Hay noticias que no necesitan ser escandalosas para resultar inquietantes. Basta con colocarlas unas junto a otras. Primero fue la avalancha sobre Ceuta. Después, las informaciones según las cuales el CNI había advertido de movimientos extraños al otro lado de la frontera, advertencias que Marlaska negó haber recibido. Más tarde surgieron indicios sobre la posible presencia de miembros de los servicios marroquíes entre quienes aprovecharon el caos para entrar en España. Y ahora un grupo de hackers asegura haber obtenido decenas de miles de identidades vinculadas al aparato de seguridad e inteligencia de Marruecos.
Por separado, todo admite explicación. Junto, empieza a parecer otra cosa.
Marlaska insiste en que nadie le avisó, que Marruecos continúa siendo un socio fiable y que aquí no ocurre nada que deba alterar esa exquisita confianza que nuestro Gobierno mantiene con Rabat. Es una confianza admirable, casi religiosa, porque sobrevive a Pegasus, a las crisis fronterizas, a las presiones diplomáticas y hasta a las sospechas de infiltración. Hay matrimonios que soportan bastante menos.
Y ahí empieza el verdadero problema. Porque si el CNI avisó, como se ha publicado, habrá que explicar por qué Interior no actuó con mayor previsión. Y si Marlaska sostiene que aquel aviso nunca llegó hasta él, convendría saber dónde terminó. En un cajón, en una mesa, en algún despacho particularmente despistado o en ese extraño territorio administrativo en el que desaparecen siempre las responsabilidades políticas.
¿Marruecos no es un enemigo? Lo que no es, es una ONG fronteriza dedicada a proteger nuestros intereses. Es un Estado que defiende los suyos, utiliza sus instrumentos de presión y posee unos servicios de inteligencia cuya actividad España conoce sobradamente. Tratar con Rabat exige diplomacia, firmeza y prudencia. Lo que no exige es ingenuidad.
Por eso quizá haya llegado el momento de que Marlaska deje de explicarnos lo fiable que es Marruecos y empiece a explicar algo bastante más sencillo: qué sabía Interior, cuándo lo sabía y qué hizo exactamente con aquello que sabía.
Porque cuando las advertencias empiezan a aparecer por todas partes menos en el despacho del ministro, uno acaba preguntándose si el problema es que nadie le avisó o que nadie quiso escuchar.
Todo lo sucedido plantea una duda bastante incómoda: ¿Marlaska realmente no sabía nada de lo que podía ocurrir en Ceuta o sabía lo suficiente y decidió no hacer nada? No estoy afirmando una cosa ni la otra; precisamente por eso debería dar explicaciones claras y documentadas.
Las mismas explicaciones que todavía merece el desmantelamiento en 2022 del OCON-Sur, el Órgano de Coordinación contra el Narcotráfico de la Guardia Civil: una unidad creada en 2018, integrada por unos 150 agentes y convertida durante años en uno de los principales instrumentos contra las grandes redes que introducían droga desde Marruecos por el Campo de Gibraltar.
Interior sostuvo que era temporal y que sus efectivos serían redistribuidos. Cuatro años después, viendo cómo ha evolucionado el narcotráfico en el sur, resulta legítimo preguntar qué interés tenía el ministro para desmantelar la unidad.
Demasiadas decisiones importantes alrededor de Marruecos terminan acompañadas por la misma pregunta: ¿por qué? Y demasiadas veces Marlaska está en medio.
Domingo Martín
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