martes, 31 de marzo de 2026

ISRAEL EN LA ENCRUCIJADA: COLAPSO Y DESAPARICIÓN O GUERRA MUNDIAL



La guerra que comenzó el 28 de febrero ha pasado de su primer mes. Un mes de misiles sobre Tel Aviv, de colonos huyendo hacia aeropuertos saturados, de economía desangrándose, de frentes que se multiplican sin que ninguno se cierre. Las principales ciudades de Israel está destruidas. Lo que los analistas israelíes llevan semanas advirtiendo en privado comienza a filtrarse en los medios: el Estado judío ya no es una entidad viable. Salvo que consiga lo único que puede salvarlo: arrastrar al planeta entero a una guerra mundial.

El colapso militar: un ejército que se desmorona

El jefe del Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa de Israel, Eyal Zamir, ha lanzado una advertencia que ningún gobierno puede ignorar. En una reunión del gabinete de seguridad, Zamir afirmó que el ejército israelí “se va a derrumbar sobre sí mismo” debido a una grave escasez de personal. Las cifras son elocuentes: el ejército tiene un déficit de aproximadamente 20.000 soldados, con una necesidad mínima de 12.000 combatientes adicionales solo para sostener las operaciones actuales.

Los reservistas están completando su sexto o séptimo ciclo de movilización. Zamir advirtió que “las reservas no aguantarán”. La carga sobre estos ciudadanos y sus familias ha alcanzado un nivel insostenible.

El problema es estructural y político. Las leyes que permiten a los ultraortodoxos (haredim) eludir el servicio militar siguen sin reformarse, a pesar de que la Corte Suprema declaró su inconstitucionalidad. El ex primer ministro Yair Lapid ha denunciado que el gobierno de Netanyahu protege a estos evasores mientras envía a los reservistas a morir.

El ex general Yitzhak Brik lo resumió con crudeza en el diario Haaretz: “El país realmente galopa hacia el borde del abismo”.

La desintegración social: una nación que huye de sí misma

Pero el colapso militar es solo la punta del iceberg. Por debajo, la sociedad israelí se está desintegrando a una velocidad que los partes de guerra no reflejan. Los colonos con doble nacionalidad llevan semanas haciendo cola en el aeropuerto Ben Gurion. Las plazas de avión se han convertido en un bien de primera necesidad. Familias enteras abandonan el país sin saber si volverán. No huyen de los misiles. Huyen de lo que saben que vendrá después.

El analista Alon Mizrahi ha trazado un escenario aún más sombrío: si la guerra continúa al ritmo actual, Israel podría comenzar a desmoronarse “dentro de un mes o un poco más”. Y los hechos le están dando la razón. El norte del país se vacía. Los kibutz cercanos a la frontera libanesa están abandonados. Las ciudades del sur, bajo fuego constante desde Gaza, han perdido más de la mitad de su población. La economía muestra signos de disrupción severa, con empresas que cierran, inversiones que se evaporan, divisas que escasean.

La fatiga de movilización se extiende entre una población que ya no ve el final del conflicto. Los reservistas, llamados una y otra vez, dejan atrás empleos, familias, vidas enteras. Muchos no vuelven a sus puestos de trabajo porque los puestos ya no existen. Las protestas contra el gobierno, que antes reunían a cientos de miles en las calles de Tel Aviv, han sido sustituidas por una deserción silenciosa: la gente no se manifiesta, se va.

Y lo más profundo: los judíos israelíes están dejando de creer en Israel. No en el Estado como entidad administrativa, sino en el proyecto histórico que durante décadas les aseguró que había un lugar en el mundo donde podrían estar a salvo. Ese lugar ya no existe. Los misiles caen sobre Tel Aviv, sobre Jerusalén, sobre Haifa. Las defensas que se suponían infalibles han sido penetradas una y otra vez. La disuasión, ese mito fundacional del poderío israelí, yace hecha pedazos sobre los escombros de las ciudades bombardeadas.

La confianza en el liderazgo político está en mínimos históricos. Solo el 30% de los israelíes expresa confianza en su gobierno. Pero no es solo desconfianza en Netanyahu: es desconfianza en el sistema, en el ejército, en la idea misma de que Israel puede seguir existiendo como un Estado judío en medio de un mundo que le es hostil. Por eso se van. Por eso hacen cola en Ben Gurion con billetes de ida. Porque ya no creen que haya un retorno posible.

Mientras tanto, en Irán, la población sale a las calles incluso bajo los bombardeos para exigir que no haya tregua. La capacidad de resistencia al daño, forjada en décadas de guerra, sanciones y aislamiento, es asimétrica. Y esa asimetría es decisiva.

