Se han atribuido al llamado covid síntomas persistentes que en realidad correspondían a efectos adversos causados por la vacuna (Dr. Marty Makary 27.º comisionado de la FDA) |
Como médico, he sido testigo de uno de los períodos más desafiantes para la medicina contemporánea, donde las incongruencias médico-científicas han puesto en entredicho los fundamentos mismos de nuestra práctica. La crítica del Dr. Marty Makary hacia el manejo institucional durante la era covid coinciden con mis propias observaciones sobre cómo la ciencia puede verse comprometida cuando los intereses políticos prevalecen sobre la evidencia objetiva.
El Dr. Marty Makary, 27.º comisionado de la FDA (Agencia para la regulación y Administración de Medicamentos y Alimentos) de EE.UU. plantea una verdad que muchos han evitado admitir: los jóvenes sanos prácticamente no corrían riesgo de morir por COVID-19, y esta realidad se ha visto oscurecida por una avalancha de información sensacionalista y omisiones por parte de las autoridades sanitarias y los medios de comunicación. Su postura, además de ser un hecho epidemiológico, representa un llamado urgente a la honestidad científica y la integridad moral en el manejo público de los datos médicos y científicos.
Durante mi formación y ejercicio profesional, siempre sostuve que la medicina debe basarse en datos rigurosos y análisis imparciales. Sin embargo, la gestión de la pandemia reveló una incongruencia fundamental entre lo que los datos epidemiológicos demostraban y el discurso oficial promulgado por las autoridades sanitarias. La estratificación del riesgo, principio básico en medicina preventiva, fue deliberadamente ignorada en favor de un mensaje universalizado que no reflejaba la realidad clínica observada.
En principio identifiqué la negación sistemática de las diferencias etarias en la morbimortalidad por covid. Los datos clínicos evidenciaban consistentemente que los jóvenes sanos presentaban un riesgo prácticamente insignificantes de complicaciones graves, mientras que las personas mayores con comorbilidades constituían la población verdaderamente vulnerable. Esta realidad epidemiológica debió haber orientado estrategias diferenciadas de protección, no campañas masivas indiscriminadas.
Desde el principio, el discurso oficial se centró en un mensaje universal de riesgo, posiblemente influenciado por paradigmas anteriores, como los relacionados con el VIH, donde el peligro se generalizaba a toda la población. Anthony Fauci y otros líderes trasladaron este enfoque al COVID-19, construyendo un discurso que insistía en que todos éramos igualmente vulnerables.
Sin embargo, los datos reales demostraron lo contrario: la mortalidad y la gravedad de la enfermedad fueron abrumadoramente mayores en las personas de edad avanzada o con comorbilidades, mientras que los jóvenes sanos presentaron una tasa de mortalidad prácticamente insignificante.
Lo más grave, y en esto coincido con el Dr. Makary, es que esta falta de honestidad no solo afectó la percepción del riesgo, sino que también influyó en decisiones fundamentales, como las campañas de vacunación masiva en grupos donde el beneficio era más que cuestionable frente a los numerosos riesgos potenciales. Síntomas persistentes que en realidad correspondían a efectos adversos causados por la “vacuna” se atribuyeron al llamado covid, un fenómeno que se minimizó o, para ser más claros, incluso se ocultó.
Como médico, resulta éticamente inadmisible que síntomas claramente relacionados con intervenciones farmacológicas sean sistemáticamente atribuidos a otras causas. La farmacovigilancia rigurosa constituye un pilar fundamental de la práctica médica responsable, y su compromiso representa una traición a los principios hippocráticos que juramos defender.
El Dr. Makary, incluso como máxima autoridad de la FDA, denuncia claramente cómo la agencia que dirige, la FDA, y los CDC manipularon estudios científicos, diseñándolos para favorecer resultados alineados con intereses políticos, en lugar de priorizar la medicina objetiva, la ciencia y la salud pública.
Desde una perspectiva profesional, fue muy grave la manipulación de estudios científicos por parte de agencias reguladoras como la FDA y los CDC. El despido de expertos que cuestionaron políticas sanitarias basándose en evidencia científica sólida representa una perversión del método científico que socava la confianza pública en nuestras instituciones médicas.
Por ello, fue un acto muy indignante el despido de expertos dentro de la propia FDA que cuestionaron la aprobación de dosis de refuerzo para niños sanos, eliminando voces críticas que podrían haber aportado un equilibrio necesario al debate. Esta injerencia política en las agencias responsables de la regulación sanitaria revela un sistema que a menudo ha sacrificado la transparencia en aras de agendas partidistas.
Para quienes valoramos la ciencia y la ética médica, la postura del Dr. Makary representa un desafío. No podemos permitir que el miedo, la política o el dogma distorsionen la verdad en medicina. Reconocer, como lo ha hecho el Dr. Makary, que los jóvenes sanos enfrentan un riesgo mínimo implica exigir políticas basadas en evidencia clara y exhaustiva, donde se respeten los datos y se escuchen todas las voces, incluidas las de aquellos que sometemos a la falsabilidad el cientificismo del consenso oficial.
Estas experiencias me han llevado a reflexionar profundamente sobre mi responsabilidad como profesional de la salud. La medicina no puede permitirse ser rehén de agendas políticas que comprometan la objetividad científica. Nuestra obligación ética trasciende las presiones institucionales y nos exige defender la verdad científica, incluso cuando resulte incómoda para determinados intereses.
Afrontar esta realidad con valentía es un acto de responsabilidad social y profesional. La comunidad médica debe mantenerse vigilante ante la tentación de convertir la ciencia en una herramienta política. Se trata de proteger la salud física, la integridad de las instituciones y la libertad de pensamiento crítico en tiempos de crisis.
Mi compromiso profesional futuro se centra en promover una medicina basada en evidencia transparente, donde la estratificación del riesgo guíe las decisiones clínicas y donde las voces científicas críticas de médicos sean valoradas como elementos esenciales del progreso médico. Para restaurar la confianza pública y mantener la integridad de nuestra noble profesión.
Como médico comprometido con la verdad, apoyo la honestidad radical y la defensa inquebrantable de la medicina y la ciencia basadas en hechos, no en intereses ocultos.
Natalia Prego Cancelo
(https://nataliaprego.substack.com/)


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