sábado, 23 de mayo de 2026

CUANDO EL PODER YA NO NECESITE TRABAJADORES: LA IA Y EL NACIMIENTO DE UNA NUEVA SERVIDUMBRE (2ª PARTE)



Las categorías clásicas empiezan a quedarse cortas. Trabajador, empresario, consumidor, salario, mercado laboral, movilidad social: todas estas pertenecen a un mundo donde el trabajo humano era indispensable, incluso las categorías marxistas tradicionales necesitan ser repensadas. El conflicto entre capital y trabajo partía de una premisa cierta, el capital necesitaba al trabajador para producir valor, pero si la producción automatizada reduce al mínimo la necesidad de trabajo humano, la contradicción cambia de naturaleza. Ya no se trata solamente de capital contra trabajo, se trata de propiedad de la infraestructura automatizada contra derecho de acceso a la vida material.

El viejo poder controlaba fábricas, bancos, tierras, puertos, rutas comerciales y crédito. El nuevo poder controlará modelos de inteligencia artificial, datos, chips, energía, centros de datos, robots, plataformas, sistemas de pago, identidad digital y logística. La pregunta decisiva y que el sistema evita que se haga, será quién es dueño de la inteligencia productiva. No quién tiene una fábrica, sino quién controla la arquitectura invisible sin la cual las fábricas, los hospitales, las escuelas, los comercios, los Estados y los ciudadanos no podrán funcionar.

La clase dominante del sistema que viene no será simplemente una burguesía industrial o financiera. Será naturalmente una oligarquía tecno-infraestructural. Su poder no vendrá solo del dinero acumulado, sino de controlar los sistemas que ordenan la vida cotidiana porque quien controle la IA, los datos, la nube, la energía, los pagos, la identidad, las plataformas y los robots podrá decidir quién accede a trabajo, salud, crédito, educación, circulación, información, visibilidad, consumo y reconocimiento social. El viejo capitalista necesitaba obreros, mientras que el nuevo necesita infraestructura automatizada y una población administrable.

Ese pasaje es decisivo. Una clase obrera explotada podía organizarse porque era necesaria y así parar una fábrica, bloquear un puerto, interrumpir una línea de producción, negociar colectivamente, constituirse en sujeto político. Una población considerada sobrante enfrenta un problema más grave porque puede ser vista como carga, riesgo, gasto fiscal, exceso biológico, masa improductiva o amenaza potencial. La explotación antes era dura, pero reconocía una utilidad, la prescindibilidad abre una zona moral mucho más peligrosa y sutil.

Durante siglos, las masas fueron explotadas porque eran necesarias. En una economía automatizada, una parte creciente de la población puede dejar de ser necesaria para producir. Allí aparece la mutación más inquietante: el poder puede dejar de mirar al pueblo como fuerza de trabajo y empezar a mirarlo como excedente. Y cuando una sociedad acepta esa mirada, aunque no lo diga abiertamente, empieza a cambiar el sentido de sus políticas porque ya no se pregunta cómo integrar, formar, elevar o proteger, solo se interesa en cómo administrar.

La administración de poblaciones sobrantes puede adoptar formas diversas. Subsidios mínimos, control digital, endeudamiento permanente, entretenimiento embrutecedor, precarización crónica, abandono sanitario, zonas degradadas, drogas, migraciones caóticas, guerras periféricas, reducción de natalidad, eutanasia normalizada, aborto facilitado, hambre administrada o represión selectiva. No siempre hace falta una eliminación directa, a veces alcanza con dejar que la vida se vuelva inviable, administrando la decadencia.

La cuestión demográfica encaja en este proceso, aunque no pueda reducirse a una sola causa. Una sociedad que ya no necesita tantos trabajadores empieza a mirar la natalidad de otro modo. Lo que antes era continuidad familiar, fuerza comunitaria, futuro nacional y renovación histórica pasa a ser presentado como carga económica, amenaza ambiental, obstáculo personal o decisión postergable hasta que la propia vida ya no permite decidir. La vivienda inaccesible, la precariedad juvenil, los salarios insuficientes con el combustible necesario para el proceso. El individualismo hace el resto, impulsando el retraso de la maternidad, la banalización del aborto, la relativización de la vida vulnerable, la normalización de la eutanasia, el desprestigio de la familia y la cultura de la vida sin hijos, todo forma parte de una misma matriz de desarraigo.

La familia es una estructura de resistencia, por eso molesta. Transmite memoria, valores, religión, identidad, hábitos, cuidado, propiedad, disciplina y solidaridad, entonces una familia fuerte reduce la dependencia del individuo frente al Estado, el mercado y las plataformas. Es decir, frente al Poder. En cambio, el individuo aislado consume más, depende más, se defiende menos, se organiza menos y acepta con mayor facilidad que toda su vida sea mediada por sistemas externos. La destrucción de la familia no es solamente un fenómeno moral sino también es un hecho político. Una sociedad sin familias fuertes se vuelve más fácil de administrar.

En este panorama, el escenario más probable, si no existe una reacción política seria, es una forma de tecnofeudalismo corporativo. Las grandes tecnológicas controlan la inteligencia artificial, los datos, la nube, los pagos, la energía, las plataformas, la identidad digital y, progresivamente, la robotización mientras los Estados dependen de ellas para funcionar. La población accede a servicios básicos bajo condiciones cada vez más opacas. Las elecciones pueden seguir existiendo, los parlamentos pueden seguir sesionando, los ministros pueden seguir declarando, los jueces pueden seguir firmando sentencias, pero el poder real se desplaza hacia quienes controlan la infraestructura.