El frente norte: Hezbolá y el desgaste

Mientras el mundo observa los misiles sobre Tel Aviv, en el norte la situación es aún más desesperada. Hezbolá ha desplegado más de 750 combatientes en la línea del frente, infligiendo pérdidas crecientes a las fuerzas israelíes. Las aldeas del sur de Líbano están siendo destruidas sistemáticamente por la artillería israelí, pero los objetivos estratégicos no se alcanzan. Israel está quemando territorio mientras sus soldados avanzan a paso de tortuga.

El ministro de Defensa, Israel Katz, ha reconocido que la milicia libanesa está ahora “más fuerte” que antes de la guerra. Es una confesión de fracaso.

La logística de la coalición se apoya en puntos fijos (bases, puertos, aeropuertos) que Irán ha demostrado que puede alcanzar. La logística de Irán, en cambio, es terrestre, dispersa, se apoya en fronteras con aliados (Rusia, Kazajistán, Afganistán) que Estados Unidos no puede bloquear. Esta asimetría logística es estructural: cuanto más dura la guerra, más pesa.

El linaje de Netanyahu: de Jabotinsky a la guerra mundial

Benjamin Netanyahu es el producto de un linaje ideológico de tres generaciones. Su padre, Benzion, fue discípulo y secretario personal de Vladimir Ze’ev Jabotinsky, fundador del sionismo revisionista. De Jabotinsky heredó la doctrina del «Muro de Hierro»: los árabes nunca aceptarán un Estado judío voluntariamente, por lo que la única vía es construir una fuerza militar abrumadora. Esa es la doctrina que Netanyahu ha aplicado durante décadas.

De Jabotinsky heredó también el reclamo del Gran Israel: la tierra desde el Jordán hasta el Mediterráneo -y para muchos revisionistas, desde el Éufrates- es propiedad inalienable del pueblo judío. Netanyahu nunca ha renunciado a esa visión. En 1996 encargó el informe «Clean Break» (Ruptura Limpia) a neoconservadores estadounidenses: romper con el proceso de paz y forzar un cambio de régimen en Irak que desencadenara una reacción en cadena en Siria, Líbano e Irán. Ese plan ha estado sobre la mesa décadas; ahora lo está ejecutando.

La servidumbre de Trump: cómo un depredador sexual convirtió al presidente de Estados Unidos en un títere

Hay una pieza que completa el rompecabezas y que ningún análisis serio puede seguir ignorando. Los archivos Epstein, cuyas filtraciones comenzaron en enero de 2026, contienen un informe del FBI de 2020 que cita a una «fuente humana confidencial creíble» afirmando que Donald Trump ha sido «comprometido por Israel».

El mismo informe detalla las maniobras financieras que sustentan esa dependencia: una mansión en Beverly Hills comprada por 41 millones y vendida por 95 a una empresa fantasma con vínculos extranjeros; los negocios de Jared Kushner, yerno de Trump, señalados por su «influencia desmesurada» y sus conexiones con el «flujo de dinero ruso» y la red ultraortodoxa Jabad-Lubavitch. El documento sugiere que Kushner fue quien «ejerció un control desmedido» sobre las decisiones clave durante el primer mandato de Trump.

La red de influencias no se detiene en Kushner. El abogado de Epstein, Alan Dershowitz, aparece en los archivos señalado como alguien que fue «cooptado por el Mossad». Y el propio Epstein, según un memorando del FBI, era considerado por una fuente anónima como agente del Mossad.

Netanyahu ha utilizado los archivos Epstein para atacar a su rival político Barak, declarando que la «inusual y estrecha relación» entre Epstein y Barak demuestra que Epstein «no trabajó para Israel». La maniobra es transparente: desviar la atención de lo que realmente importa. Porque lo que los archivos muestran es un patrón de influencia, chantaje y sumisión que explica por qué un presidente de Estados Unidos actúa contra sus propios intereses estratégicos en favor de Israel. Cuando Trump habla de «rendición incondicional» de Irán y rechaza cualquier negociación, no está actuando como líder de una potencia que busca la paz. Está actuando como un hombre al que le han recordado que sus secretos están en manos de quien puede destruirlo.

Netanyahu no ha tenido que convencer a Trump con argumentos estratégicos. Le ha bastado con que los servicios de inteligencia israelíes tengan material suficiente para destruir su carrera, su legado y su libertad. Es el arte del kompromat elevado a geopolítica. Y es la única explicación que encaja con todas las piezas.

