sábado, 10 de octubre de 2026

UNA HIPÓTESIS MÁS QUE PLAUSIBLE (3ª PARTE)



En mi distopía sucede, con lógica cartesiana, exactamente lo que vemos en la realidad.

Y lo peor viene ahora: lo que predice.

PREVISIÓN 1.- LA DEUDA NO SE PAGARÁ: SE CONVERTIRÁ EN PERPÉTUA

La gigantesca deuda acumulada por los Estados parte de una premisa: mañana la economía será mayor que hoy y, por tanto, resultará más fácil pagar lo que hoy debemos. Si el crecimiento estructural desaparece, esa premisa se rompe.

Pero los Estados tampoco pueden reconocer que no pagarán: provocarían una crisis financiera inmediata.

La solución será mucho más sencilla: la deuda no vencerá realmente nunca. Al llegar el vencimiento se refinanciará con nueva deuda, una y otra vez, procurando mantener tipos de interés suficientemente bajos para que su servicio resulte soportable. Incluso puede transformarse directamente en deuda perpetua, eliminando la necesidad de refinanciar continuamente el principal.

El acreedor aceptará cobrar poco porque la alternativa sería mucho peor: reconocer que una parte considerable de su supuesto patrimonio es incobrable.

No habrá, por tanto, una gran quiebra formal.

Habrá algo más discreto: una deuda eterna que nadie espera ya cobrar, pero por la que se seguirán pagando intereses muy bajos indefinidamente.



PREVISIÓN 2.- LA INFLACIÓN REDUCIRÁ SILENCIOSAMENTE LA DEUDA

La deuda perpetua sólo funciona si su coste se mantiene por debajo de la inflación.

Si una deuda paga un interés del 1 % mientras los precios aumentan un 2,5 %, el acreedor cobra nominalmente, pero pierde poder adquisitivo cada año. Con una inflación del 3, 4 o 5 % el proceso se acelera enormemente.

Ésa será una de las formas de reducir la gigantesca deuda acumulada sin declarar jamás una suspensión de pagos.

El Estado seguirá pagando puntualmente los intereses y podrá afirmar que respeta íntegramente sus obligaciones. Pero devolverá esos intereses -y mantendrá el principal- en una moneda que cada año vale menos.

Por eso la inflación se intentará controlar, pero no necesariamente eliminar. Una inflación moderada y persistente puede convertirse en parte de la solución.

No se cancela la deuda jurídicamente.

Se la erosiona económicamente año tras año hasta convertirla en una cifra enorme cuyo peso real es cada vez menor.

PREDICCIÓN 3.- EL DINERO DEJARÁ DE SER COMPLETAMENTE NEUTRAL

Cuando determinados recursos sean realmente escasos y estratégicos, tener dinero ya no garantizará poder comprarlos.

Una empresa podrá disponer de millones y, sin embargo, no tener acceso libre a petróleo, gas, electricidad, uranio, determinados semiconductores o materias primas si el Estado considera que deben destinarse prioritariamente a otra actividad.

Aparecerá así, por encima del mercado, una segunda economía de asignación: precio + autorización + prioridad estratégica.

El mercado seguirá funcionando y los bienes continuarán teniendo precio, pero el Estado decidirá progresivamente quién puede comprar qué y para qué cuando se trate de recursos críticos.

Esto introduce una transformación extraordinaria: dos millones de euros seguirán siendo contablemente dos millones de euros, pero dejarán de proporcionar necesariamente el mismo poder económico.

El dinero seguirá comprando mercancías; dejará de garantizar el acceso a los recursos estratégicos.

PREVISIÓN 4.- APARECERÁ UN «RACIONAMIENTO DE RICOS»

No volverán necesariamente las cartillas de racionamiento. Hay un procedimiento mucho más sencillo: permitir formalmente el consumo, pero encarecer progresivamente el consumo considerado excesivo.

La energía mínima de una vivienda podrá mantenerse protegida, mientras los consumos elevados soportarán tarifas crecientes. Lo mismo ocurrirá con combustibles, automóviles, vuelos, climatización o segundas residencias.

