| El euro ha perdido un 45,5% de su poder adquisitivo desde su introducción en el 2000 hasta hoy. Lo que entonces obtenías por 100€ ahora te cuesta 183,53€. |
Se cumplen veinticuatro años de la entrada del euro y el balance real dista mucho del relato oficial. No fue un avance histórico ni un gesto de modernidad: fue una cesión de soberanía económica sin precedentes. Los Estados renunciaron al control de su moneda y lo entregaron a una estructura supranacional ajena al control democrático, diseñada para servir a los intereses financieros, no a los ciudadanos.
Desde entonces, los países perdieron la capacidad de proteger su tejido productivo, de ajustar la política monetaria a su realidad económica y de defender el ahorro de sus poblaciones. El resultado es visible: salarios estancados, inflación estructural, endeudamiento crónico y una clase media progresivamente empobrecida. Nada de esto es accidental. El euro no fracasó; cumplió su función.
La moneda única consolidó un modelo en el que el sur financia al norte, la deuda sustituye al crecimiento y el ciudadano queda atrapado entre impuestos crecientes y servicios menguantes. El Banco Central Europeo no responde a los pueblos: responde a los mercados. Y cuando llegan las crisis, la solución es siempre la misma: socializar pérdidas y privatizar beneficios.
El euro no unió a Europa; la jerarquizó. Creó economías dependientes, anuló soberanías nacionales y sentó las bases del actual proyecto tecnocrático, hoy disfrazado de sostenibilidad, digitalización o agenda global. Quien controla la moneda controla la vida, y esa decisión se tomó sin preguntar al pueblo.
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