Trump es un depredador sexual al que han atrapado con sus propias redes. Epstein fue su proveedor, su facilitador, el hombre que le abrió las puertas de un mundo de lujo, impunidad y secretos compartidos. Y cuando Epstein cayó, los archivos pasaron a manos de quienes sabían exactamente qué hacer con ellos. Netanyahu ha utilizado ese material como un arma de control, asegurándose de que el presidente de Estados Unidos actúe siempre en interés de Israel, aunque eso signifique hundir a su propio país. Trump es un hombre atrapado, incapaz de mover ficha sin permiso de quienes tienen sus secretos. Mientras Trump esté en la Casa Blanca, Netanyahu puede seguir empujando al mundo hacia el abismo sin temor a que nadie le frene.

La apuesta desesperada: el plan del Gran Israel

Ante este panorama, la única carta que le queda a Netanyahu es la que lleva preparando desde hace décadas: convertir el conflicto regional en una guerra global. Su plan «Hexágono de Alianzas», que se extendería desde Asia Meridional hasta el Mediterráneo Oriental, tiene un objetivo declarado: oponerse a los «adversarios radicales» del Eje Chií. Y un objetivo real: controlar todo el petróleo del Golfo.

La propuesta, que incluye una red de oleoductos y gasoductos que atraviesen la península arábiga hasta puertos israelíes en el Mediterráneo, ha sido recibida con frialdad en los países del Golfo. Pero para Netanyahu, la guerra mundial no es una opción: es la única salida. Control absoluto de todo el petróleo del Golfo.

Si la guerra se expande, si Estados Unidos se ve arrastrado a un conflicto con Rusia y China, entonces la guerra de Israel dejará de ser un problema regional. Se convertirá en una conflagración global. Y en ese caos, un país de nueve millones de habitantes rodeado por enemigos podría, quizás, sobrevivir.

Conclusión: la única esperanza es que el mundo despierte

El profesor Jeffrey Sachs ha propuesto un plan de paz en cinco puntos que devolvería la estabilidad a la región: retorno al derecho internacional, fin de la ocupación, reconocimiento del Estado palestino, reapertura del estrecho bajo garantías multilaterales. Es un plan sensato. Es un plan que salvaría vidas. Es un plan que Netanyahu nunca aceptará.

Porque Netanyahu no busca la paz. Busca la guerra. Busca la guerra total, la guerra final, la guerra que justifique el sacrificio de su propio pueblo en el altar del Gran Israel. Y tiene a un presidente de Estados Unidos comprometido, atado por los archivos Epstein, incapaz de negarse a sus demandas.

El mundo puede despertar a tiempo, o puede ser arrastrado al abismo. La decisión no está solo en manos de Israel. Está en manos de todos los que todavía creen que la paz es posible y que la guerra mundial es una locura.

Mientras tanto, los judíos israelíes hacen cola en Ben Gurion. Se van. Dejan atrás sus casas, sus negocios, sus recuerdos. Porque ya no creen en Israel. Ya no creen que haya un lugar seguro para ellos en este mundo. Y esa deserción silenciosa, más que cualquier derrota militar, es la prueba de que el Estado judío ha dejado de ser viable. Una nación que huye de sí misma no puede sobrevivir.

En Teherán, en Beirut, en Sanaa, en Bagdad, los pueblos resisten. En Gaza, los escombros humean. Y en Jerusalén, un hombre llamado Benjamín Netanyahu Mileikowski juega a ser el rey del mundo con las vidas de millones como fichas, sostenido por los secretos de un depredador sexual que los servicios de inteligencia israelíes supieron convertir en el arma de control definitiva.

EL SEXTANTE
(Fuente: https://acratasnet.wordpress.com/)

2 comentarios:

  1. Suena a absurdo. Los Estados Unidos han estado desde siempre amarrados a Israel por la sencilla razón de que los judíos controlan su economía y sus media. No hace falta buscar razones más abstrusas. Es como lo de que Marruecos tiene secretos de Pedrito (y antes se decía que la propia Israel).

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  2. Todo mentira. Trump es un titere, si, pero no the Israel. Trump es una trampa para cegar a la gente, trump no gobierna, trump toma cero decisiones. Es un actor bien pagado y representa el guion que los directores de la farsa le ordenan. Igual que el resto de politicos del mundo, incluido santanyahu.

    todos repiten trump trump trump, repetid… Y trump es la venda en los ojos de todos los manipulados.

    nada esta fuera de control, el caos es intencionalmenta provocado. Punto

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