El principio será siempre parecido: lo necesario seguirá siendo accesible; lo abundante se convertirá progresivamente en lujo.

Así, el Estado podrá sostener que nadie tiene prohibido viajar, conducir un gran automóvil o consumir mucha energía. Y formalmente será cierto.

La limitación se realizará mediante precios, impuestos, tarifas escalonadas, permisos y regulaciones.

Será un racionamiento extraordinariamente eficaz porque conservará la apariencia de libertad:

«Puede usted consumir cuanto quiera. Simplemente tendrá que pagarlo.»

Y cada año serán menos quienes puedan hacerlo.

PREVISIÓN 5.- EL ESTADO SE COLOCARÁ POR ENCIMA DEL MERCADO

El mercado funciona extraordinariamente bien para repartir abundancia. Pero cuando faltan recursos esenciales, el precio deja de ser un mecanismo políticamente aceptable para decidir quién los recibe.

El Estado intervendrá cada vez más: decidirá qué industrias tienen prioridad energética, qué productos pueden exportarse, qué infraestructuras deben mantenerse y qué consumos pueden limitarse.

Pero la transformación más importante será política.

Las elecciones continuarán. Habrá parlamentos, partidos y gobiernos. Sin embargo, cada vez más decisiones fundamentales -energía, deuda, defensa, infraestructuras, producción estratégica- serán presentadas como necesidades técnicas sobre las que no existe alternativa posible.

La democracia no tendrá que desaparecer.

Podrá suceder algo mucho más sutil: seguiremos votando quién administra el sistema, mientras disminuye progresivamente nuestra capacidad para decidir cómo funciona el sistema.

Cuanto mayor sea la escasez, mayor será el poder de quien tenga que administrarla.

PREVISIÓN 6.- NACERÁ EL «ESTADO INGENIERO»

Cuando la energía sobra, una economía puede permitirse enormes ineficiencias. Cuando deja de sobrar, la economía vuelve a convertirse en un problema físico.

Ya no bastará con preguntar cuánto dinero cuesta producir algo. Habrá que preguntar cuánta electricidad, petróleo, gas, acero, fertilizantes, cobre o transporte necesita.

El Estado comenzará inevitablemente a hacer balances:

¿Cuántos TWh tenemos? ¿Cuántos barriles? ¿Qué industrias son imprescindibles? ¿Cuáles podemos detener sin romper las cadenas productivas?

El ministro de Economía empezará a parecerse menos a un financiero y más a un ingeniero de producción administrando una gigantesca fábrica nacional.

Incluso el PIB perderá parte de su significado: dos actividades que generan mil millones de euros dejarán de considerarse equivalentes si una consume enormes cantidades de energía importada y la otra apenas ninguna.

La economía volverá a recordar algo que había olvidado: el dinero puede crearse; la energía y las materias primas, no.

PREVISIÓN 7.- LLEGARÁ LA NACIONALIZACIÓN INDIRECTA

No será necesario nacionalizar formalmente petroleras, eléctricas, siderúrgicas, fábricas de fertilizantes o grandes industrias.

Bastará con declararlas empresas estratégicas.

Seguirán teniendo accionistas privados, cotizando en Bolsa y repartiendo beneficios. Pero, cuando sus productos sean esenciales, el Estado decidirá progresivamente qué pueden exportar, cuánto deben almacenar, dónde pueden invertir, quién puede adquirirlas y, en una emergencia, a quién deben suministrar primero.

La propiedad continuará siendo privada, pero una parte creciente de las decisiones fundamentales dejará de pertenecer al propietario.

Será una forma extraordinariamente eficaz de intervención porque permitirá conservar simultáneamente las ventajas del capital privado y el control público de los recursos esenciales.

No habrá que expropiar las empresas.

Serán privadas cuando haya que financiarlas y obtener beneficios; serán infraestructura nacional cuando el Estado necesite controlar lo que producen.

