sábado, 28 de marzo de 2026

IRÁN YA HA GANADO ESTA GUERRA ASIMÉTRICA



La guerra que comenzó el 28 de febrero ha dejado de ser una operación punitiva para convertirse en un conflicto de desgaste donde la asimetría juega a favor del que resiste. Las notas que han llegado a la mesa de análisis apuntan a una conclusión sólida: Irán puede ganar. No en el sentido de una rendición formal estadounidense en un barco, sino en el de que los objetivos de Washington fracasarán, el coste de la agresión superará cualquier beneficio y el equilibrio de poder en la región se reconfigurará irreversiblemente en favor de Teherán.

Para entender por qué, es necesario explicitar la metodología que subyace a esta tesis. No basta con enumerar razones. Hay que mostrar la estructura teórica que convierte esas razones en una argumentación coherente. Lo que está ocurriendo en el Golfo es un caso clásico de guerra asimétrica, pero llevado a su expresión más depurada: la del agredido que ha pasado décadas preparándose para la agresión que sabía inevitable.

La definición de victoria en guerra asimétrica

En una guerra convencional, el grande gana cuando destruye la capacidad militar del pequeño o le impone sus condiciones políticas. En una guerra asimétrica, la victoria se define al revés: el pequeño gana cuando sobrevive con sus objetivos intactos y el grande fracasa en los suyos. Por eso Irán no necesita rendir a Estados Unidos. Le basta con que Washington no logre cambiar su régimen, no destruya su programa de misiles, no rompa su alianza con China y Rusia, no restablezca el control absoluto sobre el estrecho de Ormuz. La asimetría invierte la métrica del éxito.

La iniciativa estratégica como propiedad del defensor preparado

En la teoría clásica, la iniciativa la tiene el atacante. Elige cuándo, dónde y con qué intensidad golpea. En la guerra asimétrica prolongada, esa regla se invierte cuando el defensor ha preparado el terreno. Irán ha pasado décadas construyendo una red de milicias, misiles dispersos, túneles, defensas redundantes. El atacante puede elegir el momento del primer golpe, pero a partir de ahí, el defensor decide el ritmo de la respuesta, los objetivos, la intensidad. Irán controla la escalada porque ha puesto el tablero de tal modo que cualquier intensificación del ataque tiene costes decrecientes para el atacante. Subir la apuesta no le da ventaja, sino que le expone más.

El control de la escalada como arma del débil

El débil no puede ganar en una confrontación directa de poder bruto. Pero puede hacer que la escalada sea desventajosa para el fuerte. Para ello necesita dos cosas: capacidad de dañar puntos críticos del fuerte y demostrada disposición a usarla. Irán ha mostrado que puede alcanzar refinerías saudíes, bases estadounidenses, buques de guerra, infraestructura crítica del Golfo. Cada vez que Estados Unidos sube la apuesta, Irán responde con un daño desproporcionado al coste de la escalada. El resultado es que el fuerte se encuentra en una trampa: si no escala, no gana; si escala, pierde más.

La economía de guerra como factor de sostenibilidad

En una guerra de desgaste, gana quien aguanta más. La economía de guerra del débil preparado es barata, descentralizada, resistente. La del fuerte es cara, centralizada, vulnerable a interrupciones logísticas. Irán fabrica misiles hipersónicos por una fracción del coste de los interceptores Patriot. Sus milicias operan con un presupuesto irrisorio. La coalición, en cambio, gasta miles de millones en cada misil, cada hora de vuelo, cada día de despliegue naval. La asimetría económica no es un accidente, es una estrategia deliberada: forzar al fuerte a una guerra de costes que no puede sostener.

