Estados Unidos no se sienta a negociar con Irán porque haya descubierto, de pronto, las virtudes de la paz. Sería conmovedor imaginar a Washington convertido en peregrino de la diplomacia, preocupado por la estabilidad de los pueblos, arrepentido de décadas de sanciones, bloqueos, asesinatos selectivos, bases militares, amenazas nucleares y guerras por encargo. Pero la política internacional no se mueve por revelaciones morales, sino por correlaciones de fuerza. Cuando una potencia imperial negocia aquello que durante años juró que no podía negociarse, lo que está ocurriendo no es una conversión ética. Se trata casi siempre de una modificación material del tablero.
La pregunta que debe hacerse cualquier lector antes de aceptar el discurso oficial del imperio es sencilla: ¿por qué una potencia que se dice vencedora tendría que discutir el retiro de fuerzas, el levantamiento de sanciones, la reapertura del Estrecho de Ormuz, la no injerencia en los asuntos internos de Irán, el reconocimiento de su derecho nuclear civil y la exclusión de su programa de misiles de la mesa de negociación? Los imperios, cuando ganan, no explican, suelen imponer. No piden mecanismos de seguimiento se enfocan en dictar capitulaciones. No aceptan límites a su despliegue militar sino que instalan más bases. No reconocen soberanías, las administran desde lejos. Si Estados Unidos se ve obligado a ordenar su salida política bajo la forma elegante de un memorando, entonces el documento no debe leerse como un gesto de generosidad, sino como la inscripción diplomática de una derrota que Washington necesita narrar de otro modo.
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Imagen captada en Teherán. Detrás de la mujer que sostiene la bandera está es- crito ما پیروزیم que se lee “Mâ piruzim” y significa: “Somos vencedores” |
El memorando de paz entre Irán, Estados Unidos y el ente sionista aparece en medio de una disputa de relatos. Del lado occidental se intentará decir que todo fue producto de la presión estadounidense, que Teherán fue obligado a moderarse, que el esbirro sionista conserva intacta su capacidad de disuasión y que el orden regional se mantiene bajo control. Es el viejo truco de los dueños del micrófono: cuando bombardean, lo llaman defensa, cuando bloquean, lo llaman sanción, cuando ocupan, lo llaman seguridad y cuando retroceden, lo llaman diplomacia. La ironía es que esa maquinaria de lenguaje, tan eficaz para fabricar consentimiento en otros tiempos, hoy tiene que explicar demasiado. Tiene que explicar por qué el país que debía ser aislado aparece sentado como interlocutor indispensable. Tiene que explicar por qué el Estado que supuestamente iba a ser doblegado conserva su política exterior, su programa de misiles, sus alianzas regionales y su derecho a desarrollar tecnología nuclear con fines civiles. Tiene que explicar, en suma, por qué Irán no comparece arrodillado.
Desde una lectura materialista de la historia, el centro del asunto no está en la personalidad de un presidente estadounidense, ni en la teatralidad de un primer ministro sionista, ni en los titulares de la prensa occidental. El centro está en las condiciones concretas que hicieron imposible sostener la guerra en los términos que Washington deseaba. Irán no resistió sólo con discursos, aunque la guerra cognitiva también la ganó si pensamos en que antes de febrero, el consenso internacional era que Irán es un país sin derechos, represor, una teocracia absolutista, atrasada y en decadencia. Hoy Irán es una punta de lanza militar, tecnológica y estratégica, la cultura milenaria que resistió valientemente. Hoy muchos distinguen entre los persas y los árabes, hoy muchos saben que en Irán, Estados Unidos e Inglaterra impusieron a un sha corrupto y represor hace 50 años. Y hoy Irán ha devuelto el espejo a Estado Unidos, ahora es el imperio el que aparece como bestia decadente, represora, controlada por algo peor que una teocracia, una élite pedófila de millonarios amantes de la guerra totalmente serviles al lobby sionista.
