sábado, 18 de abril de 2026

EL ENGAÑO QUE DESATÓ LA GUERRA



Una exhaustiva investigación del New York Times revela que el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, presentó el 11 de febrero un plan fraudulento en la Casa Blanca para convencer a Donald Trump de atacar Irán. Las agencias de inteligencia estadounidenses calificaron sus promesas de cambio de régimen como "ridículas" y "basura", y el propio vicepresidente JD Vance advirtió que la guerra sería "un desastre". Sin embargo, Trump, cegado por su instinto y por una fe casi supersticiosa en su propia suerte, ignoró todas las advertencias y autorizó la operación. Pasadas ya seis semanas, las predicciones de los analistas se han cumplido: Irán no se ha rendido, el estrecho de Ormuz está bloqueado, los precios del petróleo se han disparado y Estados Unidos enfrenta una crisis energética y geopolítica que amenaza con hundir su economía.

El 11 de febrero de 2026, una caravana de vehículos negros ingresó a la Casa Blanca. A bordo viajaba el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, quien minutos después se sentaría frente al presidente Donald Trump para una presentación que cambiaría el curso de la historia. Lo que Netanyahu no le dijo a Trump -o lo que Trump decidió ignorar- es que sus promesas eran, según la inteligencia estadounidense, una "patraña".

La investigación publicada por los periodistas Maggie Haberman y Jonathan Swan, basada en el libro "Regime Change: Inside the Imperial Presidency of Donald Trump" y en extensas entrevistas con funcionarios de la administración, desnuda el proceso de toma de decisiones que llevó a Estados Unidos a una guerra que hoy amenaza con desestabilizar todo Medio Oriente y hundir la economía global.

La presentación de Netanyahu: cuatro promesas, dos reales, dos "ridículas"

En la Sala de Conferencias, ante un reducido grupo de asesores -excluyendo deliberadamente a varios secretarios del gabinete y al vicepresidente JD Vance, que se encontraba en Azerbaiyán-, Netanyahu desplegó su presentación. El primer ministro israelí argumentó que Irán estaba "maduro para un cambio de régimen" y que una campaña conjunta podría derribar la república islámica en cuestión de semanas.

El plan se dividía en cuatro partes. La primera era la decapitación: matar al ayatolá Ali Jamenei y a la cúpula dirigente. La segunda era paralizar la capacidad militar de Irán para proyectar poder y amenazar a sus vecinos. La tercera era desencadenar un levantamiento popular interno. La cuarta era el cambio de régimen, con la instalación de un líder laico para gobernar el país . Netanyahu aseguró que el programa de misiles balísticos de Irán podía ser destruido en pocas semanas, que el régimen quedaría tan debilitado que no podría cerrar el estrecho de Ormuz, y que la probabilidad de que Irán atacara intereses estadounidenses en países vecinos era "mínima" . También prometió que el Mossad instigaría una insurrección interna para "terminar el trabajo", y mostró un video con posibles líderes alternativos, incluido Reza Pahlavi, el hijo del último sha de Irán.

La respuesta de Trump fue inmediata y aprobatoria. "Me suena bien", le dijo al primer ministro.

El análisis de inteligencia: "Es una patraña"

Al día siguiente, los servicios de inteligencia estadounidenses se reunieron sin sus homólogos israelíes. Su evaluación fue devastadora. Consideraron que los dos primeros objetivos -matar al ayatolá y desmantelar el ejército iraní- eran alcanzables con el poderío militar estadounidense. Pero calificaron la tercera y cuarta partes del discurso de Netanyahu como "alejadas de la realidad".

Cuando Trump se incorporó a la reunión, el director de la CIA, John Ratcliffe, utilizó una palabra para describir los escenarios de cambio de régimen del primer ministro israelí: "ridículos". El secretario de Estado, Marco Rubio, fue más explícito: "En otras palabras, es una patraña".

El general Dan Caine, jefe del Estado Mayor Conjunto, añadió: "Señor, según mi experiencia, este es el procedimiento operativo habitual de los israelíes. Exageran y sus planes no siempre están bien desarrollados. Saben que nos necesitan y por eso exageran".

Las advertencias ignoradas

A pesar del escepticismo de sus principales asesores, Trump se mantuvo firme. El cambio de régimen, dijo, sería "problema de ellos" (no estaba claro si se refería a los israelíes o al pueblo iraní). Pero lo esencial era que su decisión de ir a la guerra no dependería de si las partes 3 y 4 del plan de Netanyahu eran realizables. Trump seguía muy interesado en cumplir la primera y segunda parte: matar al ayatolá y desmantelar el ejército iraní.

El vicepresidente JD Vance fue la voz más crítica dentro del círculo íntimo de Trump. Advirtió a sus colegas que la guerra sería "un desastre", y que podría desencadenar caos regional, bajas masivas, el agotamiento de las municiones estadounidenses, el aumento del precio de la gasolina y la fractura de la coalición política de Trump.

