viernes, 30 de enero de 2026

EN DEFENSA DEL CO2 (1ª PARTE)



El anhídrido carbónico (CO2) es un gas consustancial a la atmósfera de nuestro planeta, y forma parte de ella desde hace miles de millones de años. El CO2 es también un gas esencial en la aparición y el desarrollo de la vida vegetal y, en general, de toda la vida orgánica terrestre.

1. No hay para tanto

Es cierto que ha habido un aumento de CO2 en el aire durante el transcurso del último siglo y que la actividad humana es probablemente la causante de ese incremento. Hace un siglo la concentración de CO2 en la atmósfera era de unas 300 partes por millón (ppm), es decir, un 0,030% del volumen total del aire, y ahora supera las 385 ppm, un 0,038%.

El planeta tiene unos 4.500 millones de existencia y su historia geológica se conoce más o menos bien desde hace unos 540 millones de años, desde el inicio del Cámbrico. Fue entonces cuando la evolución de la vida se aceleró en los océanos. Casi abruptamente, en lo que se llama la “explosión cámbrica”, se multiplicó el número de especies y se modificaron los tamaños y las formas corporales de los animales marinos. Según el valor central más probable calculado por el estudio Geocarb, podía haber entonces en el aire unas 7.500 ppm de CO2, una concentración veinte veces superior a la actual.

Más tarde, a mediados del Silúrico, hace unos 420 millones de años, ocurrió un fenómeno biológico fundamental: aparecieron las plantas con tallos rígidos hechos a base de una nueva sustancia orgánica, la lignina, que les daba el soporte estructural necesario para poder crecer en vertical. Crecieron los árboles, se desarrollaron los bosques y esa explosión de vida vegetal fue posible en una atmósfera bastante más caliente y húmeda que la actual, y con mucho más CO2, quizás con 4.000 ppm. El CO2 revelaba su naturaleza fundamental de combustible de la vida orgánica.

Después, la concentración de CO2 siguió disminuyendo, hasta llegar hace unos 300 millones de años a un nivel muy bajo, semejante al de ahora. La disminución se debió a que la formación de carbonatos en el mar y el enterramiento de vegetación muerta en pantanos, marismas, deltas y fondos marinos, no quedaba compensado por la emisión volcánica de CO2 al aire. Ese proceso ocurrió de forma especialmente intensa al final del período Carbonífero, cuando grandes cantidades de carbono orgánico quedaron confinadas en el subsuelo. Separado del aire, su falta de oxidación impedía su reconversión en CO2 y su reciclaje. Piensan algunos que la vida terrestre orgánica, tal como la conocemos, corrió entonces el peligro de extinguirse por la falta de esa materia prima esencial, el dióxido de carbono.

Pero al comienzo de la Era Secundaria, hace unos 250 millones de años, las cosas cambiaron. La progresiva partición de Pangea en diferentes islas y continentes originó una gran actividad volcánica y por los conos y las grietas tectónicas salieron al aire grandes cantidades de CO2. Se intensificó la fotosíntesis, proceso en el que la luz suministra la energía necesaria para que juntos, el CO2 y el agua, creen la materia vital, la materia orgánica.

Aprovechándose de una vegetación lujuriante, crecieron y proliferaron de polo a polo los dinosaurios. Un clima más uniforme entre las latitudes altas y bajas, más húmedo y más cálido, les facilitó la vida durante decenas de millones de años a aquellos grandes comilones. El Jurásico, con una concentración probable de CO2 de 2.000 ppm, fue su mejor época.

Después, hace unos 66 millones de años, por causa del choque de un asteroide o de masivas erupciones volcánicas, se trastocó de nuevo el clima terrestre. Comenzó la Era Terciaria. Al principio empezó caliente pero a lo largo de ella el aire se fue enfriando. Primero aparecieron los hielos perennes de la Antártida, hace unos 35 millones de años, luego los de Groenlandia, hace unos 15. Debido al enfriamiento y a una cubierta vegetal más pobre, los mamíferos, más austeros que los dinosaurios, nos hicimos los amos del planeta.

En los comienzos del Terciario, los niveles de CO2 eran dos o tres veces superiores a los actuales, pero fueron disminuyendo hasta llegar, hace 2 millones de años, al triste y frío Cuaternario, durante el cual la concentración ha oscilado entre unas 200 y 300 ppm, con glaciaciones siempre al acecho y períodos interglaciales más breves con temperaturas más suaves.