PREVISIÓN 8.- EL PEAK OIL PRODUCIRÁ UN «PEAK GLOBALIZATION»

La globalización extrema sólo resulta posible cuando transportar mercancías miles de kilómetros es extraordinariamente barato.

Si la energía deja de ser abundante, aumentan los costes del transporte, los seguros y la seguridad de las rutas marítimas. Entonces comienza a perder sentido fabricar un producto a 12.000 kilómetros simplemente porque allí la mano de obra cuesta menos.

La producción empezará a regresar hacia los grandes mercados consumidores, aunque producir localmente resulte más caro.

No será únicamente relocalización. Cambiará el criterio que durante décadas decidió dónde se instalaba una fábrica: el coste energético comenzará a competir con el coste laboral como organizador de la geografía industrial.

Las cadenas de suministro se harán más cortas, redundantes y regionales. Se aceptará pagar más a cambio de garantizar el suministro.

La globalización no desaparecerá.

Pero habrá alcanzado su máximo.

Después del Peak Oil llegará también el Peak Globalization.

PREVISIÓN 9.- LOS PAÍSES ENERGÉTICAMENTE POBRES PERDERÁN SOBERANÍA

La riqueza dejará de medirse únicamente en dinero, tecnología o capacidad industrial. Un país puede ser inmensamente rico y, sin embargo, depender del exterior para obtener la energía que mantiene funcionando toda esa riqueza.

En un mundo de energía abundante eso es comercio. En un mundo de energía escasa se convierte en dependencia estratégica.

Países industrializados pero muy dependientes de las importaciones tendrán que garantizar sus suministros mediante alianzas, concesiones políticas y acuerdos de largo plazo.

Mientras tanto, países económicamente más pobres pero poseedores de petróleo, gas, uranio o materias primas estratégicas aumentarán extraordinariamente su importancia.

La paradoja será formidable: tener dinero no garantizará tener energía.

El mundo dejará de dividirse simplemente entre países ricos y pobres.

Aparecerá una división mucho más importante: los países que poseen recursos esenciales y los países que necesitan que alguien se los venda.

Y quien depende del permiso de otro para mantener funcionando su economía posee necesariamente menos soberanía.

PREVISIÓN 10.- CAMBIARÁ EL CONTRATO SOCIAL

Durante generaciones, el contrato implícito de las sociedades occidentales fue sencillo: trabaja, aumenta la productividad y vivirás mejor que tus padres.

Ese contrato sólo puede mantenerse mientras la economía dispone de energía suficiente para continuar creciendo.

Cuando el crecimiento se detenga, el Estado ya no podrá prometer prosperidad general. Tendrá que ofrecer otra cosa: seguridad frente al deterioro.

El nuevo contrato será aproximadamente éste: acepta las restricciones y el Estado garantizará que no caigas por debajo de un mínimo.

Vivienda básica, alimentación, sanidad, energía mínima y determinadas ayudas sustituirán progresivamente a la antigua expectativa de ascenso económico.

El poder político ya no legitimará su actuación prometiendo: «Mañana vivirás mejor.»

La nueva promesa será mucho más inquietante: «Sin nosotros, mañana vivirías mucho peor.»

El Estado dejará progresivamente de administrar expectativas de prosperidad.

Administrará el miedo al descenso.

PREVISIÓN 11.- EL CRECIMIENTO DEJARÁ DE RESOLVER LOS CONFLICTOS SOCIALES

Durante dos siglos hemos resuelto buena parte de nuestros conflictos repartiendo el crecimiento futuro.

El trabajador podía ganar más, el empresario obtener beneficios, el pensionista mejorar su pensión, el Estado recaudar más y el acreedor cobrar su deuda porque la economía del año siguiente sería mayor.

Cuando la tarta crece, todos pueden recibir algo más sin quitárselo necesariamente a los demás.

Si el crecimiento estructural desaparece, esa extraordinaria válvula de escape también desaparece.

Entonces cada aumento tendrá una contrapartida: lo que recibe uno tendrá que salir, directa o indirectamente, de otro.