La logística como talón de Aquiles del grande

El poder militar del fuerte depende de cadenas de suministro largas, vulnerables, caras. Irán ha destruido o neutralizado las bases estadounidenses en el Golfo. Los grupos de ataque naval necesitan reabastecimiento constante y no pueden recibirlo en zona de combate sin exponerse. La logística de la coalición se apoya en puntos fijos (bases, puertos, aeropuertos) que Irán ha demostrado que puede alcanzar. La logística de Irán, en cambio, es terrestre, dispersa, se apoya en fronteras con aliados (Rusia, Kazajistán, Afganistán) que Estados Unidos no puede bloquear. Esta asimetría logística es estructural: cuanto más dura la guerra, más pesa.


El centro de gravedad difuso del defensor preparado

Clausewitz llamó centro de gravedad a aquello cuya destrucción hace caer al enemigo. En un Estado convencional, es el ejército, la capital, el liderazgo. Irán ha construido un sistema sin centro de gravedad identificable: el liderazgo está descentralizado, las capacidades militares dispersas, la economía resiste las sanciones, la población apoya al régimen bajo ataque. Estados Unidos puede bombardear Teherán, pero no hay un punto único cuyo colapso termine la guerra. El centro de gravedad de la coalición, en cambio, es vulnerable: las refinerías saudíes, las bases en el Golfo, los buques de guerra, la economía israelí. Irán ha identificado esos puntos y tiene capacidad de alcanzarlos.

La capacidad de resistencia al daño

En la guerra asimétrica, la voluntad de resistir es tan importante como la capacidad material. Irán ha demostrado una capacidad de absorción de daño forjada en décadas de guerra, sanciones, aislamiento. La población iraní sale a las calles bajo los bombardeos para reclamar que no haya tregua. La coalición, en cambio, muestra grietas: los colonos israelíes huyen, la moral de las tropas estadounidenses se resiente, las monarquías del Golfo temen revoluciones internas. La asimetría en la capacidad de resistir el daño es quizás la más decisiva.

La imposibilidad de la invasión terrestre

La guerra convencional termina con una invasión terrestre que ocupa territorio y derroca al gobierno. En el caso iraní, esa opción no existe. El atacante necesita triplicar los efectivos del defensor para asegurar una invasión exitosa. Irán tiene un ejército de un millón de hombres. La coalición no puede reunir ni setecientos mil. Además, el terreno es hostil, las defensas preparadas, la población no colaborará. Sin amenaza de invasión, el fuerte no puede imponer sus condiciones. El débil, protegido por su territorio y su población, puede esperar.

La fragmentación del adversario como ventaja del débil

El fuerte nunca es un bloque monolítico. Estados Unidos, Israel y las monarquías del Golfo tienen intereses divergentes y, en muchos puntos, contradictorios. Irán explota esas contradicciones: golpea las refinerías saudíes pero mantiene abiertos los canales diplomáticos con Riad; ataca bases estadounidenses pero evita escalar contra los emiratos; mantiene a Israel bajo presión pero no cruza el umbral que obligaría a una respuesta nuclear. La fragmentación del adversario es una ventaja estratégica que el débil, si es hábil, sabe explotar.

La guerra de narrativas como campo de batalla decisivo

En la guerra asimétrica, la legitimidad es un activo estratégico. Irán ha conseguido presentarse como el agredido que ejerce su derecho a la legítima defensa (resolución 3314 de la ONU), mientras Estados Unidos aparece como el agresor imperial que viola el derecho internacional. La opinión pública global, especialmente en el Sur Global, se inclina hacia Irán. La narrativa es tan importante como los misiles, porque determina quién puede conseguir aliados, quién puede financiarse, quién puede mantener la moral propia y erosionar la del enemigo.

Lo que estos meses han mostrado no es una colección de incidentes aislados, sino la aplicación sistemática de una estrategia de guerra asimétrica. Cada movimiento iraní responde a una categoría teórica: la definición de victoria, la iniciativa estratégica, el control de la escalada, la economía de guerra, la logística, el centro de gravedad, la resistencia al daño, la invasión terrestre, la fragmentación del adversario, la guerra de narrativas.