Pero Irán resistió también porque construyó capacidades militares, redes regionales, profundidad estratégica, soberanía tecnológica, control territorial y una política de alianzas que convirtió cada agresión en un problema regional para sus agresores. Resistió, además, porque el dominio estadounidense en Asia Occidental no descansa en abstracciones, sino en cosas muy materiales: bases en el Golfo, rutas petroleras, protección a monarquías aliadas, control marítimo, sanciones financieras, intimidación militar e Israel como enclave colonial armado hasta los dientes. E Irán se aseguró en las primeras semanas del conflicto que esos soportes materiales dejaran de funcionar con la precisión de antes. El imperio puede seguir teniendo más dinero, más armas y más medios, pero pierde algo decisivo: la capacidad de imponer obediencia sin pagar costos.
El Estrecho de Ormuz es uno de los puntos donde esa contradicción se volvió visible para el mundo entero y no solo para los especialistas en estrategia militar y geopolitica. Pero para el lector que no sigue todos los días la geopolítica de Asia Occidental, conviene explicarlo: no estamos hablando de una línea azul en un mapa lejano. Estamos hablando de una de las llaves energéticas del planeta. Por ahí pasa una parte fundamental del petróleo que alimenta economías enteras en todo el mundo. Por eso, cuando Irán demostró que puede bloquear esa ruta, no estaba haciendo un gesto simbólico, estaba estrangulando una arteria del capitalismo mundial. Washington puede hablar de libertad de navegación, como si sus portaaviones fueran modestos defensores del tránsito marítimo, pero en realidad lo que ha defendido durante décadas es el derecho imperial a decidir quién comercia, quién exporta, quién cobra, quién vigila y quién obedece. Si el memorando reconoce la reapertura del estrecho, el levantamiento del bloqueo naval y una forma de corresponsabilidad de Irán y Omán sobre esas aguas, lo que se está moviendo no es sólo el tráfico marítimo: se está moviendo la autoridad política sobre una zona que Estados Unidos trató durante años como extensión natural de su poder. Dicho claramente: antes de esta guerra el estrecho de Ormuz estaba abierto y controlado por Estados Unidos y el ente sionista, hoy tras el memorando, se "reabre" lo que estaba abierto pero ahora es controlado por Irán y Omán.
Algo parecido ocurre con las sanciones que el imperio le impuso a Irán desde la revolución de 1979. La propaganda occidental suele presentarlas como instrumentos limpios, casi administrativos, como si bloquear cuentas, impedir exportaciones, perseguir empresas, congelar recursos y restringir operaciones comerciales no tuviera consecuencias sobre pueblos enteros. La palabra “sanción” suena menos brutal que “guerra económica”, y por eso la prefieren. Pero las sanciones son una forma de guerra prolongada contra la vida cotidiana que afecta directamente a los inocentes en la guerra, mas incluso que los bombardeos, visualmente mas dramáticos: encarecen bienes, limitan importaciones, castigan sistemas de salud, dificultan inversiones, presionan monedas, buscan crear malestar social y luego presentan ese malestar como prueba del fracaso del gobierno sancionado. En el caso iraní, la guerra económica tuvo un objetivo político evidente: forzar una crisis interna suficientemente profunda como para quebrar la soberanía del país. Si ahora el memorando coloca sobre la mesa el levantamiento de sanciones primarias y secundarias, la liberación de fondos bloqueados por 300.000 millones y la normalización de operaciones petroleras y comerciales, la conclusión no puede ser que Washington “premió” a Irán. La conclusión es más incómoda para el imperio: el castigo no produjo la rendición esperada, el contrario el imperio se vio forzado a soltar la soga con la que asfixiaba al régimen de los ayatollahs.
