jueves, 17 de septiembre de 2026

LA DIOSA QUE FRACASÓ: LA INTERMINABLE GUERRA DEL FEMINISMO CONTRA EL HOMBRE, LA FAMILIA Y LA CIVILIZACIÓN MISMA



Janice Fiamengo, nacida en 1964, es profesora jubilada de inglés en la Universidad de Ottawa. Al ingresar al mundo académico en la década de 1980, siendo una joven impresionable, su aceptación inicial del feminismo debió ser casi inevitable: “He sentido su euforia y su autocomplaciente convicción de pureza moral”, admite. Estudió todos los textos feministas clásicos, y durante muchos años dio por sentada la validez de sus análisis. Pero La diosa que fracasó no es su historia personal. Sea cual fuere el origen de su desilusión, comenzó a manifestarse en contra del movimiento en 2012. Su trabajo puede ser consultado en línea en The Fiamengo File.

La autora no suaviza su mensaje con la suposición de que originalmente existió un feminismo bueno, moderado o razonable, el que posteriormente hubiese sido secuestrado, traicionado o llevado al extremo por seguidoras descarriadas. Nos recuerda, por ejemplo, que la campaña por el sufragio femenino en el Reino Unido hace más de un siglo escaló desde abuchear a políticos y romper escaparates, hasta ataques incendiarios contra hogares e iglesias. Algunas sufragistas fabricaron cartas incendiarias con fósforo y ácido sulfúrico. Una de ellas arrojó un hacha al primer ministro Asquith.

A pesar de toda la destrucción de propiedades, amenazas a los medios de subsistencia, y daños físicos a inocentes transeúntes, las sufragistas se veían a sí mismas como heroínas sacrificiales. Como muchos terroristas, consideraban que su causa era lo suficientemente pura como para justificar casi cualquier nivel de violencia … Su campaña tuvo éxito, al menos en parte, porque los hombres a quienes tachaban como villanos no soportaban enfrentarse con firmeza a sus sentimentalismos y peligrosos actos.

Fiamengo sabe que un elemento crucial en el éxito del feminismo ha sido el fuerte sesgo natural a favor de las mujeres que caracteriza a ambos sexos: la sinergia entre la preferencia femenina por el propio grupo, y el instinto protector masculino. Han sido realizadas algunas investigaciones objetivas sobre este fenómeno atemporal. En 1994, por ejemplo, los psicólogos Alice Eagly y Antonio Mladinic informaron que tanto los participantes masculinos como femeninos en sus estudios, tendían a atribuir rasgos positivos a las mujeres más que a los hombres, siendo este sesgo notablemente más fuerte en las mujeres; a ésto lo denominaron el efecto “las mujeres son maravillosas”. Estudios posteriores revelaron que el sesgo endogrupal de las mujeres era cuatro veces y media más fuerte que el de los hombres. En 2019, los psicólogos británicos Martin Seager y John Barry desarrollaron el concepto “sesgo gamma” para describir el “prejuicio inconsciente contra los hombres y los niños”, observado en la tendencia tanto de hombres como de mujeres a simpatizar más con las mujeres que con los hombres.

Estos estudios son valiosos pero, como ocurre con gran parte de la psicología social, simplemente confirman algo que siempre ha sido ampliamente conocido: se espera que los hombres prioricen las necesidades de las mujeres y de los niños. Como señala Fiamengo, las feministas jamás habrían alcanzado el éxito que tienen si los hombres se parecieran mínimamente a los brutos egoístas que ellas describen. Ni siquiera medio siglo de furia feminista ha logrado erradicar el sesgo natural de los hombres a favor de las mujeres.

La otra cara de este sesgo masculino es lo que la autora denomina “la brecha de empatía”: la incapacidad o la falta de voluntad, a menudo impactante, de muchas mujeres para empatizar con el sufrimiento masculino. Relata que, tras el hundimiento del Titanic, un grupo de mujeres sobrevivientes se organizó para construir un monumento en memoria de los hombres que se habían sacrificado por ellas.

Algunas feministas rechazaron la gratitud, argumentando que los hombres habían construido el barco y, por lo tanto, era de esperar que asumieran las consecuencias de sus fallas. Otras proclamaron con furia que las mujeres sufrían a diario la crueldad masculina; un solo día de sufrimiento y muerte palidecía en comparación.

Durante la Primera Guerra Mundial, miles de mujeres británicas participaron en un ritual de humillación pública contra sus hombres, abordando a cualquier hombre que encontraran vestido de civil para entregarle una pluma blanca como símbolo de su cobardía. Acompañaron el gesto con discursos ensayados que dejaban claro su furioso desprecio: “¿Por qué no se alistan, muchachos? Su Rey y su Patria los necesitan. Nosotros no”. Ésto continuó durante toda la guerra, e incluso fueron entregadas plumas a hombres con permiso por heridas de guerra o a menores de edad. Un joven de dieciséis años, humillado por el acoso, mintió sobre su edad para alistarse e inmediatamente cayó en el frente. Fiamengo también menciona a un oficial condecorado con la Cruz Victoria por valentía; ese mismo día se cambió a ropa de civil, y unas mujeres que pasaban por allí le dieron una pluma blanca: “La aceptó sin decir palabra y, por curiosidad, la guardó junto a su Cruz Victoria. Le comentó a un amigo que probablemente era el único hombre que había recibido el mismo día emblemas de valentía y cobardía”. El hombre murió más tarde en combate.