La guerra que Irán ha preparado no es la que Estados Unidos quería librar. Es una guerra de desgaste donde el defensor tiene todas las ventajas estructurales. Por eso la tesis es sólida: Irán puede ganar. No porque sea más fuerte, sino porque ha entendido que en la guerra asimétrica, ganar no es destruir al fuerte, sino sobrevivir hasta que el fuerte se canse. Y Estados Unidos, Israel y las monarquías del Golfo están mostrando signos de agotamiento.

La pregunta no es si Irán puede ganar. La pregunta es qué significa ganar. Para Irán, ganar es sobrevivir con el régimen intacto, consolidar su posición regional, romper el cerco de sanciones, demostrar que Estados Unidos no puede imponer su voluntad en Oriente Medio. Todos esos objetivos están al alcance. Para Estados Unidos, ganar era cambiar el régimen iraní. Eso no ha ocurrido. Era destruir el programa nuclear. No ha ocurrido. Era restablecer la disuasión. No ha ocurrido.

Irán ha demostrado que puede castigar a sus agresores sin ser destruido. Ha demostrado que puede cerrar el estrecho y cobrar peaje. Ha demostrado que sus misiles alcanzan cualquier objetivo en la región. Ha demostrado que su población resiste. La guerra, para Irán, es larga pero está ganada. Para Estados Unidos, es interminable y ya está perdida. La única cuestión es cuánto tardará Washington en reconocerlo.


En la imagen, la pegatina que está apareciendo en los surtidores
de EE.UU. señalando a los judíos como responsables de la bru-
tal subida del precio de la gasolina: "Los judíos hicieron esto".

EL SEXTANTE
(Fuente: https://acratasnet.wordpress.com/)

CASO NOELIA CASTILLO



¿Por qué los demagogos no hablan ahora de "feminicidio"? Esta criatura ha muerto
porque  su mera existencia era un recordatorio de que el sistema falla a la hora de
garantizar la vida y la integridad de las personas. Todo lo que le ha podido ofrecer
ha sido solo quitarla de en medio. Malditos sean sus verdugos.

Una sociedad que normaliza aberraciones como el aborto o la eutanasia es una sociedad profundamente enferma, manipulada y podrida. O como dicen los comunicadores políticamente correctos ... "una sociedad fallida".

El caso de Noelia Castillo nos recuerda, una vez más, el grado de podredumbre moral y espiritual al que hemos llegado en occidente. Y no estoy hablando de aspectos religiosos o políticos. Se trata de algo mucho más profundo que tiene que ver con el Alma.

El estado despojó a los padres de Noelia de la custodia de su propia hija y la internó en un centro de menas donde fue violada en grupo. Brutalmente. Provocándole graves secuelas psicológicas y emocionales.

Noelia ya padecía un trastorno límite de la personalidad y, tras un intento de suicidio fallido en el que sufrió graves daños físicos, su situación se agravó considerablemente desarrollando una depresión severa.

Fue entonces cuando decidió solicitar el suicIdi0 asistido o "ejecución de estado", más conocido como eutanasia. Y el estado, amablemente, se la concedió, como no podía ser de otra manera, después de invitarla a rellenar convenientemente el impreso oficial de cesión de órganos.

Es curioso como el sistema agiliza la burocracia cuando le conviene y la ralentiza y eterniza para todo lo demás. Cualquiera diría que cuando se trata de actuar en contra de la vida todo fluye sin demasiado problema en esta realidad postmoderna, inclusiva y eco sostenible que nos ha tocado.

Respeto profundamente la decisión de cada cual sobre su propia existencia. Lo que nunca respetaré es que este sistema podrido se beneficie del sufrimiento ajeno y nos venda una "ejecución de estado" como un logro legislativo amparándose en los "derechos humanos" y toda esa mandanga. España es el primer país del mundo en el negocio de la "donación de órganos", pero de esta realidad casi nadie quiere hablar.

Descansa en paz Noelia. Buen viaje de vuelta a casa.

