos de todo el mundo, es indicativo de una situación madura para rechazar el statu quo fallido. Las recientes elecciones en el estado de Nueva York y las victorias sorpresa de los llamados candidatos socialistas que simplemente dijeron la verdad sobre algunos de estos temas, es un caso ejemplar. Pero ¿qué reemplaza al sistema moribundo y fallido? Ahora es el momento de un verdadero movimiento ciudadano que eleve el nivel de perspectiva que ha tolerado estos crímenes y ha aceptado esta condición del mundo. Estamos ahora en plena celebración del aniversario de la Declaración de Independencia de Estados Unidos, una ocasión para que los estadounidenses y los ciudadanos de todo el mundo reflexionen sobre los principios que lanzaron una lucha contra el imperio hace 250 años. Esa lucha no está resuelta hoy. ¿Estaremos a la altura del desafío?
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Lo que está en juego no es una crisis más. Es la pregunta de si la civilización occidental es capaz de elegir otro camino antes de que la lógica del rearme global y colapso financiero que Schacht diseñó y Carney ahora replica se imponga por su propio peso catastrófico. La diferencia entre 1933 y 2025 es que hoy existe, al menos en teoría, la posibilidad de nombrar el mecanismo antes de que sea demasiado tarde. Eso, y solo eso, justifica el esfuerzo de seguir diciéndolo en voz alta. La hiperinflación que este billón de dólares anuales destinado a la destrucción de activos reales provocará, junto con la espiral de guerra que necesariamente lo acompaña, no es un accidente ni un efecto colateral: es la consecuencia lógica de un sistema que ha decidido que la producción militar es más rentable que la producción de bienes para la vida, y que la deuda ficticia puede sostenerse siempre que haya un enemigo al que señalar. El rearme no es, pues, una respuesta a una amenaza exterior, sino la manifestación física de una crisis interna de legitimidad que el capitalismo financiero ya no puede resolver por otros medios. Y mientras las élites transatlánticas apuestan todo a la carta de la guerra, el Sur Global construye, con herramientas modestas pero efectivas, las bases de un orden económico que no necesita del caos para sobrevivir. La pregunta, en última instancia, no es si el Banco de Defensa, Seguridad y Resiliencia será aprobado en Ankara, sino si la humanidad tendrá la lucidez de reconocerlo por lo que es: un mecanismo de profecía autocumplida que convierte la deuda en pólvora y la pólvora en la excusa perfecta para más deuda, en un bucle que solo puede romperse con la guerra o con la bancarrota. El camino hacia la paz no pasa por más armas ni por más deuda, sino por la reconstrucción de una economía productiva que ponga en el centro la vida humana y no la muerte. Ese es el desafío que la historia ha depositado en nuestras manos, y la respuesta que demos determinará no solo el rumbo de Occidente, sino el destino de la civilización entera.
José Luis Preciado
(Visto en
https://mentealternativa.com/)