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domingo, 12 de abril de 2026
PALANTIR, LA NUEVA ARQUITECTURA DEL PODER
Mientras señalan a China como el modelo ideal de Estado totalitario y distópico, las élites globales construyen en Occidente un esquema perfecto de vigilancia, control y represión que ni el propio Orwell pudo imaginarse. Entre la búsqueda de quimeras como la cura para la muerte y la colonización de planetas adyacentes a la Tierra, una secta de multimillonarios impone ese esquema privado de guerra permanente contra las mayorías populares, con el beneplácito de los gobiernos. Palantir es la punta de lanza de ese proyecto infernal y actualmente permanece invisible, casi al margen de la agenda de discusión en la política.
En el universo de ficción de J.R.R.Tolkien hay una esfera que permite verlo todo: ejércitos enemigos, lugares lejanos, movimientos de adversarios. Pero quien la utiliza queda atado a la red de Sauron, ve lo que Sauron quiere que vea y, con el tiempo, es gobernado por la misma fuerza a la que cree estar utilizando a su favor.
La esfera se llama palantir. Hoy, una corporación con el mismo nombre vende la promesa de verlo todo a cambio de dependencia y subordinación. Sus clientes son gobiernos, ejércitos, servicios secretos y empresas occidentales. Palantir Technologies es el brazo ejecutor de una corriente intraimperial que se propone barrer con los Estados nacionales y reemplazarlos con un gobierno de algoritmos al servicio de las élites.
La empresa nace en 2003 con financiación de In-Q-Tel, el brazo de inversión de la CIA creado para conectar a la agencia con la innovación de Silicon Valley. Tras la Guerra Fría, la inteligencia estadounidense perdió el liderazgo tecnológico frente al sector privado, un liderazgo que había mantenido con agencias como DARPA a la vanguardia de avances como los satélites e internet. In-Q-Tel nació para resolver ese problema: identificar tecnologías de “doble uso” (que sirvieran tanto al mercado civil como a la inteligencia) e invertir en ellas para asegurar el acceso temprano a desarrollos estratégicos y un asiento en los directorios. Ese modelo de inversión, combinado con la ley Cloud Act, que permite a las autoridades estadounidenses exigir datos a proveedores bajo su jurisdicción, sin importar en qué país se encuentren los servidores, convierte a Palantir en un eslabón directo entre la comunidad de inteligencia de los Estados Unidos y la información de sus clientes en todo el mundo.
Alguien podría pensar que Palantir fue infiltrada por la CIA y eso no es cierto. Palantir ya nace como una empresa financiada por y orientada al aparato de inteligencia estadounidense. Cuando un gobierno extranjero contrata a Palantir, está contratando a una empresa concebida como extensión del Estado de inteligencia de Washington. Y detrás de toda esa organización opaca hay dos figuras centrales: Peter Thiel y Alex Karp.
Peter Thiel, por su parte, construyó su fortuna como cofundador de PayPal y aboga por un liberalismo en el que las élites tecnológicas —en las que él se incluye—, operen sin restricciones estatales. A su alrededor se tejió la llamada “Mafia de PayPal”, un círculo de fundadores que incluye a Elon Musk (X, Space X, Tesla, Starlink, Neuralink), Reid Hoffman (LinkedIn), Chad Hurley, Steve Chen y Jawed Karim (creadores de YouTube) y David Sacks (Craft Ventures). Todos ellos, de distintas maneras, terminaron moldeando los ecosistemas digitales occidentales. Thiel también fue el primer inversor externo de Facebook con un aporte de capital de 500 mil dólares en 2004 por una participación del 10%. Sam Altman, presidente de Y Combinator y luego CEO de OpenAI, lo reconoce como una influencia decisiva. La trama de poder que conecta a estos nombres es muy densa. Se hacen inversiones mutuamente, fundan empresas en sociedad, comparten visiones del mundo y, en muchos casos, financian los mismos proyectos políticos.
Thiel tuvo, entre 2014 y 2017, una notoria relación con Jeffrey Epstein. En esos años, Thiel y Epstein intercambiaron más de dos mil mensajes y se reunieron al menos ocho veces para almorzar. Epstein invirtió 40 millones de dólares en Valar Ventures, un fondo cofundado por Thiel que apoya startups fuera de Silicon Valley. Siempre en el universo de Tolkien, los Valar son los seres que gobiernan el mundo. La elección de ese nombre no es una casualidad, es una declaración de principios sobre el lugar que sus fundadores quieren ocupar.
