martes, 13 de octubre de 2026

UNA HIPÓTESIS MÁS QUE PLAUSIBLE (4ª PARTE)



Hay una pieza que explica buena parte del comportamiento norteamericano dentro de nuestra hipótesis.

Estados Unidos ha construido su civilización sobre un consumo de energía por habitante extraordinariamente elevado.

No hablamos solamente de automóviles enormes o viviendas gigantescas. Hablamos de distancias, urbanismo, transporte de mercancías, aviación, agricultura, industria, climatización y una organización completa del territorio que presupone energía abundante y barata.

Eso significa que, ante una restricción energética mundial, Estados Unidos tiene muchísimo que perder.

Y eso explicaría dos comportamientos.

El primero sería una política exterior extraordinariamente agresiva alrededor de los recursos energéticos y de sus rutas de suministro.

Irak. Libia. Yemen. Venezuela. Irán. Las relaciones con Canadá. La ruptura energética entre Europa y Rusia.

No todos estos acontecimientos son iguales ni demuestran por sí mismos una misma intención. Pero, dentro de nuestra hipótesis, producen un resultado extraordinariamente coherente: la energía vuelve una y otra vez al centro del poder geopolítico.

Europa constituye quizá el caso más espectacular. La ruptura con Rusia significó renunciar a una fuente próxima de energía barata y aceptar un deterioro considerable de la competitividad industrial europea.

El segundo comportamiento sería todavía más interesante.

Estados Unidos no necesitaría apropiarse de todo el petróleo del mundo.

Le bastaría con conseguir que sus competidores tampoco pudieran consumirlo con la facilidad anterior.

Ahí adquieren una importancia gigantesca Ormuz, Bab el-Mandeb y las demás arterias del comercio energético mundial.

Una guerra no necesita cerrar completamente un estrecho para producir efectos económicos. Basta con aumentar el riesgo, los seguros, los fletes, los retrasos y el precio de la energía.

Eso destruye demanda.

Y la destrucción de demanda compra tiempo.

Pero existe una paradoja extraordinaria.

La población que probablemente tendría que soportar una de las mayores reconversiones sería precisamente la norteamericana.

Porque parte de esa reconversión comenzó hace décadas.

Estados Unidos trasladó una enorme cantidad de producción industrial a China. Cerraron fábricas, desaparecieron empleos industriales y regiones enteras sufrieron una profunda decadencia económica y social.

La deuda permitió amortiguar durante décadas aquella transformación.

El país podía importar los productos que ya no fabricaba y mantener el consumo mediante crédito, gasto público y expansión financiera.

En otras palabras: primero se deslocalizó la producción.

Después se sustituyó una parte de la prosperidad productiva por prosperidad financiera.

Y finalmente se acumuló deuda para mantener el nivel de consumo.

Pero la deuda sólo puede sustituir a la producción mientras aquello que queremos comprar siga existiendo.

Y volvemos exactamente al mismo punto.

Estados Unidos puede emitir dólares.

Puede emitir bonos.

Puede endeudarse por cantidades astronómicas.

Puede utilizar su ejército para proteger rutas y disputar recursos.

Puede intentar impedir que sus adversarios accedan a ellos en las mismas condiciones.

Pero existe una cosa que ni siquiera la primera potencia del planeta puede hacer: imprimir petróleo.

Por eso, dentro de nuestra hipótesis, Estados Unidos no sería simplemente el país que intenta controlar el descenso.

Sería también uno de los países que más desesperadamente necesita controlarlo.

Porque cuanto mayor fue la abundancia sobre la que se construyó una sociedad, mayor será la transformación necesaria cuando esa abundancia termine.


Félix Udivarri
(https://acratasnet.wordpress.com/)

2 comentarios:

  1. AQUÍ TENÉIS EL MENSAJE HONESTO DE LOS PODERES PÚBLICOS A LA CIUDADANÍA QUE JAMÁS VERÉIS EN NINGÚN MEDIO:

    «MENSAJE A LOS CIUDADANOS

    ​La garantía de nuestro futuro​


    Queridos ciudadanos:

    Tenemos que explicaros una realidad que condicionará nuestra economía durante las próximas décadas.

    El petróleo no se está acabando. Pero su extracción tiene límites físicos y cada vez resulta más difícil y costoso aumentar su producción.

    Durante generaciones hemos disfrutado de una energía abundante y relativamente barata. Sobre ella hemos construido nuestras viviendas, nuestros transportes, nuestras industrias y buena parte de nuestro bienestar.

    Ahora debemos reorganizar ese sistema.

    No para renunciar al bienestar, sino para garantizarlo.

    Podréis seguir utilizando vuestros automóviles, llenar sus depósitos, viajar, comprar y desarrollar vuestros proyectos personales.

    Lo que no podemos garantizar es que la energía y los combustibles mantengan siempre los precios a los que estábamos acostumbrados.

    Por eso vamos a organizar la transición de manera que los recursos disponibles se utilicen con inteligencia y las necesidades fundamentales de toda la población estén protegidas.

    Y queremos anunciaros nuestro compromiso más importante:

    El Estado garantizará que ningún ciudadano quede por debajo de un nivel de vida digno.

    Eso significa garantizar el acceso a una alimentación suficiente, una vivienda adecuada, agua, energía doméstica esencial, atención sanitaria, educación, comunicaciones y movilidad básica.

    Nadie tendrá que elegir entre alimentarse, calentarse o recibir atención médica.

    Para cumplir este compromiso estableceremos un sistema permanente de garantías públicas, compatible con la propiedad privada, la actividad empresarial y el mercado libre.