El conflicto político fundamental dejará de ser: «¿Cómo conseguimos crecer más?» y pasará a ser: «¿Quién acepta vivir con menos?»

Ésa será la verdadera dimensión del Peak Oil.

No una simple crisis petrolera, sino la crisis de un sistema económico, financiero y político construido durante dos siglos sobre una expectativa fundamental: que mañana habría más que hoy.

PREVISIÓN 12.- LA RACIONALIZACIÓN DEL MÍNIMO

Cuando ya no sea posible garantizar a todos el nivel de consumo anterior, el Estado tendrá que garantizar al menos un mínimo suficiente para evitar el colapso social.

Ese mínimo abarcará alimentación, vivienda, energía, sanidad, transporte y comunicaciones básicas. No serán necesarias las antiguas cartillas: subvenciones, tarifas sociales, prestaciones y cantidades mínimas garantizadas podrán cumplir la misma función.

Por encima de ese suelo continuará funcionando el mercado.

Quien tenga dinero podrá consumir más, invertir, viajar, adquirir mejores viviendas o pagar energía adicional. Quien no lo tenga conservará el mínimo que el sistema considere necesario.

Aparecerán así dos economías superpuestas:

una economía administrada para repartir lo imprescindible y una economía capitalista para repartir todo lo que quede por encima.

Dicho brutalmente: comunismo en la base y capitalismo en las alturas.

No se socializará la riqueza.

Se socializará el mínimo.

PREVISIÓN 13.- EL GRAN ACELERADOR: LA GUERRA

Las doce previsiones anteriores podrían desarrollarse lentamente durante décadas. Existe, sin embargo, un acontecimiento capaz de comprimir décadas de transformación en unos pocos meses: una gran guerra.

Una guerra permitiría justificar simultáneamente racionamiento energético, intervención de empresas estratégicas, control de exportaciones, prioridad estatal sobre determinados recursos, restricciones a la movilidad, endeudamiento extraordinario y subordinación del consumo civil a las necesidades consideradas esenciales.

Incluso una utilización limitada de armas nucleares podría añadir el temor a la contaminación radiactiva y justificar evacuaciones, cierres temporales o confinamientos en determinadas zonas.

Pero su efecto fundamental sería económico y político: la escasez dejaría de presentarse como fracaso del sistema y pasaría a presentarse como sacrificio exigido por la guerra.

Ésa es la diferencia decisiva.

Sin una gran conmoción, transformar profundamente una sociedad exige décadas.

Con una guerra, aquello que ayer resultaba políticamente imposible puede convertirse mañana en una medida de emergencia.

La Previsión 13 no sería, por tanto, una previsión más.

Sería el acelerador de las otras doce.

EPÍLOGO.- LA ESCASEZ NO SE ANUNCIA: SE ADMINISTRA

La escasez energética no se sufre: se administra. Y administrarla exige un lenguaje que no la nombre.

Ese lenguaje ya existe: transición, resiliencia, sostenibilidad, economía circular, autonomía estratégica, eficiencia, descarbonización.

La Agenda 2030 proporciona buena parte de ese vocabulario.

No tendría siquiera que ser una mentira. Podría ser exactamente lo contrario: la única manera políticamente soportable de decir una verdad sin pronunciarla abiertamente.

Porque anunciar a una sociedad construida sobre dos siglos de crecimiento que la abundancia energética ha terminado produciría precisamente aquello que se pretende evitar: pánico, acaparamiento, fuga de capitales, conflicto distributivo y deslegitimación política.

Y por eso, si existiera un plan semejante, difícilmente encontraríamos un documento que dijera: «El crecimiento ha terminado. Hay que administrar el descenso.»

Reconocerlo públicamente destruiría el propio mecanismo destinado a administrarlo.

La paradoja final sería formidable: el plan sólo podría funcionar mientras nadie pudiera demostrar que existe.

Y quizá ésa sea la última consecuencia de todas: cuando una sociedad ya no puede prometer abundancia, necesita aprender a llamar de otra manera a la escasez.

Félix Udivarri
(https://acratasnet.wordpress.com/)

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