No sería entonces un capitalismo clásico. Sería una economía de rentas, permisos y accesos, una sociedad organizada por niveles de élites con servicios humanos, privacidad, medicina avanzada, educación personalizada y seguridad. Seguramente acompañada de capas técnicas necesarias para sostener el sistema y una población subsidiada, vigilada y entretenida, tal vez sectores directamente abandonados. No haría falta abolir formalmente la libertad, bastaría con condicionar el acceso a la vida material.

Otro escenario más benévolo posible es el capitalismo automatizado con renta mínima. Las empresas automatizan, el empleo se reduce y el Estado intenta sostener el consumo mediante transferencias. A primera vista, algunos podrían ver allí una solución pero la diferencia política es enorme. Una renta social soberana, financiada por la productividad automatizada y vinculada a derechos reales, podría liberar tiempo humano y elevar la vida. Una renta mínima condicionada, administrada digitalmente y sujeta a obediencia, puede convertirse en una correa de control. Una cosa es ciudadanía económica, otra muy distinta, es pacificación de población sobrante.

También puede emerger una tecnocracia estatal autoritaria. El Estado recupera control sobre IA, datos, energía y automatización, pero lo hace desde una lógica vertical, centralizada, vigilante. Puede prometer orden, seguridad, eficiencia, planificación y servicios públicos, especialmente en sociedades cansadas del caos. Pero el riesgo es evidente: reemplazar la oligarquía tecnológica privada por una burocracia tecnológica estatal sin control comunitario real. Cambia el dueño del sistema, pero no necesariamente cambia la condición del hombre frente al sistema.

El mundo, además, puede fragmentarse en bloques civilizatorios tecnológicos. Estados Unidos, China, Rusia, India, Europa y otros polos buscarán controlar sus propias cadenas de IA, chips, energía, telecomunicaciones, defensa, datos y robótica. La globalización abierta será sustituida por soberanías tecnológicas en competencia y los países sin capacidad propia quedarán como periferias dependientes: proveedores de recursos, consumidores de tecnología importada o territorios subordinados a infraestructuras ajenas. Ya no bastará con tener alimentos, litio, petróleo, gas o territorio. La soberanía pasará también por controlar la inteligencia que organiza esos recursos.

Existe, por supuesto, un escenario deseable: un postcapitalismo soberano y comunitario. Pero para eso haría falta una fuerza política que hoy apenas existe. En ese modelo, la inteligencia artificial y la robotización serían tratadas como infraestructura estratégica al servicio de la comunidad. Habría soberanía tecnológica, control público de datos críticos, infraestructura nacional de IA, participación social en la productividad automatizada, reducción de jornada, fortalecimiento de servicios públicos, defensa de la familia, protección de la natalidad y distribución del excedente. La máquina no vendría a declarar inútil al hombre, sino a liberarlo de trabajos degradantes para devolverle tiempo, cultura, arraigo, formación y vida familiar.


Pero nada de eso ocurrirá por inercia. La tecnología no se ordena sola hacia el bien común. La máquina no tiene patria, no tiene familia, no tiene memoria, no tiene piedad y no tiene sentido de justicia, solo obedece a quien la diseña, la financia, la posee y la gobierna. Por eso la pregunta decisiva no es si la inteligencia artificial será buena o mala, sino algo mas compleja. Quién la controla, con qué finalidad, bajo qué autoridad, con qué límites y en beneficio de qué comunidad será la clave.

La imagen de fondo es inquietante. El barco navega, podemos pensar que sin capitán. pero no está exactamente sin capitán. El problema es bastante peor, el capitán político abandonó el timón y permitió que lo tomaran los dueños de la maquinaria. Los Estados reaccionan tarde y los partidos repiten consignas viejas mientras los medios distraen y la academia describe sin alarmar. Los sindicatos defienden estructuras que ya están siendo desfondadas junto a los ciudadanos que miran la pantalla del celular. Todavía nadie advierte que detrás de esa comodidad empieza a reorganizarse el poder mundial.

El peligro mayor no es económico. Es antropológico. Una civilización puede usar la inteligencia artificial para elevar la vida humana pero también puede usarla para declarar innecesario al hombre común. Si el ser humano deja de ser visto como miembro de una familia, de una comunidad, de una nación y de una historia, pasa a ser tratado como dato, costo, consumidor, riesgo, carga o excedente. Ese es el núcleo oscuro del problema, una sociedad automatizada sin límite moral puede dejar de preguntarse cómo mejorar la vida de los hombres y empezar a preguntarse cuántos hombres necesita conservar.

La inteligencia artificial y la robotización no son solamente una revolución productiva, son una revolución del mando. Durante dos siglos, el trabajo organizó la vida social, el salario ordenó el consumo, la familia, el Estado y la política. Pero si la producción puede funcionar con una fracción mínima de trabajo humano, ese edificio empieza a resquebrajarse. Y cuando un edificio se resquebraja, no alcanza con pintarle las paredes.

El problema no es que la IA sea inteligente o mala. El problema es que está siendo apropiada por estructuras de poder que no tienen obligación moral, nacional ni comunitaria con la mayoría de la población. Si esa tecnología queda en manos de una oligarquía tecnológica, el futuro será una forma sofisticada de servidumbre con acceso condicionado, vigilancia permanente, renta mínima, población sobrante y concentración extrema del poder. Si la política recupera el mando, la misma tecnología podría servir para reducir el trabajo degradante, elevar la vida material, fortalecer la salud, la educación, la producción, la familia y la comunidad.

La diferencia entre liberación y servidumbre no está en la máquina. Está en quién la controla y para qué. La discusión de fondo no es tecnológica sino política, moral y civilizatoria. O la humanidad gobierna la inteligencia artificial, o una minoría usará la inteligencia artificial para gobernar a la humanidad.

Marcelo Ramírez
(Visto en https://noticiasholisticas.com.ar/)

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