Mártin Sánchez

CRÓNICA DE UNA GUERRA ANUNCIADA Y DE UNA RETIRADA ENVUELTA EN TESTOSTERONA DIGITAL



La escenografía era impecable, líneas rojas superpuestas, amenazas cruzadas, ultimátums de saldo y una coreografía bélica diseñada para parecer controlada, justo hasta el instante en que dejó de estarlo.

No estamos ante una estrategia, estamos ante una máquina de escalada concebida para avanzar por inercia, sin volante y casi sin frenos. O mejor dicho, con frenos de emergencia, pero solo cuando en algún despacho le explican al emperador de la bronca permanente que sus bonos del Tesoro corren el riesgo de convertirse en confeti financiero.

Porque sí, en esta fase del desorden mundial, las guerras ya no se miden solo en misiles, sino en curvas de rendimiento, primas de riesgo y rutas marítimas, y ahí es donde la teatralidad imperial suele descubrir, con cierto estupor, que la realidad no se intimida con mayúsculas.

El grupo terrorista en Asia Occidental golpea South Pars, el mayor yacimiento de gas del planeta, compartido con Qatar. Después llega el ataque contra Natanz, uno de los nodos más sensibles del programa nuclear iraní. Irán responde en Dimona y Arad, a escasa distancia del corazón nuclear del Néguev. Israel, fiel a su doctrina de castigo estructural, devuelve el golpe sobre Teherán e Isfahán. Y desde Teherán llega una constatación tan sobria como devastadora, agua y electricidad, en estado crítico. Es decir, se ha cruzado el umbral que separa la guerra de la señalización de la guerra de infraestructuras. Ya no hablamos de “disuasión”. Hablamos de capacidad de demolición sistémica.

Y ahí entra en escena el gran especialista contemporáneo en incendiar una habitación y luego exigir un Nobel de bombero. Aparece el inquilino de la Casablanca, con su mezcla habitual de testosterona digital, improvisación de casino y diplomacia de reality show. Lanza un ultimátum de 48 horas: o se reabre Ormuz o Estados Unidos “atacará y aniquilará” las centrales eléctricas iraníes, empezando por “la más grande”.

Una amenaza formulada con la profundidad estratégica de un matón de resort, pero con consecuencias potenciales de alcance planetario.

Porque en el mundo real -ese lugar ingrato donde los discursos se topan con la logística- cerrar Ormuz no es una metáfora. Es una alteración sísmica del metabolismo energético global. Y Teherán respondió precisamente en ese registro: si se tocan sus centrales, Ormuz quedará completamente cerrado. No como gesto teatral, sino como acto de guerra económica integral.

Aún más explícito fue el mensaje del presidente del Parlamento iraní, Mohammad Bagher Ghalibaf: “si la escalada continúa, la infraestructura energética y petrolera del Golfo Pérsico será destruida de forma irreversible”. La palabra importante aquí no es “destruida”. Es “irreversible”. Porque eso ya no es un intercambio de golpes. Es una advertencia de descomposición regional organizada.

Y entonces llegó el momento más revelador de toda esta secuencia, el ultimátum expiró. No por una concesión iraní, no por un éxito diplomático, no por una mediación milagrosa. Expiró porque el propio Trump retrocedió.

Lo hizo, naturalmente, por el canal más coherente con su estatura histórica, Truth Social, ese vertedero barroco donde la posverdad se maquilla de estadista. Allí anunció que se estaban produciendo “conversaciones muy buenas y productivas”. El problema es que Irán lo desmintió casi de inmediato. Sin aspavientos, sin dramatismo, sin necesidad de adornar la humillación, el Ministerio de Asuntos Exteriores iraní dejó caer la frase que resume toda la escena: “no hubo conversaciones”. Y añadió que Irán rechaza cualquier diálogo hasta alcanzar sus objetivos de guerra. Traducido al castellano geopolítico: no, no te hemos llamado.