Aquí conviene detenerse en una pregunta que ordena todo el análisis: ¿qué significa ganar en una guerra que no siempre se libra con tanques entrando a una capital? Para la mirada superficial, ganar sería destruir al adversario, ocupar su territorio y cambiar su gobierno. Para una lectura histórica más seria, ganar también puede significar impedir que el adversario consiga sus objetivos fundamentales. Estados Unidos buscaba reducir a Irán a una potencia contenida, subordinada, sin margen tecnológico, sin redes regionales, sin capacidad misilística, sin influencia sobre el Golfo y sin posibilidad de disputar el relato de la soberanía. Si el resultado del memorando es que Irán mantiene su programa de misiles fuera de la negociación, conserva su política de alianzas, reafirma su derecho nuclear civil, exige no injerencia, recupera recursos y participa en la administración de una ruta estratégica, entonces no estamos ante la derrota iraní que prometieron durante años. Estamos ante la confirmación de que la resistencia material produce efectos políticos.
La victoria iraní, sin embargo, no debe leerse con ingenuidad. No se trata de imaginar que el imperialismo firmó un papel y se fue a su casa a meditar sobre el derecho internacional. Estados Unidos no abandonará una región clave por convicción democrática. Cuando retrocede, lo hace para reorganizarse, si no puede atacar de frente, tercerizará, si no puede ocupar con uniforme propio, financiará, armará, presionará, infiltrará o delegará la guerra a otras fuerzas. Por eso el memorando puede ser, al mismo tiempo, una victoria para Irán y una pausa táctica para Washington. Esa contradicción es central. La paz, en manos de un imperio, también puede convertirse en método de reacomodo. El problema para Estados Unidos es que ese reacomodo ya no ocurre desde la omnipotencia, sino desde la necesidad.
La posible retirada o limitación de fuerzas estadounidenses en zonas cercanas a Irán afecta directamente a las petromonarquías del Golfo. Durante décadas, buena parte de la arquitectura regional se sostuvo sobre un intercambio brutalmente simple: hidrocarburos y alineamiento político a cambio de protección militar estadounidense. Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Bahréin y Kuwait no han vivido sólo bajo la sombra de sus propias monarquías han vivido principalmente bajo el paraguas de una potencia que garantizaba seguridad externa a cambio de disciplina geopolítica. Esa relación permitió contener a los movimientos populares que se alzaban contra esas élites despóticas en el golfo, permitió también bloquear proyectos panarabistas emanados del socialismo árabe, y fue poco a poco normalizando la presencia occidental y convirtiendo el Golfo pérsico en una plataforma militar. Si Washington debe reducir su despliegue, no sólo se mueve una base: se mueve el pacto material que sostuvo regímenes hereditarios completamente ajenos a la democracia y los derechos humanos.
Por eso el memorando no afecta únicamente a Washington y Teherán. Afecta a todos los actores que habían organizado su supervivencia alrededor del poder estadounidense. Las monarquías del Golfo tendrán que leer con cuidado el mensaje: el protector ya no puede proteger como antes. Y esa realidad, por sí sola, cambia la política regional para siempre. Porque una cosa es desafiar a Irán cuando se cree que detrás estará siempre el portaaviones estadounidense, y otra muy distinta es hacerlo cuando las bases de ese protector aparecen como objetivos vulnerables, las rutas marítimas como espacios en disputa y la guerra como un riesgo económico global. La dependencia, cuando el amo parece invencible, se disfraza de alianza estratégica. Cuando el amo retrocede, la dependencia muestra su verdadero nombre: fragilidad.
El papel del ente sionista en este escenario debe analizarse sin aceptar la narrativa sentimental con la que Occidente intenta blindarlo. Israel no es simplemente un “aliado preocupado por su seguridad”, si me resisto a llamarlo estado, a reconocerlo, es porque es un ente que sirve como enclave colonial, militar y político del orden occidental en Asia Occidental. Su función histórica ha sido garantizar, por la fuerza, una presencia de Occidente en una región decisiva por su ubicación, sus recursos, sus rutas y sus pueblos. Cuando el gobierno sionista, desde los tiempos de la primer ministra Golda Meir y la guerra del Yom Kippur, habla de seguridad, rara vez habla de convivencia, habla de superioridad militar. Cuando habla de defensa, muchas veces habla de ocupación, limpieza étnica, genocidio y exterminio. Cuando invoca la amenaza existencial, suele estar preparando una nueva ofensiva contra quienes resisten su expansión. El poder sionista tiene una habilidad notable para presentarse como víctima justo después de encender el incendio, y buena parte de la prensa occidental ha convertido esa inversión moral en rutina informativa.