    Las empresas seguirán produciendo. Los trabajadores seguirán desarrollando sus profesiones. Los ciudadanos seguirán comprando, vendiendo, ahorrando y emprendiendo.

    No estamos anunciando el fin del mercado. Estamos estableciendo el suelo de seguridad sobre el que deberá funcionar.

    Quien desee consumir más podrá hacerlo, pagando el coste correspondiente de los bienes y recursos que utilice.

    Pero nadie perderá el acceso a lo esencial por carecer de suficientes ingresos.

    La reorganización energética exigirá inversiones en nuevas tecnologías, infraestructuras, producción próxima, eficiencia industrial y fuentes alternativas de energía.

    También exigirá revisar nuestro sistema financiero. La deuda y el dinero deben estar al servicio de la economía real, y no podemos continuar suponiendo que la riqueza material crecerá indefinidamente.

    El Estado asumirá la responsabilidad de proteger los servicios esenciales y asegurar su continuidad, incluso durante las crisis internacionales.

    No prometemos que los precios permanezcan invariables.

    No prometemos que todas las actividades puedan seguir creciendo al ritmo del pasado.

    Lo que sí comprometemos es nuestra capacidad de organización, nuestros recursos públicos y nuestras instituciones para impedir que la escasez se transforme en miseria.

    La humanidad dispone de conocimientos científicos, tecnología, capacidad industrial y experiencia suficientes para afrontar esta transformación.

    No será necesario que todos vivamos de la misma manera.

    No será necesario renunciar a la iniciativa privada ni a la libertad personal.

    Pero sí será necesario reconocer que el bienestar colectivo debe organizarse dentro de los límites de los recursos disponibles.

    Y por encima de cualquier otra consideración mantendremos un principio irrenunciable:

    La economía puede cambiar. Los precios pueden cambiar. Las fuentes de energía pueden cambiar.

    Lo que no permitiremos es que la dignidad humana se convierta en una variable de ajuste.

    Ése será el fundamento de nuestro nuevo contrato social.»

    Félix Udivarri

    ResponderEliminar
  2. ADENDA — LO QUE HEMOS HECHO DURANTE LOS ÚLTIMOS VEINTE AÑOS

    Queridos ciudadanos:

    No hemos llegado a esta situación por sorpresa.

    Durante los últimos veinte años hemos trabajado para anticiparnos al problema de la escasez de petróleo y preparar a nuestras sociedades para sus consecuencias.

    El cambio climático ha sido una de nuestras herramientas. No estamos diciendo que no exista. Estamos diciendo que, para la transformación que debemos afrontar, su principal utilidad política ha consistido en justificar la reducción del consumo innecesario de combustibles fósiles.

    No podemos seguir consumiendo petróleo gratuitamente, por simple capricho, como si su disponibilidad fuera ilimitada.

    La Agenda 2030 ha sido otra herramienta. Nos ha permitido impulsar transformaciones en la movilidad, la producción, las ciudades y los hábitos de consumo bajo un marco de objetivos compartidos.

    Nuestra promoción del automóvil eléctrico y de las energías alternativas —especialmente la solar y la eólica— ha producido resultados importantes. Aunque no puedan sustituir inmediatamente todas las funciones del petróleo, contribuyen a reducir nuestra dependencia de él.

    También hemos intervenido, directa o indirectamente, en las condiciones demográficas y sociales que determinan el consumo futuro.

    Las políticas de planificación familiar, los cambios culturales relacionados con la natalidad y el reconocimiento de nuevas formas de identidad y convivencia han acompañado esa transformación. En el escenario que hoy os explicamos, reconocemos que también hemos considerado sus posibles efectos demográficos a largo plazo.

    La inmigración ha introducido en nuestras sociedades poblaciones con experiencias materiales y expectativas de consumo muy diferentes. Hemos contado con organizaciones sociales y sindicales para facilitar su incorporación al mercado laboral y a los sistemas de protección pública.

    Sabíamos que una sociedad acostumbrada a la abundancia tendría enormes dificultades para aceptar límites materiales. Por eso hemos trabajado también sobre las expectativas sociales.

    El envejecimiento de la población no debe preocuparos.

    El incremento temporal de las obligaciones de nuestro sistema de pensiones, asociado a la jubilación de generaciones extraordinariamente numerosas, no deberá recaer exclusivamente sobre quienes trabajan actualmente.

    Utilizaremos la financiación pública, los mecanismos de deuda y las reformas necesarias para distribuir ese esfuerzo a lo largo del tiempo, preservando las prestaciones esenciales.

    Y queremos transmitiros una garantía.

    Las instituciones dirigentes llevan décadas preparándose para esta transformación.

    Nuestro propósito es que sus consecuencias sociales negativas sean las menores posibles y que ningún ciudadano quede abandonado a la miseria.

    La democracia continuará permitiéndoos elegir a vuestros representantes y a los gobiernos responsables de la administración pública.

    Pero debemos reconocer una realidad que hasta ahora no habíamos explicado con suficiente claridad.

    Los problemas energéticos, financieros y estratégicos que afrontamos son mundiales. Ningún gobierno nacional puede resolverlos aisladamente.

    Por ello, las grandes decisiones de coordinación ya se están preparando y negociando en instancias internacionales, entre gobiernos, instituciones financieras y responsables de sectores estratégicos.

    Vosotros seguiréis eligiendo a vuestros gobiernos. Pero la dirección de esta transformación no dependerá exclusivamente de ellos.

    Ésta es la magnitud del problema que afrontamos.

    Y ésta es la razón por la que hemos comenzado a prepararnos mucho antes de anunciarlo.

    Félix Udivarri

    ResponderEliminar