Entonces, ¿qué ocurrió realmente? Lo que suele ocurrir cuando un imperio amenaza con incendiar el sistema y alguien le enseña la factura. Irán hizo llegar, a través de Omán, un mensaje tan simple como letal. Si Washington ejecutaba su amenaza, cargaría con la responsabilidad política, financiera y económica de un colapso global de primera magnitud. Y esa amenaza no iba dirigida solo al Pentágono, iba dirigida a Wall Street, a los tenedores de deuda, a los fondos soberanos del Golfo y a todos esos actores que pueden tolerar casi cualquier atrocidad, salvo una dislocación seria del circuito de acumulación.

Alguien debió de explicarle entonces al emperador que la economía mundial no funciona como un mitin,que los bonos del Tesoro no son tótems místicos, que los mercados pueden tolerar la guerra, hasta que la guerra empieza a oler a descontrol sistémico. Y que si además el conflicto abre la puerta a represalias híbridas contra infraestructuras digitales, centros de datos, logística energética o tráfico marítimo, la fantasía de “castigo quirúrgico” se convierte en lo que siempre fue, una mentira.

Así, por una de esas metamorfosis tan frecuentes en la política imperial, el ultimátum de 48 horas se convirtió súbitamente en una “pausa de cinco días”. Una pausa, por supuesto, vendida como maniobra maestra, porque si algo domina Washington es el arte de redecorar la retirada como si fuera doctrina. Pero conviene llamar a las cosas por su nombre, esto no fue una demostración de control, fue una marcha atrás envuelta en marketing de testosterona.

La Casa Blanca amenazó con incendiar una región que concentra una parte crítica de la energía mundial, recibió una respuesta creíble sobre las consecuencias y, acto seguido, se echó atrás sin admitirlo. No es una excepción, es una constante. La política exterior del Imperio del Caos ya no consiste en ordenar el mundo, sino en simular que todavía puede hacerlo.

Lo que realmente está en juego no es solo el petróleo, sería un error leer esta crisis únicamente en clave energética. Sí, el petróleo importa, sí, Ormuz importa, sí, el gas del Golfo importa, pero lo que está en juego es algo más profundo, la arquitectura de credibilidad sobre la que descansa el poder estadounidense. Un poder que ya no se sostiene solo en portaaviones, sino en una combinación cada vez más frágil de supremacía financiera, confianza en la deuda soberana, control de rutas estratégicas, dependencia tecnológica global, y la vieja ficción de que Washington todavía puede imponer costes sin asumirlos. Ese es el verdadero núcleo de la crisis, porque cuando una potencia descubre que es vulnerable en energía, comercio, deuda, datos e infraestructuras al mismo tiempo, deja de actuar como árbitro y empieza a comportarse como lo que realmente es, un jugador nervioso con demasiadas fichas comprometidas.

Irán juega a otra cosa, no a ganar la guerra, sino a volverla insostenible económicamente. No necesita “vencer” en el sentido clásico. Le basta con una estrategia mucho más sofisticada y más eficaz, hacer que el precio de la guerra sea inasumible y eso es lo que está haciendo. Si la presión se traslada a Kharg, puede abrirse otro frente marítimo.

Si se amplía la ofensiva sobre infraestructura crítica, los hutíes pueden endurecer el cerrojo sobre Bab el-Mandeb. Si el Golfo entra en pánico operativo, los fondos soberanos de la región tendrán que decidir si siguen financiando con normalidad un orden liderado por una potencia que ya no transmite estabilidad, sino riesgo de contagio. Y ahí está la clave, Irán no está jugando al ajedrez táctico de los titulares, está jugando al desgaste sistémico de los balances. Es una partida geopolítica en la que cada movimiento del adversario puede empeorar su propia posición. Y eso, para una superpotencia adicta al espectáculo de la intimidación, es veneno puro.