El aceleracionismo es una familia de corrientes cuya premisa es que la única salida de la crisis del capitalismo pasa por acelerar el desarrollo tecnológico. Una de sus variantes, que tiene gran influencia en Silicon Valley, apuesta fuertemente por un desarrollo de inteligencia artificial sin restricciones, aunque eso implique sacrificar derechos e incluso vidas humanas. Lo que se plantea en esta tesis es que la humanidad debe ser superada y, en sus variantes más brutales, se propone el “secesionismo biónico”, o la idea de que un grupo privilegiado evolucionará tecnológicamente y abandonará al resto, considerándolo de ahí en más como un desecho o un obstáculo para el surgimiento de una inteligencia superior no humana.
Esa élite tiene su correlato en millonarios de Silicon Valley que financian proyectos de extensión de la vida, colonización espacial (SpaceX), conexión máquina-humana (Neuralink) y desarrollo de inteligencia artificial. Peter Thiel no se presenta a sí mismo como “aceleracionista”, pero su proyecto es coincidente con estas ideas. Escribe ensayos, da conferencias y financia proyectos alineados con esta visión. Sostiene que desde la década de 1970 la humanidad ha entrado en un estancamiento tecnológico. “Entre 1750 y 1970 hubo 200 años de cambio acelerado”, decía Thiel el año pasado. “Nos movíamos implacablemente más rápido: barcos más rápidos, ferrocarriles más rápidos, coches más rápidos, aviones más rápidos. Todo esto culmina en las misiones Concorde y Apolo. Pero entonces, en todo tipo de dimensiones, las cosas se ralentizaron”.
Para Thiel, la excepción fue el mundo digital, pero eso no es suficiente, dado que en física, biotecnología y energía no hay grandes avances. Su diagnóstico es que para lograr esos avances hay que destruir los frenos: los Estados nacionales, sus regulaciones, sus parlamentos y el sistema democrático liberal de Occidente. En 2009 lo dijo sin ambages: “Ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles”. La democracia, para Thiel, es un experimento fallido que debe ser reemplazado por un gobierno de “constructores”, esa élite tecnológica que, a diferencia de la “clase parlanchina” (periodistas, académicos y políticos tradicionales), tiene la capacidad real de hacer cosas.
Aquí aparece la disputa intraimperial. Thiel y Karp no están en contra del capitalismo, sino de la fracción que ellos denominan “woke capital”. Google, Meta, Microsoft, las grandes tecnológicas que prosperaron con la globalización liberal, empresas que representan la “Catedral”, el consenso progresista que impone regulaciones y frenos al verdadero progreso. Son “woke” porque han cedido a las demandas de empleados y activistas, más allá de que también se benefician del mismo modelo de vigilancia y extracción de datos. Un ejemplo de esto es el abandono por parte de Google del Proyecto Maven en 2018, por presión de sus empleados que no querían entregar su trabajo al Pentágono.
Otro capítulo de esta batalla se dio a fines de febrero, cuando Anthropic (creadora del modelo conversacional Claude) rechazó la exigencia del Pentágono de sacar las barreras que impiden el uso de sus modelos en vigilancia de ciudadanos o sistemas de armamento autónomo. Donald Trump respondió ordenando el cese inmediato en el uso de la tecnología de Anthropic a todas las agencias gubernamentales. Y, aun así, Claude terminó siendo usado, en integración con el sistema Maven de Palantir, para planificar ataques contra mil objetivos iraníes.
Esta disputa no es ideológica, es por quién toma el control. El capital “woke” quiere un mundo de consumidores a los que venderles sin fronteras mientras que, por otra parte, los tecno-aceleracionistas quieren poder decidir sobre la vida y la muerte sin consecuencias, con Estados que sean una extensión de sus algoritmos. Ninguno de los dos bandos tiene como prioridad el bienestar de las mayorías.
Para Thiel nada de esto es un debate político, pero sí una guerra espiritual. En una serie de conferencias desarrolló una interpretación apocalíptica de la historia con profecías bíblicas afirmando que el Anticristo no será un dictador siniestro, sino una figura que prometerá “paz y seguridad” para imponer un gobierno mundial que frene el progreso tecnológico. Los “legionarios del Anticristo” son los activistas que piden regular la inteligencia artificial o alertan sobre el cambio climático, como Greta Thunberg, a quien considera una “agente del mal”.