Durante los períodos más fríos del Cuaternario, en las glaciaciones, grandes mantos de hielo se acumulaban sobre grandes extensiones de Norteamérica y del norte de Europa y de Asia. Su color blanco reflejaba la luz solar y devolvía la radiación al espacio extraterrestre, intensificando el enfriamiento. El frío llegaba a todas partes. La concentración de CO2 en la atmósfera bajaba a unas 200 ppm, cantidad casi insuficiente para sostener la vida arbórea sobre la superficie terrestre. En los breves milenios interglaciares subía casi hasta las 300 ppm, una concentración que nosotros hemos aumentado ya a las 385 ppm.

2 No envenena

El CO2 no es un contaminante. No es un gas tóxico ni venenoso. Cualquier aula cerrada llega a las 2.000 ppm al finalizar una clase y sin embargo profesores y alumnos salen indemnes cuando toca el timbre o la campana.

En nuestros pulmones la concentración suele alcanzar las 50.000 partes por millón, un 5% del aire que expiramos. Al cabo del día, cada uno de nosotros emitimos más de 1 kilogramo de CO2 al aire, parecido a lo que emite un coche en un recorrido de entre 5 y 10 kilómetros. Una emisión natural, ya que los alimentos que ingerimos, y que nuestras células queman, son el biocombustible que utilizamos para obtener energía y en la reacción se produce, como desecho, dióxido de carbono y agua.

El CO2, por lo tanto, no es un contaminante, ni local, ni regional, ni global. A pesar de ello, en casi toda información o discurso que trata sobre la contaminación se le suele acusar de serlo. También hay los que se quejan de que el CO2 está acabando con el oxígeno. Temen asfixiarse. Algo de razón llevan, pero bastante poca. Es cierto que en la combustión de carbono se pierde oxígeno del aire. Pero en la atmósfera libre la concentración volumétrica de oxígeno es de unas 210.000 ppm (un 21 %) y poco se nota lo que pueda robar el incremento de CO2, unas 100 ppm durante el último siglo.

Desde la invención del fuego, el hombre emite artificialmente CO2. Cualquier combustión consiste en la oxigenación de los átomos del carbono contenido en la paja, la madera, el estiércol, el carbón, el gas, la gasolina, el alcohol, o cualquier cosa susceptible de ser quemada. El resultado es calor, CO2 y agua. Por eso, una combustión limpia es aquélla en la que los desechos resultantes son eso: CO2 y agua. Como en la respiración humana.

Pero como los combustibles no son puros las reacciones de combustión no son tan limpias como para producir solamente CO2 y agua. Además de carbono, los combustibles contienen otros elementos y los procesos de combustión no son perfectos, sobre todo si se realizan a bajas temperaturas, como ocurre con la quema de estiércol, carbón o madera en millones de hogares pobres. Por eso, la emisión de CO2 muchas veces va unida a impurezas tóxicas como óxidos de azufre, óxidos de nitrógeno, partículas carbonáceas, dioxinas, etc.

No obstante, el progreso económico e industrial ha conseguido que los procesos de combustión para la obtención de energía sean cada vez más limpios y menos contaminantes. Las tres grandes ciudades más contaminadas de la Tierra son, según algunos índices, Nueva Delhi, Pekín y Bombay. La razón es que muchos de sus habitantes, pobres, queman combustibles de todo tipo, lo que pueden y como pueden, de forma ineficiente y sucia. Por el contrario, el aire de las ciudades de los países ricos mejora. El índice aglomerado de las emisiones de los seis contaminantes principales del aire se ha reducido en Estados Unidos a menos de la mitad desde 1970.

Finalmente, otra de las maldiciones atribuidas al CO2, es el de la acidificación del mar, lo que a su vez dañaría la formación de conchas y corales. Pero el asunto es muy polémico. Formaciones coralinas y animales marinos con conchas calizas los ha habido durante todo el Fanerozoico, en épocas más cálidas y con concentraciones de CO2 superiores a las actuales. Recientes investigaciones muestran un mayor desarrollo de cocolitóforos cuando aumenta la concentración de CO2. Para la vida y la proliferación coralina, un incremento del CO2 puede no ser perjudicial sino beneficioso, en tanto en cuanto el arrecife de coral es un complejo organismo vivo en el cual una concentración alta de CO2 probablemente lo fertiliza.


