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martes, 25 de agosto de 2026
MANUEL GODOY, BAJA CONDICIÓN Y ALTA TRAICIÓN
El discapacitado moral que veranea en La Mareta ha tenido la ocurrencia de pedir a nuestro rey que llame por teléfono al sátrapa de Marruecos y que lo felicite por invadirnos. Horroroso, lector. Horroroso. Qué cabrón. Digo el sátrapa de Marruecos, no el discapacitado moral que veranea en La Mareta.
Lo que estamos viendo ahora no es novedad: felones los hubo siempre. Fue en otra época, con otros nombres … pero la misma traición y la misma descomposición del Estado. Con permiso de mis lectores, repasaré sucintamente la Historia de España entre 1807 y 1808. No se preocupen las víctimas de la LOGSE: seré breve.
Reinaba por entonces en España el Borbón Carlos IV con su mujer María Luisa. El rey no era guapo, pero María Luisa era fea de cojones. Sin embargo, la reina se echó un amante más joven llamado Manuel Godoy, y al rey, con aquella cornamenta, se le quedaron bajitos los dinteles del Palacio. ¿Se molestó por ello el monarca? En absoluto. Es más: en recompensa por cepillarse a la reina, Carlos IV nombró Primer Ministro de España al tal Godoy, un tipo más peligroso que toser con diarrea, y más inútil que el cenicero de una moto, un desahogado amoral igual de jeta que Sánchez, pero gordito y lustroso.
Mientras tanto, en Francia y en casi toda Europa mandaba Napoleón: el Emperador de los gabachos. Ignoramos lo que le daba Napoleón a Godoy para mantenerlo dócilmente a su servicio. Eso sí: queda descartado que Napoleón piratease el teléfono móvil de Godoy con un programa Pegasus y que luego lo chantajease (nota mental para las víctimas de la LOGSE: en 1807 ni existían los teléfonos móviles ni el programa Pegasus). El caso es –sépalo ya el lector– que Napoleón tenía cogido a Godoy por el mismo instrumento que usaba Godoy para contentar a la reina.
En octubre de 1807, Napoleón y Godoy firmaron el Tratado de Fontainebleau, un despropósito que contenía dos cláusulas secretísimas:
1- Godoy dejaría cruzar la frontera de los Pirineos a 68.000 soldados franceses para que conquistasen Portugal. Nótese que es un número inferior al de marroquíes que han invadido Ceuta. Los franchutes, a marchas forzadas, pasarían de largo (y sin molestar) por los pueblos y ciudades de España. Vamos: que no nos tocarían ni un pelo.
2- Conquistado Portugal por Napoleón, las regiones del Alentejo y Los Algarves se constituirían como Reino independiente; y su nuevo monarca sería … ¿lo adivina ya el lector? Efectivamente: Manuel Godoy.
A principios de 1808, en base al susodicho Tratado, empezaron a entrar en España miles y miles de franceses, decenas de miles, cientos de miles. Y venga soldados. Y más soldados. Y más soldados. Los políticos del PGOE (Partido Godoysista Obrero Español) lo justificaban así: que si razones humanitarias, que si son cosas que pasan, que si no hay que caer en actitudes xenófobas, que si hay que llevarse bien con los países vecinos, que si no conviene enfadar a Napoleón, que si el Tratado de Fontainebleau no produce efecto llamada, que si los franceses también son personas, que si la Ley prohíbe su expulsión, que si lo mejor sería regularizarlos, que si la situación ya se está normalizando, que si la culpa la tiene el novio de Ayuso, que si la culpa la tienen las mafias, que si la culpa la tiene el heteropatriarcado opresor, etcétera, etcétera, etcétera.
La gente de a pie, en cambio, ante tanto trasiego de gabachos, estaba muy, muy, muy, pero que muy mosqueada. Más mosqueada que un pavo en vísperas de Navidad. Y los españoles, como fascistas que eran, como franquistas incorregibles, como ultraderechistas irredentos, empezaron a denominar “invasión” a aquel amable paseíto de los socios de Godoy. Y más que se mosquearon cuando los franchutes se detuvieron en cada pueblo y ciudad para destituir a las autoridades locales, saquear iglesias y violar mujeres.
¿Qué órdenes daba entonces Godoy a los mandos civiles y militares españoles de Cataluña, Navarra, Vascongadas, Castilla la Vieja y Galicia? Yo te lo diré, lector: no ofrecer resistencia, deponer las armas, entregar las plazas y ponerse a disposición de los franceses. Más o menos como Sánchez en Ceuta, pero con el parle vous francaise y sin la horrible presencia de ciertos y ciertas ministros y ministras.
Mientras todo esto sucedía, Napoleón exigió a Carlos IV, a la reina María Luisa, al príncipe heredero Fernando VII y al propio Manuel Godoy que se personaran en Francia para un asunto menor: quitarles la Corona de España y entregársela a José Bonaparte, hermano del Emperador. Dóciles como ministros de Sumar, los miembros de la Familia Real Española (y también Manuel Godoy) se dirigieron a Bayona para entregar España a Napoleón. Y justo en ese momento, el pueblo español reaccionó. Destruidas las estructuras del Estado, traicionados los ciudadanos por sus políticos, en cada municipio de España se constituyó una Junta de Defensa Nacional. En Madrid, como sabrán mis lectores, se armó la del Dos de Mayo: verduleras y modistillas cargaban cañones contra los franceses; amas de casa y criadas les lanzaban macetas desde los balcones; pasteleros y aguadores apaleaban gabachos a garrotazos; y ebanistas y relojeros acuchillaban caballos franceses al grito de ¡Viva España! Porque, a esas alturas de la película, algo ya tenían clarísimo los españoles de entonces: si en tu Patria entran de golpe y a las bravas 80.000 extranjeros, a ese país invasor se le denomina “potencia enemiga”. No como ahora, que se le denomina “socio fiable”.
Cagoentóloquesemenea y mitad del cuarto más.
Juan Manuel Jimenez Muñoz.
(Advertencia a los eruditos que me leen: sí, sí, sí; me he saltado el Motín de Aranjuez para no complicar el relato).
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