Thiel considera que la aceleración tecnológica es el Katejon, es decir, es lo que va a impedir la llegada del Anticristo en los términos descritos por Carl Schmitt. El Katejon es un concepto de los Tesalonicenses y se refiere al que detiene o retrasa el advenimiento del mal poniendo límite en el caos. Thiel cree, por lo tanto, tener la salvación para la humanidad y no mediante la organización política. Thiel piensa que el Katejon son los emprendedores que construyen inteligencia artificial, colonizan Marte y vencen a la muerte hallando la fórmula de la vida eterna.
Esta retórica tiene una función muy concreta. Al enmarcar la regulación como obra del Anticristo, Thiel transforma cualquier debate sobre límites éticos en una herejía. Invertir en inteligencia artificial, en vigilancia y en armas autónomas deja de ser un negocio para convertirse en un deber moral. Regular esas industrias, por el contrario, es hacer el trabajo del diablo. Y no se negocia con el enemigo cuando el enemigo es el diablo. Al enemigo convertido en diablo solo se lo elimina.
La paradoja es que lo que dicen de China (vigilancia masiva, control social, ausencia de derechos) es exactamente lo que construyen en Occidente, aunque llamándolo “eficiencia” o “seguridad nacional”. En realidad, admiran el modelo chino sin poder admitirlo abiertamente. Lo único que cambia es que ellos quieren ocupar el centro del poder. Esa es su esencia. No buscan abolir el poder, sino más bien concentrarlo en sus propias manos.
Para lograr estos objetivos, Palantir se conforma de dos herramientas principales: Gotham y Foundry. Gotham es la plataforma para gobiernos, ejércitos y servicios de inteligencia. Según la propia web, su software es el sistema de armas. El corazón de este sistema es llamado “cadena de muerte” y su función es identificar objetivos para definir cómo destruirlos. Todo “de manera fluida y responsable”, según la empresa.
Foundry es la versión “civil”, diseñada para que empresas manejen sus cadenas de suministro, logística, inventarios y recursos humanos. La única diferencia de funcionamiento son los fines. El mismo algoritmo que optimiza una ruta define dónde bombardear. El mismo sistema que identifica clientes potenciales arma listas de gente que debe ser eliminada.
Esta tecnología también se utiliza en Gaza para planificación, logística y selección de objetivos. La junta directiva de la empresa se reunió en Tel Aviv “en solidaridad” apenas dos semanas después del 7 de octubre de 2023, lo que evidencia que no se trata solo de un negocio, sino que existe una afinidad ideológica. En 2024, se firmó una “alianza estratégica” entre Palantir y el Ministerio de Defensa de Israel.
El ejército israelí utiliza dos sistemas propios llamados Lavender y Habsora (El Evangelio) para generar listas masivas de objetivos. Habsora define lugares, mientras que Lavender señala personas. El ejército israelí se permite hasta 20 víctimas colaterales por cada persona señalada en las listas y eleva esta cantidad hasta 100 si el señalado tiene un rango alto. Lavender señaló 37.000 palestinos como sospechosos en las primeras semanas del ataque. Palantir provee la infraestructura de datos que alimenta esos sistemas. En abril de 2025, Karp declaró: “Lo correcto es decir que Palantir es responsable de la muerte de la mayoría de los terroristas”. No mencionó a los civiles.
Otro caso conocido es el uso por el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE), que contrató a Palantir para desarrollar ImmigrationOS, una plataforma diseñada para “agilizar la deportación” de inmigrantes. A esto se suman otros programas: Investigative Case Management (ICM), una base de datos masiva que integra información de distintas agencias federales y ELITE, una plataforma de análisis forense digital. Y la participación en el Proyecto Maven, el programa del Pentágono para automatizar el análisis de imágenes de drones.
En febrero de 2025, Alex Karp publicó su carta anual a los accionistas. La carta es un manifiesto cuyo título es La división del mundo y allí Karp, en efecto, divide el mundo entre “constructores” y “críticos”, poniendo en el primer bando a artistas, poetas, científicos y naturalmente a Palantir. Los segundos son los que llama “la clase parlanchina” contra la que hay que rebelarse y la que, si es necesario, eliminar. Esto lo deja claro en una reunión con accionistas en la que afirma “Palantir está aquí para perturbar el orden y para asustar a nuestros enemigos cuando sea necesario. Y, en ocasiones, matarlos”.