Por eso el ente sionista aparece como el actor más interesado en sabotear cualquier memorando que reduzca el margen de agresión directa de Estados Unidos. Si Washington queda atado formalmente por compromisos de cese de hostilidades, no injerencia o reducción de despliegue, el ente sionista puede intentar operar como brazo indirecto del mismo proyecto. No necesita firmar todas las obligaciones para beneficiarse de la ambigüedad. Puede bombardear, provocar, presionar, fabricar incidentes, acusar a la resistencia de romper la calma y luego pedir auxilio al mismo imperio que dice estar administrando la paz. Es una vieja coreografía: primero se golpea, luego se exige que el golpeado no responda, después se presenta la respuesta como agresión y finalmente se reclama intervención internacional. Curiosa forma de seguridad la de un "estado" que necesita mantener abierta la posibilidad permanente de guerra para justificar su existencia como puesto avanzado de Occidente.
El frente levantino, especialmente Líbano y Siria, adquiere entonces una importancia enorme para Irán, que hasta hace unos meses estaba completamente sitiado por sus enemigos. Si el memorando exige un cese permanente de hostilidades en distintos frentes, la gran pregunta es quién intentará mantener viva la guerra por vías indirectas. Líbano no es un escenario lateral para Teherán, es una frontera decisiva de la resistencia contra la expansión sionista. Siria tampoco es un espacio secundario. Desde la caída de Bashar al-Ásad en 2024 ha sido el terreno de intervención, fragmentación, guerra por encargo y disputa de corredores estratégicos. Si Estados Unidos ve limitada su acción directa, la tentación de utilizar intermediarios, grupos afines o la propia maquinaria israelí no desaparece. No olvidemos que quien hoy gobierna siria es ni más ni menos que Abu Mohamed al-Golani, líder regional de Al-Qaeda, el grupo paramilitar financiado por la CIA para desestabilizar los gobiernos soberanistas de toda la región pérsica. Entonces la guerra puede cambiar de forma. La política imperial rara vez se rinde ante un obstáculo jurídico, y ha demostrado sistemáticamente que le dan igual sus acuerdos de paz (pregúntenle a Rusia y el acuerdo de Gorbachov con Baker) normalmente busca la grieta, el actor no firmante, el grupo proxy, el incidente fabricado o la provocación calculada.
Aquí aparece otra pregunta necesaria: ¿qué puede esperarse de una paz en la que uno de los principales beneficiarios del estado de guerra conserva su capacidad de sabotaje? La respuesta exige mirar más allá de la firma. La paz no será un lugar tranquilo, sino un campo de disputa. Irán intentará convertir el memorando en reconocimiento de soberanía y reducción del cerco. Estados Unidos intentará ganar tiempo para reordenar su arquitectura militar, económica y diplomática. El ente sionista intentará impedir que el nuevo equilibrio se consolide. Las monarquías del Golfo intentarán adaptarse sin romper del todo con Washington ni quedar expuestas frente a Teherán. Turquía observará el reacomodo desde su propia ambición regional y desde sus propias contradicciones frente al expansionismo sionista. Omán, por su ubicación y su papel en Ormuz, puede volverse una pieza aún más relevante en la administración práctica de la nueva fase.
