La guerra que comenzó el 28 de febrero ha dejado de ser una operación punitiva para convertirse en un conflicto de desgaste donde la asimetría juega a favor del que resiste. Las notas que han llegado a la mesa de análisis apuntan a una conclusión sólida: Irán puede ganar. No en el sentido de una rendición formal estadounidense en un barco, sino en el de que los objetivos de Washington fracasarán, el coste de la agresión superará cualquier beneficio y el equilibrio de poder en la región se reconfigurará irreversiblemente en favor de Teherán.
Para entender por qué, es necesario explicitar la metodología que subyace a esta tesis. No basta con enumerar razones. Hay que mostrar la estructura teórica que convierte esas razones en una argumentación coherente. Lo que está ocurriendo en el Golfo es un caso clásico de guerra asimétrica, pero llevado a su expresión más depurada: la del agredido que ha pasado décadas preparándose para la agresión que sabía inevitable.
La definición de victoria en guerra asimétrica
En una guerra convencional, el grande gana cuando destruye la capacidad militar del pequeño o le impone sus condiciones políticas. En una guerra asimétrica, la victoria se define al revés: el pequeño gana cuando sobrevive con sus objetivos intactos y el grande fracasa en los suyos. Por eso Irán no necesita rendir a Estados Unidos. Le basta con que Washington no logre cambiar su régimen, no destruya su programa de misiles, no rompa su alianza con China y Rusia, no restablezca el control absoluto sobre el estrecho de Ormuz. La asimetría invierte la métrica del éxito.
La iniciativa estratégica como propiedad del defensor preparado
En la teoría clásica, la iniciativa la tiene el atacante. Elige cuándo, dónde y con qué intensidad golpea. En la guerra asimétrica prolongada, esa regla se invierte cuando el defensor ha preparado el terreno. Irán ha pasado décadas construyendo una red de milicias, misiles dispersos, túneles, defensas redundantes. El atacante puede elegir el momento del primer golpe, pero a partir de ahí, el defensor decide el ritmo de la respuesta, los objetivos, la intensidad. Irán controla la escalada porque ha puesto el tablero de tal modo que cualquier intensificación del ataque tiene costes decrecientes para el atacante. Subir la apuesta no le da ventaja, sino que le expone más.
El control de la escalada como arma del débil
El débil no puede ganar en una confrontación directa de poder bruto. Pero puede hacer que la escalada sea desventajosa para el fuerte. Para ello necesita dos cosas: capacidad de dañar puntos críticos del fuerte y demostrada disposición a usarla. Irán ha mostrado que puede alcanzar refinerías saudíes, bases estadounidenses, buques de guerra, infraestructura crítica del Golfo. Cada vez que Estados Unidos sube la apuesta, Irán responde con un daño desproporcionado al coste de la escalada. El resultado es que el fuerte se encuentra en una trampa: si no escala, no gana; si escala, pierde más.
La economía de guerra como factor de sostenibilidad
En una guerra de desgaste, gana quien aguanta más. La economía de guerra del débil preparado es barata, descentralizada, resistente. La del fuerte es cara, centralizada, vulnerable a interrupciones logísticas. Irán fabrica misiles hipersónicos por una fracción del coste de los interceptores Patriot. Sus milicias operan con un presupuesto irrisorio. La coalición, en cambio, gasta miles de millones en cada misil, cada hora de vuelo, cada día de despliegue naval. La asimetría económica no es un accidente, es una estrategia deliberada: forzar al fuerte a una guerra de costes que no puede sostener.
La logística como talón de Aquiles del grande
El poder militar del fuerte depende de cadenas de suministro largas, vulnerables, caras. Irán ha destruido o neutralizado las bases estadounidenses en el Golfo. Los grupos de ataque naval necesitan reabastecimiento constante y no pueden recibirlo en zona de combate sin exponerse. La logística de la coalición se apoya en puntos fijos (bases, puertos, aeropuertos) que Irán ha demostrado que puede alcanzar. La logística de Irán, en cambio, es terrestre, dispersa, se apoya en fronteras con aliados (Rusia, Kazajistán, Afganistán) que Estados Unidos no puede bloquear. Esta asimetría logística es estructural: cuanto más dura la guerra, más pesa.
El centro de gravedad difuso del defensor preparado
Clausewitz llamó centro de gravedad a aquello cuya destrucción hace caer al enemigo. En un Estado convencional, es el ejército, la capital, el liderazgo. Irán ha construido un sistema sin centro de gravedad identificable: el liderazgo está descentralizado, las capacidades militares dispersas, la economía resiste las sanciones, la población apoya al régimen bajo ataque. Estados Unidos puede bombardear Teherán, pero no hay un punto único cuyo colapso termine la guerra. El centro de gravedad de la coalición, en cambio, es vulnerable: las refinerías saudíes, las bases en el Golfo, los buques de guerra, la economía israelí. Irán ha identificado esos puntos y tiene capacidad de alcanzarlos.