La gran noticia no es que la guerra continúe, es que ya todos saben quién parpadeó primero. Dentro de cinco días, el teatro puede reanudarse. Habrá nuevos comunicados, nuevas amenazas, nuevos expertos televisivos confundiendo histeria con estrategia Pero algo ha cambiado y no es menor. Lo que ha quedado expuesto no es solo la peligrosidad de esta escalada, sino la pérdida de margen real del actor que todavía se presenta como director de la obra. Porque el dato decisivo no es que Estados Unidos amenace, el dato decisivo es que ya no siempre puede permitirse cumplir sus amenazas. Y cuando un imperio descubre eso en público, entra en una fase especialmente delicada, la fase en la que sigue hablando como hegemón, mientras empieza a maniobrar como deudor.

Dicen que Washington buscaba una “salida digna” y la encontró. Consistía en amenazar con destruir media región, retroceder antes de hacerlo, vender la retirada como táctica magistral y terminar desmentido por el propio país al que supuestamente había doblegado. Una coreografía impecable. La próxima función, en cinco días y como siempre, con entrada gratis para el caos.

Alex Corrons

EL DELITO DE “FEMINICIDIO” ES UN ABSURDO LEGAL


 
"Suicidio" no es matar a un suizo, sino a uno mismo. Y "homicidio" no es matar
a un hombre (varón), sino a un ser humano. Engloba tanto varones como muje-
res, por lo que la especificación del "feminicidio", un caso particular y muy mi-
noritario en términos estadísticos, es superflua e innecesaria, al menos mientras
no se recoja, paralelamente, el tipo penal del "androcidio". Solo que esto no
va de justicia, sino de dividir y enfrentar.

Y no, no porque a quienes lo decimos nos guste que maten mujeres (quienes digan eso son imbéciles y/o demagogos). El feminicidio es un absurdo porque es irracional el pretender darle mas valor a la perdida de la vida de una mujer que a la de un hombre. Igual que es absurdo el castigarlo de forma diferenciada y discriminatoria. El feminicidio es absurdo porque el homicidio siempre ha castigado a quienes matan seres humanos (las mujeres son seres humanos) y la muerte de una mujer no es mas grave que la de un hombre. Si, por sus circunstancias particulares, se considera que el homicidio fue particularmente aberrante (por traición de la confianza, por la ventaja de la superioridad física, por brutalidad de los hechos, por la existencia de un parentesco, etc.…) se considera que un homicidio debe ser sancionado con mayor gravedad, está bien. Para eso siempre existieron las agravantes penales …


Tanto progresismo y tanto antifranquismo para acabar volviendo
a la legislación del ferrolano. 
 

El feminicidio únicamente genera una falsa alarma social sobre una realidad sobredimensionada. Son muchos más los hombres que son asesinados. Estadísticamente es mucho mas probable que el ser hombre te lleve a una muerte violenta que el ser mujer (9 a 1). Y no por eso vamos por ahí gritando que “los matan por ser hombres”.

A la ley no deben importarle las ideologías. En igualdad ante la ley, al código penal únicamente debe importarle que a todos los seres humanos se les respete el mismo derecho a la vida con los mismos castigos a quienes lo trasgredan.

El delito de feminicidio es un absurdo y se debe derogar como tipo penal …

Alan D. Capetillo

EXPERIMENTO DE GEOINGENIERÍA VERTIENDO PRODUCTOS QUÍMICOS AL MAR



El Instituto Oceanográfico Woods Hole, en Massachusetts, se ha embarcado en un experimento de geoingeniería en el Golfo de Maine para capturar carbono en el océano. El experimento ha consistido en verter en 4 días 65.000 litros de hidróxido de sodio en una zona de 1 km², junto con 760 litros de colorante fluorescente para controlar cómo se dispersaba.

El objetivo es aumentar el pH del océano (alcalinización) para que aumente la cantidad de CO₂ que se disuelve en él. Aunque en el curso del experimento los investigadores no encontraron ningún impacto significativo en el ecosistema, eso no quiere decir que no los haya. Los pescadores de la zona y las organizaciones ecologistas han expresado su preocupación. Friends of the Earth afirmó que «el hidróxido de sodio es un producto químico peligroso y cáustico que provoca quemaduras químicas al entrar en contacto con la piel. Es un ingrediente utilizado en los limpiadores de desagües. Esta sustancia se vertería en aguas frecuentadas por al menos ocho especies en peligro de extinción, entre ellas las ballenas francas del Atlántico Norte y las tortugas laúd».