Nadie más dentro del gabinete montó un argumento enérgico. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, fue descrito como el partidario más entusiasta. Rubio se mostró ambivalente. No creía que los iraníes aceptaran un acuerdo negociado, pero prefería continuar con una campaña de máxima presión en lugar de iniciar una guerra a gran escala. Sin embargo, no intentó disuadir a Trump.

La fe supersticiosa de Trump en su propia suerte

La confianza de Trump en que el conflicto sería rápido y decisivo estaba profundamente arraigada y era prácticamente inmune a las pruebas en contrario. Le habían animado dos acontecimientos previos: la débil respuesta de Irán a los bombardeos estadounidenses sobre sus instalaciones nucleares en junio, y la espectacular operación para capturar al presidente venezolano Nicolás Maduro el 3 de enero, en la que no se perdió ninguna vida estadounidense.

El comentarista de extrema derecha Tucker Carlson, que se había convertido en otro escéptico destacado, visitó la Oficina Oval varias veces durante el año anterior para advertir a Trump que una guerra con Irán destruiría su presidencia. Dos semanas antes de que comenzara la guerra, Trump intentó tranquilizarlo por teléfono. "Sé que estás preocupado, pero va a estar bien", le dijo Trump. Carlson le preguntó cómo lo sabía. "Porque siempre lo está", respondió el presidente.

A diferencia de su primer mandato, los asesores de Trump en su segundo mandato lo consideraban "un gran hombre de la historia", con una fe casi supersticiosa en sus instintos, una atmósfera que dejaba poco espacio para el disentimiento sostenido.

El precio de la guerra: Irán no se rinde

Casi seis semanas después del inicio de la guerra, el 28 de febrero, las promesas de Netanyahu se han desmoronado una a una. Irán no solo no se ha rendido, sino que ha continuado lanzando misiles balísticos diarios y se estima que aún tiene suficientes misiles y lanzadores para hacerlo durante un período prolongado.

El estrecho de Ormuz, que Trump creía que Teherán no se atrevería a cerrar, fue bloqueado inmediatamente, lo que provocó una crisis energética mundial. Irán ha llevado a cabo miles de ataques con misiles y drones contra casi todos sus vecinos que albergan activos militares estadounidenses, matando al menos a 13 miembros del servicio estadounidense. Los precios del petróleo se han disparado, y la economía global enfrenta una crisis que podría rivalizar con la de 1973.

El costo político para Trump

La guerra también ha comenzado a pasar factura política. Vance había advertido que una guerra contra Irán podría romper la coalición política de Trump, y sería vista como una traición por muchos votantes que habían comprado la promesa de no más guerras.

El comunicador de la Casa Blanca, Steven Cheung, planteó la preocupación de cómo la administración podría "explicar" el hecho de que había insistido repetidamente en que el programa nuclear de Irán estaba "aniquilado" tras los ataques de junio, mientras que ahora decía que tenía que actuar para eliminar la "amenaza nuclear inminente" de Irán.

Conclusión: un error del que nadie habla

La investigación del New York Times plantea una pregunta incómoda: ¿cómo es posible que el presidente de Estados Unidos fuera arrastrado a una guerra basándose en promesas que sus propios asesores calificaron de "farsa" y "basura"? La respuesta parece estar en la personalidad de Trump: su fe inquebrantable en sus instintos, su desprecio por la inteligencia que no se ajusta a sus deseos, y su admiración por la audacia de Netanyahu.

El general Caine, que había advertido repetidamente de los riesgos pero evitó tomar una postura firme, creía que su papel era presentar opciones a Trump, no influir en la política. Sus colegas pensaban que Caine pensaba que la guerra con Irán era una mala idea, pero no se lo dijo a Trump.

Mientras tanto, el mundo paga el precio. El estrecho de Ormuz está cerrado, el petróleo está por encima de los 120 dólares por barril, y una guerra que podría haberse evitado continúa cobrándose vidas. La historia, una vez más, demuestra que las promesas de los belicistas rara vez se cumplen, y que las guerras rara vez son "rápidas y decisivas". Pero para los millones de personas que sufren las consecuencias, ese conocimiento llega demasiado tarde.

"Me suena bien", dijo Trump cuando Netanyahu le presentó un plan que sus propios asesores calificarían de "farsa" al día siguiente. "Porque siempre lo está", respondió a Tucker Carlson cuando le preguntó cómo sabía que todo saldría bien. Casi seis semanas después, la guerra continúa, el estrecho de Ormuz está cerrado y el mundo se prepara para un invierno de crisis energética. La suerte de Trump, al parecer, se ha agotado.

(Fuente: Revista PACTO)

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