La cuestión nuclear también debe leerse con cuidado. Occidente ha usado durante décadas el tema nuclear iraní como instrumento de chantaje, no porque le preocupe sinceramente la proliferación de armas de destrucción masiva -bastaría mirar su tolerancia frente al arsenal sionista para medir la hipocresía-, sino porque el desarrollo tecnológico autónomo de un país soberano rompe la división internacional que el imperialismo prefiere: unos producen conocimiento, otros obedecen; unos enriquecen uranio bajo permiso, otros son tratados como amenaza por intentarlo; unos tienen derecho a la disuasión, otros deben vivir indefensos para resultar aceptables. Si el memorando reconoce el derecho iraní a un programa nuclear civil y deja fuera la pretensión de desmantelar su capacidad misilística, el golpe simbólico es profundo. Irán no sólo defiende instalaciones o laboratorios; defiende el principio de que la tecnología no pertenece por derecho natural al bloque occidental.
Esa dimensión tecnológica se conecta con la soberanía política. Un país sancionado, cercado y amenazado no puede depender de la buena voluntad de quienes lo agreden. La capacidad misilística iraní no surge de una obsesión militar abstracta, sino de una necesidad histórica concreta: disuadir a enemigos que han demostrado, una y otra vez, estar dispuestos a bombardear, asesinar, sabotear y financiar desestabilización. Pedirle a Irán que renuncie a esa capacidad mientras el ente sionista conserva su maquinaria militar, Estados Unidos mantiene bases en la región y las monarquías del Golfo compran armamento occidental sería pedirle que acepte la indefensión como condición para ser reconocido. Ese es el viejo sueño imperial: llamar paz a la vulnerabilidad del adversario.
Por eso uno de los elementos más importantes del memorando es lo que no entra en la negociación. Si el programa de misiles y el apoyo iraní a fuerzas de resistencia regional quedan fuera de la agenda, la estructura del acuerdo cambia. Estados Unidos no logra convertir la mesa diplomática en un mecanismo de desarme estratégico de Irán. Teherán acepta discutir condiciones de estabilidad regional sin entregar los instrumentos que le permitieron llegar vivo a esa mesa. La diferencia es enorme. No es lo mismo negociar desde el agotamiento que negociar desde la capacidad de disuasión. No es lo mismo pedir alivio como vencido que exigir reconocimiento como actor indispensable.
La derrota estadounidense, entonces, no debe imaginarse como una escena cinematográfica de soldados huyendo y banderas cayendo. La derrota imperial contemporánea suele ser más compleja: se expresa en concesiones que antes eran impensables, en límites que antes no existían, en aliados que dudan, en rutas que dejan de estar bajo control automático, en sanciones que no logran su objetivo, en adversarios que sobreviven y en pueblos que empiezan a ver que el gigante también calcula, teme y retrocede. Estados Unidos sigue siendo una potencia enorme, con capacidad militar, financiera, tecnológica y propagandística. Sería absurdo negar eso. Pero el punto no es si conserva poder, el punto que nos muestra esta guerra es si conserva la capacidad de diseñar el orden del mundo sin resistencia efectiva. El memorando muestra que esa capacidad está erosionada. Esa erosión forma parte de una transformación mayor: el agotamiento del orden unipolar impuesto por Washington desde los acuerdos de Bretton Woods.
Durante los años de arrogancia imperial posterior a la Guerra Fría, Washington actuó como si la historia hubiera terminado en su escritorio, hasta mandó a una vergüenza de intelectual, Francis Fukuyama, a escribir un libro que sentenciaba ese tesis geopolítica. Después de la derrota soviética, el imperio Intervino, sancionó, invadió y redibujó regiones con la seguridad de quien se cree dueño del futuro. Pero la historia no terminó, se acumuló. Se acumularon agravios, resistencias, capacidades técnicas, alianzas alternativas, rutas comerciales, potencias emergentes y pueblos que aprendieron que la obediencia no garantiza paz, sólo posterga el siguiente abuso. Irán es una de las expresiones más claras de esa acumulación histórica. No porque sea un país perfecto ni porque debamos romantizar sus contradicciones internas, sino porque en el plano geopolítico encarna una realidad que el imperialismo no tolera: un Estado del Sur Global ampliado que se niega a ser administrado desde Washington.