Estas actitudes persisten hasta el día de hoy, con feministas que se jactan en Internet de “regodearse en las lágrimas masculinas”, y se exaltan ante diversos casos de sufrimiento masculino.

Las similitudes entre el feminismo y el marxismo han sido señaladas desde hace tiempo: de hecho, ya en 1884, Friedrich Engels estableció explícitamente un paralelismo entre las esposas y el proletariado oprimido. Lo más importante es que el feminismo comparte la concepción marxista de la sociedad, según la cual ésta es entendida en términos de grupos inocentes y culpables en conflicto. Como observa Fiamengo, ésto impide que el feminismo afirme principios universales de justicia:

”Es incapaz de mostrar empatía hacia aquellos a quienes se les ha enseñado a considerar opresores” o “de exigir responsabilidades a aquellas a quienes se les ha enseñado a considerar víctimas”. Debido a esta incapacidad, “una de las mayores mentiras del feminismo ha sido su declarado objetivo de derrocar las estructuras de género occidentales tradicionales, para liberar tanto a hombres como a mujeres y lograr una relación de igualdad”.

Esta última observación sirve como útil recordatorio: en los días más optimistas de la primera ola del feminismo, allá por la década de 1970, el movimiento afirmaba buscar la liberación tanto de hombres como de mujeres de las estructuras tradicionales. El desarrollo profesional femenino, por ejemplo, supuestamente aliviaría la carga de los maridos como únicos proveedores de sus familias. Este discurso ha desaparecido en gran medida.

El paralelismo con el marxismo también resulta instructivo. Oficialmente, la revolución socialista debía liberar tanto a la burguesía como a la clase trabajadora de la “alienación” que caracteriza al capitalismo. Los hijos de los capitalistas se unirían algún día a los hijos del proletariado para construir la sociedad sin clases del futuro, y la desafortunada pero necesaria etapa de “lucha de clases implacable” apenas perduraría como recuerdo. Pero los marxistas como Lenin pronto se centraron demasiado en eliminar al enemigo de clase como para preocuparse por liberarlo de su alienación capitalista.

Un desarrollo similar es también observable en el feminismo: un marido divorciado involuntariamente no lograría mucho éxito en un tribunal de familia apelando al supuesto objetivo feminista de reducir sus cargas como proveedor. “Lo último que busca el feminismo”, señala Fiamengo, “es la liberación de los hombres de sus roles y obligaciones tradicionales”. Las feministas alternan oportunistamente entre su ideología igualitaria explícita, y las apelaciones a las nociones tradicionales del deber masculino. La coherencia [o incoherencia] lógica no les importa.

Por esta razón, un análisis detallado de la doctrina feminista resulta quizás menos útil para comprender el movimiento, que un análisis de las recompensas psicológicas que proporciona a sus seguidoras. Un estudio relevante de 2020, en el que participaron investigadores de Estados Unidos y –quizás no por casualidad– Israel, identifica lo que denomina “TIV”, la Tendencia a la Victimización Interpersonal, como un rasgo de personalidad estable que implica un sentimiento crónico y profundo de ser víctima en diversas relaciones y situaciones. Fiamengo resume:

La creencia ferviente en la propia condición de víctima crea un tipo de personalidad identificable, que rumia sobre el resentimiento e interpreta todas las experiencias a través de la lente de la victimización. Esta creencia no tiene por qué estar correlacionada con la experiencia real de victimización. La personalidad de víctima se caracteriza, sobre todo, por una fuerte necesidad de que sea reconocido el propio sufrimiento. Esta necesidad conlleva una convicción de moralidad intachable, la consiguiente incapacidad para aceptar críticas o desacuerdos, y la profunda falta de empatía hacia quienes son percibidos como enemigos. Los investigadores también descubrieron que las personas con personalidad de víctima se creen justificadas al vengarse de quienes creen que las oprimen. Incluso ante hechos y pruebas que refutan sus creencias, se resisten a abandonar su visión del mundo, la que está íntimamente asociada con su sentido de identidad. La ira hacia los demás y la creencia en la victimización inocente crean una mezcla tóxica de autosuficiencia moral y ceguera moral.

Fiamengo señala que muchas mujeres jóvenes experimentan algo parecido a una conversión religiosa al “descubrir” el feminismo: “las seguidoras se sienten purificadas, renacidas, llenas de propósito y fervor … Todas las insatisfacciones de la vida cobran sentido y pueden ser atribuidas al sistema opresor. Nada es culpa de una misma”.

Obviamente, no todas las mujeres son feministas. Los conservadores estadounidenses se han consolado durante mucho tiempo con el hecho, ampliamente documentado, de que la mayoría de las mujeres expresan reservas sobre la etiqueta. Pero todos los movimientos radicales implican un núcleo pequeño y comprometido, y una periferia mucho más amplia y difusa. Y la periferia del feminismo se extiende ahora profundamente en la sociedad occidental. Fiamengo escribe que, si bien intenta mantener la distinción entre mujeres y feministas, a veces ésto puede resultar difícil.

