domingo, 14 de junio de 2026

BAD-BUNNIZADOS




Siempre me ha llamado la atención la sumisión risueña con la que mucha gente abraza hipótesis científicas altamente especulativas como la llamada 'evolución de las especies' y, en cambio, se resiste a aceptar evidencias de fácil comprobación empírica como la involución de la especie humana. Una prueba palmaria de esta involución de la especie nos la brinda el éxito multitudinario de los conciertos celebrados en España por el homínido llamado Bad Bunny, que ha congregado hordas alienadas en los estadios y ditirambos unánimes entre toda la chusma folicularia sistémica.

La música del homínido Bad Bunny es de una fealdad suprema que, para cualquier persona que no haya extraviado la sensibilidad estética, resulta por completo angustiosa; y resulta, en verdad, descorazonador que haya multitudes atraídas por tal bazofia que se regodea voluptuosamente en la vulgaridad más sórdida y se desliza por el tobogán que conduce, a través de la involución de las especies, hasta la materia inerte. Una bazofia que, al parecer, provoca entre las hordas que la disfrutan una suerte de 'trance de nivel inferior' o liberación de las fuerzas más rastreras del subconsciente, al estilo del consumo de drogas o la masturbación compulsiva. Decía Platón que la misión de la música era –también en sus versiones más populares– elevar las almas y permitirles la contemplación de los arquetipos (o sea, alcanzar un estado de beatitud que anticipa su destino natural); y todo ello, además, reforzando la comunidad natural. Pero la música pop de matriz anglosajona fue concebida exactamente para lo contrario: disolver la comunidad natural (creando comunidades artificiales y aisladas, en torno a generaciones, 'tendencias', 'tribus urbanas' o grupúsculos friquis) y potenciar una 'regresión colectiva' hacia lo infrahumano, donde los ritmos mecánicos y obsesivos actúen como un narcótico de la voluntad y la conciencia, hasta reducir a las personas a masa cretinizada y amorfa.


"Outfit" ridículo, auto-tune, ausencia total de senti-
do musical, letras obscenas y degradantes para la
mujer, vocalización entre el bostezo y el gañido,
¿"esto" es lo mejor que puede ofrecer la música
del siglo XXI?
Por supuesto, la apoteosis del homínido llamado Bad Bunny y otros personajillos semejantes no se trata de una mera 'moda'. En realidad, todas las 'modas' impuestas por la música pop de matriz anglosajona forman parte de la misma agresión contra el sustrato anímico de los pueblos, que de este modo pierden su arraigo espiritual y se rinden a una colonización mucho más devastadora que el mero expolio del territorio, que es el expolio de las almas. Todo esto lo analizaba con clarividencia Theodor W. Adorno en su ensayo Sobre la música popular, donde probaba que la música pop no es otra cosa sino una herramienta del imperialismo para desplazar la música popular auténtica (la música ligada a la historia real de las comunidades, a sus gozos y sufrimientos, a sus devociones y anhelos) e imponer ritmos estandarizados que convierten a las gentes en dóciles engranajes del capitalismo global. Adorno consideraba que este tipo de 'consumo musical' acababa creando una «audiencia regresiva», cada vez más reacia al esfuerzo intelectual, cada vez más alienada y sumida en la cárcel gustosa de los ritmos machacones y estandarizados. Y denunciaba que la sustitución de la música auténticamente popular por estos subproductos industriales, además de destruir las especificidades culturales, imponía entre los pueblos colonizados una actitud sumisa y conformista. De este modo, la música pop se convierte en un instrumento de colonización más agresivo que los ejércitos, pues logra la asunción voluntaria de la dominación de forma mucho más eficaz e indolora. En este sentido, resulta muy revelador que la izquierda sistémica, con todas sus variantes caniches, muestre –en el delirio de la abyección cipaya– su fervor hacia el homínido llamado Bad Bunny, a quien presentan como un detractor del fantoche Trump, por «cantar en español». Pero la jerga en la que canta el homínido nada tiene que ver con nuestra lengua; se trata más bien de una parodia denigrante, una farfulla de tarado o drogota, de sintaxis oligofrénica y dicción grimosa, regada de anglicismos eméticos e interjecciones de primate. El 'español' de Bad Bunny es el propio de un yanqui que quisiera escarnecer a los pueblos hispánicos, presentándolos como monos con satiriasis y despoblamiento neuronal.

Para que guste esa música hace falta, desde luego, ser un lacayo servil y arrastrado. Pero, mucho peor todavía, hace falta estar íntimamente arrasado, hace falta haber sido previamente 'desalmado' y convertido en papilla homínida. ¡Vuestros hermanos el gorila, el sapo y el paramecio os dan la bienvenida en el tobogán de la involución de la especie, bad-bunnizados!

Juan Manuel de Prada
(Visto en la Red)

1 comentario:

  1. Es que con el cerebro límbico, creencias y sentimientos, cuela todo...

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