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jueves, 9 de abril de 2026
LA MEMORIA DEL COLONIZADO
Hay una dimensión del conflicto actual entre EEUU e Israel e Irán que el análisis geopolítico convencional tiende a pasar por alto porque incomoda a demasiados actores simultáneamente: la dimensión de la memoria histórica como combustible de guerra.
Para entender por qué Irán resiste, por qué el mundo árabe y musulmán no se ha alineado con Washington en esta guerra, y por qué el lenguaje de Trump sobre devolver a los iraníes a la "Edad de Piedra, que es a donde pertenecen" resuena tan diferente en Teherán, en Argel, en Bagdad o en El Cairo que en los estudios de Fox News, es necesario hacer lo que los estrategas de la Casa Blanca claramente no hicieron antes del 28 de febrero: leer la historia.
El colonialismo europeo en el mundo musulmán no es materia de debate académico para las poblaciones que lo vivieron. Es memoria viva, transmitida de generación en generación con la misma precisión con que se transmiten los versículos del Corán. Y los hechos son los hechos, por incómodos que resulten para la narrativa de Occidente como portador de civilización y valores.
Francia reunió a 400 eruditos musulmanes durante su ocupación de Chad en 1917 y los ejecutó. Cuando sus tropas entraron en la ciudad argelina de Laghouat en 1852, exterminaron a dos tercios de su población. Francia llevó a cabo 17 pruebas nucleares en Argelia entre 1960 y 1966, con un número de víctimas que los investigadores estiman entre 27.000 y 100.000, cuyos efectos sobre la salud de las poblaciones afectadas siguen siendo detectables hoy. Cuando abandonó Argelia en 1962, dejó sembradas tantas minas antipersona como habitantes tenía el país en ese momento: 11 millones de minas para 11 millones de personas. El historiador francés Jacques Gorki estimó que el número total de musulmanes muertos por Francia en Argelia desde su llegada en 1830 hasta su salida en 1962 fue de 10 millones de personas. Francia ocupó Túnez durante 75 años, Argelia durante 132, Marruecos durante 44 y Mauritania durante 60.
Durante la campaña napoleónica en Egipto, testimonios de época documentan profanaciones de mezquitas que dejaron una marca indeleble en la memoria colectiva del mundo árabe.
Estos hechos no se citan aquí para justificar ninguna violencia presente ni futura. Se citan porque son inseparables de la comprensión de por qué el mundo árabe y musulmán lee el ataque estadounidense-israelí contra Irán de una manera radicalmente distinta a como lo lee la prensa occidental. No lo leen como una operación de no proliferación nuclear ni como una respuesta a una amenaza terrorista. Lo leen como el último capítulo de una historia que comenzó siglos antes de que existiera el Estado de Israel, siglos antes de que existiera la República Islámica de Irán, y que tiene un nombre reconocible en todas las lenguas de la región: colonialismo.
Cuando Trump amenaza con devolver a los iraníes a la Edad de Piedra "que es a donde pertenecen", no está solo cometiendo una obscenidad diplomática. Está recitando, con la brutalidad sin filtros que lo caracteriza, el mismo argumento que Francia usó para justificar la masacre de Laghouat en 1852: que esa población no pertenece al presente de la civilización sino a un pasado que merece ser borrado. La retórica cambia. La estructura del argumento permanece idéntica.
Esta continuidad estructural es la que explica algo que ha desconcertado a los analistas occidentales durante toda esta guerra: el fracaso total de Washington para construir una coalición internacional de apoyo. La pregunta que nadie quiere formular directamente es la siguiente. Si EE.UU. atacó a Irán para defender el orden internacional, la no proliferación nuclear y la libertad de navegación, ¿por qué no hay ningún país africano, ningún país del Magreb, ningún país del sudeste asiático, ninguna democracia latinoamericana importante que haya expresado apoyo activo a la operación? La respuesta no está en la geopolítica del momento. Está en la memoria histórica de lo que el "orden internacional" significó concretamente para esas poblaciones durante los siglos diecinueve y veinte.
