sábado, 22 de agosto de 2026

LA ALIANZA ENTRE LA IZQUIERDA Y EL ISLAM



Hay una pregunta que mucha gente debería hacerse:

¿Cómo es posible que la izquierda occidental haya terminado haciendo causa común con movimientos islámicos que contradicen muchas de las cosas que la propia izquierda dice defender?

Piénselo.

La izquierda dice defender los derechos de la mujer.

Dice defender los derechos LGBT.

Dice defender la libertad de expresión.

Dice defender el secularismo y la separación entre Iglesia y Estado.

Sin embargo, vemos sectores de esa misma izquierda defendiendo, justificando o minimizando movimientos islamistas que sostienen posiciones completamente contrarias a esos principios.

¿Cómo se explica semejante contradicción?

Para entenderlo, tenemos que ir más profundo.

No es simplemente política.

Es filosofía. Es cosmovisión. Es una manera completamente diferente de interpretar al ser humano, la sociedad, el poder y hasta el mal.

Y cuando entendemos eso, comenzamos a comprender por qué puede existir esta extraña alianza.

DOS MANERAS DE ENTENDER EL MUNDO

La tradición occidental clásica ha sostenido, en términos generales, que las ideas tienen consecuencias.

Lo que una persona cree determina, en buena medida, cómo vive.

Y lo que una sociedad cree termina determinando la clase de sociedad que construye.

Las ideas importan.

Una cultura que valora la libertad produce determinadas instituciones. Una cultura que reconoce la dignidad del individuo produce determinadas leyes. Una cultura que enseña responsabilidad personal produce determinadas conductas. Pero una cultura que glorifica la conquista, la violencia o la supremacía también producirá consecuencias.

Por eso, desde esta perspectiva, cuando alguien comete violencia motivado por una ideología religiosa, una de las preguntas que debemos hacer es:

¿Qué cree esta persona?

¿Qué doctrina abrazó?

¿Qué textos utiliza?

¿Qué autoridad religiosa reconoce?

¿Qué interpretación del mundo lo llevó a justificar sus acciones?

Porque las ideas tienen consecuencias.

PERO EL MARXISMO CAMBIA LA PREGUNTA

Aquí es donde entra el pensamiento marxista.

Marx comienza desde una perspectiva diferente.

Para Marx, y posteriormente para muchas corrientes influenciadas por su pensamiento, las ideas no son necesariamente las que producen las condiciones sociales. Son las condiciones materiales y las relaciones de poder las que producen las ideas.

¿Quién tiene el dinero?

¿Quién controla los medios de producción?

¿Quién tiene poder?

¿Quién es el opresor?

¿Quién es el oprimido?

Esa termina convirtiéndose en la clave interpretativa.

La religión, la moral, las leyes, la cultura e incluso determinadas ideas pasan a interpretarse como productos o instrumentos de esas estructuras de poder.

Y aquí ocurre algo importantísimo.

Cuando una persona comete violencia diciendo que lo hace por razones religiosas, el análisis materialista tiende a buscar detrás de la explicación religiosa.

En lugar de preguntar solamente: ¿qué enseña su doctrina? pregunta: ¿qué condiciones económicas, políticas o sociales llevaron a esta persona hasta aquí?

Colonialismo.

Pobreza.

Marginación.

Discriminación.

Imperialismo.

Humillación.

Opresión.

La teología deja de ser considerada la causa principal y pasa a interpretarse como la expresión de un problema social más profundo.

Aquí comienza a entenderse la alianza.

EL MUNDO DIVIDIDO ENTRE OPRESORES Y OPRIMIDOS

Cuando determinadas corrientes de izquierda observan el mundo musulmán, no comienzan necesariamente preguntando:

¿Qué enseña el islam? ¿Qué dice el Corán? ¿Qué dicen los hadices?¿Qué enseñaron históricamente las diferentes escuelas jurídicas islámicas?

No.

Su marco ideológico comienza con otra pregunta:

¿Quién tiene el poder y quién está siendo oprimido?

Y cuando miran el escenario internacional, frecuentemente interpretan a Occidente (especialmente Estados Unidos y sus aliados) como el poder dominante.

Entonces observan movimientos como Hamás, Hezbolá, la Hermandad Musulmana o incluso diferentes movimientos yihadistas y los colocan dentro de una narrativa de resistencia contra el poder occidental.