Una encuesta de Pew Research de 2020 reveló que sólo 19% de las mujeres estadounidenses afirma que el término feminista las describe “muy bien”, mientras que otro 42% dice que las describe “bastante bien”. Ésto significa que 61% no está dispuesto a distanciarse del feminismo de forma inequívoca. Un análisis más detallado del 39% restante posiblemente revelaría también una considerable influencia feminista. Como señala la autora, la mayoría de las mujeres ahora dan por sentado que pertenecen a un “grupo históricamente oprimido”, y aceptan como algo natural que las protecciones legales especiales y los programas gubernamentales deberían promover su progreso y bienestar. Es imposible vivir inmerso en una ideología toda la vida, sin llegar a creer que al menos algunas de sus afirmaciones son ciertas. Fiamengo también menciona el fenómeno del “sesgo de confirmación”: aplicar una perspectiva feminista al observar el mundo, ayuda a ver las pruebas que la respaldan, a la vez que se descarta la información contradictoria.

La autora no se hace ilusiones sobre la posibilidad de reformar el feminismo:

Incluso hoy, medio siglo después de la implementación de programas de igualdad de oportunidades laborales y de las incesantes campañas de empoderamiento femenino en escuelas y universidades, muchas mujeres siguen enfadadas y muchos hombres siguen intentando enmendar sus errores. Ésto debe terminar. Jamás llegaremos a un punto en el que las feministas decidan abandonar la guerra de sexos, aceptando que los hombres ya han hecho suficiente por ellas. Jamás llegará un punto en el que el sufrimiento de los niños y de los hombres importe más a las feministas que su propio poder.

F. Roger Devlin, traducción: Cristian Vasylenko
(Fuente: https://rothbardbrasil.com/)

6 comentarios:

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  2. https://youtu.be/a68I3WBspBs?list=RDa68I3WBspBs

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  3. Buscador
    No voy a decir la cantidad de dinero que "manejan" estos colectivos que se autodenominan por un bien en este caso sobre la defensa de la mujer sobre un "patriarcado primitivo", que lo busque a quien le interese, solo decir que es una cifra que vendría muy bien para otras cuestiones, cuando hay mucho dinero por medio, las "buenas intenciones" se queda en eso, intenciones, eso si, las borregas "charos" van gratis a las calles poniendo ellas de su bolsillo las pancartas en cartón y palos de escobas o fregonas con lemas de tanto nivel cultural como; "machete para el machote", "mi cuerpo mi decisión", "derecho a abortar" y lindezas similares, es lo que tiene ir con los ojos pintados en plan egipcios y no haber acabado la ESO, ¿eso que es?... Las niñas y mujeres violadas en Ceuta aún están esperando a las "charos" de turno con sus pancartas de palos de escobas o fregonas con lemas tan pegadizos como; "hermana yo si te creo"... en fin, lo dejo aquí porque no vale la pena poner más letras, algunas aún no han entendido este comentario... Cuando terminen de leerlo se les habrá quemado el cocido, algunos maridos hoy comen huevo frito con patatas al venir del curro, lo siento. El 016 casi nunca funciona por falta de medios, las pulseras anti maltrato son de tiendas de chinos que no funcionan, las mujeres abusadas del PSOE no pueden denunciar para proteger su anonimato y al abusador se le asigna otro puesto, el Ministerio feminista ni aparece ni se le espera, leyes que reducen condenas a maltratadores de verdad, los pisos de acogidas cada vez son menos... una pregunta tonta, ¿a donde va toda esa cantidad de dinero asignado a la mujer, al "feminismo"?. A las calles salen las "charos" con bragas nuevas cuando el supuesto violador es de raza blanca, como vimos todos con los chicos de la "manada", las otras "manadas" son de pobres inmigrantes que tienen que cubrir sus "necesidades básicas"... Jode decir la verdad pero jode más ser una pedazo de borrega. Aconsejo esas entrevistas a pie de calle preguntando a las "feministas" que es el feminismo...

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  4. Por suerte, la mayoría de mujeres son personas normales y no se dejan engañar. Luego están estas... llenas de complejos y de odio.
    A. S

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  5. Buscador
    "la mayoría son personas normales y no se dejan engañar"... Intenta tener una conversación "normal" en un grupo de "mujeres normales" o en la próxima manifestación feminazi vas y las cuentas... de pocas nada amigo.

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  6. ¿feminazi?

    Vuelve a leer el artículo.

    "Las similitudes entre el feminismo y el marxismo han sido señaladas desde hace tiempo: de hecho, ya en 1884, Friedrich Engels estableció explícitamente un paralelismo entre las esposas y el proletariado oprimido. Lo más importante es que el feminismo comparte la concepción marxista de la sociedad, según la cual ésta es entendida en términos de grupos inocentes y culpables en conflicto. Como observa Fiamengo, ésto impide que el feminismo afirme principios universales de justicia..."

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