El canciller iraní Araghchi lo formuló con precisión estratégica cuando dijo que la intención de Irán no es negociar sino dar una lección tan dura que ningún país vuelva a pensar en atacar a otra nación soberana de esa manera. Esa formulación no es solo estratégica: es histórica. Irán se está presentando ante el mundo no como un régimen teocrático en pie de guerra, sino como el primer país de la región que logra hacer pagar un precio real y duradero por una agresión colonial. Y esa narrativa tiene un poder de convocatoria en el sur global que ningún análisis de geopolítica de las grandes potencias puede cuantificar adecuadamente pero que se manifiesta con claridad en el hecho de que miles de personas salen a las calles en Manila, en Bagdad, en Jakarta y en Dakar a protestar contra la guerra, mientras ninguna capital del mundo árabe o musulmán envía tropas o apoyo logístico a Washington. La OTAN se niega a participar, pero su negativa se puede explicar por razones de interés estratégico europeo. La negativa del sur global es más profunda y más duradera porque está enraizada en una experiencia histórica compartida que hace que la narrativa de EE.UU. como defensor del orden internacional no solo resulte inverosímil sino activamente ofensiva.
Hay aquí una ironía que merece subrayarse. Macron, cuyo país construyó parte de su grandeza imperial sobre las masacres de Laghouat y el Chad y los 11 millones de minas de Argelia, propone desde Seúl crear una coalición de democracias independientes de las grandes potencias. La propuesta es razonable en su contenido estratégico, pero su autor tiene una deuda histórica con el mundo musulmán que hace que su llamado a construir un orden más justo e independiente suene, en El Cairo o en Argel, como el verdugo pidiendo al heredero de sus víctimas que le ayude a redactar las normas del nuevo duelo.
Esto no equivale a decir que todos los actores sean moralmente equivalentes. No lo son. El régimen teocrático iraní reprime a su propia población, ejecuta manifestantes, recluta niños para la guerra según Amnistía Internacional, y usa el martirio como herramienta de cohesión política. La agresión del 28 de febrero fue precedida de negociaciones que producían resultados, y su interrupción fue una decisión que ningún análisis honesto puede calificar de necesaria o inevitable. Pero la igualdad moral no es el marco correcto para analizar por qué el mundo no occidental no apoya a Washington en esta guerra. El marco correcto es el de la memoria histórica, que es más poderosa y más duradera que cualquier argumento estratégico.
David French escribió que Trump "no entiende a los que sí creen" porque él mismo no cree en nada. Eso es exactamente correcto, pero es incompleto. Trump no entiende a los que tienen memoria. Y la memoria del mundo árabe y musulmán sobre lo que la civilización occidental trajo consigo durante los siglos de colonialismo no es rencor irracional ni propaganda antioccidental. Es historia documentada. Es el registro de lo que ocurrió, con nombres, fechas y cifras que los historiadores europeos han confirmado. Y esa memoria es, hoy, uno de los factores más determinantes de la correlación de fuerzas en esta guerra: el factor que explica por qué Irán no está solo aunque esté bajo el fuego de la potencia militar más grande de la historia, y por qué Washington sí lo está aunque tenga el arsenal más poderoso del planeta.
La lección de Carras no es solo táctica. Es civilizatoria. Craso cruzó el Éufrates no solo sin entender el terreno ni la táctica militar de los partos. Cruzó sin entender la historia de la región, sin entender que estaba pisando el suelo de una de las civilizaciones más antiguas del mundo, sin entender que ese suelo tenía memoria y que esa memoria activaría una resistencia que ninguna ventaja militar podía compensar. Dos mil años después, en las montañas de Kohkiluyeh donde un coronel herido esperaba el rescate mientras las fuerzas iraníes lo buscaban, la trampa sigue siendo exactamente la misma. Diferente tecnología. Idéntica ignorancia. Ese es, exactamente, el verdadero craso error.
Humberto Del Pozo López
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