Y aquí está el problema: una vez que alguien recibe la categoría de “oprimido”, su ideología puede pasar a un segundo plano.


Ya no importa tanto lo que cree. Importa contra quién está luchando. Por eso podemos terminar viendo situaciones que, desde afuera, parecen completamente contradictorias.

FEMINISTAS MARCHANDO JUNTO A ISLAMISTAS

Piénselo.

¿Cómo puede una feminista en occidente marchar junto a personas que sostienen una visión de la mujer que ella jamás aceptaría para sí misma?

¿Cómo puede un activista LGBT defender movimientos políticos o religiosos bajo los cuales sus propios derechos estarían severamente restringidos?

¿Cómo puede un académico secular que lleva décadas exigiendo separación absoluta entre religión y gobierno terminar defendiendo o justificando movimientos abiertamente teocráticos?


Desconocimiento de la doctrina coránica, nivel SuperSize

La razón es que dentro de este marco ideológico hay una categoría que puede terminar pesando más que todas las demás:

OPRESOR versus OPRIMIDO.

Si los Estados Unidos es colocado en la categoría del opresor y el movimiento que lucha contra Occidente es colocado en la categoría del oprimido, entonces aparece la solidaridad política aunque sus valores sean radicalmente incompatibles.

Ese es el punto que mucha gente no entiende.

La alianza no requiere que la izquierda y el islamismo crean lo mismo.

No lo creen. Solo requiere que identifiquen al mismo adversario.


EL ENEMIGO DE MI ENEMIGO

Aquí llegamos al corazón del asunto.

Si todo comportamiento humano puede explicarse principalmente mediante pobreza, colonialismo, desigualdad económica, discriminación u opresión estructural, entonces la responsabilidad moral individual corre el riesgo de quedar diluida.

El terrorista deja de ser visto principalmente como una persona que abrazó determinadas ideas y tomó determinadas decisiones.

Pasa a ser visto principalmente como el producto de unas circunstancias.

La violencia se convierte en consecuencia de la pobreza. El terrorismo, en consecuencia del imperialismo. El radicalismo, en consecuencia de la marginación.

Pero hay una pregunta que no podemos dejar de hacer: ¿Y qué hacemos con las ideas?

Porque las ideas existen. Las doctrinas existen. Las convicciones religiosas existen. Y las personas actúan sobre aquello que creen.

No podemos analizar seriamente ninguna ideología religiosa o política eliminando de la ecuación lo que esa ideología realmente enseña.

NO TODAS LAS IDEAS SON IGUALMENTE VÁLIDAS

Aquí encontramos otro problema.

Tenemos que recuperar la capacidad de decir algo que hoy parece escandaloso: No todas las ideas son beneficiosas.

Hay ideas que producen libertad y otras que producen esclavitud. Hay ideas que protegen la dignidad humana y otras que la destruyen. Hay sistemas que protegen la libertad de conciencia y otros que castigan al que cambia de religión. Hay sistemas que permiten criticar al gobierno y otros que encarcelan al disidente. Hay culturas políticas que limitan el poder del Estado y otras que pretenden controlar cada dimensión de la existencia humana.


Reconocer esas diferencias no significa odiar a las personas. Significa tener discernimiento.

Podemos amar al musulmán como ser humano creado a imagen de Dios y, al mismo tiempo, examinar críticamente las doctrinas del islam.

De la misma manera que podemos amar al marxista y rechazar el marxismo.

Amar a una persona no significa aceptar su cosmovisión.

El cristiano está llamado a amar a las personas, pero también a examinar las ideas a la luz de la verdad.

LA GRAN IRONÍA DEL ANTIIMPERIALISMO

Y aquí encontramos quizás una de las mayores contradicciones.

Gran parte de la izquierda contemporánea interpreta la historia occidental casi exclusivamente mediante la lente del colonialismo y del imperialismo. Pero muchas veces aplica un análisis completamente diferente cuando estudia la expansión histórica de los imperios islámicos. La expansión musulmana de los primeros siglos llegó desde Arabia hasta el norte de África, Persia, partes de Asia y la península ibérica. Hubo conquista. Hubo imperios. Hubo sistemas jurídicos que distinguieron entre musulmanes y determinadas comunidades no musulmanas.