Los investigadores calculan que el experimento ha conseguido que el mar absorba 50 toneladas de CO₂, eso equivale a la huella de carbono anual de 5 personas en un país industrializado. La NOAA calcula el coste en 160 dólares por tonelada eliminada de la atmósfera. ¿Quién lo pagaría si se hiciera a gran escala? Microsoft y Google están esperando entre bastidores, dispuestos a invertir dinero en la tecnología mediante la compra de créditos de carbono.

Se inventan unos créditos de carbono que las empresas tienen que comprar para operar, y como consecuencia arrojan toneladas de productos químicos al mar para eliminar una cantidad ridícula de CO₂ de la atmósfera, que es donde tiene que estar. ¿Nos hemos vuelto majaras?

(https://t.me/bycpoornamidam/)

viernes, 27 de marzo de 2026

LA AGENDA DE LA C.I.A. PARA EL CONTROL CLIMÁTICO



Archivos de la C.I.A., clasificados en su día como ultrasecretos, detallan los planes de Estados Unidos para controlar el mundo mediante la manipulación del clima.

Los documentos, desclasificados en 2003, abordaban el controvertido tema de la modificación del clima: la táctica de lanzar cohetes o usar aviones para arrojar sustancias químicas a la atmósfera que alteran el clima y los sistemas de tormentas locales.

Si bien los documentos de 1965 que salieron a la luz no mencionaban las sustancias químicas específicas utilizadas en los experimentos, sí hablaban de la necesidad de mayor financiación para los proyectos de modificación del clima, que pronto se usarían como arma de guerra.

De hecho, los memorandos señalaban que la financiación federal para el programa secreto se cuadruplicaría en 1967, el mismo año en que Estados Unidos comenzó a rociar toxinas sobre Vietnam para provocar inundaciones y deslizamientos de tierra.

El informe de 18 páginas fue compartido recientemente por teóricos de la conspiración, años después de haber sido archivado discretamente en los archivos públicos de la CIA, incluyendo una carta del presidente estadounidense Lyndon B. Johnson elogiando la operación clasificada.

El respaldo de Johnson al proyecto de modificación del clima de la CIA se produjo apenas tres años después de que pronunciara un discurso inquietante sobre el futuro de Estados Unidos y el trabajo para crear "satélites meteorológicos" con la capacidad de intensificar las tormentas.

Durante su discurso de graduación en la Universidad Estatal del Sudoeste de Texas en mayo de 1962, el entonces vicepresidente Johnson afirmó: "Quien controle el clima controlará el mundo".

Tan solo 18 meses después de pronunciar este discurso en el que abogaba por que Estados Unidos controlara el clima, LBJ se convirtió en el 36.º presidente y supervisaría dos proyectos tristemente célebres diseñados para manipular el clima: el Proyecto Stormfury y el Proyecto Popeye.

Tras el discurso, los registros mostraron que, para 1965, ya existían programas gubernamentales reales en marcha, como el Proyecto Stormfury, que consistía en adentrarse en huracanes e inyectarles yoduro de plata, un agente congelante, para intentar debilitarlos alterando su estructura interna.

La carta de Johnson, incluida en el informe de la CIA de 18 páginas, fechada en septiembre de ese año, mencionaba específicamente la labor del proyecto en la manipulación de un huracán reciente cerca de Florida, que se cree que fue el huracán Betsy, el cual tocó tierra en Luisiana como un huracán de categoría 4.

Sin embargo, para 1967, este trabajo se amplió al Proyecto Popeye, que se utilizó contra las líneas de suministro enemigas durante la Guerra de Vietnam para prolongar artificialmente la temporada de monzones del país.