Como se ve, Palantir no es simplemente una empresa, es un proyecto de poder que quiere redefinir las reglas en Occidente y tomar el control para operar sin restricciones. Es la materialización explícita del complejo militar-industrialfarmacéutico, ese bloque que requiere enfermedad y guerras para expandir sus ganancias. Alrededor de Palantir se teje un ecosistema de empresas que la complementan.
Anduril es el brazo armado de Palantir en sentido literal. Fundada en 2017 por Palmer Luckey (ex PayPal), Anduril se dedica a construir sistemas de defensa autónomos (torres de vigilancia, drones submarinos y sistemas de reconocimiento de objetivos autónomos). Su nombre también se inspira en el universo de Tolkien, pues Anduril era la espada de Aragorn, forjada con fragmentos de la espada que derrotó a Sauron. La metáfora es transparente y refiere a la espada que vencerá a los “enemigos de Occidente”.
Además de Anduril está Cellebrite, una empresa israelí que se dedica a la extracción de datos de teléfonos móviles. Sus dispositivos pueden desbloquear prácticamente cualquier teléfono y extraer todo su contenido. Los servicios de Cellebrite son requeridos por agencias policiales y servicios de inteligencia en 140 países. En los Estados Unidos, el ICE y el Servicio de Alguaciles los utilizan para extraer información de migrantes y detenidos. La conexión de estas empresas es estructural. Cellebrite consigue información, Palantir la integra con otras fuentes, la analiza y define objetivos para que Anduril ejecute los ataques.
El 15 de febrero de 2026, el fundador de Megaupload (cerrado en 2012 por el FBI) Kim Dotcom publicó el siguiente mensaje en las redes sociales: “Palantir fue hackeado. Un agente de IA fue utilizado para obtener acceso de superusuario”. Lo que siguió fue una lista de acusaciones que, de ser ciertas, constituirían el mayor escándalo de espionaje corporativo de la historia. Según Dotcom, los hackers descubrieron que Peter Thiel y Alex Karp llevaban años realizando vigilancia masiva sobre líderes mundiales y magnates de la industria. La empresa tendría en su poder "miles de horas de conversaciones transcritas y localizables” del presidente Trump, del vicepresidente Vance y de Elon Musk. Habrían instalado puertas traseras en los dispositivos, automóviles y aviones de políticos de todo el mundo, acumulando “el archivo de material de chantaje más amplio de la historia”.
Dotcom confirma la sospecha de que Palantir es responsable de la mayoría de las muertes de palestinos en Gaza mediante el desarrollo de sistemas con inteligencia artificial para el régimen de Israel. Y también afirma que Palantir está desarrollando capacidades de armas nucleares y biológicas para Ucrania en estrecha colaboración con la CIA, con el objetivo de derrotar a Rusia en el plazo de un año.
Tanto Dotcom como el SVR hablan de armas nucleares para Ucrania y de una operación encubierta de potencias occidentales para cambiar el rumbo de la guerra. Kim define todo esto con una afirmación que resume lo anteriormente expuesto: “Palantir es un brazo de la CIA y todos los datos de clientes internacionales se copian en una nube de espionaje de la CIA”. Shyam Sankar, director tecnológico de Palantir, acusó a Kim de mentir sobre este supuesto hackeo, aunque nunca negó las demás acusaciones.
Más allá de si el hackeo ocurrió o no, a nadie le puede sorprender que Palantir espíe a Trump o Elon Musk, que opere para proveer armas nucleares a Ucrania o que sea el sistema que provee las listas de palestinos para asesinar, expandiendo su dominio de facto en Occidente y, por extensión, en todo el mundo. Es sin duda el génesis de un poder dispuesto a arrasar con todo, un poder que no tiene territorio, que se vende como solución frente al enemigo oriental mientras va tomando el control de los Estados occidentales. Una empresa “legal” que emite facturas y firma contratos, pero cuyo servicio es el espionaje, el control y la muerte.
Maximiliano Romero
(Visto en https://revistahegemonia.com/)
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