Existió la (dhimma), bajo la cual judíos y cristianos podían vivir en territorios gobernados por musulmanes bajo condiciones jurídicas particulares y pagando la *jizya*. Todo esto forma parte de la historia y debe poder estudiarse con la misma seriedad con la que estudiamos el colonialismo europeo.

Sin embargo, aquí aparece la contradicción: hay personas capaces de encontrar imperialismo en la apertura de un McDonald’s en un país del Tercer Mundo, pero incapaces de reconocer imperialismo cuando estudian siglos de conquista realizada por imperios musulmanes.

¿Por qué? Porque nuevamente aparece el marco ideológico.

Si Occidente siempre ocupa la categoría de opresor y el mundo no occidental la categoría de oprimido, entonces la historia deja de analizarse con un mismo estándar.

Y eso no es historia. Eso es ideología.

ESTA ALIANZA ESCONDE UNA CONTRADICCIÓN INTERNA

Aquí está finalmente el punto que tenemos que entender.

La izquierda y el islamismo pueden coincidir temporalmente en determinados enemigos políticos. Pueden coincidir en su oposición a Occidente. Pueden coincidir en su crítica a Estados Unidos. Pueden coincidir en su rechazo de determinadas estructuras sociales occidentales.

Pero eso no significa que compartan la misma visión del mundo.

De hecho, en muchos asuntos fundamentales son radicalmente incompatibles.

La izquierda contemporánea sostiene una visión del género y la sexualidad que entra directamente en conflicto con la moral islámica tradicional. El secularismo occidental busca limitar la autoridad religiosa sobre el Estado. El islamismo político busca precisamente integrar religión, legislación y gobierno.

El feminismo contemporáneo y la jurisprudencia islámica tradicional tienen diferencias profundas respecto al matrimonio, la familia, la sexualidad y los roles del hombre y la mujer.

Entonces tenemos que preguntarnos:

¿Qué ocurriría si un movimiento islamista alcanzara suficiente poder político?

Muchas de las personas occidentales que hoy lo defienden descubrirían que esa ideología no comparte sus valores.

Y ahí está la enorme ironía. Personas que creen estar luchando contra un sistema opresivo pueden terminar defendiendo movimientos que, si llegaran a tener suficiente poder, restringirían precisamente las libertades que esas mismas personas dicen defender.

Por eso tenemos que dejar de analizar el mundo solamente preguntando: ¿Quién es el opresor y quién es el oprimido?

Tenemos que volver a preguntar: ¿Qué creen? ¿Qué enseñan? ¿Qué tipo de sociedad producirían esas ideas si fueran llevadas hasta sus últimas consecuencias?

Porque las ideas importan.

Las ideas producen consecuencias.

Las ideas construyen culturas.

Las ideas levantan civilizaciones.

Y las ideas también pueden destruirlas.

Porque detrás de cada movimiento político hay ideas. Detrás de las ideas hay una filosofía. Y detrás de toda filosofía se propone una respuesta a las preguntas como:

¿Qué es el hombre?

¿Qué es la verdad?

¿Qué es el bien?

¿Y quién tiene la autoridad para definirlos?

Ahí es donde realmente se está librando la batalla.

Julio Vientos

2 comentarios:

  1. Ideas, creencias y sentimientos no es lo mismo ni funcionan en la misma parte del cerebro (solo el neocortex tiene antivirus informático)
    ... y lo bien que se lo pasan las mujeres en el gineceo... sin los machistas y aburridos hombres... No como en nuestras sociedades que dedican demasiado tiempo a criticarse entre ellas.

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  2. Durante la Revolución iraní, estudiantes de izquierda, comunistas y musulmanes se unieron para derrocar al Shah.
    Los izquierdistas celebraron el regreso de Jomeini en 1979. Creían haber derrotado al capitalismo y al imperialismo. Pero la alegría duró poco.
    Unos 30.000 izquierdistas que ayudaron al régimen islámico a consolidar su poder fueron ejecutados poco después. De ahí proviene el término «tonto útil».
    Cumplieron su función y ya no eran necesarios. Los musulmanes siempre habían despreciado sus ideales progresistas y ansiaban deshacerse de ellos.
    Resulta paradójico que, casi 50 años después, los izquierdistas occidentales estén cometiendo el mismo error y aliándose con los musulmanes.

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