3 Más verde

El CO2 es un gas incoloro, invisible, a pesar de que cuando los medios nos hablan de él acompañan los textos con fotografías de chimeneas humeantes. El aumento atmosférico de CO2 resulta beneficioso para el desarrollo de la vegetación terrestre. De pintarlo con algún color, debería ser el verde.

En la fotosíntesis, gracias a la energía aportada por la luz solar, las plantas atrapan el dióxido de carbono del aire y el agua del suelo para formar hidratos de carbono y, por lo tanto, el aumento de CO2 potencia el crecimiento y la producción neta de biomasa. Una parte de estos hidratos de carbono vegetales (sintéticamente : CH2O) son oxidados de nuevo, en la respiración de las propias plantas y en la descomposición de la madera y de las hojas muertas por la acción de hongos y bacterias. El CO2 se escapa de nuevo al aire. Pero otra parte del carbono absorbido fotosintéticamente no es descompuesto, se integra en la vegetación o en el humus del suelo, y hace que vaya aumentando la materia orgánica terrestre.

Es fácil comprobarlo. A partir de mediciones de muestras tomadas directamente del aire se deduce que la concentración de carbono en la atmósfera aumenta de media unas 3 gigatoneladas cada año, aunque con una gran variabilidad interanual. Sin embargo, el cálculo de las emisiones humanas de carbono, contenido en el carbón, gas y petróleo quemado, supera las 6 gigatoneladas anuales. Por lo tanto, ni siquiera la mitad del carbono fósil emitido es retenido en la atmósfera, ya que gran parte del nuevo CO2 es absorbido por la nueva materia orgánica continental y oceánica y se integra de nuevo en el ciclo del carbono vivo.

Existen todavía, no obstante, muchas dudas sobre la localización de los sumideros actuales y sobre cómo se reparten entre los océanos y la vegetación esas 3 gigatoneladas de carbono anuales que no se quedan en la atmósfera. En este sentido, algunos cálculos indican que en el territorio de los Estados Unidos y de Canadá, el CO2 absorbido por el suelo y la vegetación es superior incluso a las emisiones antrópicas de CO2 que se producen en esos países. Otros cálculos más conservadores indican que la masa de CO2 absorbida por el territorio estadounidense es la tercera parte de la emitida: 0,5 gigatoneladas de carbono absorbido frente a 1’5 gigatoneladas de carbono emitido. Los cálculos para Europa indican que la nueva biomasa absorbe entre el 7 % y el 12 % de las emisiones.

En un tratado internacional de control de emisiones se debería tener en cuenta las emisiones netas, es decir, lo emitido menos lo absorbido, pero en este caso, los países con menos territorio quedarían en clara desventaja. Europa perdería.

Gracias a la absorción fotosintética del CO2 fósil que emitimos a la atmósfera, los modelos climáticos calculan un aumento de más de un 20 % de la producción vegetal cuando se duplique la concentración de CO2 en el aire. De esta forma, excluyendo la deforestación, el sumidero vegetal continental puede elevarse a 5 gigatoneladas de carbono anual en el año 2050, cifra casi semejante al total de las emisiones actuales.

La ventaja de una concentración alta de CO2, como lo saben en cualquier cultivo de invernadero, no es solamente la potenciación de la fotosíntesis. Ocurre también que los estomas de las hojas, los poros por donde respiran, tienden a cerrarse cuando aumenta el CO2 del aire. De esta forma, las plantas pierden también menos agua y la fotosíntesis se hace más eficiente. La menor necesidad de agua permite y permitirá una mayor desarrollo vegetativo en las regiones con problemas de aridez. Habrá probablemente también una mayor disponibilidad de agua para otros usos, pues, al haber una menor pérdida por transpiración vegetal, aumentará el agua de los suelos y los caudales de los ríos.


En definitiva, a pesar de la creencia extendida de que vivimos en un planeta cada vez más desértico y menos verde, la verdad es lo contrario: cada vez existe más biomasa en la superficie de la Tierra. Recientes estudios satelitarios lo ratifican. Otra cosa es que, en determinadas regiones, una tala abusiva para obtener madera, o una quema de selva para obtener tierras de cultivo, produzca calvas. La agricultura tradicional de rozas hace estragos. Haití es el ejemplo más sangrante.

Antón Uriarte Cantolalla
(Visto en https://www.ingeba.org/)

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