La capacidad de resistencia al daño
En la guerra asimétrica, la voluntad de resistir es tan importante como la capacidad material. Irán ha demostrado una capacidad de absorción de daño forjada en décadas de guerra, sanciones, aislamiento. La población iraní sale a las calles bajo los bombardeos para reclamar que no haya tregua. La coalición, en cambio, muestra grietas: los colonos israelíes huyen, la moral de las tropas estadounidenses se resiente, las monarquías del Golfo temen revoluciones internas. La asimetría en la capacidad de resistir el daño es quizás la más decisiva.
La imposibilidad de la invasión terrestre
La guerra convencional termina con una invasión terrestre que ocupa territorio y derroca al gobierno. En el caso iraní, esa opción no existe. El atacante necesita triplicar los efectivos del defensor para asegurar una invasión exitosa. Irán tiene un ejército de un millón de hombres. La coalición no puede reunir ni setecientos mil. Además, el terreno es hostil, las defensas preparadas, la población no colaborará. Sin amenaza de invasión, el fuerte no puede imponer sus condiciones. El débil, protegido por su territorio y su población, puede esperar.
La fragmentación del adversario como ventaja del débil
El fuerte nunca es un bloque monolítico. Estados Unidos, Israel y las monarquías del Golfo tienen intereses divergentes y, en muchos puntos, contradictorios. Irán explota esas contradicciones: golpea las refinerías saudíes pero mantiene abiertos los canales diplomáticos con Riad; ataca bases estadounidenses pero evita escalar contra los emiratos; mantiene a Israel bajo presión pero no cruza el umbral que obligaría a una respuesta nuclear. La fragmentación del adversario es una ventaja estratégica que el débil, si es hábil, sabe explotar.
La guerra de narrativas como campo de batalla decisivo
En la guerra asimétrica, la legitimidad es un activo estratégico. Irán ha conseguido presentarse como el agredido que ejerce su derecho a la legítima defensa (resolución 3314 de la ONU), mientras Estados Unidos aparece como el agresor imperial que viola el derecho internacional. La opinión pública global, especialmente en el Sur Global, se inclina hacia Irán. La narrativa es tan importante como los misiles, porque determina quién puede conseguir aliados, quién puede financiarse, quién puede mantener la moral propia y erosionar la del enemigo.
Lo que estos meses han mostrado no es una colección de incidentes aislados, sino la aplicación sistemática de una estrategia de guerra asimétrica. Cada movimiento iraní responde a una categoría teórica: la definición de victoria, la iniciativa estratégica, el control de la escalada, la economía de guerra, la logística, el centro de gravedad, la resistencia al daño, la invasión terrestre, la fragmentación del adversario, la guerra de narrativas.
La guerra que Irán ha preparado no es la que Estados Unidos quería librar. Es una guerra de desgaste donde el defensor tiene todas las ventajas estructurales. Por eso la tesis es sólida: Irán puede ganar. No porque sea más fuerte, sino porque ha entendido que en la guerra asimétrica, ganar no es destruir al fuerte, sino sobrevivir hasta que el fuerte se canse. Y Estados Unidos, Israel y las monarquías del Golfo están mostrando signos de agotamiento.
La pregunta no es si Irán puede ganar. La pregunta es qué significa ganar. Para Irán, ganar es sobrevivir con el régimen intacto, consolidar su posición regional, romper el cerco de sanciones, demostrar que Estados Unidos no puede imponer su voluntad en Oriente Medio. Todos esos objetivos están al alcance. Para Estados Unidos, ganar era cambiar el régimen iraní. Eso no ha ocurrido. Era destruir el programa nuclear. No ha ocurrido. Era restablecer la disuasión. No ha ocurrido.
Irán ha demostrado que puede castigar a sus agresores sin ser destruido. Ha demostrado que puede cerrar el estrecho y cobrar peaje. Ha demostrado que sus misiles alcanzan cualquier objetivo en la región. Ha demostrado que su población resiste. La guerra, para Irán, es larga pero está ganada. Para Estados Unidos, es interminable y ya está perdida. La única cuestión es cuánto tardará Washington en reconocerlo.
En la imagen, la pegatina que está apareciendo en los surtidores de EE.UU. señalando a los judíos como responsables de la bru- tal subida del precio de la gasolina: "Los judíos hicieron esto". |
EL SEXTANTE
(Fuente: https://acratasnet.wordpress.com/)
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Este es el análisis que están promoviendo desde los medios occidentales "críticos" con Trump... lo cual me hace sospechar que algo nos están ocultando. No lo sé. Sospecho que los gobiernos de Irán, USA e Israel obedecen al mismo jefe.
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