Los servicios de inteligencia también señalaron que contaban con el pleno apoyo de Johnson, quien estaba decidido a contrarrestar los esfuerzos de la Unión Soviética por controlar el clima en un contexto de creciente tensión global.

El gobierno estadounidense ha sostenido que la modificación del clima se ha utilizado únicamente para debilitar tormentas peligrosas e inducir lluvias en zonas afectadas por la sequía.

Sin embargo, teóricos de la conspiración que comparten los archivos han acusado a la CIA de utilizar estos proyectos para mantener al mundo dependiente del gobierno, instrumentalizando las tormentas, bloqueando la luz solar y envenenando los alimentos para enfermar intencionadamente a la población.

Estas acusaciones se centran en los llamadas "chemtrails", las estelas blancas que se ven provenientes de aviones a gran altura en días despejados, las cuales parecen extenderse y disiparse muy lentamente.

Desde que el gobierno comenzó sus esfuerzos por modificar el clima, los teóricos de la conspiración afirman que estas estelas químicas contienen sustancias peligrosas rociadas por aviones militares y comerciales sobre ciudades pobladas.

«¿Esas estelas persistentes que convierten el cielo azul en una neblina lechosa durante horas? No es condensación. Es veneno cayendo sobre tu familia, tu agua, tus pulmones», afirmó una persona en redes sociales.

Según el secretario de Salud de EE. UU., Robert F. Kennedy Jr., y el investigador ambiental Dane Wigington, las estelas químicas contienen toxinas y metales, como aluminio, bario, estroncio e incluso mercurio.

«Esos materiales se añaden al combustible de los aviones», declaró RFK Jr. en abril de 2025. «Haré todo lo que esté en mi mano para detenerlo. Descubriré quién lo hace y los haré responsables».


La gran mayoría de los científicos han declarado desde hace tiempo que esta teoría es falsa, argumentando que la mayoría de las estelas de condensación, o "estelas de condensación", son el resultado de la congelación del vapor de agua procedente de los gases de escape de los aviones, que se convierte en cristales de hielo al entrar en contacto con el aire frío a gran altitud.

Sin embargo, los archivos desclasificados y las propias palabras del expresidente Johnson han revelado nuevas pruebas de que Estados Unidos, durante la Guerra Fría, se enfrentó a la Unión Soviética en una batalla por dominar la tecnología de control climático.

Los registros divulgados al público tras la Guerra de Vietnam mostraron que Estados Unidos sembró nubes con una sustancia tóxica llamada yoduro de plomo para aumentar las lluvias cerca de la Ruta Ho Chi Minh, provocando deslizamientos de tierra y dejando la ruta intransitable.

El yoduro de plomo es tóxico para los humanos porque contiene plomo, que puede causar envenenamiento por plomo con síntomas como dolores de cabeza, fatiga, dolor abdominal, daño neurológico, problemas renales y problemas de desarrollo en niños.

Según las autoridades sanitarias, no existe un nivel seguro de exposición.

Wigington, investigador ambiental con 30 años de experiencia, afirmó que la conspiración en torno a las estelas químicas no solo era cierta, sino que además había mermado la capacidad de la Tierra para superar de forma natural la contaminación causada por el ser humano.

Afirmó que los análisis de laboratorio de muestras de lluvia, las fotografías de aviones especializados que transportaban estos químicos, los documentos gubernamentales y el testimonio de informantes demuestran claramente que un programa secreto intentó utilizar el clima como arma.

Los análisis de suelo estimaron que los aviones comerciales, supuestamente equipados con boquillas y tanques secretos en sus alas, llenos de aluminio, bario, manganeso, grafeno y diversos polímeros, arrojan entre 40 y 60 millones de toneladas de nanopartículas a la atmósfera anualmente.

Chris Melore
(Fuente: https://www.dailymail.co.uk/; traducción: Astillas de Realidad)

ALGUNOS NECESITARON AÑO Y MEDIO PARA ENTERARSE