La región que se abre después del memorando será inestable precisamente porque el viejo orden no muere con elegancia. Estados Unidos intentará presentar su repliegue como liderazgo responsable. El ente sionista intentará convertir cualquier calma en una oportunidad para preparar nuevas provocaciones. Las élites del Golfo buscarán garantizar su supervivencia en un escenario menos cómodo. Los medios occidentales intentarán reconstruir el relato de siempre, ese en el que el imperio nunca pierde, sólo “ajusta su estrategia”. Pero los pueblos deben aprender a leer debajo de esas palabras. Ajustar estrategia, cuando se viene de décadas de amenazas absolutas, puede significar que la estrategia anterior fracasó. Dialogar, cuando se prometía rendición, puede significar que la rendición no llegó. Reconocer soberanía, cuando se buscaba cambio de régimen, puede significar que el régimen de dominación encontró un límite. ¿Qué puede esperarse, entonces? No una paz pura. No una salida sencilla. No el fin automático de la agresión sionista ni la desaparición del aparato militar estadounidense. Lo que puede esperarse es una etapa de disputa más sofisticada. Habrá presión mediática para presentar a Irán como incumplidor antes de que incumpla. Habrá intentos de provocar respuestas de la resistencia para culparla de romper la calma. Habrá debates internos en Washington entre quienes aceptan el repliegue táctico y quienes exigirán volver al garrote. Habrá movimientos de las monarquías del Golfo para no quedar a la intemperie. Habrá una pelea por el sentido de Ormuz, por la legitimidad de la soberanía iraní, por la continuidad de las sanciones y por el papel del ente sionista como actor no sometido realmente a una paz que amenaza su función regional.
El memorando no convierte a Irán en dueño absoluto de la región ni borra las contradicciones de Asia Occidental. Lo que hace es mostrar que la época en la que Estados Unidos podía decidir solo empieza a cerrarse. Esa es la dimensión histórica del hecho. Washington no desaparece, pero ya no manda igual. El estado sionista no queda desarmado, pero su impunidad enfrenta límites crecientes. Las monarquías del Golfo no caen, pero su dependencia queda más expuesta. Irán no resuelve todos sus problemas, pero convierte décadas de resistencia en reconocimiento político. Y el mundo, ese mundo que Occidente quiso reducir a audiencia obediente de sus comunicados, observa que el mapa empieza a moverse en otra dirección.
La paz verdadera no nacerá de la bondad del imperio, porque ningún imperio renuncia voluntariamente a sus privilegios. Nacerá, si nace, de la capacidad de los pueblos y de los Estados soberanos para hacer demasiado costosa la guerra, demasiado inútil el bloqueo y demasiado evidente la mentira. El memorando debe leerse desde ahí: no como el final de la disputa, sino como una prueba de que la disputa cambió de terreno. Irán obligó a sus adversarios a reconocer que no pudieron quebrarlo. Estados Unidos intenta convertir ese reconocimiento en pausa táctica. Israel buscará dinamitar todo equilibrio que limite su expansión. La región entra en una fase donde cada movimiento importará, porque ya no se trata sólo de un acuerdo, sino de la transición entre un mundo que se resiste a morir y otro que todavía pelea por nacer.
Y en esa transición, la pregunta de fondo no es si Washington aceptará mansamente la pérdida de su hegemonía. No lo hará. La pregunta es cuántas veces más podrá disfrazar de liderazgo lo que materialmente ya empieza a manifestarse como un repliegue, cuántas veces más podrá llamar seguridad a la ocupación, estabilidad a la subordinación y diplomacia a la administración de sus derrotas. Ahí está el verdadero valor político del memorando: no en prometer una paz ingenua, sino en revelar que el poder imperial, por primera vez en mucho tiempo, tuvo que hablar con un adversario que no llegó de rodillas.
Gerardo Flores Peña

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ResponderEliminarMuy buen artículo de Gerardo Flores Peña y gracias por compartirlo Poseso, me ha dejado por difícil que parezca, sin palabras. 🤫🤫😅